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EL TALLER Y EL CRONÓMETROEnsayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masaBENJAMIN CORIAT
Primera edición en español, 1982 CONTRAPORTADA. La crisis de los años setenta es la crisis de un patrón de acumulación y de un modelo de Estado que remiten a su vez a una cierta organización de la producción y del consumo. Estos rasgos definitorios del capitalismo de la posguerra deben ser analizados si se quiere comprender, precisamente, cómo han llegado a entrar en crisis; y tales rasgos están asociados a tres nombres: Taylor, Ford, Keynes. Con Taylor se produce la entrada del reloj en el taller, y con la medida de los tiempos y los movimientos se hace posible la sustitución progresiva del obrero profesional de "oficio" -arropado por sus «secretos del oficio» y su sindicato- por obreros de nueva hornada, carentes de tradiciones, de calificación y de organización. La ley del cronómetro barre así el principal obstáculo que en esos momentos encuentra la acumulación de capital. La cadena de montaje de Ford es el paso siguiente. El gesto obrero, reducido a movimientos elementales por el scientific management, se ve sometido ahora a cadencias reglamentadas. La normalización de las piezas, de las herramientas y de los productos abre paso a la producción en grandes series. Así, las condiciones salariales y de consumo se ven trastornadas por la generalización de la producción masiva. Keynes, por último, proporciona en la
década de 1930 la racionalización que precisa el nuevo
patrón de acumulación, redefiniendo el papel y las funciones del
Estado para que éste garantice los equilibrios que requieren las
condiciones totalmente nuevas creadas -por el taylorismo y el
fordismo. INTRODUCCION:«LA SENSACION DE LA LIMA» La cuestión del trabajo se divide en dos partes: la organización particular del taller y la organización del intercambio general de los productos. Manifiesto de los Delegados de las Corporaciones, junio de 1848. I Diez años después de haberlo abandonado —la obra, la tierra y sus ritmos le han retenido mucho tiempo—, un hombre reemprende el camino del taller, se dispone a afrontar de nuevo la oficina de colocaciones. Se interroga, inquieto. Tras diez años de intervalo, qué le queda del «oficio», de ese paciente trepar por la escala desde el día en que, por suerte, fue admitido como «aprendiz de ajustador» en un taller lionés. Pronuncia para sí discursos de audacia y de ánimo. «Mis manos me daban confianza... una lima imaginaria pesaba entre mis dedos... me harían una prueba... Tenía confianza». Colocado al fin, un poco por astucia, a pesar de la barrera de los certificados, helo ahí, penetrando en el taller de Citroén Saint-Ouen en la década de 1920:
El descubrimiento es brutal. La fábrica hecha y llevada «al estilo americano» ha trastocado el antiguo orden de las cosas y de los hombres. El «oficio» pacientemente adquirido, el vaivén de la palma de la mano, el movimiento de los dedos, esa «sensación de la lima», por los que todavía a principios de siglo un obrero reconoce a uno de los suyos, son ya una especie de arcaísmo. Ya no es el tiempo de las secuencias adquiridas, de la obra que se hace. Hay que ganarlo continuamente. «Era como en las películas locas, donde las imágenes se suceden a una velocidad sorprendente. El tiempo que se ganaba se perdía esperando la muela, la taladradora o la grúa de puente[1].» El segundo, o una fracción de él, regula en adelante el orden de las sucesiones. El cronómetro ha entrado en el taller: indudablemente está en marcha la mayor revolución de la historia humana. De esa historia tratará en primer lugar este libro. Atravesada por una misma generación de hombres y mujeres que forjaron con sus manos la época moderna. II La novedad, la diferencia no es sólo la introducida en el gesto del obrero, reducido a migajas. Con la entrada del cronómetro en el taller[2] la revolución que se emprende tiene una dimensión múltiple. De hecho, entra en juego una triple secuencia, que conlleva sus propios ritmos. De entrada, secuencia completamente nueva en la relación de fuerza entre las clases Al acabar con el control obrero sobre los modos operatorios, al sustituir los «secretos» profesionales por un trabajo reducido a la repetición de gestos parcelarios —en pocas palabras, al asegurar la expropiación del saber obrero y su confiscación por la dirección de la empresa— el cronómetro es, ante todo, un instrumento político de dominación sobre el trabajo. Tecnología y táctica pormenorizada del control de los cuerpos en el trabajo, el taylorismo va a transformarse en un verdadero «conjunto de gestos» de producción, en un código formalizado del ejercicio del trabajo industrial, con la Organización Científica del Trabajo. Como instrumento esencial de ese proceso de reducción del saber obrero de fabricación a la serie de sus gestos elementales, el cronómetro es, por la misma razón, mucho más que eso. Restituido a su dimensión social —el estado de la relación de fuerza entre clases tanto en el taller como en la sociedad— el cronómetro (y los métodos de medición de tiempos y movimientos que instaura) aparece como la avanzadilla de un ataque dirigido, no contra el «trabajo» en general, sino contra la forma organizada y combativa de la clase obrera: el obrero profesional de «oficio» y su sindicato. Lo que el cronómetro pretende romper, atacando la confraternidad de los gremios, es la excelsa y avanzada figura de la resistencia obrera, condición de la primera industrialización, pero también principal obstáculo para la acumulación del capital en gran escala. Porque el obrero profesional, apoyado en la eficacia de su sindicato, llega a «regatear» elevadas tarifas e impone, con su manera de actuar, su propio ritmo a la producción de mercancías. Al sustituir al obrero profesional por el obrero-masa recién inmigrado, no cualificado y sobre todo no organizado, el capital modifica, en favor suyo y por mucho tiempo, el estado de conjunto de la relación de clases. Con esto también se inicia una secuencia económica enteramente nueva, un modo y un régimen nuevos de acumulación del capital: surge la producción en masa Al sentar el proceso de trabajo sobre una base nueva, «científica», el capital se halla en condiciones de imponer sus propios ritmos y normas a la producción de mercancías, rompiendo así las trabas puestas a su expansión por el antiguo orden del taller. Y cuando, con Ford, la cadena de montaje viene a relevar a las técnicas taylorianas de medición de los tiempos y movimientos y a someter el gesto del obrero a una cadencia regulada, se hace posible un nuevo modo de consumo productivo de la fuerza de trabajo. Sin relación, ni siquiera lejana, con lo que permitían los antiguos métodos de organización del trabajo. Las condiciones generales de la extracción del plustrabajo y la escala de la producción de mercancías cambian por completo. En adelante, con el apoyo de la cinta transportadora y de la cadena de montaje, la producción de mercancías en grandes series y de mercancías estandarizadas se convierte en la norma y la regla, suscitando la aparición de nuevas condiciones de producción en todas las ramas. La nueva economía del tiempo, nacida en el taller de las nuevas tecnologías de control y medición del trabajo, invade el mecanismo de conjunto de la producción social. Se asegura así el paso a un nuevo modo de acumulación del capital: lo que se ha llamado el sistema de la producción en masa. La producción en masa: ésta ha sido la realidad en que se ha centrado sobre todo la atención, tratando de explorar sus diferentes dimensiones para darle un contenido económico preciso. Pues si bien historiadores y sociólogos del trabajo han emprendido estudios concernientes a la racionalización del trabajo obrero, en ninguna parte se ha constituido en objeto de estudio la relación entre proceso de trabajo y acumulación del capital. En cuanto a la economía política, desde muy pronto consagrada a una teoría del valor en la que el orden de la rareza domina el de los precios, hacía prácticamente imposible para sí misma tal objeto. Como señala H. Bartoli: «El capital es la categoría dominante en las sociedades occidentales, a él se concede toda la atención[3].» Así, las series descriptivas del obrero en su puesto o el análisis de las técnicas de organización del trabajo, por un lado, y las teorías y los modelos económicos del crecimiento, por otro, han permanecido ajenas entre sí[4]. Había que romper con esta exclusión recíproca. Y si hay una contribución propia de este trabajo, reside en esto: recordar la concatenación particular que conduce de las mutaciones introducidas en el proceso de trabajo por el taylorismo y el fordismo a las que van a afectar a la acumulación del capital. Pues sólo con esta condición puede definirse de manera precisa el concepto de producción en masa. Finalmente, con la producción en masa y como condición de ésta, se inicia una nueva secuencia en las modalidades y las prácticas estatales de regulación y control social Lo esencial gira aquí en torno a las nuevas políticas de encuadramiento de la fuerza de trabajo creadas para permitir el desarrollo de la producción en masa. Ante todo, había que fijar en torno a las nuevas concentraciones industriales y urbanas a esas formidables masas de hombres «vagabundos», campesinos expropiados de sus tierras, inmigrantes a los que el hambre y la miseria mantenían en estado de permanente insubordinación. Después, había que convertirlos en obreros fabriles, obreros en cadena, conseguir su sumisión a la nueva disciplina de la fábrica, a la ley del cronómetro. Por último, desde el momento en que la revolución económica en el campo los separaba de las bases rurales y domésticas de donde sacaban aún en gran medida sus medios de subsistencia, era preciso asegurar su reproducción por medios monetarios y mercantiles, por el consumo de mercancías producidas en el seno de la gran industria capitalista. Contar, asistir, controlar: he aquí la triple exigencia que va a manifestarse -y de qué manera- en el gran desorden de la década de 1930. Un complejo dispositivo, el New Deal, y un pensamiento nuevo, el keynesianismo, se esforzarán por darle una respuesta. De ahí resultará un Estado de nuevo tipo —el Estado-Plan, dirá Negri en una palabra[5]—, que progresivamente se constituirá en maestro de obras y operador general de la reproducción del trabajo asalariado, estableciendo su fuerza y su legitimidad sobre las quiebras y las ruinas del capital privado. La gran industria taylorizada y fordizada encuentra entonces el relevo que precisaba a fin de redoblar los dispositivos necesarios para la movilización y la reproducción de las fuerzas de trabajo entradas masivamente en el salariado. En primer lugar, unas instituciones nuevas, los «seguros sociales» —consolidados después de la guerra en forma de sistemas nacionales de Seguridad Social— van a ocupar un lugar excepcional. Imperativos «económicos» e «imperativos» políticos van a fundirse así en unos dispositivos materiales y legislativos, donde el Estado —mitad «providencia», mitad policía— se abre su propio camino. Entre capital y sociedad civil. Cogido así entre el taller y el Estado, no ya el sólo trabajo obrero sino el conjunto del trabajo asalariado va a alimentar en lo sucesivo esa formidable acumulación de mercancías que caracteriza a los tiempos modernos. III A la hora en que las burguesías occidentales, tras haberlo destruido sistemáticamente —«científicamente» decían hace poco— descubren o redescubren la existencia del «problema» del trabajo industrial y lo declaran en «crisis», esta investigación es algo muy distinto de un ejercicio arqueológico. Más aún, es la claridad arrojada sobre el Occidente racionalizado —sus talleres de producción y control— por el ciclo de las luchas obreras emprendidas en la década de 1960, la que ha hecho posible un retorno a las estrategias de dominación, dentro y fuera de la fábrica, que han asegurado el desarrollo de la producción en masa. Como estas estrategias se deshacen ante nuestros ojos para dejar paso a nuevas políticas —en busca de una economía del control y del tiempo más adecuada— se hace posible establecer sus intereses y desmontar sus mecanismos. De ahí resulta algo así como una historia por períodos de las relaciones capital/trabajo. Pues la nueva eficacia de la resistencia obrera y la crisis de la organización «científica» del trabajo, que es su expresión social manifiesta, permiten seguir por una especie de recurrencia los grandes momentos del desarrollo del capital, considerado en su relación con las formas, tradicionales o nuevas, de la resistencia obrera. Para explicar el movimiento del capital se ha visto la necesidad de restituir los contextos y las coyunturas. No ateniéndose a la cronología de los historiadores, sino siguiendo un método que podríamos llamar «topológico», el cual conduce de un momento a otro en el que se enfrentan las figuras esenciales de la dominación y la resistencia. Hasta el actual estado de cosas. Reconocido en su inmediatez, pero también como resultado de una historia compleja, incesantemente representada. Pues si, como se afirma, el obrero-masa ha constituido uno de los puntales del «crecimiento» moderno, su irrupción en la escena social corre el peligro de trastocar muchas situaciones supuestamente seguras. Es posible abordar una serie de cuestiones, planteadas desde hace por lo menos un decenio, que preocupan hoy al conjunto de la sociedad, y precisar lo que en ellas está en juego. ¿Qué pasa con la llamada «crisis del trabajo industrial» y qué relaciones se pueden establecer entre éstas y las dificultades actuales de la acumulación del capital? ¿Qué origen se puede atribuir a la renovación de la resistencia obrera, a su nueva eficacia, y en qué medida se puede ver en las actuales circunstancias un punto de vista obrero sobre lo que pueda ser la fábrica del mañana? Por último, ¿cuáles son los objetivos perseguidos en las tentativas de recomposición de la cadena de montaje o en la declarada «revalorización del trabajo manual»...? Concebido como un conjunto de herramientas, este libro,
balance a su manera, pretende ser ante todo un instrumento que permita abordar
el estudio de estas cuestiones. 11. «LA REVALORIZACION DEL TRABAJO MANUAL»... El que vaga a medianoche por las galerías
de piedra para juzgar los méritos de un bello cometa; el que vela entre dos guerras por la pureza de las grandes lentes de cristal; el que se levanta antes del amanecer para cuidar las fuentes, y éste es el fin de las grandes epidemias; el que maquea en alta mar con sus hijas y sus nueras, y ya bastaba de cenizas en la tierra... Estos son príncipes del exilio y no tienen nada que hacer con mi canto. SAINT JOHN PERSE,Exils. En mayo de 1978, mientras que la Francia oficial celebra una vez más la muerte de mayo de 1968, Renault se pone de nuevo en movimiento en Flins, Cléon y Sandouville. Paros, huelgas, ocupaciones y manifestaciones se encadenan en, esa lógica del valor y del riesgo que viene sola a quienes ordinariamente los frecuentan. De nuevo avanzadilla, espuma frágil, en primera línea, esos mismos obreros especializados que desde hace quince años tratan de salvar ese muro de silencio tan cuidadosamente levantado en torno a ellos. Franceses en Cléon, inmigrados en Flins. Al mismo tiempo, Moulinex se paraliza fábrica tras fábrica, y esta vez son mujeres. Una vez más, en las decepciones frías y las cabezas gachas de después de marzo, el obrero-masa vuelve a. ocupar la delantera de la escena y trata de recomponer su movimiento y su unidad. En Flins, el núcleo combatiente es el colectivo obrero de las «grandes prensas». Una vez más, la reivindicación es igualitaria: trescientos francos para todos, y antijerárquica: reconocimiento del P 1 para todos[6]. La causa parece inatacable. En 1973, la empresa había prometido la supresión de todos los obreros especializados en cinco años. Y luego... desde hace varios años, la propaganda estatal insiste machaconamente, con ayuda de carteles, en la «prioridad del trabajo manual»... La continuación y el final son de sobra conocidos: tras dos meses de huelga, con el taller de las prensas ocupado —pero por la policía— la empresa consigue lo que quería. Lo único que concede es esta medida: varias decenas de despidos (41 en total), pronunciados a principios de verano, aprovechando la desbandada anual hacia la arena y el mar... «La revalorización del trabajo manual» proclamada a los cuatro vientos, por un lado, y uno de los ataques antiobreros más abiertos que se hayan conocido desde muchos años atrás, por otro. La escena está preparada. Y, sin embargo... A) LA REVALORIZACION DEL TRABAJO MANUAL Aquí sostendremos que la política de «revalorización del trabajo manual» no es más que un eslogan. Pero antes convenía recordar estos acontecimientos muy recientes para indicar qué distancia hay desde el discurso sobre la «revalorización del trabajo manual» a la realidad de su puesta en práctica. Y también por eso mismo qué vigilancia es necesaria. Vayamos al hecho. Sólo hay una pregunta admisible: más allá del aspecto publicitario, ¿tiene la revalorización del trabajo manual un objeto, una lógica y unos puntos de aplicación? ¿Cuáles son sus modalidades y sus propósitos? El informe Giraudet, base y referencia esencial de la política de «revalorización del trabajo manual»[7] da respuesta a estas preguntas. Precisamente, intenta ante todo definir las características de las actividades que debe reunir la acción prevista. Son las siguientes: - «desde luego, es un trabajo 'manual'[8], es decir, que necesita ciertas capacidades físicas de resistencia, esfuerzo, atención o habilidad de gestos; - es un trabajo industrial, es decir, de taller o de obra; (...) - más especialmente (es) ... un trabajo manual desvalorizado, es decir, que implica un escaso grado de autonomía y responsabilidad, que se aplica a tareas repetitivas, parceladas y sin aportación creativa del trabajo...». En resumen, pues, trabajo «manual», industrial[9], parcelado y repetitivo: el objeto de la «revalorización» es... el mismo obrero-masa. La evaluación estadística de la población afectada varía: el informe Giraudet la establecía entre 5 y 6,5 millones de personas[10]. La definición administrativa dada ulteriormente (en diciembre de 1977) es aún más exhaustiva: incluye a los trabajadores colocados (trabajadores en equipos sucesivos) y se fija cuatro ejes prioritarios: construcción y obras públicas, industrias agroalimentarias, reparación de automóviles, limpieza, confección, mobiliario, en total de nueve a diez millones de personas. ¿Por qué esta población? ¿Y por qué debe concernirle una acción específica? La respuesta cabe en unas pocas proposiciones, las mismas por lo demás que establecimos progresivamente al seguir el desarrollo de la producción en masa en el taller. Surgen tres características: - se trata de los empleos más penosos, repetitivos y degradantes; - su tasa salarial es la más baja y, además, doblemente aleatoria (por la importancia que en ellos revisten las primas y los imprevistos a que está sometido el tiempo de trabajo); - por último, no están dotados de estatuto alguno ni de posibilidad alguna de «carrera» —dirán los sociólogos del trabajo—; por el contrario, en algunas categorías de empleos, el envejecimiento lleva consigo una pérdida de renta y de salario: un obrero que ha estado rindiendo durante veinte o treinta años, desgastado por su máquina, consumido en sus cadencias, deberá aceptar, durante los diez o quince últimos años de su vida profesional, los puestos de trabajo peor pagados y ceder el paso a los jóvenes, a unas fuerzas físicas nuevas[11]. A partir de esta triple proposición, y de los efectos de «acumulación» que de ella puedan resultar, el informe continúa insistiendo en la necesidad de aplicar medidas «a corto plazo». Las principales se resumen en un capítulo final: los títulos indican claramente por sí solos que estas medidas están enteramente dictadas por el análisis precedente. He aquí el texto de los «objetivos a lograr»: mensualización más completa de los trabajadores manuales; aumento de las remuneraciones de los trabajadores manuales en relación con las de los demás asalariados; armonización de los mínimos y de su evolución en el tiempo; mejora de las carreras de los trabajadores manuales; medidas diversas: - recuperación de las clasificaciones de las diferentes cate gorías jerárquicas; - coordinación de la política del salario mínimo con la política general de salarios; - remuneración del trabajo femenino; - exoneración suplementaria en materia de cálculo del impuesto sobre la renta. I. ¿UNA NUEVA GESTION DE LA FUERZA DE TRABAJO OBRERA? ¿Qué puede decirse de estas recomendaciones (y de la orientación que se les ha dado)? Ante todo, es preciso señalar el hecho sumamente significativo —más allá de la disparidad esencial de las medidas propuestas— de que la proposición más sólida sólo consiste en la «recuperación» de dos prácticas muy anteriores a la redacción del informe y al lanzamiento de la campaña «trabajo manual»: la mensualización y la reforma de la tabla de clasificaciones. Ambas se desarrollaron a principios de la década de 1970, como respuestas al nuevo ciclo de la lucha obrera y a la «contractualización» de las relaciones de trabajo resultante de él. La «mensualización» —consigna central de una huelga de siderúrgicos loreneses en 1969— está proyectada desde esa fecha, antes de traducirse en el «acuerdo nacional de 1971»; la reforma de los sistemas de clasificación, anunciada desde el protocolo de 1971, conoce sus primeras aplicaciones a partir de 1972, antes de que el UIMM estableciera (en 1975) las nuevas tablas para la metalurgia, las más importantes por la amplitud de la población afectada y el vigor del ataque obrero que la ha precedido y al que intenta responder. La «revalorización del trabajo manual», proposición —o eslogan— nueva sólo viene a tratar de dar coherencia a una práctica de recomposición de la clase obrera, comprometida «en caliente» en el período posterior a mayo de 1968. Para empezar, recordaremos las modalidades y los propósitos de estas dos reformas esenciales siguiendo paso a paso su aplicación, ya que el conjunto de la política de «revalorización» encuentra aquí su claridad y su sentido. 1. La «mensualización» de los obreros por horas: la recomposición de los «estatutos» y del salario aplazado Anunciada como algo destinado a cambiar la condición obrera, la «mensualización», tal como resultará del acuerdo nacional de 1969, asumirá de hecho una función limitada y precisa. ¿De qué se trata? Hasta 1969, y salvo excepciones, diferentes «estatutos» regían los empleos de «obreros», «empleados, técnicos y contramaestres» y «cuadros». La forma aparente de estas diferencias[12] consiste en la periodicidad del pago del salario y, sobre todo, en su modo de establecimiento y de cálculo; semanal para los obreros, en función de las horas efectivamente trabajadas, el salario es mensual y por un número de horas garantizadas para los empleados, técnicos y contramaestres. De hecho, tras esta discriminación fundamental hay una serie de disparidades esenciales que comprenden: - las condiciones de indemnización de los días no trabajados (por absentismo de corta duración, enfermedad, accidente, días festivos, maternidad para las mujeres, servicio militar para los hombres); - las condiciones de ejercicio del trabajo y de remuneración: existencia o no y modo de cálculo de diferentes tipos de primas, aleatorios o integrados en el salario base; - por último, diversas disposiciones relativas a las condiciones de despido e indemnización, garantías eventuales de «carrera», prima de antigüedad, etc. En resumen, se trata a la vez del salario directo y de lo que llamaremos un salario aplazado, vinculado a las condiciones de empleo, que complementa las prestaciones indirectas propiamente dichas (como las pagan las diferentes cajas de la Seguridad Social). En cualquier caso, estos diferentes elementos son negociados y sancionados en los convenios colectivos, generalmente de rama, y precisados después en «actas adicionales» por categorías de personal y convenios territoriales o de empresa que delimitan sus condiciones particulares de aplicación y estructuran la fuerza de trabajo social en diferentes «estatutos». Sobre la base del acuerdo nacional de 1971 —negociado principalmente entre la CNPF y las organizaciones sindicales— se suceden los acuerdos de rama. En 1977 está en curso un procedimiento de «generalización». Pero la pauta estaba dada de antemano. La primera de las diecinueve recomendaciones de un «comité de expertos» encargado de preparar el terreno es muy clara:
¡Se admitirá que aunque los «expertos» no hubieran precisado la diferencia de alcance de las palabras, ésta habría sido advertida lo mismo![14]. En cualquier caso, las cosas están muy claras: la «paga mensual» se sobreañade al salario a destajo y por rendimiento, no lo suprime y además no acarrea la entrega de un salario «global»; se conservan «hic et nunc» todos los imprevistos que hacen que el salario dependa del número de horas durante las que el obrero. ha estado ocupado y ha gastado su fuerza de trabajo. La «mensualización» ha muerto en la medida en que pretende designar el alineamiento con el estatuto de los empleados, técnicos y contramaestres. Queda la cuestión que conserva todavía un objeto: a qué población afecta, qué modificaciones reales se han introducido, en resumen, cuál es el propósito de lo que es preciso llamar «seudomensualización» resultante de los acuerdos de 1971. La población afectada: Se trata de la población obrera, pero sólo de una parte de ella. El criterio seguido, que va a provocar la discriminación esencial, es el de la antigüedad en la empresa. El tiempo mínimo de presencia exigido variará mucho según el tipo de industria y la naturaleza particular de la mano de obra que ésta requiera: de uno a varios años (tres en la metalurgia). De hecho, así no podrán verse afectadas más que categorías de obreros que ocupen ya una cierta «posición» en la empresa[15]: esencialmente obreros profesionales y determinadas categorías de obreros especializados considerados «semicualificados» (OS3 y hasta OS2 en las antiguas tablas Parodi-Croizat). Dicho de otra manera, el efecto (¿el objetivo?) más importante de los acuerdos de 1971 será registrar y consolidar una diferencia esencial ya existente entre la gran masa de los peones y obreros especializados, por una parte, y una franja de obreros cualificados y semicualificados, por otra, sin por eso conferir a estos últimos un verdadero estatuto de empleados, técnicos y contramaestres. Resultado paradójico: desde el punto de vista del estatuto, los acuerdos de 1971 conducen ¡a una mayor diversidad de situaciones que antes! Pero esta paradoja es sólo aparente si el objetivo buscado es proceder a una redíferenciación de la clase obrera, para ahogar y romper el nuevo ciclo de la lucha obrera, una tentativa de actuar sobre su «composición» introduciendo elementos «objetivos» y nuevos de discriminación. Al mismo tiempo que «desciende» hasta unas categorías obreras que estaban excluidas de ella, la «contractualización» de las relaciones de trabajo expresa un nuevo modo de concebir el control social en la fábrica y el taller que aplica y maneja las diferencias existentes para institucionalizarlas siguiendo unas nuevas líneas de fuerza. Así se realiza una «estabilización» relativa de núcleos particulares de obreros que permite intentar separarlos de la masa obrera y también privarlos de la nueva capacidad de unidad y hegemonía de que ésta ha dado pruebas. De este modo puede prevenirse la «masificación» de la reivindicación.[16] En cuanto al contenido de los acuerdos de 1971, las modalidades prácticas de aplicación variarán mucho de una rama a otra, introduciendo una disparidad más o menos importante en las ventajas concedidas y en la amplitud de las poblaciones afectadas. En general, los elementos en juego son los ya precisados: días festivos, indemnización por despido, vacaciones pagadas, prima de antigüedad... y, por último, enfermedad. Este último elemento, privilegio por excelencia de los empleados, técnicos y contramaestres a quienes se confiere este lujo —el derecho a la enfermedad— ha constituido el principal terreno de protesta y va acompañado de las disposiciones más sofisticadas. La barrera esencial levantada aquí por las federaciones patronales de rama consiste en la instauración de un plazo de carencia[17] lo bastante largo como para excluir de la indemnización todo absentismo de corta duración -principal temor del empresario- estando por su parte doblemente circunscrito el absentismo de larga duración por enfermedad: por una indemnización de duración limitada y pagada a un porcentaje decreciente, por un lado, y por la práctica de la «contravisita[18]», por otro. De esto saldrá una medicina singular, no preventiva, ni tan siquiera de asistencia o asesoramiento, sino de simple policía —ilustrada por la ya famosa sociedad Securex— donde el «médico» cobra directamente su remuneración del empresario por servicio prestado. Esto no impedirá que se presenten frecuentemente los acuerdos en términos exclamativos. Como hace J. Frémontier: «El trabajador conquista al fin por vez primera el derecho a caer enfermo: la victoria me parece tan importante como la conquista del derecho a las vacaciones en 1936[19]». Más modestamente, J. Bunel concluirá tras un detenido examen: «A la vista de los acuerdos, el derecho a caer enfermo costará todavía caro a muchos trabajadores[20]». No importa: la mensualización de 1971 es todo un acontecimiento. Y de cierta importancia. Porque más allá de los cálculos que la animan de parte a parte, constituye la primera respuesta de conjunto del capital a la nueva ofensiva de la clase obrera. A su nueva capacidad de ruptura. Desplegada en el terreno del salario directo y del salario aplazado, trata de «recomponer» la clase procediendo a un reajuste de algunos de los elementos donde se realiza su segmentación y su diferenciación. Una nueva «gestión» de la fuerza de trabajo obrera en su conjunto está en marcha: la «contractualización» iniciada después de 1968 vuelve a ocupar la escena, se afina y «desciende» hasta el obrero-masa, trata de constituir los antagonismos en terreno de maniobras para «interlocutores sociales». Los acuerdos que suponen una reforma del sistema de clasificación van a desarrollar y completar en ciertos puntos el dispositivo, a extenderlo a nuevos objetivos. 2. La refundición del sistema de clasificaciones - El caso de la metalurgia Si la «mensualización» se despliega en el terreno del salario aplazado y del estatuto -blancos y objetivos bien determinados- la reforma del sistema de clasificaciones intenta actuar en un terreno igualmente espinoso: el de la « cualificación », concebida a su vez como instrumento de jerarquización y segmentación de la clase obrera. Además, a diferencia de los acuerdos de mensualización, negociados a fin de cuentas rápidamente, lejos de los talleres, la negociación sobre las clasificaciones se extenderá por un largo período (1969-1975). Además, esos seis años están jalonados por repetidas luchas obreras, en las que el sistema en vigor (Parodi-Croizat)[21] es atacado desde todos los lados, al tiempo que se afirma, si no un programa, al menos un pensamiento obrero constituido que va a irrumpir sin cesar en el juego de los negociadores. Es preciso comenzar por la exposición de las luchas y reivindicaciones durante este período, pues el entendimiento de las nuevas tablas depende estrictamente de ellas, tanto en su conjunto como en el detalle de cada una de sus estipulaciones. - 1969-1975: Lucha y recomposición obrera en la RNUR: el hundimiento del sistema Parodi-Croizat. Desde 1969, antes del famoso conflicto de 1971, se declara una huelga de obreros especializados en la fábrica de Le Mans de la RNUR. El conflicto gira en torno a la clasificación. Y más precisamente, a la cotización por puesto de trabajo. Pero hay que comprender el alcance y la significación de la lucha entablada. Lo que rechazan los obreros especializados del taller GG es, ante todo, un sistema de organización del trabajo y de clasificación que, para 170 puestos de trabajo comprende 57 niveles salariales diferentes. Esto es lo que permite la formidable multiplicación de las diferencias que está en juego: la organización por los agentes de la dirección de una rotación entre los puestos de trabajo concebida como un sistema de «sanción-recompensa» (jugando con la naturaleza de los puestos y el nivel salarial que la acompaña) para reproducir la división obrera y mantener alta la cadencia de trabajo. Al pedir el mismo coeficiente para todos los obreros especializados del taller (aparece ya la consigna: «Máximo para todos») se ataca la posibilidad de mantener alta la cadencia de trabajo por la división. De hecho, la resistencia obrera a los tiempos y los ritmos, rota en principio por el cronómetro y la organización científica del trabajo, trata de reintroducirse a través de reivindicaciones -de «clasificaciones»- igualitarias. Se riza el rizo: en cierto modo, la organización científica del trabajo ha caído en su propia trampa. Porque al haber destruido la «profesionalidad» y la legitimación que aportaba la existencia del «oficio» en materia de jerarquía, al suscitar la homogeneización del trabajo concreto, la organización científica del trabajo ha preparado la unificación de la reivindicación obrera. Y el nuevo sujeto del trabajo y la protesta, el obrero especializado, el obrero-masa, abre, mediante unas reivindicaciones espontáneamente igualitarias, un terreno de ruptura con la organización capitalista del trabajo y un poderoso instrumento de unificación y recomposición de las categorías rotas por la organización científica del trabajo. En 1971, siempre en Le Mans, se vuelve sobre objetivos del mismo tipo, esta vez en el taller FF. Y desde 1973 (huelga de las prensas en la isla Seguin de Billancourt) se han dado un salto y un paso suplementarios. La cotización por puesto de trabajo sigue estando en el centro de la lucha, pero con la reivindicación «P1F para todos» (profesional categoría 1 de fabricación), se ataca el punto de anclaje, el «basamento» fundamental de la estratificación de las categorías obreras inferiores. Con esta reivindicación, el obrero especializado expresa también un rechazo de la ideología de la «profesionalidad» y de la «cualificación », sobre la que se basaba la división entre obreros especializados y obreros profesionales. En efecto, desde 1971, la respuesta patronal al impulso de las luchas de los obreros especializados había sido la creación de esa categoría «intermedia», a modo de amortiguador, inventada sobre la marcha: el «profesional categoría 1 de fabricación (P1F)», ni obrero especializado ni profesional en el sentido de las clasificaciones anteriores. De esta categoría se esperaba que sirviera de válvula en las luchas, apartando al grueso de los obreros especializados de su sector más combativo: algunos serían clasificados como P1 sin que por ello, de rechazo, se alterase la jerarquía de los profesionales; de ahí la «F» (profesional, pero de «fabricación»). Este dispositivo se reproduce en 1973, de manera institucionalizada, en las tablas de clasificación establecidas por la RNUR. De negociación a ruptura y suspensión, el acuerdo nacional lleva cuatro años sin resolverse: las tablas de 1973 elaboradas por la dirección de la empresa servirán de banco de pruebas para el acuerdo nacional (UIMM-sindicatos). Se persigue un cuádruple objetivo: mantener la existencia de una categoría que haga de «amortiguador entre obreros especializados y profesionales (será el PIF institucionalizado con el nombre de P1A), reducir los efectos demasiado brutales de la cotización por puesto de trabajo, reducir el número de categorías y simplificar la jerarquía. Este estado «intermedio» de las tablas será distinto, a pesar de todo, del estado final. Quedará claro que las disposiciones de 1973 eran una muralla demasiado frágil, ineficaz para contener la contestación obrera y la «vuelta al orden» esperada en la jerarquía obrera. A lo largo de 1974, y especialmente en febrero de 1975, el P1A es el blanco de ataques masivos. Al principio, los conductores de carretillas mecánicas, para quienes el P1A no constituye la entrada en el escalafón de los profesionales, sino el cierre de las filas de obreros especializados y un freno a su ascenso. Por lo demás, en ese mismo año se desencadenan huelgas «a la italiana» por el paso colectivo y en masa a la categoría superior. Los obreros (especializados) de los talleres de pintura, chapa y acabado de Billancourt reclaman, como los de Flins o Sandouville, el P1 con el coeficiente máximo para todos. Las brechas abiertas después de 1968 continúan produciendo efectos. - Las tablas de la UIMM de 1975. Una vez precisadas la importancia y la naturaleza de los puntos de enfrentamiento, su gravedad, se hace posible una lectura del nuevo sistema de clasificación resultante del acuerdo nacional de 1975[22]. A grandes rasgos, pueden destacarse cuatro características: 1. El nivel y las modalidades de la remuneración real no dependen de la posición en las tablas. Estas, que no pretenden definir más que unas «remuneraciones jerárquicas mínimas», dejan intacto el fárrago de primas y diferencias salariales[23]. 2. Realiza una simplificación y una reducción del número de categorías; además, y éste es un hecho nuevo, la misma tipología de «escalones» y «niveles» permite clasificar, en homología, a obreros y empleados. 3. No se trata -advierte la UIMM- de un «catálogo de oficios» (como lo eran las tablas Parodi-Croizat), sino de un «método de clasificación» que debe permitir, a partir de las cuatro series de criterios previamente definidos, integrar cualquier puesto de trabajo o empleo existente o futuro. 4. Por último, si bien la cotización por puesto de trabajo se mantiene en principio mediante el criterio de las «aptitudes requeridas por el puesto de trabajo» -y no «adquiridas» como deseaban los sindicatos- se deja un margen, en condiciones muy precisas, al reconocimiento del diploma que da acceso a unas «posiciones» mínimas. A partir de estos cuatro criterios -«grado de autonomía del individuo», «complejidad y diversidad de las tareas», «nivel de conocimiento del individuo» y «dificultades de la tarea»- se construyen' unas tablas de clasificación en cinco niveles, cada uno de los cuales comprende, a su vez, tres escalones. Cada escalón tiene asignado un coeficiente (de 1.1: 140 a V.3: 365) que, multiplicado por un valor monetario unitario del punto, asegura la jerarquía de los «mínimos de remuneración» que se buscaba. Este es el dispositivo, tal como será aplicado finalmente: ANEXO 1 CLASIFICACION NOTA: Las clasificaciones «obreros», «técnicos y administrativos » y «contramaestres» resultan del Acuerdo del 23 de julio de 1975. Han sido publicadas en nuestra Législation Sociale (C 2), núm. 4295, del 24 de julio de 1975, a la que remitimos. Esquema de la estructura de la nueva clasificación (No figura en el acuerdo)
A cada casilla en blanco corresponde una definición de escalón: las definiciones están agrupadas en tres cuadros (art. 3 del Acuerdo Nacional del 21 de julio de 1975 o Anexo I del Acuerdo del 21 de enero de 1976 para la región parisina):
FUENTE: Liaisons Sociales, serie C 2, núm. 4371, 23 de febrero de 1976, pág. 12. El efecto de las nuevas tablas es múltiple, pero su acción se extiende fundamentalmente a dos series de elementos: por un lado, a la remuneración, que no será examinada aquí[24], y, por otro, a la introducción de una jerarquía nueva en el seno de la clase obrera. - La recomposición de la jerarquía obrera. Ahí está lo verdaderamente nuevo. Y lo nuevo es real. De la manera más evidente, hay que hacer constar ante todo la simplificación y la reducción de los niveles jerárquicos y del número de categorías. Parece como si la arbitrariedad de la división obrera hubiese alcanzado tal punto (47 niveles salariales para 170 puestos de trabajo, 9 clases de obreros especializados y a veces más) que no se manifestase ya más que como una muralla frágil, incapaz de contener por más tiempo para la unificación y la recomposición de las reivindicaciones obreras; parece como si sólo pudiera reproducirse el mantenimiento de la división replegándose a unas categorías generales y a una jerarquía simplificada (3 escalones de obreros especializados y 2 de profesionales)[25]. La ideología de la «profesionalidad», arruinada por la organización científica del trabajo, no puede funcionar ya más que depurada, referida a unas líneas de fuerza. Puede decirse, en resumen, que las nuevas tablas ratifican e institucionalizan el impulso igualitario del obrero-masa, pero lo hacen para tratar de circunscribirlo a unas líneas y unas posiciones nuevas, menos frágiles, susceptibles de ofrecer menos puntos de apoyo a la protesta. La segunda novedad es resultado de las consecuencias de la adopción de principios y criterios de clasificación sobre la «posición» de las diferentes categorías de obreros tal como estaban definidas en las antiguas tablas. Sobre el telón de fondo general del rechazo de la cotización por puesto de trabajo, había dos cuestiones planteadas con especial vigor por las luchas obreras: la de la barrera levantada entre obreros especializados y profesionales (al mostrarse a su vez seriamente amenazado el P1F creado para este uso particular) y la de la «clasificación» de los propios obreros profesionales en caso de que los especializados irrumpiesen en su jerarquía. La respuesta patronal a estas cuestiones viene dada con toda claridad en una recomendación sobre el «camino a seguir» para establecer las nuevas clasificaciones. La circular de la UIMM estipula a este respecto: «Conviene empezar por la clasificación de los empleos obreros y con prioridad por los que estaban clasificados como profesionales de primer escalón según el antiguo sistema» (o sea, el primer escalón del nivel II de las nuevas tablas). E inmediatamente se precisan las cosas:
¿Quién es, pues, este obrero P1, clave de toda la ordenación? He aquí su definición. Es doble: su trabajo está caracterizado por la ejecución de operaciones clásicas de un oficio en función de las necesidades técnicas, habiendo sido adquirido el conocimiento de ese oficio por una formación metódica o... por la experiencia de la práctica. Obrero de «oficio», pues, pero de un oficio evaluado «en función de las necesidades técnicas», adquirido bien «por una formación metódica», bien por «la experiencia de la práctica». Como se ve, hay una imprecisión de principio. Imprecisión que aumenta más todavía la segunda definición de la categoría de P1, que excluye incluso cualquier referencia al oficio. Aquí el trabajo del nuevo obrero P1
De este modo, la «habilidad de movimientos»[26] toma el puesto ocupado antes por el «oficio» y mantiene la confusión. Además, la doble precisión que aporta después el texto, que supuestamente clarifica las cosas, no hace sino confirmar y consolidar la ambigüedad esencial de esta categoría, decretada sin embargo «punto de apoyo de la ordenación de todas las categorías obreras». Pues si por un lado se sostiene que
por otra, la circular de la UIMM destaca cuidadosamente el hecho de que
Sencilla manera de indicar cómo unos trabajos considerados no cualificados -mientras abunde la mano de obra o la resistencia obrera sea débil- pueden de pronto ser objeto de una «cualificación manual» apreciada a su vez a partir de toda una batería de criterios. A través de estos rodeos, y a pesar de ellos, como se habrá reconocido, el P1F, negado como categoría autónoma, es reintegrado en el nuevo P1. Tras la larga exposición del difícil arte de clasificar al PI, el resto de la clasificación se efectúa rápidamente: - a continuación será examinada [la lista] de los empleos que responden a las exigencias del P2 y del P3 y del técnico de taller; - por último [hablando de la clasificación de los obreros especializados y de los obreros manuales] serán clasificados como O1 del primer escalón en el nivel I... los M1 y la mayoría de los M2 (pp. 4-5). Sigue en pie una pregunta: ¿por qué el P1, declarado con tanta insistencia «punto de apoyo» de la ordenación, está definido con esta ambivalencia esencial? ¿Qué fiabilidad se puede atribuir a una ordenación construida sobre esta ambigüedad fundamental y en su centro? Seamos claros: la «ambigüedad» y la imprecisión, lejos de ser fortuitas —-una «debilidad» en el nuevo dispositivo patronal—- son, muy al contrario, su piedra angular. Su propósito: al integrar como P1 a «ciertas categorías de obreros especializados» (cuya «habilidad de movimientos» se juzgue suficiente), se corta por lo sano al obrero especializado y al obrero-masa, separándolo de sus vanguardias (tanto desde el punto de vista de la combatividad como desde el de la «habilidad») para tratar de efectuar en su seno una división fundamental. Esta medida aparece también como complementaria de la reducción del número de categorías: abrir espacios bien definidos allí donde la proximidad de las «clases» hacía gradualmente posible la serialización de la lucha y de la reivindicación, su homogeneización y su unificación. La «barrera» del P1 continúa, pero como «válvula». Para que siga funcionando, es preciso que esté «abierta» y no cerrada. Por lo demás, esto acarrea un reajuste de la jerarquía de los obreros profesionales: al estar ahora el P1 «abierto», el paso del P1 al P2 se hace más difícil. Si no hay clasificación obrera a nivel II, segundo escalón (coeficiente 180), hay que franquear el muro para pasar del P1 (170) al P2 (190), o sea, 20 puntos; también 25 puntos separan al P2 del P3. Tal es, resumiendo, la respuesta de la UIMM a la comprobación, incesantemente repetida durante el período de las fechorías de la organización científica del trabajo, de la «ausencia de carrera obrera» y los peligros que esta situación supone en cuanto a la «inestabilidad» del proceso de trabajo y al mantenimiento de una alimentación de los talleres con fuerzas de trabajo nuevas. De este modo, la nueva definición del P1, pero también el reconocimiento (aunque circunscrito) de los diplomas que instaura, abren unos espacios de división en los que las características sociales de la mano de obra pueden reforzar las disparidades en el empleo mantenidas y reproducidas por la cotización por puesto de trabajo. En resumidas cuentas, si las nuevas tablas se presentan como una respuesta a las luchas obreras del período posterior a mayo, tomando nota de algunas de las modificaciones resultantes, también es una respuesta «activa». En ellas se expresan un pensamiento y una práctica de la recomposición de la clase obrera que consideran las posibilidades de «integración» relativa de ciertos sectores de obreros especializados -sin atentar contra la jerarquía de los obreros profesionales- al tiempo que aseguran la reproducción en masa y de una manera simplificada de las categorías obreras inferiores requeridas por la producción en masa. La brutalidad de la respuesta de la Renault a las reivindicaciones de los obreros especializados de las prensas de Flins —-evocada al principio de este capítulo—- indica que la nueva definición del P1 se acomoda al mantenimiento de la mayor libertad de maniobra... B) «ESTABILIZACION» Y «DESESTABILIZACION» DE LA FUERZA DE TRABAJO OBRERA II. EL FORDISMO Y EL OBRERO-MASA HOY Con referencia al estado real del mercado del trabajo, en las condiciones de paro legadas por el período posterior a 1974-1975[27], no es difícil adivinar el uso que puede hacerse de estos nuevos elementos de diferenciación y discriminación, por ejemplo entre trabajadores franceses e inmigrados, «jóvenes» y no tan jóvenes, diplomados y no diplomados, hombres y mujeres. Todo está en que las características sociales de cada uno de los componentes de la mano de obra obrera, que son las que los diferencian, puedan ser reforzadas por formas de control institucional que aumenten las disparidades de partida. Acumulando los efectos de cada una de las nuevas medidas tomadas[28], se podría constituir, por ejemplo, un «perfil» del empleo de tal modo que el trabajador que estuviera ocupado en él pudiera a la vez trabajar en tareas recompuestas, ser pagado por mensualidades y ser considerado como P1, perfil que lo distinguiría del obrero-masa sin más y podría contribuir así a la separación entre sus intereses y su comportamiento y los del grueso de la clase. De una manera más general, hay que apreciar en su medida el hecho de que el conjunto de los dispositivos empleados abre una posibilidad de introducir un «juego» totalmente nuevo en la gestión de la fuerza de trabajo obrera. Su resultado general es que el obrero-masa puede ser «serializado», diferenciado, a partir de elementos que conciernen a la vez al modo de consumo productivo de su fuerza de trabajo y al modo de su reconstitución. Así puede obtenerse una «estabilización» relativa en el salario, el empleo y la renta para ciertas fracciones de obreros antes considerados como «no cualificados» y como miembros de una misma clase indiferenciada. Desde este punto de vista, no conviene desestimar los posibles efectos de la «revalorización» del trabajo manual. Sin embargo, el margen sigue siendo estrecho. No está de más repetirlo: debe tratarse de una acción «específica»[29], teniendo cuidado de navegar entre el riesgo «social» de que «la revalorización de los salarios de los trabajadores manuales produce presiones de las otras categorías de asalariados para restablecer las posiciones relativas actuales» (p. 62) y el riesgo «económico» que resultaría de un alza del precio del trabajo que atacara a «la competitividad [de las empresas] frente a unos competidores que dispusieran de una mano de obra menos cara» (p. 63)[30]. De hecho, si se admite que los «grandes equilibrios» que el Estado pretende contabilizar son aquí, ante todo, los que conciernen a la reproducción de las condiciones de la producción en masa, se admitirá también que los «riesgos» invocados son reales y los límites necesariamente estrechos. Pues si ciertamente hay que tratar de circunscribir la nueva eficacia de la resistencia obrera, el mantenimiento de una alimentación de fuerza de trabajo numerosa y barata sigue siendo, por encima de todo, el elemento central y obligado de toda política de la fuerza de trabajo. Esto explica sin duda que en el mismo momento en que, por incitación del Estado, se reforzaban algunos de los imperativos reglamentarios y contractuales concernientes al empleo y el trabajo obrero, el capital, preocupado ante todo por conservar una libertad de maniobra que corría el riesgo de verse recortada, recurriera masivamente a unas técnicas que le permitían escapar a los nuevos dispositivos institucionales. El mérito de Magaud es haber aclarado esta correlación particular: allí donde las «garantías» relativas de empleo y de salarios están mejor aseguradas, en términos de contratos y de convenios, es donde se puede observar el recurso más sistemático a empresas «exteriores» de alquiler de mano de obra y a la contratación de «auxiliares» reclutados al margen de todo marco y de todo estatuto[31]. Nada hay de verdad sorprendente, por lo demás, en esta práctica y en su rápida generalización después de mayo y de Grenelle. Para conservarse en las nuevas condiciones de destrucción del trabajo concreto asegurada por el fordismo y la organización científica del trabajo —desde el momento en que los puestos racionalizados han perdido toda consistencia y pueden ser ocupados tras un reducido tiempo de adaptación— le ha bastado al capital recurrir a una fuerza de trabajo rotatoria, contratada al margen de todo estatuto y de toda garantía. Donde todavía se manifestaban vacilaciones, la crisis de 1974-1975 vino a precipitar las cosas, acarreando la extensión y la aceleración del trabajo así puesto en estado precario. A la escala en que ahora se practica, el trabajo interino en sus diversas formas debe aparecer como lo que es: el principal punto de ataque contra decenas de años de luchas y compromisos. Más fundamentalmente todavía, abre la posibilidad de proceder, y en masa, a la desestabilización de secciones enteras de la fuerza de trabajo obrera, incluidas las que tradicionalmente disfrutaban de empleos «garantizados». Además del crecimiento ininterrumpido del trabajo interino[32], las recientes encuestas aclaran este punto esencial: del total de las «semanas de trabajo» aseguradas por contratos de interinidad, el 68 % correspondió a personal «obrero», y, lo que es aún más importante, el 56,2 % de este total correspondió a empleos obreros «no cualificados», pero el 43,8 % estuvo a cargo de obreros «cualificados», en su mayoría «de oficio»[33]. Como indican claramente estas cifras, la precarización del trabajo afecta ahora masivamente a unas categorías de empleos que hasta entonces estaban dotados de «estatutos» relativamente estables. Como es sabido, el fenómeno no se limita solamente a los empleos de taller. También la oficina se ha visto desestabilizada así y en masa. A medida que se desarrollaban en ella las técnicas de la organización científica del trabajo, asentando la producción (o el proceso) del documento sobre una base parcelada y repetitiva, se daban las mismas condiciones que permitían un abastecimiento de mano de obra rotatoria y móvil: desde las agencias de mecanógrafas a los centros de clasificación de correos o de la caja postal, se ha afirmado progresivamente un nuevo tipo de empleado. El resultado esencial es que la figura del obrero-masa se ha visto prolongada, se ha extendido para abarcar ahora la del empleado. Las recientes huelgas de la banca, correos o la Seguridad Social han venido a recordar a quienes todavía lo dudaban que la organización científica del trabajo produce en todas partes los mismos efectos[34]. Una doble novedad resulta de estas mutaciones. En primer lugar, el obrero-masa se vuelve más esencialmente móvil e inestable que nunca, viéndose obligado a desplazarse a través de las ramas, las categorías de empleo y los puestos de trabajo en función de la orientación dada a la reestructuración, de las inflaciones o las depresiones coyunturales y cíclicas. Además, el taller no es ya el terreno exclusivo de su reclutamiento: la oficina, el comercio y el servicio público forman ahora parte de su movimiento. En este sentido, puede decirse con Negri que el obrero-masa se convierte en «...obrero del sector terciario, obrero social, obrero proletario»[35]. Sin duda conviene, para no faltar a la verdad, no borrar las diferencias y distinguir, por ejemplo, entre el obrero de cadena y el empleado de una caja de ahorros. Pero sería todavía más inútil no registrar la novedad: esta extensión y esta prolongación de la figura del obrero-masa en series desmultiplicadas y reforzadas de situaciones de trabajo. De hecho, y por decirlo en pocas palabras, parece como si a la antigua línea de discriminación obrero de cadena/obrero profesional de oficio se añadiera una nueva: obrero «estabilizado»/obrero «desestabilizado», que la tapa y la desborda. ¿Qué pinta la «revalorización del trabajo manual» en todo esto? Concebida para introducir elementos de diferenciación sobre la base de la antigua línea de discriminación, aparece como algo sin objeto y, en cualquier caso, sin puntos de aplicación frente a la nueva composición de la clase obrera, a la situación creada en el empleo por la terciarización de la producción sobre su nueva base y al desarrollo en gran escala del trabajo precario. Y si ciertas fracciones de la mano de obra pueden ser «estabilizadas», esta estabilización no aparece más que como un elemento de un proceso mucho más profundo y mucho más amplio de «desestabilización» de la fuerza de trabajo obrera, al seguir teniendo el capital la necesidad de reproducir incesantemente las condiciones que permiten suministrar a la gran industria fuerza de trabajo numerosa y barata. Es preciso decirlo clara mente: el obrero social, prolongación y desarrollo del obrero masa, constituye hoy día esa mano de obra que el fordismo creó por medios «artificiales». Y como eco de la nueva figura del obrero y de los nuevos caracteres de la composición de clase, se dibujan nuevas formas de rechazo y resistencia: nueva puesta en marcha de la producción bajo dirección obrera, comisiones de parados, coordinadores de «ocupación» del empleo o incluso autorreducciones y huelgas de alquileres (en masa, por ejemplo, y desde hace tres años, en las viviendas de Sonacotra). Una vez más, parece como si, en el ciclo de la lucha obrera entablada en la década de 1960 en torno al obrero de cadena —con la organización científica del trabajo y los múltiples dispositivos de control que aseguran su existencia como blanco principal—, se añadiera un nuevo ciclo, todavía en busca de inspiración y fuerza, centrado esta vez más contra el paro, el trabajo precario y la carestía de la vida. Sin duda, el vigor del ataque es tal que la resistencia obrera no ha conseguido contenerlo por el momento. Pero cómo no notar también las posibilidades abiertas a cierta «recomposición» de la unidad y del movimiento cuando luchan codo con codo contra la reestructuración el obrero de oficio (descargadores de muelle, astilleros, siderurgia), el obrero-masa (Flins, Moulinex), el empleado (correos) y en todas partes el trabajo precarizado. Hoy lo mismo que ayer, el fordismo continúa produciendo en el terreno social todos los efectos que le son propios. De una manera ampliamente renovada, sin duda, pero conquistador, ayer al menos, producía con la producción en masa y la generalización del salariado un cambio completo del modo de existencia de los hombres. Hoy día no se reproduce ya más que a la fuerza, del automóvil a la siderurgia, de la siderurgia a los astilleros, y de los astilleros al sector textil. ¿Son el paro y la precarización del trabajo, en su increíble nivel actual, efecto de mutaciones brutales pero transitorias, como se sostiene en ocasiones, o son, por el contrario, la expresión de la nueva condición social de existencia del fordismo y de la producción en masa? Mucho acero se ha fundido desde que Taylor
enseñaba al obrero Schmitt el arte y la manera de mantener los lingotes
de fundición. Y el obrero Schmitt murió. Helo aquí de
nuevo, sin embargo, a lo largo de las líneas de montaje, claro, pero
también detrás del autómata, el ordenador, la oficina o la
ventanilla, en el corazón de las formidables cantidades de
mercancías que Occidente continúa acumulando... Véanse tres ejemplos que indican la naturaleza de las posibles disparidades: Condiciones de indemnización de mensualización por enfermedad en tres acuerdos de mensualización*
* Elementos proporcionados por J. Bunel, op. cit., pp. 124-125.
[1] Todas
las
citas de este párrafo están sacadas del formidable testimonio sobre la
racionalización del trabajo que constituye el libro de Navel, Travaux, Albin-Michel, 1964.
[2] Aquí se impone una precisión. Entendámonos: decimos «taller», pero puede leerse también «obra», «tajo» u «oficina», o sea, cualquier espacio en que se inserte la actividad de trabajo. Igualmente, decimos «cronómetro», pero designamos también todas las tecnologías de medición de tiempos y movimientos que se han desarrollado después del taylorismo. [3] «Analyse et significations des migrations de main-d'eeuvre», Cahier de l'ISEA, núm. 117, septiembre de 1966, p. 136. [4] Hasta en el mismo Marx, donde sin embargo las leyes fundamentales que rigen la acumulación del capital vienen dadas por las condiciones de la extracción del plustrabajo, el paso de las mutaciones que afectan al proceso de trabajo a las que conciernen a la acumulación del capital sigue en el estado de figuras formales. En el terreno de El capital hubo que crear las «categorías intermedias» que permiten explicar ciertos rasgos específicos del esquema de acumulación correspondiente a la producción en masa moderna, tal como se ha constituido históricamente, a partir del taylorismo y del fordismo.Precisemos que los materiales que componen este libro fueron expuestos en diversas notas de investigación antes de ser sostenidos como tesis doctoral en ciencias económicas bajo el título: «Le taylorisme, le fordisme, la production de masse et les nouveaux modes d'organisation du travail industriel», Université Paris X Nanterre, noviembre de 1976. Como diversos autores han recogido algunas de estas notas, no he creído necesario restablecer las diferencias en cada ocasión. [5] A. Negri, La classe ouvriére contre l'Etat, Galilée, 1978. [6] El P1 (profesional de primer grado) es una reivindicación ya antigua y constante de los obreros especializados, a quienes, en general, les está vedada toda «promoción». A lo largo de este capítulo se discute detalladamente. el significado de la reivindicación del P1. [7] Se trata de un informe del grupo de estudio Rémunération des travailleurs manuels y sus «Anexos» bajo la dirección de M. Giraudet, Documentation francaise, marzo de 1976. [8] Esta vez, las comillas están en el mismo informe. [9] Informe Giraudet, op. cit., p. 27. [10] Excluyendo ciertas categorías de empleados cuya condición estima el informe que es similar a la de los obreros de taller o de obra. [11] A este respecto, el informe precisa: «La razón de esta evolución parece ser la pérdida de ciertas capacidades físicas debida a la edad y la necesidad del trabajador manual que va envejeciendo de conformarse con puestos menos cualificados» (p. 57). [12] Entre las categorías de «obreros» y «empleados, técnicos y contramaestres», que son las únicas que nos interesan aquí. [13] Citado por J. Bunel, La mensualisation, une réforme tranquille?, Editions ouvriéres, París, 1973, p. 208. Esta obra, muy documentada y detallada, constituye el ensayo más sintético sobre la cuestión. [14] En cualquier caso, es significativo que los «expertos» hayan tenido buen cuidado de evitar cualquier ambigüedad. [15] Desde este punto de vista, es preciso señalar que la práctica de la «mensualización» se había desarrollado ya en ciertas ramas y/o para ciertas categorías de obreros mucho antes del acuerdo de 1971. J. Bunel (op. cit.) distingue tres situaciones: «La mensualización como política de 'recompensa y promoción', como `norma de estatuto de obreros cualificados' (en un período de crecimiento caracterizado por la escasez de ciertos tipos de cualificaciones) y como `norma del estatuto obrero'.» En este último caso, se trata de industrias automatizadas (petróleo) o de industrias de gran innovación tecnológica (aeronáutica, electrónica). En casi todos los casos, el estatuto del trabajador pagado por meses va unido a una «polivalencia» reconocida, en nombre de la cual se obtiene la movilidad entre los puestos o talleres de la fábrica. [16] Punto suplementario que nos contentaremos con indicar, queda por dilucidar -dado que estos acuerdos han sido negociados término a término y firmados por los grandes sindicatos obreros- en qué medida sólo han sido posibles porque el objetivo patronal, tal como se acaba de precisar, coincidía a cierto nivel con el del sindicalismo, deseoso por su parte, (ras los disturbios de 1968, de asentar o reasentar su hegemonía y su control sobre unos sectores de la clase obrera que, durante aquel período, se habían movido de manera independiente o contra él. Problemas «complejos» sin duda, pero cuya dilucidación es decisiva para entender lo que está en juego -y sus diversas dimensiones- en las políticas de contractualización de las relaciones de clase, que, empleadas desde Keynes, han sido ampliamente renovadas en el período inmediatamente posterior a 1968. Porque hay que señalar que en todo el mundo occidental, aunque siempre de forma específica, la «contractualización» renovada ha sido uno de los aspectos de la respuesta patronal y estatal a la explosión obrera de finales de la década de 1960: plan «Scalon» en Estados Unidos, extensión de la cogestión en la m' , «convenios» italianos, democracia industrial en la Europa del Norte. [17] El plazo de carencia puede definirse como el «período que sigue inmediatamente a la ausencia del asalariado y durante el cual no es indemnizado». Para la Seguridad Social es de tres días. [18]
Véanse tres ejemplos que indican la naturaleza de las
posibles disparidades:
Condiciones de indemnización de
mensualización por enfermedad en tres acuerdos de
mensualización*
* Elementos proporcionados por J. Bunel, op. cit.,
pp. 124-125. [22] Sólo firmarán el «acuerdo» la. UIMM, por un lado, y FO, la CFTC y la CGC, por otro. Tras largas negociaciones, la CFDT y la CGT tomarán finalmente la decisión de no rubricar el acuerdo. [23] Claro está que no se trata tampoco de un verdadero «mínimo garantizado»; el salario sigue dependiendo del número de horas trabajadas. [24] En cuanto al efecto de las nuevas tablas en las remuneraciones, hay que señalar, sin embargo, los tres puntos siguientes:En primer lugar, en la medida en que se trata de una «determinación jerárquica mínima» se dejan intactas las disparidades relacionadas con el salario por rendimiento, a destajo, por horas, con sus «bonificaciones», y con el sistema de primas. No hay que buscar, pues, por este lado la «novedad» anunciada.Además, se mantienen en principio las disparidades existentes entre ramas (la UIMM abarca a varias de ellas, desde el automóvil a la aeronáutica) y entre regiones. El dispositivo prevé que el valor del punto se fije mediante «convenio colectivo territorial». De ahí que a un mismo coeficiente (170, por ejemplo) corresponda un salario diferente según las distintas regiones en iguales circunstancias.Por último, el «acuerdo» -el documento de la UIMM no cesa de repetirlo- no menciona en parte alguna el «respeto de los beneficios adquiridos»; al contrario, es posible una «pérdida de categoría» ocasionada por las «nuevas evaluaciones» de los puestos de trabajo a que debe dar lugar la aplicación del nuevo sistema. Estas pérdidas de categoría pueden efectuarse en la siguiente forma:A la pregunta planteada a M. Champion, «encargado de las clasificaciones de la UIMM», se da la siguiente respuesta:«Es lógico buscar la verdadera cualificación del puesto de trabajo en relación con la definición dada en el acta del convenio colectivo. Si se advierte que el puesto de trabajo estudiado no es un puesto que prepare para el tercer escalón se le clasificará en consecuencia. Tendrá quizá el coeficiente 215 en lugar del 290. Hay, pues, una pérdida de categoría. Se mantendrá, sin embargo, el coeficiente 290 a título personal, pero el sucesor recibirá el coeficiente 215.»Acta de las industrias metalúrgicas del Marne (21 de noviembre de 1975), citado por P. Boullu y J.-M. Bauguereau, op. cit. [25] No se trata ya de un «catálogo de oficios», sino de un principio de clasificación basado en nuevos criterios. [26] Por primera vez a este nivel, la «habilidad de movimientos» (definida en el acuerdo por «la soltura, la destreza, la rapidez en coordinar el ejercicio de la vista o de los otros sentidos con la actividad motriz; se aprecia por la delicadeza y la precisión de la ejecución») es socialmente reconocida si no como elemento de cualificación al menos como criterio de clasificación. Compárese este hecho con las recomendaciones del informe Giraudet, que precisaba: «La revalorización debe ser la ocasión para incluir en las clasificaciones (...) la inteligencia práctica y las cualidades físicas...: vigor, habilidad de movimientos, rapidez, agudeza visual, y también grado de resistencia a la fatiga -muscular y nerviosa- necesaria y más generalmente la aptitud que indica cada oficio, la 'cualificación manual' en cierto modo» (p. 78). [27] Sobre este punto, véase, por ejemplo, Guy Caire, «Le VII` plan et l'emploi», Sociologie du Travail, núm. 1, 1976. [28] Con la mensualización y las clasificaciones, nos hemos atenido al examen de las dos reformas más importantes hasta el momento. Otras muchas están en preparación y en curso de ejecución. Citemos especialmente la instauración de los horarios flexibles, la autorización de una jornada de trabajo legal de diez horas (4 x 10 horas semanales), la transformación de la composición de los consejos de hombres buenos, etc. Todas estas reformas conducen a modificar profundamente la legislación laboral en el sentido de permitir una mayor «flexibilidad» de funcionamiento a las direcciones de las empresas. [29] Véase en particular el informe Giraudet (ya citado). [30] Sobre este último punto, y de propina, la comisión Giraudet ha procedido a una simulación, sobre la base del modelo FIFI, con vistas a apreciar las «modificaciones de los equilibrios económicos (...) que podría acarrear una política imprudente o insuficientemente coordinada» (p. 63). Por más que el grupo de estudio advierta que se trata de un «ejercicio sumario», no por ello deja de basarse en los resultados obtenidos para declararlos «elocuentes» y justificar su propuesta de una acción muy circunscrita y específica. [31] Magaud, «Vrais et faux salariés», Sociologie du travail, núm. l, 1974. El estudio se ha realizado en la función pública, que es uno de los sectores más ilustrativos de una situación en la que coexisten a la vez los empleos mejor «garantizados» y el mayor número de personas con tratadas «al margen de todo estatuto». Un reciente estudio efectuado por nosotros en la petroquímica viene a confirmar este fenómeno: al tratarse de una. rama que dispone de uno de los mejores convenios colectivos, en ella se recurre masivamente al trabajo en «subcontrata». Finalmente, en un estudio consagrado al mercado del trabajo en Francia, M. Piorre sostiene que el «dualismo» que se puede observar se explica ante todo por_ el _refuerzo de los imperativos institucionales nacidos en Grenelle y de la voluntad de los patronos de «librarse» de ellos. Cf. «Dualism in the labour market: the case of France», Revue Economique, enero de 1978. [32] La cifra de negocios de las empresas que utilizan trabajo interino pasó de 400 millones de francos en 1965 a 1900 en 1968 y a 2 809 en 1970. Entre 1975 y 1976 el volumen de actividad de las empresas que emplean trabajo temporal aumentó todavía un 35 %. [33] En Travail Information, núm. 14, «Le travail intérinaire au cours de l'année, 1976». Esta nota aclara también el cambio cualitativo que se produjo en 1974: antes fenómeno principalmente femenino y característico del sector terciario, el trabajo interino ha pasado a ser principalmente industrial y masculino. [34] El fenómeno cobra todo su sentido si se añade que lo que se ha dado en llamar la «terciarización» de la producción —y la terciarización sobre esta nueva base parcelada y repetitiva— es uno de los caracteres más constantes del desarrollo económico de los aparatos modernos. Una reciente nota del Centre d'Etudes de l'Emploi (Bulletin d'Information, núms. 29-30) viene una vez más a recordarlo: el sector terciario ha constituido (de 1968 a 1975) el principal soporte de la evolución del empleo. Sus efectivos aumentaron durante ese período en 1 834 000 unidades, mientras que el saldo neto de los empleos en el sector secundario aumentaba en 170 000. [35] Negri, La classe ouvriére contre l'Etat,. Galilée, 1978. |
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