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EL TALLER Y EL ROBOTEnsayos sobre el fordismo y la producción en masa en la era de la electrónicaBenjamín CoriatPrimera edición en español, 1992 quinta edición en
español, 2004 El fin del fordismo, la afirmación de un nuevo sistema técnico inauguran —se sostiene en el prólogo que abre este libro— una nueva coyuntura histórica. Bajo el nombre de tecnologías de la información, dentro de las cuales se toma al robot como figura emblemática, opera una revolución silenciosa. Por una serie de importantes influencias el sistema completo de la producción en masa se va a ver trastornado. Una serie renovada de exigencias, pero también de oportunidades, nacerá de ahí. Partir del taller para examinar la manera en que el fordismo enfrentado a la era de la electrónica se desarticuló para después recomponerse. tal es en pocas palabras el objeto de esta obra. De principio a fin, y de manera deliberada, la preocupación es prospectiva. Para marcar la diversidad de porvenires posibles, a manera de epílogo, se proponen tres argumentos que trazan los contornos de diferentes configuraciones "posfordianas", las cuales se anudan bajo nuestros ojos. B.C.
Benjamín Coriat es profesor adjunto de ciencias económicas en la Universidad París—XIII. Es autor de El taller y el cronómetro y Pensar al revés, también publicados por Siglo XXI. PrólogoUna nueva cotuntura históricaEl virgen, el vivaz, el hermoso
presente
pretende destrozarnos con un ebrio aletazo el lago olvidado y duro que su escarcha encuentra ¡el glaciar transparente de vuelos que no huyeron! S. MALLARMÉ, Poésies
Desde luego hubo precursores, pero si lo que nos preocupa es captar el momento de la entrada irreversible de la electrónica en el taller, las cosas están claras. En la segunda mitad de la década de los setenta es cuando el robot —objeto rey de la nueva automatización— asegura un vigoroso avance que ya no se desmentirá: sólo algunos cientos de robots están en actividad en 1974, varias decenas de miles en 1989.[1] Y eso para no mencionar la inmensa logística informática o electrónica, en la cual se apoyan autómatas y gobernadores programables u otras calculadoras y computadoras industriales, que pilotean en tiempo real las trayectorias de las bandas transportadoras o hacen entrar en acción, con milisegundos de diferencia, las herramientas de las máquinas. Sospechamos que semejante avance, semejante invasión de la lógica y del orden del taller, no son ni causa única ni explicación simple. Para dar cuenta de esta mutación, hay que invocar un conjunto de historias, de trayectorias y de determinaciones. Para aclarar las cosas e introducir un principio de lectura y de interpretación, diremos que en la segunda mitad de la década de los setenta tres historias conexas, pero cada una con su temporalidad propia, convergen para asegurar este impulso y este avance sin precedente de la electrónica como herramienta de producción. La primera de esas historias es, por encima de todo, la de la forma, la del empleo y la de la disciplina industrial tal como se expresa y se entabla en las técnicas de organización del trabajo. La electrónica toma aquí un relevo, el del taylorismo, cuya legitimidad está quebrantada y que, desde fines de la década de los sesenta, comienza a aparecer como una inmensa máquina consumidora de tiempos muertos. El concepto simple y rústico de la división y de la hiperfragmentación del trabajo, hasta entonces totalmente hegemónico, se ve sustituido por el florecimiento de una práctica y muy pronto de conceptos nuevos en materia de organización del trabajo. La segunda historia se alimenta de la primera, pero la rebasa, y en parte la determina. Es la de los comportamientos y las estrategias de valorización de los capitales seguidas y desarrolladas por las empresas, es decir también de las formas de competencia que se forman y se deshacen en este enfrentamiento permanente que constituye la economía llamada de "libre empresa". Tras una larga fase de mercados crecientes y solicitantes de productos estandarizados, el periodo posterior a 1974—1975 va a marcar la entrada en la era de los crecimientos más lentos y de la diferenciación. La era de la competencia por la calidad, la era de los productos especificados y de la fabricación por lotes. También aquí la electrónica, la flexibilidad en el uso de los equipos que ésta hace posible, encontrarán un espacio para desplegarse a gran escala. Finalmente, la tercera historia es de orden científico y técnico. Es la historia conjunta de la computadora y del autómata industrial llegados de los confines de lo imaginario, y de lo más vivo de las preocupaciones humanas, desde el momento en que, por lo menos, el factor en juego es la reducción de la dificultad y del esfuerzo. La guerra, el florecimiento de innovaciones a las que da origen, el matrimonio de la electrónica y la mecánica —"la mecatrónica", dicen los japoneses—, así como los desarrollos de la informática de producción, van a converger para que se asegure el desarrollo de un potencial técnico sin precedente, utilizable en combinaciones productivas y formas de organización nuevas. Describamos brevemente estas tres historias, esas tres determinaciones y las condiciones de su convergencia. Una claridad nacerá de ello en el punto en el que estamos, y donde comienza, con la era de la electrónica industrial, la entrada en una coyuntura histórica nueva. 1. ORGANIZACIÓN: EL SURGIMIENTO DE NUEVOS CONCEPTOS En 1990 parece que se ha dicho todo, o casi, de la crítica al taylorismo. Señal de los tiempos: el "Adiós a Taylor" se convirtió en un párrafo obligado para quien —con alguna credibilidad— desea hablar sobre las organizaciones del futuro y "la fábrica del mañana" ... En poco más de una década, ¡cuánto camino recorrido! El maestro estadunidense —decenas de años de enseñanza, de minucia, de normas en todo el mundo copiados y vueltos a copiar— ¡barrido así, y tan rápido! Sin duda fue demasiado honor pero ciertamente hoy es demasiada indignidad ... Tendré la ocasión de mostrar que Taylor, o al menos el corazón de su enseñanza, sigue presente y bien vivo en el centro de los dispositivos complejos supuestamente más "modernos— y más sofisticados. La electrónica, por desgracia demasiado a menudo todavía, sólo es introducida como soporte al servicio de las técnicas más tradicionales de intensificación del trabajo. Sin embargo, también es cierto que al comienzo de la década de los ochenta cierta historia se termina. La del paradigma centrado en los principios taylorianos y fordianos,, piedra angular de todas las organizaciones del trabajo hasta nuestros días, y que estipula que la eficacia y la productividad dependen centralmente de un trabajo fragmentado y distribuido a lo largo de una línea, la cual se desplaza a ritmo rígido. Históricamente eficaz, en otra configuración por completo distinta de los mercados de trabajo y del sindicalismo, el taylorismo, considerado bajo su forma canónica y como sistema de conjunto, llega verdaderamente a sus límites. El punto importante, por lo que nos ocupa, es que su impugnación y su reexamen crítico dejan libre un inmenso terreno para la búsqueda de nuevas prácticas y de nuevos conceptos en organización. Terreno que apenas comienza a recorrerse. Esta búsqueda de nuevos conceptos en organización, comenzada desde principios de la década de los setenta, es el primer suceso importante en el cambio de coyuntura general al que asistimos. En efecto, ayer como hoy el corazón de las investigaciones sobre organización sigue centrado en los principios más eficientes en materia de ahorro de tiempo en la producción; éste tiene que ver con las condiciones y las tasas de intervención de las máquinas, el modo de consumo productivo de la fuerza de trabajo o la administración de las materias primas y de las existencias. En todos estos puntos, las innovaciones organizacionales hoy son numerosas y de gran alcance. A lo largo de esta obra, insistiremos abundantemente en las mil y una novedades conceptuales, ya constituidas o que sentimos que comienzan a brotar, y que renuevan a profundidad el pensamiento sobre organización, para hacerlo capaz de administrar sistemas ya esencialmente complejos. Sin embargo, antes de entrar en detalle, desde el principio deben aportarse dos precisiones a propósito de la relación entre organización y electrónica del taller. La primera consiste en recordar claramente que si el autómata, el robot o la calculadora son indiscutiblemente soportes —a veces poderosos— para volver operativas nuevas organizaciones (tratándose por ejemplo de la puesta en práctica de nuevos principios en materia de organización de los flujos y de las transferencias, de conexiones entre máquinas y líneas de producción, o de la administración de las compras...), en ningún caso constituyen sustitutos de la actividad propiamente conceptual en que consiste el acto de concebir una organización del trabajo y de la producción. Taylor y posteriormente Ford fueron importantes por sus aportaciones en conceptos, o si se prefiere por sus innovaciones organizacionales. El taylorismo, independientemente de las mil y una aplicaciones a las que dio lugar a partir del tríptico: especialización de las funciones, fragmentación de las tareas y medición de tiempos y movimientos, hizo posible y utilizable para todos el concepto de organización del trabajo en tiempo asignado. A través del principio de la transportación mecánica de las piezas a lo largo de líneas concebidas para resguardar operaciones sucesivas, Ford aporta el concepto de tiempo impuesto.[2] Así pues, que las cosas queden claras. Hay que distinguir cuidado samente las innovaciones organizacionales de las innovaciones tecnológicas, y esta distinción esencial constituye una de las claves de la lectura fundamental que pretende aportar esta obra a la interpretación que propone de los cambios en curso. La segunda precisión que deseamos aportar consiste en recordar que, en la concatenación de mutaciones a la que asistimos, las innovaciones organizacionales han precedido a las innovaciones tecnológicas. Siempre y cuando al menos, como es el caso aquí, por innovaciones tecnológicas se entienda generaciones de medios de trabajo que incorporan la electrónica. En efecto fue desde fines de la década de los sesenta, como respuesta directa a la crisis del taylorismo, cuando por iniciativa de las empresas, se desarrolló un intenso movimiento de experimentación y de investigación, cuyo objetivo era disminuir la vulnerabilidad de la cadena de montaje al ausentismo, al turn—over y más generalmente a las diferentes formas, larvadas o abiertas, de resistencia obrera. Era la época llamada "de la humanización del trabajo", bandera bajo la cual se desarrollaron mil y una innovaciones, y prácticamente en todos los países de capitalismo avanzado. A la distancia, debemos reconsiderar esta época y este episodio para apreciarlos en su justa medida. Desde ese punto de vista, hay que decir dos cosas. La primera es para recordar que, en cuanto al objetivo proclamado, poner fin al trabajo deshumanizado, fragmentado y repetitivo, el periodo termina con un completo fracaso. Si bien hoy hay menos obreros especializados en el porcentaje de la población trabajadora, no debe imputarse en primer lugar a los métodos diversos de recomposición de las tareas, sino al desempleo que no ha dejado de extenderse, golpeando muy duramente a los sectores menos calificados y menos protegidos de la fuerza de trabajo social. Además, salvo raras y notables excepciones, a las que volveremos, allí mismo donde se introdujeron esas técnicas, ningún observador serio se atreve a sostener que la revolución anunciada de readaptación del trabajo "deshumanizado" verdaderamente tuvo lugar. Sin embargo, y es el segundo punto sobre el que hay que insistir, si bien el trabajo manual no ha sido "revalorizado", por uno de esos rodeos que acostumbra la historia, la herencia que nos viene de este periodo no por ello deja de ser de considerable alcance. En efecto, el periodo lega el hecho —que hará época y en el cual viviremos aún mucho tiempo— de que nuevas pericias en materia de organización se constituyeron, desfasadas y a veces opuestas a los preceptos canónicos del taylorismo y del fordismo. Una nueva cultura técnica de empresa nació. Desde luego no surgió de la nada. Georges Friedman[3] informa cómo, desde la década de los cincuenta, se habían realizado experiencias de reorganización de las tareas en la industria estadunidense. En la década de los sesenta, el enfoque llamado sociotécnico abría por su parte fórmulas inéditas a la experimentación. Sin embargo, con el impulso de las luchas de los obreros especializados, la amenaza permanente de ruptura que significaban, al comienzo de la década de los setenta se da un cambio brusco. Y las investigaciones sobre organización del trabajo "dan a luz" finalmente a nuevos principios, a nuevos conceptos. Vayamos a lo esencial. Más allá del detalle de los experimentos y de su diversidad, se constituye un nuevo concepto general de organización —postayloriano— para la producción de muy grandes volúmenes, es decir allí donde las rigideces parecían ser más ineludibles. Descansa sobre tres principios interdependientes:
Pongamos los puntos sobre las ies. Eso no tiene nada de ""tecnológico". La innovación descrita aquí es, en esencia y principio, puramente organizacional. Prueba de lo cual es el hecho de que las primeras experimentaciones en ese sentido —de lo cual la fábrica Volvo de Kalmar constituye un arquetipo muy estudiado— son muy anteriores a la era de la informática industrial. Como mostraremos en detalle más tarde, esas experiencias apoyadas en conceptos nuevos liberarán un enorme potencial de productividad y, digámoslo, de flexibilidad en las organizaciones productivas. Sobre todo, es en ese tipo de base productiva donde la electrónica, que llega un poco más tarde, dará su plena medida. A partir de conceptos taylorianos, en esencia la electrónica sólo habría contribuido a una rigidez suplementaria del taller. De esta manera, sostendremos que es una nueva ingeniería organizacional la que se ha constituido allí. Con el tiempo no cesará de alimentarse en las fuentes y los orígenes más variados, recibiendo sobre todo la aportación de los conceptos de la tecnología de grupo. Hoy, llegado el tiempo del "modelo japonés", la que opera es la revolución del "justo a tiempo" y de las organizaciones "de flujos tensos", modificando lo que aún quedaba de los credos clásicos de la escuela estadunidense tayloriana y fordiana. Esa renovación, esencial, de las bases y de las habilidades en organización que, como hemos visto, obedece a una historia propia, en busca de nuevos soportes para el ahorro de tiempo y la ganancia de productividad, es mucho más poderosa y vigorosa, pues se encuentra hoy atrapada en otra historia, otro recorrido que le es afín, el de las formas de competencia. Se esboza así un juego de figuras complementarias. Todo había comenzado con una secuencia propia y acusadamente singular que el taylorismo había encadenado y asociado: la producción de grandes volúmenes y la competencia por las cantidades y los costos. La larga crisis que se despliega ante nuestros ojos, la inestabilidad —que ha vuelto a hacerse del crecimiento y de la acumulación han hecho resurgir la incertidumbre y la imprevisibilidad como horizonte permanente. Las condiciones de la presencia o de la reproducción de la empresa en el mercado, y a fortiori de su crecimiento, se han modificado. Desde ahora, estar presente significa ser capaz de responder a una situación de demanda ampliamente imprevisible tanto en cantidad como en calidad. Tras la era fordiana de los productos estandarizados fabricados en serie, he aquí la era de lo poco, la era de la calidad y de la diferenciación. 2. PRODUCTOS Y MERCADOS: EL AUMENTO DE LA CALIDAD Y DE LA DIFERENCIACIÓN Situémonos del lado de la empresa individual. Cualquiera que sea su colocación o su parte de mercado, en cualquier sector que opere, poco a poco se afirmará una novedad, para imponerse finalmente como una verdad esencial de nuestro tiempo. Ese cambio radical de situación, ya enteramente consumado a principios de la década de los ochenta, cabe en una proposición única: la era de la producción en serie de productos indiferenciados ha terminado. Sin embargo, esta proposición radical, que por supuesto hemos decidido presentar como tal, no debe conducirnos a conclusiones o interpretaciones apresuradas. Por esto, desde el principio es necesario hacer una precisión que vale igualmente como advertencia. No es la producción en serie como tal la que está condenada, sino la producción en serie de productos indiferenciados. Volveremos a ello ampliamente: demasiadas ventajas económicas están ligadas a la producción de grandes o muy grandes volúmenes como para que pueda pensarse que sea abandonada. No obstante, en adelante debe aceptarse un nuevo desafío: conjugar grandes volúmenes y producción por lotes de mercancías especificadas. Desde ahora este apremio y este desafío son universales, y conciernen tanto a las empresas de los sectores tradicionales de demanda estancada o decreciente como a las dedicadas a la fabricación de productos nuevos, en los sectores donde la demanda es creciente y donde la innovación de procedimientos o de productos se ha vuelto casi permanente. Las causas de esta situación son múltiples y con frecuencia interdependientes. En cuanto al fondo, se reducen a las condiciones nuevas creadas por la apertura recíproca de las diferentes economías nacionales en un momento en el que en los grandes países de crecimiento fordiano canónico, los mercados de base de equipo básico están relativamente saturados. En efecto, en la década de los setenta el crecimiento se hace más lento, más inestable, mientras que la competencia se vuelve más compleja, y los mercados están sometidos a un proceso de fragmentación y segmentación en componentes específicos. Explicitar un poco esas nuevas dimensiones, nos permitirá delimitar mejor los contornos del paisaje al que desde ahora deben enfrentar los agentes. Para apreciar la significación de ese paso a la era de la diferenciación, hay que partir del hecho de que desde la década de los setenta en la mayoría de los sectores de la producción en serie de productos terminados (automóviles, electrodomésticos, bienes de equipo de los hogares...), pero también de productos intermedios (siderurgia, petroquímica, vidrio ... ), los mercados, que eran globalmente solicitantes (es decir que las empresas tenían los mercados garantizados, pues la demanda era sin cesar potencialmente superior a la oferta), se invirtieron para volverse globalmente oferentes: con frecuencia las capacidades instaladas se han vuelto superiores a las demandas solventes. De esta manera, en el momento mismo en que los oferentes reales o potenciales se multiplican, y en el que se vuelven complejas las condiciones de competencia, el crecimiento mundial se hace a la vez más lento e inestable. En el caso de los grandes fabricantes de productos industriales, los bienes destinados a la exportación ocupan una parte permanentemente creciente de la actividad interior. De ello resulta que la estrategia de crecimiento de las empresas, por disminución de los costos, mediante efectos de dimensión y búsqueda sistemática de economía de escala, llega aquí a un límite verdadero. Alimentar un mercado, conquistar uno nuevo, desde ahora exige conciliar menor costo con una política de productos que permita —por adaptación o por anticipación— captar círculos de consumidores especificados y cuyas demandas estén determinadas. Lo que sucede es que, durante el periodo de la edad de oro del fordismo y del crecimiento regular del poder de compra, el sector asalariado se extendió y se hizo complejo, ocasionando una multiplicación de las categorías y de los segmentos del mercado del trabajo, y formando de esta manera una demanda mucho más diferenciada que en el pasado. En el caso de un mismo producto de base, las características esperadas para cada categoría de consumidor se vuelven particulares y especificadas. Para decirlo en una palabra, poderosas fuerzas convergen de diferentes vertientes para asegurar al valor de uso de los bienes una importancia y una atención renovadas. La calidad del producto, su adecuación a normas técnicas o culturales extranjeras, o su adaptación a círculos especificados de consumidores, se convierten en condiciones esenciales de su penetración en los mercados. Además, si bien las presiones de producción en serie a bajo costo se perpetúan, en adelante la oferta de productos deberá ser capaz también de hacer frente a la diferenciación de la demanda. Una política del valor de uso deberá ser constitutiva de la propia estrategia de producción.[4] Dos ejemplos elegidos a propósito en dos sectores de producción en serie de características muy diferentes permitirán ilustrar lo dicho. En la industria automotriz por ejemplo, para un modelo de base (el R5 de la empresa Renault o el Ford "Fiesta" ... ), existe en promedio un centenar de variantes, según las opciones, las especificaciones, o las normas de exportación.[5] ¡Qué lejos está el tiempo en que Ford, desde lo alto de su soberbia, podía tranquilamente anunciar: "Los clientes tendrán un auto del color que quieran, ¡siempre y cuando lo quieran negro!... En resumen, no todo lo concerniente al avance de la diferenciación es sencillo. Y no todo es imputable sólo al comportamiento de los consumidores. Se trata, en la misma medida, de estrategias de oferta. Hace ya mucho tiempo, el gran economista estadunidense Chamberlin[6] construía una teoría entera sobre las formas de competencia a partir de la idea de productos diferenciados no directa e inmediatamente sustituibles unos por los otros. De ello deducía también estrategias de empresas basadas en la diferenciación y la búsqueda por parte de las empresas de ingresos monopolísticos de (sobre)ganancia, aunque éstos sólo debían ser —en la mayoría de los casos— pasajeros o efímeros. Ya se trate del mercado interior o del mercado mundial, se ha verificado una mutación central: con el surgimiento de nuevos comportamientos de consumo, marcados con el sello de la diferenciación, se. abren paso nuevas normas de competencia. Éstas se refieren tanto a la naturaleza y la "calidad"[7] de los productos como a los costos. Las consecuencias de semejante tipo de situación, sobre las estructuras de producción, son considerables. La consolidación de esas nuevas normas de competencia, que vienen a añadirse a los límites sociales alcanzados por el taylorismo y el fordismo, consuma definitivamente la muerte de los sistemas rígidos de grandes volúmenes de productos estandarizados. De ello resulta la necesidad de líneas flexibles de producción. Flexibles, es decir capaces de fabricar sin una mayor reorganización productos diferentes, a partir de una misma organización básica de los equipos y con una reducida demora de ajuste. A una demanda que se ha vuelto inestable, a veces volátil y siempre diferenciada, hay que hacer corresponder líneas de producción que garanticen a la oferta esta misma capacidad de adaptarse y diferenciarse. Por lo tanto y en este contexto, se comprende que los diseñadores busquen y desarrollen sistemáticamente algunas potencialidades presentadas por los nuevos medios de trabajo, en particular las de ser programables para diferentes series de operaciones, que se traducen en características o formas diferentes de las materias trabajadas o de los productos fabricados. La posibilidad que ofrece la electrónica de aportar a las líneas de producción la flexibilidad y la adaptabilidad requeridas por el carácter ya esencialmente aleatorio de los mercados, las dota de un atributo irremplazable. 3. TECNOLOGÍAS: UN VERDADERO "SISTEMA TÉCNICO" Finalmente, hay una tercera historia que hay que recordar para remontarnos a los orígenes y terminar de esbozar los contornos de la coyuntura nueva en la que hemos entrado. Es la coyuntura conjunta de la microcomputadora y la informática. Fue contada muchas veces. Con talento y convicción[8] o de la peor manera. Pero, a distancia, para quien la ha examinado un poco, con el privilegio del tiempo transcurrido y la percepción por todas partes manifiesta de sus efectos, qué difícil resulta escapar de la fascinación ... A fines de la década de los sesenta y a comienzos de la de los setenta, un puñado de hombres lo lograron: aprisionar en algunos gramos de silicio un poder de cálculo en el que diez años antes nadie se habría atrevido siquiera a soñar. Además, este poder está basado en una capacidad de tratamiento lógico programable y reprogramable. En 1971 nació la microcomputadora, verdadero corazón y centro nervioso de las máquinas modernas. Y rápidamente, con el dominio consolidado de la técnica de las microcomputadoras un poco de irreversible entra en el mundo de la técnica y, por una serie de contagios importantes, en el mundo a secas. En efecto, en torno a la microcomputadora y a la computadora, en la interfase de la electrónica, de la informática y de las telecomunicaciones, un florecimiento de objetos técnicos inéditos, hecho de procedimientos o de productos, lentamente invade el mundo material o teje en secreto las redes de lo inmaterial. Como sólo sucede una vez en siglos, alrededor de lo que se ha convenido ya en llamar "las tecnologías de la información", una revolución está en curso. Demos un paso y designemos las cosas por su concepto. En el sentido tan particular y preciso que Bertrand Gille daba a esos términos cuando examinaba el destino de la máquina de vapor en el último tercio del siglo XVIII, ya es posible sostener la tesis de que con la microcomputadora y la computadora, asistimos a la consolidación progresiva de un "sistema técnico". Si razonamos por analogía con lo que fue la caracterización de Bertrand Gille, encontramos —tanto en superficie como en profundidad— todos los elementos constitutivos de un sistema técnico. En efecto, a partir de una lectura de las obras del maestro historiador de la técnica, podemos reconstituir la lista de los rasgos esenciales constitutivos de un sistema técnico, y verificar que las tecnologías de la información se encuentran en el origen de una mutación comparable a la inaugurada por el vapor. Siguiendo a Bertrand Gille, y asumiendo el riesgo de simplificar un poco una reflexión y una conceptualización que se han apoyado en décadas de investigación intensa y apasionada,[9] diremos que la definición del concepto de "sistema técnico" puede obtenerse en la encrucijada de algunas proposiciones centrales. Procediendo de lo general a lo particular, diremos que un sistema técnico se constituye cuando, a partir de un punto y de un estado dados del conocimiento científico y técnico, se desarrolla una línea acumulativa de habilidad que termina por dar nacimiento a conjuntos técnicos de vocación "genérica". A éstos sólo se los considera tales si cumplen por lo menos dos condiciones. En primer lugar deben permitir un salto considerable de la productividad humana del trabajo; luego deben poseer un carácter eminentemente —transversal", es decir, aplicarse a una gran variedad de condiciones de producción y de valor de uso. A partir de esas tecnologías, centrales o genéricas, asistimos entonces a efectos de contagio entre tecnologías centrales y tecnologías "locales" o periféricas, materializándose sin cesar fecundaciones recíprocas entre el corazón y sus periferias, lo cual da como resultado el dinamismo del sistema, su capacidad para autodesarrollarse. De los rasgos que acabamos de recordar, se deduce que entre las tecnologías centrales y las tecnologías locales o periféricas existe cierta "coherencia" (de allí la designación del conjunto como un "sistema" que establece vínculos entre las partes), pero una coherencia siempre inestable y como amenazada: los descubrimientos no se hacen a los mismos ritmos en los diferentes puntos del sistema, y la difusión de las innovaciones se realiza de manera desigualmente rápida y densa. Ese fenómeno, que constituye de alguna manera la ley "dinámica" del sistema (su ley de crecimiento y desarrollo), es también el que permite dar cuenta de las modalidades de su rebasamiento y de su eventual cambio hacia otro sistema técnico. Éste ocurre si en un punto —al principio un punto "periférico" del sistema— se acumulan innovaciones y descubrimientos tales que el nuevo conjunto aún "local" adquiere, por contagios sucesivos, vocación de volverse a su vez central y transversal. Asegurando un nuevo salto en los progresos de la productividad humana del trabajo... DOS SISTEMAS TÉCNICOS INDUSTRIALES ![]() A partir de este cuadro conceptual, conocemos la formidable ilustración dada por Bertrand Gille, a propósito de las tecnologías derivadas del vapor en lo que él mismo ha designado "sistema técnico de la revolución industrial". Encontraremos en el cuadro de la siguiente página el esquema de conjunto concebido, por él mismo, para representar ese sistema. ![]() La tesis que quisiéramos someter aquí a discusión es que en torno a la microcomputadora y a la computadora, en este conjunto que designamos con el nombre de tecnologías de la información, está en proceso de formación y de desarrollo el "corazón" de un nuevo sistema. Todas las condiciones enunciadas por Bertrand Gille, y que acabamos de recordar brevemente, parecen ya lo bastante reunidas como para que la tesis pueda ser sostenida. Formado en lo que hace apenas treinta años aún no era más que una incierta periferia, terreno baldío para experimentos casi artesanales, en la época en que la electrónica era aún la de los tubos catódicos, se dio un cruce de habilidades que por fecundación recíproca procuró la expansión de una línea tecnológica que reveló tener una fuerza formidable. En la encrucijada de las tecnologías de la comunicación, de la informática y de la electrónica, en estrecha relación con los progresos realizados por los diseñadores de máquinas de cálculo y de máquinas industriales para tratamiento de metales, se constituyó un "corazón" nuevo, un corazón que no deja de extender su influencia a todas las esferas de la actividad de concepción y de fabricación de valores de usos.[10] Mejor aún, ya no se conforma con penetrar en los sectores industriales tal como han sido heredados del precedente sistema técnico alterando con más o menos fuerza sus fronteras. En muchos casos, ese corazón ha originado sectores de producción nuevos que, punto relevante, también son aquellos que cuentan con las tasas de crecimiento más rápidas registradas en este fin del siglo XX.[11] Las perspectivas de desarrollo futuro son tan considerables que las direcciones mismas que se sigan aún parecen ser ampliamente imprevisibles: ¿quién puede indicar, con alguna precisión, lo que será la fecundación recíproca entre los nuevos "híbridos" científicos y técnicos, que son los productos de la optoelectrónica, y los de los nuevos materiales obtenidos a partir de las cerámicas o los polímeros industriales... ? Así pues, dejemos a la historia en sus marmitas. En efecto, nuestro tema no tiene ninguna necesidad de hacerlas hervir demasiado. En el terreno que nos ocupa, el de las bases y los soportes de la producción industrial, el futuro ya se ha revelado ampliamente. Está dispuesto un nuevo "cuadrado mágico". Desde sus cuatro esquinas: la informática, la electrónica, las telecomunicaciones y la robótica (cf. gráfica p. 30), se teje una red nueva fuertemente interactiva de fuerzas productivas de inmensas potencialidades tanto en lo que concierne a los progresos en productividad de los que son portadoras, como en lo concerniente a la redefinición del contenido y la calidad de uso de los productos. De esta manera el círculo se cierra: nuevos éxitos en organización, alternados o apoyados en una nueva generación de herramientas y soportes científicos y técnicos, actúan e interactúan en un contexto en el que la clásica producción en serie se encuentra conminada a hacer frente a la diferenciación de los comportamientos y a la incertidumbre —que se ha vuelto estructural— de los mercados . . . Los caracteres esenciales de la nueva coyuntura histórica abierta en este último tercio del siglo XX están allí. Insistamos: en lo que acabamos de describir brevemente, sólo se trató de presentar los acontecimientos de la nueva coyuntura. En efecto, es muy prematuro pronunciarse con respecto a las formas estabilizadas que puede revestir el modelo de crecimiento y de desarrollo que puede establecerse sobre la base de esos elementos nuevos. Aquí hay que recordar este hecho esencial: una revolución técnica jamás, y en ninguna parte, garantiza por sí sola el vigor y la estabilidad del crecimiento o la armonía del desarrollo social. Por el contrario, una revolución técnica opera tanto por destrucción como por construcción. Y de esta manera procedió en su tiempo la "revolución industrial", engendrando por todas partes, en medio de las formidables riquezas recientemente acumuladas, un inmenso caos social. Hizo falta mucho tiempo —y muchas insurrecciones obreras— para que finalmente se organizaran ingenierías sociales para garantizar —y eso solamente de este lado del mundo— una estabilidad frágil y muy relativa. EpílogoLA GRAN TRANSICIÓN Aquel que no tiene objetivos
no corre el riesgo de alcanzarlos. SUN TZE, El arte de la guerra
Como en tectónica de las placas, la deriva es lenta pero segura. Movimientos diferentes, dotados cada uno de su temporalidad y de sus determinaciones propias, avanzan en el seno de un universo que por su parte, y por encima de todo, sigue siendo uno. Y cada uno de esos movimientos debe tomar un lugar allí. No hay otra parte... Así, los vastos conjuntos que constituye el complejo articulado de normas laborales de productividad y de producción, por un lado, y de normas de consumo y de competencia, por el otro, interactúan en juegos sutiles, aunque la nueva configuración de conjunto que forzosamente resulta de ello aún esté, en esencia, por nacer. De hecho, digámoslo claramente, el final del fordismo significa también la entrada, en una nueva "gran transición" de las sociedades, de nuevos resortes y de nuevos equilibrios. Y los que se formarán y se estabilizarán, hay que precisarlo, deberán poco a la casualidad. Sólo pueden resultar solidaridades necesarias e íntimas de los convenios múltiples que se establecerán. A partir de esas nuevas grandes configuraciones —por nacer pero ya en gestación, y apoyándose en el método de los hechos estilizados, a menudo utilizado para describir los regímenes de crecimiento, comienza a hacerse posible introducir algunos principios de orden y pronunciarse sobre las coherencias actuales y futuras de lo que se ensambla progresivamente ante nuestros ojos. Por lo menos, podemos evidenciar clases de significaciones por grandes conjuntos. Este epílogo se propone dar cuerpo a las diferentes perspectivas macroeconómicas abiertas. Entre los mil y un acontecimientos que se apiñan, realizar selecciones, haciendo transparentes las coherencias presentes. Del fordismo al posfordismo: o las citas de la nueva coyuntura. 1. Del fordismo al posfordismo: tres argumentos En el corazón de los tres argumentos que nos proponemos presentar opera la misma cuestión clave de la que no hemos dejado de insistir sobre el papel estratégico que reviste en la constitución de cualquier régimen de crecimiento: cómo se obtienen y se distribuyen las ganancias de productividad. Admitiendo que resulten siempre de una reunión de formas reales e institucionales siempre particulares, son finalmente estas últimas las que conferirán al desarrollo de la acumulación del capital su vigor y su estabilidad eventuales. Asimismo, nos proponemos concluir sobre esta variable, la más esencial de todas, que constituye el contenido de la relación salarial —y sus diferentes variantes—, para que la hipótesis conserve su coherencia de conjunto. Sobre la base de diferentes variantes concernientes a la relación salarial, y que constituyen el fundamento de la construcción, se prolonga el juego del establecimiento de los argumentos —como debe hacerse hoy para cualquier ensayo de prospectiva económica y social— hasta la consideración del modo de inserción de las economías nacionales en la economía mundial. Para facilitar las cosas, hemos decidido presentar los tres argumentos retenidos en forma de un cuadro (p. 244). Añadiremos los siguientes comentarios.[12] 1. Un argumento liberal y dual Lo específico de este argumento es que hace de la dualización de la sociedad un verdadero proyecto: con la argumentación —y el sofisma— cien veces repetido de que no se puede saber mejor que el mercado lo que éste necesita, se le da fuerza de ley a la fuerza a secas. La interven ción del Estado, la promulgación de reglas y de procedimientos no son menos importantes que en las visiones y las prácticas clásicas de la economía mixta keynesiana: tan sólo están orientados y aplicados de otra manera.[13] Tras precipitarse en el hecho ya patente de la imposibilidad de prorrogar tal cuales los convenios fordianos del periodo anterior, desea proceder no a su redefinición —cuya necesidad es ya generalmente admitida— sino a la disolución de algunas de las disposiciones que garantizaban los asalariados y la economía en su conjunto, contra las fluctuaciones demasiado violentas del mercado. Asimismo, la empresa individual, la búsqueda de sus condiciones más altas posibles de utilidad se convierten en el horizonte finito de la acción, el objeto central de la práctica legislativa o reglamentaria, de la propia política económica. En las condiciones nuevas que hemos descrito ampliamente a lo largo de este libro, el viejo liberalismo da origen a configuraciones económicas y sociales muy particulares. • La obtención de ganancias de productividad y de calidad toma caminos considerados seguros donde la inversión y el riesgo parecen reducidos. Así, se privilegia la innovación tecnológica sobre la innovación organizacional o social. Asistimos en esencia a un simple endurecimiento tecnológico (automatización de simple integración), sin modificación sustancial de la organización del trabajo, la cual perdura como tal en los conjuntos técnicos nuevos. Se busca entonces la indispensable "implicación" de los trabajadores requerida por las nuevas tecnologías, sin modificación del modelo jerárquico tradicional. Único cambio perceptible: en adelante se dispensa formación "interna" a dosis más o menos fuertes, pero quedando concentrada en esencia en técnicos operadores "caros", a quienes se confía toda la responsabilidad y todos los manejos complicados. Están asistidos por operadores cuyas tareas han sido trivializadas y rutinizadas, incluso recurriendo con frecuencia a las nuevas posibilidades abiertas por la informatización y la electronización de los procedimientos de conducción de las fabricaciones.[14] Actúa por excelencia el modelo de organización del trabajo y de la producción que habíamos caracterizado como aquel que se deriva y procede por encima de todo de los métodos y técnicas de la "taylorización asistida por computadora". El modelo de trabajo descansa aquí en un doble principio de "integración", pero reducido a un número estrictamente limitado de operadores calificados, y de exclusión de amplias categorías de mano de obra de escaso poder de negociación y a las que se mantiene al margen de cualquier aprendizaje verdadero. LA RELACION SALARIAL POSFORDISTA:
3 ARGUMENTOS
En lo concerniente a sus decisiones de "internalización", y más generalmente a sus decisiones industriales, la empresa concentra su actividad en las partes estratégicas y claves del producto (o del oficio) y toma en subcontrato el resto de sus actividades. Al final de cuentas es el terreno por excelencia de esas "Hollow Corporations", cuyo irresistible ascenso registraba la revista Business Week con cierta consternación. • La asignación y el destino de las ganancias de productividad siguen siendo coherentes con las decisiones de organización. El modo de establecimiento del salario se modifica sustancialmente, dejando amplio margen a diversas fórmulas de primas y de "reparto de utilidades", establecidas en función de los rendimientos individuales o de los resultados de la empresa. De esta manera, la variabilidad y la flexibilidad son garantizadas por técnicos que permiten trasladar el riesgo de mercado a la propia mano de obra. Los convenios colectivos son rotos o sus disposiciones esencialmente debilitadas, se cancela el principio de su extensión a las empresas de una misma rama (procedimiento llamado en Estados Unidos Collective Bargaining). Predominan —cuando existen— sólo los acuerdos de empresa en detrimento de las negociaciones de rama. Fuertes diferencias separan la situación de los asalariados de las pequeñas empresas de la de los asalariados de empresas de gran tamaño. El efecto conjugado de esas disposiciones desemboca finalmente en que la dualización de las situaciones y de las posiciones que nace y toma cuerpo en la empresa y en las relaciones de trabajo, se difunde a la sociedad en su conjunto. Esta dualización se consolida tanto más claramente cuanto que los poderes públicos sólo ejercen una escasa actividad redistributiva. Por el contrario, en numerosos ámbitos la desregulación pone en competencia a empresas o colectividades locales, lo cual a menudo significa una desregulación de hecho, todas las veces que se traduce en una modificación a la baja de los convenios procedentes del fordismo. Con frecuencia esto constituye uno de los motivos explícitos de la instauración de la desregulación. • En esas condiciones, los motores de la competitividad, tanto de las empresas individuales como de la economía en su conjunto, ya no disponen más que de dos direcciones por las cuales optar, para sacar ventaja de la configuración tan particular que resulta de las decisiones anteriores. Esas dos direcciones consisten, en pocas palabras, por un lado en una tentativa de recuperar y reconstituir las ventajas del fordismo "perdido", y por el otro, en una búsqueda nacional o internacional de "nichos" y de "porciones de mercado" donde hacer fructificar una innovación. • La búsqueda del fordismo perdido, de las ventajas que presentaba para la empresa individual antes de las grandes codificaciones aportadas por la negociación colectiva, se efectúa por todos los medios clásicos en la materia: reubicación interna o internacional en busca de bajos salarios y de mano de obra desindicalizada y desprotegida... Sin duda, semejantes prácticas pueden permitir asentar cierta competitividad-costo, sobre todo si van acompañadas de formas agudas de especialización a partir de productos de demanda creciente. Sin embargo, en esta vía hay que poder llegar verdaderamente lejos: vencer a Corea y Taiwán, y ya detrás de ellos prepararse a enfrentar a Malasia o Singapur... En la época en que la constitución de las zonas francas es objeto de una inversión y de una política de Estado en vastas zonas del Tercer Mundo, ya casi no hay límites inferiores a esta forma de competitividad buscada "desde abajo". Además, hay una lógica en las cosas, y una vez destruidas —o mermadas por una política sistemática de ataque de los costos en trabajo, y por tanto de su calidad— las bases internas de una competitividad "desde arriba", ¿qué otro camino se puede tomar? • La tecnología, los nichos y las posiciones de mercado constituyen otra alternativa abierta en ese tipo de argumento. La concentración del esfuerzo en Investigación-Desarrollo sobre productos determinados, y la tentativa de ocupar nichos vendiendo caro productos que incorporan niveles más o menos elevados de rentas de innovación puede parecer, en efecto, una vía lucrativa y finalmente poco arriesgada de construcción de la rentabilidad de las empresas. Nosotros mismos señalamos durante mucho tiempo cómo algunas prácticas de la especialización flexible podían servir de soporte eficaz para comportamientos de adaptación instantánea a variaciones de mercado, o de anticipación por búsqueda sistemática de efectos de diferenciación que permiten obtener rentas monopolísticas. Sin embargo, también indicamos los límites estrictos de esas prácticas. Los contratiempos de la empresa estadunidense Xerox, que sin embargo no fue la primera que llegó (referidos en los famosos Case Studies de la Harvard Business Review), recuerdan cómo esos comportamientos y estrategias siguen siendo finalmente frágiles y vulnerables a los ataques. Apoderándose de las patentes estadunidenses —las más de las veces las registradas por la propia Xerox—, las empresas japonesas calibraron productos más sencillos, pero con la mira puesta deliberadamente en los mercados masivos: entonces los "nichos" se derritieron como nieve al sol.. . Sacando las lecciones de esos famosos episodios de la historia industrial reciente, Cohen y Zysman (1987) han recordado pertinentemente que la condición verdadera para sacar provecho de la innovación reside en que sea "capturada" en grandes volúmenes. So pena de que a otras se les ocurra hacerlo... ¡Pero después de todo, el largo plazo no es la vocación obligada de todos! ... Las empresas estadunidenses lo saben bien: ellas, que, relevadas en esto por el gobierno, y el Tesoro, han acumulado la más inverosímil y colosal deuda que jamás se había contraído. Implicación impuesta en lo concerniente a la obtención de ganancias de productividad y de la calidad, práctica de la individualización tanto para el trato a los asalariados como para lo referente a empresas de una misma rama de actividad o de las diferentes entidades locales de un mismo territorio, búsqueda de competitividad "desde abajo" en fin: por triste que sea la perspectiva que perfila este escenario, todos admitirán que, en formas eventualmente atenuadas, no se trata del menos probable de los futuros. 2. Un argumento "liberal moderado" y asistencial Este argumento puede presentarse en relación con el anterior, del que en el fondo no es más que una variante. • En lo concerniente a las condiciones de obtención de ganancias de productividad, dado que los dos grandes principios de Integración/Exclusión y de Individualización se aplican respectivamente a la naturaleza de los modelos de trabajo implantados y al contrato de trabajo, no sufren modificaciones sustanciales. Sin embargo, podemos imaginar formas "moderadas" de ese argumento, donde la individualización sólo se efectuaría al margen (papel limitado de las primas) y donde los convenios colectivos seguirían ejerciendo ciertos efectos de homogeneización de las condiciones de vida y de trabajo entre asalariados de empresas de diferentes tamaños o entre sectores de alta y baja productividad. Aquí los contratos fordianos del periodo canónico están menos disueltos que enmendados al margen. De esta manera, la desindexación de los salarios progresa, pero los procedimientos de primas anuales procuran recuperaciones de fin de año. Asimismo, la precarización del trabajo sólo progresa esencialmente para los recién contratados y los nuevos empleos creados (generalización en los convenios colectivos —cuando existen— del sistema llamado "two tears"). La obtención de la calidad por "implicación" de los asalariados, mezcla y alterna formas de "control" estrecho y prácticas de "incitación", en donde primas y promesas de promoción son los elementos que permiten garantizar la tensión en el trabajo. Sin duda, también es en esas versiones de liberalismo "muy moderado" donde la formación se utiliza de manera más sistemática en sus funciones de "sutura" o de "sustituto", papeles que se le reservan con mucha constancia, ya que son la condición para que la empresa individual, siempre en el corazón y en el centro de todas las atenciones, pueda proceder con cierto margen de libertad a todos los ajustes (sobre todo de personal) suscitados por sus estrategias de entrada o de salida del mercado. • La diferencia esencial con el escenario anterior consiste en el hecho de una intervención resuelta del poder público (o de las autoridades regionales o locales) en una actividad redistributiva de una parte de las ganancias de productividad obtenidas en los sectores modernizados, para dirigirlas hacia los "excluidos" y los marginados de la modernización. Así pues, el pivote de esta actividad está constituido por una política de "Ingreso Mínimo Garantizado", concebida como contrapartida a la aceptación de una modernización centrada en el endurecimiento tecnológico y el fortalecimiento de la rentabilidad de empresa. Sobre este punto señalemos que es perfectamente posible establecer una convergencia con respecto a semejante argumento, entre un empresariado modernizador y liberal, preocupado por disponer de algunos márgenes de libertad en el manejo de sus asuntos, y ciertas fuerzas sociales consagradas a defender la idea de un "ingreso sin trabajo", que se ha vuelto muy necesario y legítimo, ya que la sociedad quedaría duraderamente marcada por el desempleo masivo y la dualización. Sobre este punto clave de la dualización, la diferencia esencial respecto a la argumentación anterior es que aquí la "segunda sociedad", la de los perdedores de la modernización, es objeto de una atención explícita. A su manera está institucionalizada y construida. El objetivo es alimentarla siempre de manera suficiente (en ingresos y medidas asistenciales diversas) para no correr nunca el riesgo de una verdadera explosión social, lo que amenazaría el equilibrio del proyecto de conjunto. Aquí aceptamos pagar cierto precio, pero el grueso del sector moderno no debe padecer por ello. Allí se encuentra el talón de Aquiles de un proyecto de sociedad así. Una sociedad de Ingreso Mínimo ampliamente desarrollado es tentadora para el capitalismo liberal, pero es fiscalmente costosa. Por debajo de cierta masa de transferencia, el objetivo de "containment" y de paz social no se ha alcanzado. Por encima de cierto umbral, está el "socialismo rampante". La libertad de emprender y de atesorar va acompañada, entonces, de una contrapartida pronto considerada insoportable por aquellos mismos en cuyo beneficio se pensó todo el edificio. • La competitividad de semejante tipo de economía se apoya también en motores "mixtos". Es perfectamente concebible que tal sociedad, al apoyarse en su sector moderno, sea capaz de mantener o crear polos exportadores basados en procedimientos modernizados o productos de la nueva generación, que permiten la obtención de ciertas rentas tecnológicas. Sin embargo, aquí la política sólo puede volverse hacia fuertes especializaciones en la exportación, en la búsqueda de porciones de mercado, de "nichos" o de cualquier otro espacio provechoso localizado en el mercado mundial, que drene necesariamente recursos internos (humanos y financieros) con un peso relativo considerable, con el riesgo de desecar las producciones orientadas hacia la alimentación local. El punto clave es que las exportaciones sean capaces de pagar las importaciones, las cuales, por la naturaleza misma de las decisiones tomadas en materia de asignación de recursos vivos, se encuentran en un proceso de crecimiento rápido.[15] Argumento finalmente en permanente equilibrio inestable entre las exportaciones y las importaciones en cuanto a su equilibrio externo, como acabamos de ver, pero también, lo cual es mucho más peligroso, entre las dos sociedades que se hacen frente... Por paradójico que parezca a primera vista, el argumento de un capitalismo que sea a la vez más liberal y más asistencial no carece —y sobre todo del lado de los socialdemócratas europeos o de algunas corrientes "verdes"— ni de partidarios ni de ideólogos. 3. Un argumento cooperativo y de democracia salarial Por fortuna, lo peor no siempre es lo más seguro. Y si movilizamos y reagrupamos en un mismo argumento las diferentes tendencias "positivas" y potencialidades que conllevan las mutaciones presentes, y cuyas realizaciones ciertamente fragmentarias pero significativas son ya observables (cf. Boyer-Coriat por publicarse [1990]), es una perspectiva totalmente distinta la que se perfila esta vez. Esforzándose por combinar eficacia y equidad, a su vez pueden enunciarse los principales rasgos de un argumento que haría de una transformación social verdadera la condición para el establecimiento de un nuevo modo de crecimiento y de desarrollo. A ese argumento se le llama de "democracia salarial", pues está construido sobre la hipótesis de que sólo un fuerte avance de la democracia en las relaciones económicas, y muy especialmente en las relaciones laborales y de producción, es capaz de permitir explotar, en grande, las potencialidades contenidas en la revolución tecnológica en curso.[16] Como los anteriores, este argumento está construido sobre un conjunto de convenios entre clases e intereses. A diferencia de los anteriores, sin embargo, consiste menos en una forma de prolongación de las tendencias liberadas por un fordismo que toca a su fin, que en una voluntad sistemáticamente buscada y aplicada de sacar partido de las oportunidades abiertas por el nuevo periodo, para arraigar allí los principios y los motores de un modo de crecimiento original. A grandes rasgos ese argumento tiene los siguientes contornos: • La búsqueda de la productividad y de la calidad se apoya en una serie de palancas cuyo efecto acumulativo puede revelar tener gran fuerza. La innovación organizacional precede y abre sus condiciones verdaderas de eficacia a la innovación tecnológica. En todos los casos, se busca el equilibrio en los diferentes aspectos y dimensiones del cambio. La negociación es su instrumento explícito y privilegiado. Desde el punto de vista del trabajo, se busca la implicación por la constitución sistemática de "mercados internos" y de líneas promocionales establecidas a partir de reglas claras y conocidas. La estabilización duradera de los grupos de trabajo, resultado de inversiones y por lo tanto de costos específicos, presenta la contrapartida de originar —en el seno de los grupos de trabajo— ganancias de aprendizaje dinámicas, base de la calidad y de la competitividad. Formas "horizontales" de circulación de la información permiten romper la pesadez y la contraproductividad del modelo jerárquico "vertical" (para utilizar aquí la caracterización establecida por Aoki, 1986). A través de una organización "calificante" se busca un "efecto formador de la organización del trabajo" (M. Maurice, 1987). Se implantan grupos de "calificación colectiva y de administración". Actúa aquí un modelo de trabajo centrado en las figuras de los obreros fabricantes, tecnólogos y administradores: de los aprendizajes sistemáticamente construidos en el seno mismo de las formas de la división del trabajo, que permiten el ascenso a lo largo de los escalones y de las habilidades. Este conjunto de innovaciones, tanto organizacionales como sociales, hace posible y favorece la explotación sistemática de los beneficios de la implicación negociada con los asalariados. Formas contractualizadas y estabilizadas de subcontratismo basadas en compromisos recíprocos garantizan el desarrollo de una asociación verdadera entre empresas, permitiendo a las más pequeñas promover su modernización, y a las más grandes gozar de la calidad y la seguridad de los servicios que exteriorizan. Las tendencias a la horizontalización y a la contractualización ya practicadas "internamente" en la empresa, se extienden aquí para alcanzar ámbitos de su actividad "externa", a fin de dotarla de la seguridad y de la estabilidad en sus bases y sus retaguardias, que las turbulencias del entorno exigen. Así, combinando "efectos de eficiencia X" renovados, la empresa, así como la economía considerada en su conjunto, se aseguran de la creación de soportes de obtención de ganancias de productividad poderosos y adaptados a las condiciones modernas de conducción de las fabricaciones. • El reparto y la asignación de las ganancias de productividad experimentan por su lado evoluciones sustanciales. A través de las relaciones industriales, de los acuerdos colectivos, o de las direcciones dadas por el poder público a la política social, se establecen convenios hacia destinos renovados, según otras prioridades. En lo concerniente al salario: ante la desaparición de la fórmula fordiana canónica, una fórmula binomio garantiza por un lado una indexación sobre la inflación anticipada y la productividad pasada, y por el otro una posibilidad de aumentos negociados y adaptados a diferentes casos, lo cual permite a la vez garantizar regularidad y estabilidad de los ingresos salariales y dejar un margen a las inevitables diferenciaciones requeridas por la diversidad de las empresas y de las ramas o la variedad de las situaciones particulares y de las coyunturas. La reducción redistribución del tiempo de trabajo que, como lo muestran tanto los análisis efectuados (Taddei, 1988) como los conflictos recientes (paso a 36:30 horas para los metalúrgicos alemanes), sigue constituyendo un factor importante, se utiliza de manera ofensiva con el doble objetivo de mejorar la calidad de la vida en el trabajo y de hacer la competencia a una política activa de mantenimiento-creación de empleos. Esta política es muy eficaz, ya que toma en cuenta la totalidad del "ciclo de vida" de los individuos: incluyendo tanto los periodos de trabajo como los de no trabajo. Una política vigorosa de inversión en los recursos humanos superiores (investigación, educación inicial y formación continua) constituye la indispensable base de apoyo que permite la consolidación del nuevo modelo de trabajo en gestación, al tiempo que responde a una demanda social que en ese ámbito jamás ha sido tan fuerte. La instauración de un crédito para la educación puede desempeñar aquí un papel pivote determinante entre asalariados y solicitantes de empleos. La movilidad y la flexibilidad requeridas por la modificación de la composición intersectorial del sistema productivo están aseguradas por disposiciones institucionales (por ejemplo de tipo formación-readaptación) que presentan la ventaja de "garantizar" relativamente al asalariado en caso en que deba afrontar esas mutaciones, forzando a las empresas y poderes públicos a la instauración de verdaderas políticas de administración preventiva de empleos. Finalmente, una política de ingreso mínimo asociada a una reactivación de las iniciativas locales para el empleo (X. Greffe, 1989), permite reanimar los tejidos económicos locales y asegurar las indispensables reinserciones de los trabajadores a los que se ha mantenido al margen de las actividades productivas, haciendo retroceder las tendencias a la dualización de la sociedad. Considerado en su conjunto, quizá ahí resida el principal rasgo distintivo de ese argumento, en comparación con los demás: construir el conjunto de sus medidas y procedimientos para dejar sólidamente acomodada a la "segunda sociedad" —con una herencia de casi veinte años de crisis y reestructuraciones continuas— en la sociedad "moderna" que salió librada, y que en parte se ha construido contra ella, rechazar estratégicamente como en la gestión cotidiana el hecho de esta separación entre "beneficiarios" y víctimas de la modernización. Desde un punto de vista práctico, eso significa que la "segunda sociedad" no está administrada y sustentada en sí misma y por sí misma, a costa de la sociedad moderna, sino que mil lazos ordinarios mantienen la circulación y la comunicación de las ideas y de los recursos en todos los compartimientos de la vida social. El establecimiento y la consolidación progresiva de estructuras nuevas (de tipo empresas asociativas, empresas de iniciativas locales, cf. A. Lipietz, 1989) puede constituir aquí un instrumento clave de una política "de inserción" realizada en el nivel de la sociedad en su conjunto. La realización de tales objetivos, en las condiciones de hoy, supone que se obtenga cierta modificación de las relaciones de fuerza tanto en la sociedad civil como en el mundo laboral, lo cual pasa por el establecimiento de derechos nuevos que en esencia deberán versar sobre los ámbitos de la administración económica, y de las decisiones en materia de asignación de la inversión en sus diferentes tipos de uso (a manera de ejemplo —pero pueden imaginarse otras fórmulas— puede mencionarse la práctica sueca de fondos salariales). • El modelo industrial y de competitividad que resulta de las decisiones precedentes es forzosamente original. De varias maneras saca partido de la prioridad aplicada a las inversiones en organización y en recursos humanos que caracterizan el modelo productivo que sirve de base a este argumento. Así, puede apoyarse en palancas de competitividad variadas y esforzarse por gozar de sus efectos acumulados. Ante todo, la red industrial que autoriza recurrir lo más sistemáticamente posible a relaciones contractualizadas y estables de asociación, permite obtener ganancias de productividad sustanciales por acortamiento de los circuitos y de los intermediarios, garantizando la seguridad de los abastecimientos y una buena capacidad de adaptación y de respuestas a las variaciones de los mercados. En lógicas que movilizan plenamente efectos de economía externos ("a la Marshall") y "efectos Coase" adaptados a las condiciones modernas de competencia, las relaciones interempresas e interramas se convierten en un lugar organizado y pensado de búsqueda de creación de la ventaja relativa. Todavía más allá, los recursos organizacionales, así construidos y movilizados, sirven de soporte a diversas estrategias de especialización flexible o de flexibilidad dinámica. En numerosos casos, la calidad del trabajo y la implicación verdadera de los asalariados pueden suplir eficazmente las costosas modernizaciones técnicas a menudo necesarias, sólo cuando no hay calificación del trabajo y existen relaciones industriales fuertemente conflictivas. Finalmente, y sin duda es lo esencial, por encima de todo se realiza el esfuerzo por construir una competitividad en calidad, en busca de un nuevo círculo virtuoso: la inversión en organización y en recursos humanos permite una política de exportación centrada en la calidad, la que a su vez permite obtener los márgenes necesarios para la renovación de la inversión en organización y en recursos humanos ... Se admitirá que, en numerosos puntos, este argumento tiene un carácter utópico. Sin embargo, también se convendrá en que se trata de una utopía necesaria en muchos aspectos. El poder de las tendencias liberales en curso y la fuerza de sus efectos disgregadores son tales que se necesita una fuerte inflexión para escapar a las turbulencias, las más amenazadoras de las cuales —si pensamos en la miseria y la deuda inmensas que pesan sobre aquellos que ya son los más pobres de todos— aún están por venir. Por añadidura, y ésta será nuestra última argumentación, hay en las cosas —sobre todo cuando se trata de hechos sociales y de tendencias históricas— muchas malignidades, sobre las cuales al menos hay que intentar prevenirse. Recordemos la avalancha de sus competidores —sus iguales también— contra Ford cuando un buen día decidió introducir la política de los "altos salarios". Pocos años después declarará tranquilamente que fue "el mejor negocio" que hizo jamás ... Y, reconozcámoselo: el capitalismo como tal y en su conjunto hizo también un buen y duradero negocio con la entrada en la era de los "altos salarios" ... 2. "Afinidades electivas: ... hacia la producción calificada y de calidad Eso es lo que hay, en el momento crucial de las grandes coyunturas históricas, con respecto a las "malignidades", lo que Max Weber designa como "afinidades electivas" entre decisiones sociales. Actúan, secretas, y en el silencio del tiempo se buscan, se forman o se pierden... Después de todo, se cuentan por unidades simples aquellos países que han sabido enrollarse alrededor de los círculos virtuosos del fordismo original. Corresponderá a cada uno, sacando partido de sus tradiciones y herencias propias, encontrar el camino de las "afinidades" nuevas. Pero para quien quiere verlas ya están legibles en todas sus letras las direcciones y principios ordenadores. (En un afán de simple ilustración, tenemos en el esquema de la p. 256 inscritas las grandes articulaciones y los grandes pasos que permitirían "concatenar" nuevos círculos virtuosos de la acumulación.) En el centro de las nuevas relaciones por construir se encuentran esta "afinidad" y esta solidaridad esencial entre la "calidad" del trabajo y la de los productos. Esta propiedad del valor de uso del trabajo, de convertirse en cosas útiles y buenas, después de décadas de negación sistemática garantiza su gran regreso y una especie de revancha. De manera muy paradójica, puesto que además procede operando a través de las propias normas de competencia. La flexibilidad construida internamente en torno a un trabajo al cual se le han devuelto sentido y valor, que sirve de base a estrategias y comportamientos diversos de diferenciación asumida o anticipada, abre así la vía, en el seno mismo de los protocolos de la producción en masa, a esos sistemas de producción calificados y de calidad que, sin duda alguna, constituirán las versiones "superiores" del posfordismo.[17] Desde luego también se afirmarán versiones "inferiores", en las que se establecerán solidaridades y afinidades —en favor de las relaciones de fuerza más desfavorables para el movimiento de los asalariados jamás registradas desde el fin de los fascismos— entre flexibilidades externas y capacidad de desplazamiento rápido sobre las crestas más lucrativas de un mercado animado por el movimiento de los apetitos y los intereses. Sobre este punto, escuchemos el mensaje de Lee laccocca, el empresario más grande de todos, alabado por doquier por la manera cómo enderezó Chrysler, que se encontraba a las puertas de la quiebra. Su estrategia, en el momento en que aún era presidente de Ford, se formula con todas sus letras: Para protegerse, es absolutamente necesario tener un automóvil para el Sr Todo-El-Mundo —ése era el principio rector de la Ford Motor Companypero no hay que ignorar los modelos caros, pues nunca se sabe cuándo el obrero se encontrará en la miseria.
Todo está dicho, o casi: productos para el Señor-Todo-El-Mundo, con el objetivo único de "protegerse", mientras el obrero no está aún en la miseria, en la estrategia de las "golosinas" caras consideradas como las únicas verdaderamente rentables. El posfordismo de la flexibilidad-mercado —¿quién lo sospechaba?— tiene sus estrategas... El esbozo del modelo de "democracia salarial" que hemos trazado no es —lejos de ello— una panacea. Sólo nos pareció —estando las cosas como están en este difícil fin de siglo— que indicaba una perspectiva a la vez posible y deseable. A partir de ella, pueden darse muchas bifurcaciones, y en direcciones variadas.[18] Finalmente corresponderá a los ingenieros. .. y a los obreros de la época decidir sobre el futuro en el que hoy se comprometen nuestras sociedades. [1] La AFRI (en Bulletin
de AFRI, Asociación Francesa de Robótica Industrial, 4, Place Jussieu,
75252 París, CEDEX 05) así como la revista Axes Robotique anualmente
publican en Francia estadísticas nacionales e internacionales sobre la
difusión de los robots. |
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