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EN BUSCA DEL PARADIGMA PERDIDO
DE MARX Y ENGELS
Luis Marcelo Yera
El reto de este breve ensayo es la respuesta a
una pregunta de primer orden: ¿Existen opciones reales para los
países subdesarrollados sin que se repita la historia del socialismo
realmente existente? Para dar paso a su análisis, el autor se apoya en
los planteamientos originales de los fundadores del socialismo científico
—Carlos Marx y Federico Engels— lo que le permite una
reevaluación sólida, fundamentada, y al mismo tiempo perfectible,
de la alternativa socialista en las condiciones del mundo
global.

EDITORIAL DE CIENCIAS SOCIALES, LA HABANA, 2004
LUIS MARCELO YERA (las Villas, 1951), graduado de Licenciatura en
Geografía Económica por la Universidad de La Habana. Investigador
Auxiliar del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas. Cuenta con
la publicación de varios artículos.
Edición: Enid Vian
Corrección: Golde Szklarz Grinfeld
Diseño de cubierta e interior: Eduardo Sarmiento y
Darien Sánchez
Emplane digitalizado: Xiomara Gálvez Rosabal
© Luis Marcelo Yera, 2004
© Sobre la presente edición:
Editorial de Ciencias Sociales, 2004
ISBN 959-06-0692-X
Estimado lector, le
estaremos muy agradecidos si nos hace llegar su opinión, por escrito,
acerca de este libro y de nuestras publicaciones.
INSTITUTO CUBANO DEL
LIBRO Editorial de Ciencias Sociales, Calle 14, no. 4104, e/ 41 y 43,
Playa, Ciudad de La Habana, Cuba e-mail:nuevo mil
@icl.cult.cu
ÍNDICE
La ley olvidada
de la transición /4
El quinto tipo de propiedad empresarial /
8
Planificación con mercado / 11
A modo de conclusiones /
13
En medio de la crisis paradigmática que todavía
padece el movimiento progresista para enfrentar táctica y
estratégicamente al sistema del capital, continúan
escuchándose voces que achacan a la teoría marxista la
responsabilidad por la lamentable "puesta en escena" del socialismo realmente
existente.
A la vez, existe un sector, en realidad con más fe que
resultados científicos, que mantiene la esperanza de que el marxismo sea
redimido y recupere el lugar que le corresponde en la teoría social luego
de una supuesta ejecutoria ajena a los preceptos de sus fundadores.
El
determinar definitivamente si la ideología del proletariado mantiene su
validez como proyecto después del derrumbe acaecido en el socialismo
realmente existente, asunto inconcluso aún, permitirá conocer a
qué atenernos y valorar con más seriedad las alternativas posibles
para ese otro mundo al cual aspiramos.
En tal sentido, el presente
artículo resume una investigación de más de 10 años,
que ya posee distintas salidas, en la que me propuse intentar esclarecer de
forma científica la cuestión en su aspecto más importante:
la organización general del modo socialista de producción. Su
resultado es una proposición actualizada —y pienso que prometedora,
aunque todavía incompleta—, acerca de lo que considero representa
el paradigma productivo y económico original de Marx y Engels por razones
que requieren también de un profundo estudio, se extravió en los
avatares constructivos de una sociedad que no ha llegado desgraciadamente a
cristalizar.
Así, la exposición abordará
áreas, a lo sumo muy poco tratadas en el debate histórico, de tres
temas claves —bastante discutidos en otros sentidos— de la
construcción económica socialista:
la compresión de
la etapa de transición;
el contenido de la organización
empresarial de la propiedad social;
la interrelación entre el
mercado y la planificación.
Adentrémonos, pues, en un
análisis sintético acerca de aspectos reveladores del pensamiento
de los fundadores del socialismo científico al respecto.
La ley
olvidada de la transición
Ha transcurrido ya tiempo desde que
por fortuna encontré un texto soviético que abordaba de manera
extrañamente incompleta una ley sociológica general del proceso de
desarrollo histórico descubierto por Carlos Marx. Esta no aparecía
de forma explícita en los libros de materialismo histórico que
conocía. Me refiero a la ley del cambio gradual de las formaciones
económico-sociales.[1]
Esta
ley, lamentablemente poco tratada en el debate marxista posterior a la muerte de
los fundadores de esta teoría, es la que explica las condiciones en que
la humanidad transita en su evolución por las distintas formaciones
socioeconómicas conocidas, sin poder obviar ninguna de ellas.
Marx
no la llamó de esa manera; ella es una de las derivaciones realizadas por
estudiosos posteriores del materialismo histórico, a partir de los
distintos documentos elaborados por Marx donde este aplica su concepción
materialista de la historia, la cual nunca integró en un texto
didáctico único. El famoso prólogo a su obra
Contribución a la crítica de la economía política
es quizás la fuente más socorrida, pues aquí Marx hizo
una definición de los principios fundamentales del llamado materialismo
histórico.
Sin embargo, la interpretación de dicha ley, a
riesgo de parecer "anticuado", es insustituible para entender en el presente los
requisitos de la recurrente transición hacia un sistema social más
avanzado de creación de riqueza.
En el texto de Solodovnikov y
Bogoslovski citado al pie de página se explicaba que, al tener en cuenta
la era capitalista, Marx atribuía esta ley a la sociedad en general, es
decir a la sociedad donde el desarrollo del capitalismo se desenvolvía en
línea ascendente. Pero recordaban que se entiende como ley de los
fenómenos sociales, lo general en la esencia de esos
fenómenos, y al referirse a la sociedad, Marx tenía en cuenta lo
particular en algunos pueblos que eludieron en su desarrollo alguna de
las formaciones socioeconómicas. Por ejemplo, los pueblos eslavos y
nórdicos de Europa, y los nómadas de Asia y África, pasaron
de la sociedad tribal a la feudal sin conocer la formación esclavista.
Mas, para ello, hizo falta una condición ineludible: la formación
obviada había agotado sus posibilidades de desarrollo social en el mundo,
y existía ya en este m sistema social más
avanzado.[2]
Es sumamente
esclarecedor el abordar con esta óptica la experiencia inicial y
principal del socialismo realmente existente, lo cual es una vieja cuenta
pendiente.
Lenin, bajo los efectos de esta ley cuando encabezó la
Revolución Socialista de Octubre en Rusia, parecía tener en el
gigantesco país una situación similar a la de las sociedades
tribales mencionadas que no sufrieron el esclavismo. Rusia se encontraba en un
status precapitalista debido a su inmensa mayoría de campesinos
con restos del régimen gentilicio. Sin embargo, el capitalismo de la
época no había agotado sus posibilidades de desarrollo social en
el mundo, ni existía por ello un solo país en la Tierra con un
sistema social más avanzado.
No obstante, Lenin, para llevar a
cabo la revolución, tuvo un estímulo importante en el prologo de
Marx y Engels a la edición en ruso del Manifiesto del Partido
Comunista, realizado en 1882. Allí estos se habían preguntado
y contestado: ¿puede la comunidad rural rusa —aun cuando es una forma
fuertemente socavada de la antiquísima propiedad común del
suelo— convertirse directamente en la forma superior de la propiedad
comunista? ¿O, por el contrario, deberá recorrer primeramente el
mismo proceso de disolución que constituye la evolución
histórica de Occidente?
La única respuesta posible hoy en
día a este interrogante es la siguiente: Si la revolución rusa se
convierte en la señal para una revolución proletaria en Occidente,
de modo que ambas se complementen entre sí, entonces la actual propiedad
común rusa de la tierra podrá servir como punto inicial de un
desarrollo comunista".[3]
En
una carta de Engels a Danielson, fechada en Londres en 1893, también se
plantea "que en Rusia, lo mismo que en cualquier otra parte, no se hubiese
podido desarrollar a partir del comunismo primitivo y agrario una forma social
superior, a menos que esa forma superior existiese ya en otro país y
pudiese servir de modelo. Y como esa forma superior siempre que sea
históricamente posible— es una consecuencia necesaria de la forma
capitalista de producción y del antagonismo dualista social creado por
ella, no puede desarrollarse de forma directa a partir de la comunidad agraria
más que como imitación de un modelo existente en alguna
parte".[4]
A su vez, un Engels
ya dudoso había opinado en 1894: "No me atrevo a decir que esa comunidad
haya conservado suficientes fuerzas para —en el momento oportuno, como
confiábamos Marx y yo todavía en 1882, y conjugada con una
revolución en la Europa Occidental—, poder servir de punto de
partida para el desarrollo comunista".
Seguidamente, para no desalentar
del todo a los revolucionarios rusos añade: "para que sobreviva algo de
esta comunidad es preciso (...) que se realice la revolución en Rusia",
la que "dará un nuevo impulso al movimiento obrero del Occidente (...) y
acelerará así la victoria del proletariado industrial moderno,
victoria sin la cual la Rusia de hoy [prácticamente la misma de 1917 en
cuanto a su estructura clasista. (N. del A.)] no podrá llegar a una
reorganización socialista de la sociedad ni sobre la base de la comunidad
[se refiere a la campesina que la componía con restos del régimen
gentilicio. (N. del A.)] ni sobre la base del
capitalismo".[5]
Lenin admite
la tesis de los fundadores de la necesidad de complementar el triunfo de la
revolución rusa que los fundadores cuidaron bien de no llamar
socialista— con el del movimiento obrero en Occidente y espetó en
1917 a un camarada partidario de la cautelosa idea de esperar primeramente por
este último triunfo, como había ocurrido siempre en la historia:
"Esto no es marxismo, sino una parodia de
marxismo".[6]
El líder
del proletariado ruso expresó en plena Nueva Política
Económica (NEP), que "...en Rusia poseemos una minoría de obreros
industriales y una inmensa mayoría de pequeños agricultores. En un
país así la revolución socialista solo puede alcanzar el
éxito definitivo con dos condiciones. La primera es que sea apoyada a su
debido tiempo por la revolución socialista en uno o en varios
países adelantados. Como ustedes saben, al objeto de que se dé
esta condición, hemos hecho muchos más esfuerzos que antes, pero
no son suficientes, ni mucho menos, para que esto llegue a convertirse en
realidad.
La otra condición es el acuerdo entre el proletariado,
que ejerce la dictadura o tiene en sus manos el poder del Estado, y la
mayoría de la población
campesina".[7]
El triunfo de un
sistema social más avanzado en el mundo desarrollado garantizaría
la "legalidad" de la revolución socialista rusa, y si ello no
ocurría, esta última debía replegarse por lo menos a una
economía mercantil, como ocurrió con la NEP.
Queda claro
así que Lenin creía en la ley del cambio gradual de las
formaciones económico-sociales, pero decidió, con optimismo,
arriesgarse a alterar la secuencia de la historia y llevar a cabo una
inspiradora revolución socialista, y no democrático-burguesa, de
acuerdo también con su correcta idea de que cada revolución
socialista equivalía a romper el eslabón más débil
de una cadena capitalista desigualmente desarrollada. Para Lenin, la
revolución rusa reunía la mencionada condición, pero en
honor a la verdad ese eslabón no era en realidad el de un capitalismo
suficientemente avanzado como aconsejaban los fundadores.
Al enumerar en
el Manifiesto del Partido Comunista las famosas 10 medidas a tomar por la
revolución comunista, Marx y Engels diferenciaban los "países
más avanzados" entre los "diversos países que habían
alcanzado un desarrollo suficiente de la clase
obrera.[8]
Ello hizo que Lenin
luchara con todas las fuerzas a su alcance porque la "señal" de la
revolución socialista llegara principalmente a la avanzada Alemania, y si
tenía éxito allí, solo "violar" por un tiempo lo
más corto posible la mencionada ley.
La frustración de la
revolución en Alemania y la ausencia posterior de otras revoluciones en
países desarrollados, parecía haber dejado sin sustento
científico a la Revolución Socialista de Octubre, la cual no
dispuso de ningún modelo como referencia.
Los investigadores
soviéticos Solodovnikov y Bogoslovski, desde la distancia de la temprana
década del 70, intentaron fundamentar oficialmente el hecho épico:
"La historia hizo sus enmiendas a los postulados teóricos de Marx y
Engels. En primer lugar, en Rusia el desarrollo del capitalismo avanzaba
rápidamente y con todas las contradicciones inherentes a él. En
segundo lugar, la revolución socialista triunfó en Rusia antes que
en los países
europeooccidentales".[9]
Ambos
científicos, en condiciones de un entorno político difícil,
eludieron tratar el tema del mayoritario campesinado precapitalista de la Rusia
de entonces, independientemente de la velocidad de su minoritario capitalismo
que no había agotado sus posibilidades de desarrollo. Tampoco se
refirieron, inconsecuentemente, a la primera condición, jamás
cumplida, para el éxito definitivo de la revolución en un
país así, expresada por el propio Lenin: "que sea
apoyada a su debido tiempo por la revolución socialista en uno o varios
países adelantados".
La historia que siguió después
de la muerte de Lenin, acaecida en 1924, es conocida. Al socialismo realmente
existente allí se le hizo andar a marcha forzada y la Unión
Soviética se convirtió entonces, para las naciones
subdesarrolladas, en el modelo de país con "el sistema social más
avanzado", cuando ella misma careció de esa referencia.
A la luz
del derrumbe acaecido en el sistema, más de 70 años después
del triunfo de octubre de 1917, se plantea de nuevo hoy —para las naciones
subdesarrolladas— con aspiraciones socialistas una situación
similar a la de la Rusia de aquel entonces, al querer marchar hacia un orden
interno justo, sin que exista en el planeta un sistema social más
avanzado, surgido del anterior ya agotado, que les sirva de modelo y les ayude
de manera franca.
¿Hay entonces opciones reales en el presente para
los países subdesarrollados sin que se repita por cualquier vía la
dramática historia del socialismo realmente existente?
Para
intentar responder, veamos una faceta de la ley tratada relacionada tanto con lo
del "cambio gradual", como con el decisivo problema del tipo de propiedad
económica que debe caracterizar al socialismo.
Del materialismo
histórico también tomamos que en todo fenómeno social, al
examinar el proceso de su desarrollo, coexisten dinámicamente sus tres
épocas: los vestigios del pasado, las bases del presente y los
gérmenes del futuro.[10] No
se alcanza lo nuevo por decreto, se necesita de una
gradualidad.
Así como ocurre, por ejemplo, en la moral, en el
fenómeno social de la propiedad empresarial coexisten en la
transición esas tres épocas.
Implícito en la
teoría marxista, y teniendo en cuenta el asunto
político-ideológico de si los productores directos son
dueños o no, existen en el presente cuatro tipos de propiedad empresarial
en las dos primeras
épocas,[11] las cuales han
sintetizado las posiciones políticas hasta hoy. El segundo de ellos ha
sido el sustento del modo capitalista de producción.
Vestigios
del pasado precapitalista:
1. La propiedad privada individual, la cual
está asociada al productor por cuenta propia y, aunque proviene de las
épocas precapitalistas, muestra aún su utilidad, por ejemplo, en
el desempeño del campesinado.
Bases del presente
capitalista:
2. La propiedad privada capitalista, la cual tuvo una
evolución en su historia que va desde un dueño que explota a no o
más obreros en la fase de pequeña o mediana empresa, hasta la de
cientos de miles de dueños (los accionistas) que obtienen la
plusvalía de decenas de miles de obreros en una gigantesca sociedad por
acciones, que puede adoptar la forma corporativa o la de un
conglomerado.
3. La propiedad privada cooperativa que puede tener
distintos grados de desarrollo derivados del nivel de agrupación de
dichas entidades.
4. La propiedad estatal con gestión
también estatal, en el sentido de que el aparato burocrático
gubernamental, se reserva para sí determinadas variables decisiones
empresariales, mientras que otras puede delegarlas.
Este tipo de
propiedad en los países que construyeron y construyen el socialismo
siempre se enfrentó, con más o menos claridad, al formidable y
vital reto de separar las funciones empresariales de las estatales para hacerla
competitiva, lo que no se ha logrado en más de 80 años. Esta
aspiración también estuvo presente en las empresas estatales
capitalistas antes de que en su gran mayoría desistieran en el
empeño debido a la ola neoliberal.
Es necesario pues identificar,
de una vez por todas, los gérmenes del futuro socialista, ubicados sobre
todo en las bases del presente, para aglutinados en un solo tipo de
propiedad.
La historia nos enseña que a cada modo de
producción le corresponde un único tipo de propiedad que le
caracteriza, la cual le nutre en lo fundamental aunque estén activos
otros tipos no protagónicos. Así sucede con la propiedad
esclavista, la feudalista y la capitalista (de donde surgió el concepto
de empresa), a la vez que del seno de cada una de estas sociedades brota el tipo
nuevo v superior que releva al precedente.
La obra monumental de Marx y
Engels estuvo dirigida estratégicamente a orientarnos, mediante leves
científicas, en relación con la organización del modo de
producción representado por la propiedad socialista, cuyos
gérmenes se venían manifestando en el capitalismo, para
establecerla desde el poder político de los nuevos productores. Sin
embargo, el hilo conductor conceptual de los fundadores se perdió
desgraciadamente en algún momento.
De lo que se trata, pues, es de
develar de forma definitiva su concepción y desarrollarla para hacerla
practicable.
El quinto tipo de propiedad empresarial
Al
manifestarse, en la expresión empresarial de la propiedad social del
socialismo realmente existente, reconocidas y diferentes dificultades
crónicas en su desempeño competitivo, se revelaba un hecho nuevo
en la evolución humana desde el punto de vista de la superioridad que
siempre habían demostrado las fuerzas productivas de anteriores
formaciones económico-sociales sobre las de su antecesora inmediata.
¿Por qué?
Ya tocamos el tema de la ausencia de un modelo de
referencia para la atrasada Rusia soviética, pero, como trataremos a
continuación, la expresión empresarial de dicho modelo
—esbozado por los fundadores del marxismo, aunque con lógicos
límites históricos—, no se reprodujo ni actualizó en
la práctica para garantizar el imprescindible desarrollo de las fuerzas
productivas socialistas.
Analicemos los hechos que acontecieron en este
sentido.
La primera y única fundamentación
científica conocida del concepto organizativo de la propiedad social en
Marx se encuentra en las últimas páginas del primer tomo de El
capital. Al quedar esta idea crucial escrita allí en un
párrafo tan sintético, el propio Marx, seguramente pensando que
habría una oportunidad más adecuada para ampliarla, sembró
en esa parte de su obra cumbre las primeras semillas de lo que probablemente
más temprano que tarde haya consenso en llamar la mayor y más
costosa confusión de la historia.
El gran pensador escribía
allí: "El sistema de apropiación capitalista que brota del
régimen capitalista de producción, y por tanto, la propiedad
privada capitalista, es la primera negación de la propiedad privada
individual, basada en el propio trabajo. Pero la producción capitalista
engendra, con la fuerza inexorable de un proceso natural, su propia
negación. Es la negación de la negación. Esta no restaura
la propiedad privada ya destruida, sino una propiedad individual que recoge los
progresos de la era capitalista: una propiedad individual basada en la
cooperación y la posesión colectiva de la tierra v los medios de
producción producidos por el propio
trabajo".[12]
Se
han resaltado con intención los tres tipos de propiedad que menciona el
párrafo. En él se utiliza la "Ley de la negación de la
negación", la cual da solución al conflicto social en obligada
interacción, como veremos, con las otras dos famosas leyes de la
dialéctica. En este sentido, el conflicto representado por la lucha
interna, antagónica y fundamental en la sociedad capitalista entre sus
contrarios dialécticos: el proletariado desposeído y sus
explotadores ("Ley de la unidad y lucha de contrarios") y el proceso de
desarrollo de esta solución explicado por la "ley de la
transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos",
dado por la conversión, por voluntad política, de la propiedad
privada multiplicada que caracteriza al capitalismo, en una sola
agrupación cualitativamente nueva de productores que entraña un
proceso productivo único.
Refrescando filosóficamente la
cuestión desde el punto de vista marxista, la "Ley de la negación
de la negación se expresa aquí en que la afirmación que la
compone, que no es más que la propiedad privada individual, o sea, la del
productor por cuenta propia, es negada en primera instancia por la
negación, que está referida a la más productiva con
respecto a aquella propiedad privada capitalista.
Esta última, que
genera la explotación de los obreros, es superada por la negación
de la negación, solución que Marx representa en esta inusitada
"propiedad individual" y que en la concepción
dialéctica, en un plano más elevado, conserva rasgos de ambos
estadios precedentes. La afirmación, negación y negación de
la negación se corresponden, respectivamente, con la tesis,
antítesis y síntesis de la célebre Tríada del
Desarrollo, que viene de los filósofos griegos y que perfeccionó
la dialéctica de Hegel, puesta "al derecho" a su vez por Marx.
En
el contexto de la solución tratada, no es difícil deducir que la
denominada científicamente "propiedad individual” marxista
—al estar ya extirpado lo privado en lo que se refiere al aislamiento del
productor por cuenta propia v a la explotación que genera la propiedad
privadla capitalista, también aislada— equivale a ser todos
dueños; se iguala a la propiedad social, común, colectiva, como le
llamó otras veces. También es propiedad estatal mientras haga
falta el Estado, pero, como trataré seguidamente, en una forma
organizativa distinta a la conocida.
En obras posteriores a El capital
Marx siguió su línea de pensamiento en este sentido.
Escribió, por ejemplo, que una "corporación de
trabajo"[13] era lo que
negaría al Estado burgués. Expresó en un párrafo
casi no debatido que pudo inspirar a la otrora variante Yugoslava del socialismo
realmente existente, que "sociedades cooperativas unidas han de regular la
producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola
bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las
convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la
producción
capitalista".[14]
Sin
embargo, los fundadores consideraron además como necesario un mecanismo
jurídico que separara esta organización del Estado, al menos en la
transición: el arriendo. Ya Marx en el tomo III de El capital, al
tratar la "Conversión de la superganancia en renta del suelo",
había realizado importantes análisis de valor estratégico
para el socialismo sobre el uso de este mecanismo en
Inglaterra.[15] A su vez, Federico
Engels había escrito en 1873, todavía en vida de Marx, que "...
hay que hacer constar que la «apropiación efectiva» de todos
los instrumentos de trabajo, de toda la industria, por la población
laboriosa, es precisamente lo contrario del «rescate»
proudhoniano.
En la segunda solución es el obrero individual el
que pasa a ser propietario de la vivienda, de la hacienda campesina, del
instrumento de trabajo; en la primera, en cambio, es la «población
laboriosa» la que pasa a ser propietaria colectiva de las casas, de las
fábricas y de los instrumentos de trabajo, y es poco probable que su
disfrute, al menos durante el período de transición, se conceda,
sin indemnización de los gastos, a los individuos o a las sociedades
cooperativas. Exactamente lo mismo que la abolición de la propiedad
territorial no implica la abolición de la renta del suelo, sino su
transferencia a la sociedad, aunque sea con ciertas modificaciones. La
apropiación efectiva de todos los instrumentos de trabajo por la
población laboriosa no excluye, por tanto, en modo alguno, el
mantenimiento de la relación de
alquiler".[16]
Esta
importante idea del arriendo o alquiler de los medios de producción y de
la tierra a las sociedades cooperativas, aunque enfocado hacia la
solución de un problema financiero en el párrafo anterior de
Engels, careció asombrosamente de debate histórico en el
socialismo realmente existente. Ni siquiera está presente en
Lenin.
Si desarrollamos la idea, el contrato de arriendo tendría
que incluir —no puede soslayarse esto— los intereses sociales.
Además, debería ser diferenciado por tipo de actividad para
garantizar la equidad social ante la lógica presencia de
asimetrías en la rentabilidad ramal, lo cual induce a un agrupamiento
empresarial en este sentido.
Con dicho contrato se generaría una
verdadera propiedad en ambos lados de la "ecuación" social,
liberándose, al fin, las fuerzas productivas socialistas. Con ello no
procedería plantear en el socialismo, como se hace hoy tomando mal la
experiencia de las gigantescas sociedades por acciones, el separar la
gestión de la propiedad como una solución a los males
administrativos vistos.
Hasta aquí las valiosas ideas generales de
los fundadores del marxismo en cuanto al contenido empresarial del concepto de
la propiedad social. Su noción de integración, de unión,
siguiendo la tendencia a la concentración de los medios de
producción que caracteriza desde siempre al capitalismo, dejó la
pauta de que todo lo importante que ocurre en materia organizativa en los
sistemas productivos únicos de las grandes corporaciones capitalistas, no
puede ser ajeno a la abierta ciencia marxista. Tan abierta como la Física
o la Química.
En ese ambiente corporativo fue que insertó
las cooperativas, apoyándose en las agrícolas avanzadas y las
industriales que surgieron en el capitalismo. Distintas manifestaciones hay en
su obra sobre el lograr la libertad individual debida en la base cooperativa de
su paradigma.
Es de señalar que en aquel entonces no
existía el término conglomerado para definir la moderna
agrupación de corporaciones.
Con posterioridad a la muerte de los
fundadores del marxismo, específicamente en la segunda mitad del siglo
xx, ocurren dos grandes revoluciones en la administración de las
corporaciones capitalistas, debido a que otorgan una alta independencia a sus
niveles inferiores: la Dirección por Objetivos y por Valores, y la
Reingeniería de Procesos. La teoría socialista, detenida en la
época de sus progenitores a pesar de lo que ellos mismos fundamentaron,
no heredó más nada del régimen precedente en materia de
organización económica.
La Dirección por Objetivos
había surgido en la década del 80 por la imperiosa necesidad de
descongestionar el trabajo de los máximos directivos y descentralizar
así las decisiones en los procesos productivos de las corporaciones. El
principio inicial era sencillo: dominar los objetivos de la organización
e independizar la forma de llevarlos a la
práctica.[17] Con
posterioridad, a partir de la experiencia empresarial japonesa, se revela en
occidente un importante complemento derivado previo: la Dirección por
Valores.[18]
Por su parte, la
Reingeniería de Procesos, idea nacida de las pocas
compañías inconformes en la década del 80, aprovecha los
conocimientos y las tecnologías acumuladas. Debido a ello, se requiere de
menos personas, aunque más capacitadas, al asimilarse procesos
reunificados y coherentes, en vez de continuar con la vieja práctica
descubierta por Adam Smith de dividir el trabajo industrial en las tareas
más simples y básicas. De tal forma, se hacen obsoletos
departamentos, grupos, divisiones, con lo cual se aplanan las estructuras
corporativas. Su pregunta fundamental: ¿por qué estamos haciendo
esto?, busca repensar todo el desempeño empresarial para hacer más
rápido, mejor y a menos costo lo que se hace y dar así respuestas
efectivas a un cliente cada vez más exigente, a la competencia y al
cambio permanente.[19] Sin embargo,
la carencia de soluciones laborales para los que quedan desplazados ha
desacreditado socialmente dicha práctica en los países
desarrollados.
Es así que la necesidad competitiva indujo a un
mayor protagonismo de los obreros y empleados de las corporaciones
capitalistas.
Marx y Engels no pudieron prever estos acontecimientos
concretos, pero dejaron abierto el camino a otros aportes, y los mencionados no
solo son metodológicamente más compatibles con el socialismo, sino
que sus resultados participativos también.
A mi juicio, es pues
deducible que la visión empresarial que tendrían hoy Marx y Engels
del concepto de propiedad social para la transición, o sea, el mencionado
quinto tipo de propiedad empresarial, es la de tul único conglomerado
autofinanciado conformado por corporaciones descentralizadas, integradas a su
vez por empresas cooperativas agrupadas ramalmente, que se entregaría en
arriendo permanente, y diferenciado por actividad, por el Estado Socialista (el
propietario legal) a los productores (los propietarios económicos),
arriendo que además abarcaría la tierra, y que, al extinguirse a
largo plazo dicho Estado a cuenta del crecimiento del Conglomerado que le
sustituiría, la organización sugerida representaría en
definitiva dicha propiedad social y el esquema organizativo general del modo
socialista de producción; germen, en lo nacional, de la
globalización socialista.
Esa visión de la ya tratada
"propiedad individual" marxista no sería alcanzable de inmediato en todas
las ramas desde una perspectiva como la cubana, la vietnamita o la china, pero
puede servir de brújula o de guía para la acción
estratégica a su sistema empresarial estatal y al de otros países
que construyan el socialismo.
La necesidad de ser pacientes está
no solo en que esta concepción requiere de asimilación, desarrollo
y consenso, sino en que otros tipos de propiedad son tácticamente
necesarios durante un indeterminado período histórico, lo cual es
el hecho fundamental que justifica la existencia del Estado con sus ministerios
y entidades.
Es por ello que, desde la perspectiva de una economía
en desarrollo, el Estado existirá por largo tiempo, pero la fortaleza de
un Estado no está ligada con sus grandes dimensiones, sino con el nivel
de su organización. Muchos ministerios no significan más control,
la realidad lo demuestra. El mayor control lo ofrece el que los colectivos de
productores entren en un nuevo sistema donde, dejando de ser asalariados, vivan
realmente de lo que producen y venden.
El conglomerado mencionado, que
crecería a cuentas de la reducción paulatina del Estado hasta
sustituirlo en un futuro indeterminado como previeron los fundadores del
marxismo, brindaría esa Posibilidad. La diferencia fundamental con el
capitalismo en este decisivo campo es que, aunque las funciones empresariales
estarían separadas de las estatales como allí, ello se
ejercería mediante un contrato social que arrendaría el poder
económico a los productores, a la vez que las empresas socialistas
disfrutarían de esa fuerza inédita y responsable que da la
unión corporativa cooperativizada y descentralizada, fuerza a mi juicio
imprescindible en lo que respecta a crear las condiciones necesarias para la
competitividad del sistema empresarial socialista, sostén de las
aspiraciones sociales y solidarias de esta ideología.
Sin embargo,
sería insuficiente el análisis realizado hasta aquí, si no
se aborda la cuestión del mercado y la planificación en el
socialismo, discusión teórica que no ha quedado
aún zanjada.
Planificación con mercado
Al
tratar este tema me concentré en aquella parte de la teoría
marxista que explica las condiciones teóricas que hacen al mermado
incompatible con el socialismo, y a la planificación como una
característica de este último sistema.
Hagamos una breve
incursión a los orígenes de los posibles malos entendidos. Tres
elementos eran claves en el socialismo construido de Marx y Engels para negar
dialécticamente al capitalismo: la propiedad social sobre todos los
medios de producción, la planificación, y uno casi olvidado, la
sustitución del dinero.[20]
La conjugación de estos tres factores haría desaparecer al
capitalismo y por ende al mercado. Es decir, en correspondencia, no
habría relaciones de propiedad privada, no existiría
anarquía en la producción, ni compraventa.
Un Marx
reinterpretado había argumentado en esencia que en una sociedad basada en
el tipo de propiedad mencionado, los productores no cambian sus productos; que
el trabajo invertido en estos últimos ya no se mediría a
través del rodeo que significa el dinero como medida del valor, sino
directamente, mediante un bono que consignaría la cantidad de horas de
trabajo rendidas, después de descontar lo trabajado para el fondo
común. Con dicho bono, el cual no tendría carácter
circulatorio como el dinero, pues se consumiría al usarse, se
extraería de los depósitos sociales de medios de consumo (no de
los comercios), medidos dichos medios en su correspondiente tiempo de
fabricación, la parte equivalente a la cantidad de trabajo
realizado.[21] Con ello
quedaría erradicado el valor y su ley, así como el mercado, pues
el dinero habría sido sustituido.
También pienso que es
deducible que quedaría eliminada la inflación de hoy, pues el
desarrollo tecnológico conlleva a que los productos se fabriquen cada vez
en menos tiempo, lo cual refleja el verdadero concepto marxista de
productividad.
La poco recordada ley de Marx que ampara lo anterior,
expresa: «Los valores de las mercancías están en razón
directa al tiempo de trabajo invertido en su producción y en razón
inversa a las fuerzas productivas del trabajo
empleado».[22]
Así,
por ejemplo, si el tiempo de fabricación de un reloj de pulsera se reduce
a 12 minutos, al que lo adquiere se le restaría la misma cantidad de
tiempo de su bono personal. Lógicamente, el cambio mencionado de unidad
de medida implicaría un sistema mundial, pues el dinero como medida del
valor es incompatible, considerando la unidad de la economía
internacional, con el uso del tiempo de trabajo.
En el comunismo ya no
haría falta el mencionado bono, pues la distribución se
efectuaría sobre la base de las necesidades de cada cual.
Este
aspecto del marxismo sobre la sustitución del dinero fue abandonado en su
desarrollo teórico posterior por los países del socialismo
realmente existente, sin que estén claras las causas. Tal vez haya
parecido esto una ficción científica, pero lo cierto es que, en
cierta etapa, algunos de estos países interpretaron erróneamente
la eliminación del dinero como la irrupción de las gratuidades. De
cualquier forma, su necesario esclarecimiento sigue estando pendiente, aunque el
científico alemán Arno Peters ha presentado una interesante
propuesta en este sentido que está aún insuficientemente
debatida.[23]
La idea de Marx
para resolver este difícil problema radica en "estudiar las leyes que
rigen esta reducción del trabajo complejo al trabajo
simple".[24] Es decir, llevar el
contenido de tiempo de trabajo calificado que conlleva la fabricación de
todo producto, a unidades de tiempo de trabajo no calificado, sencillo, para
hacer sumables ambos conceptos.
En este sentido, creo entender a
Mészáros en su aguda observación de que expropiando se
elimina el capitalismo, pero no el capital, lo cual era el superobjetivo de
Marx.[25]
Asombra hoy como
los manuales soviéticos de Economía Política del Socialismo
planteaban que la producción mercantil, la ley del valor y el dinero solo
desaparecerían en la fase superior del comunismo, sin explicar siquiera
por qué estaban en desacuerdo con Marx, el cual ya había
fundamentado estos cambios para la fase socialista.
Luego entonces, baste
no estar teóricamente solucionada aún por la ciencia la
cuestión de la sustitución del dinero, uno de los tres mencionados
requisitos clave del socialismo construido, para que no deba comprenderse mal lo
de la anulación del mercado. Mientras exista el dinero habrá
compra-venta y, por derivación, mercado.
Aquello de que el mercado
es lo que se contrapone a la planificación, a mi juicio refleja una
injusticia conceptual. La idea de la planificación surgió cuando
Marx buscó la solución a las crisis de
superproducción—y, por tanto comerciales de su época,
motivadas por la diseminación de la propiedad privada—, en adecuar
la oferta productiva de la propiedad social a la demanda real de los
consumidores. Planificar, pues, es tomar medidas para que todo lo que sea
necesario producir se venda con rapidez, por lo que es preciso separar el
término de otros conceptos afines, como la programación. Lo que se
opone a la planificación es la competencia y producción
anárquicas, pero no el mercado, que es el ambiente de compraventa donde
se justifica la producción. Planteado esto así, cabe decir que
todas las economías de hoy son de mercado.
Para evitar la
competencia anárquica el Plan tendría un sustento
organizativo-empresarial, el cual viene dado por la unión corporativa
ramal de las empresas, de acuerdo con lo fundamentado por Engels a partir de la
experiencia capitalista inglesa de 1890, con la fusión en una sociedad
por acciones, de 48 grandes fábricas de
álcalis.[26] Allí, el
pensador observó un embrión del Plan socialista cuando se
distribuía la demanda entre dichas unidades productivas a un precio
único establecido por la propia corporación inglesa. Así,
en el plano internacional, las mal llamadas economías de mercado pudieran
reconceptualizarse como economías de competencia anárquica o de
anarcocompetencia.
Lamentablemente, durante la práctica del
llamado "socialismo real" se conformaron toda una serie de conceptos ajenos a la
teoría elaborada por Marx y Engels, los cuales deben ponerse en su lugar
lo antes posible. Volver a estudiar las fuentes teóricas originales y
enriquecerlas es vital para ello.
A modo de
conclusiones
Pienso que lo expresado hasta aquí abre una
puerta prometedora para desarrollar un paradigma socialista viable que satisfaga
simultáneamente las aspiraciones políticas, económicas y
sociales, no integradas hasta ahora, considerando además un
período de transición que requiere ser reinterpretado a la luz de
la ley que le explica.
Creo entonces que, contestando a la pregunta
planteada en el primer acápite, existen opciones reales en el presente
para los países subdesarrollados sin que se repita por cualquier
vía la dramática historia del socialismo realmente
existente.
Un primer mensaje es que las "épocas productivas"
pasadas y presentes aún son útiles, sobre todo para las naciones
subdesarrolladas. Seguimos bajo el signo del capital. A so vez, hay que decir
sin ambages que no es posible el desarrollo del germen del futuro sin que se
haya alcanzado también determinado desarrollo de las bases del
presente.
En las naciones en vías de desarrollo que se planteen la
construcción del socialismo, la inversión extranjera directa, como
propiedad privada capitalista, debe de hacerse atractiva, aunque acotada en el
tiempo, dando preferencia a las más altas tecnologías.
Las
pequeñas y medianas empresas deben apoyarse estatalmente, dando prioridad
en los créditos a las cooperativas productoras.
En realidad, es el
tipo de propiedad estatal que hemos conocido la que confronta las mayores
dificultades competitivas. La práctica ha demostrado que cuando todas las
decisiones empresariales finales las toman actores ubicados dentro del marco
productivo único de que se trate —lo cual hace que estas decisiones
sean realmente consecuentes—, los resultados competitivos son generalmente
superiores a cuando se toman decisiones sobre la empresa desde fuera de dicho
marco, como ocurre, parece que irreformablemente, con la gestión estatal
—no con ese tipo de propiedad— que hemos conocido.
Por todo
esto, es necesario unir los gérmenes de futuro incorporados en las bases
del presente para superar el estancamiento en este sentido. Para ello, ya se
cuenta con una experiencia como prueba de la viabilidad de la idea
propuesta.
Así, aunque el quinto tipo de propiedad empresarial es
el único que no ha existido en la práctica si consideramos su
estado puro y alcance nacional, en el ámbito privado una variante de esta
organización empresarial, surgida casi de la nada a mediados del siglo
xx, se ha venido desempeñando con gran éxito en la otrora
paupérrima región de Mondragón en el hoy muy
próspero País Vasco, España. Con el nombre de
Mondragón Corporación Cooperativa (MCC), la cual agrupa 120
empresas con ventas por más de 7 000 MM al cierre del año
2000.[27]
MCC es el primer
grupo empresarial del País Vasco y el mayor y más importante de
este tipo cooperativo en el mundo, el cual ha alcanzado ya, necesariamente, un
carácter transnacional. Polémica aparte sobre determinadas
prácticas de la corporación, su "anatomía" y su
"fisiología" organizativa son dignas de estudiarse
profundamente.
De cualquier manera, la expresión empresarial
propuesta de la propiedad social no está ni mucho menos lista para
aplicarse. Existen diferentes aspectos en los cuales profundizar, pero es una
esperanza real anticapitalista y no una utopía. En la realidad de hoy
están las respuestas prácticas para su funcionamiento. No solo
existe MCC, sino que se gobiernan descentralizadamente gigantescos conglomerados
en el mundo capitalista y hay experiencias en la conformación de los
contritos de arriendo. Una cierta ingeniería social se impone.
El
sistema empresarial socialista, así en tendido, debe llevar además
a la más alta productividad y competitividad de la historia, pero un
reto, formidable también, consiste en convencernos acerca de la
visión marxista propuesta.
En el "enfrentamiento" entre los
fundadores y Lenin, los primeros estaban por un paso relativamente rápido
al socialismo de los países avanzados y porque, a partir de esa
experiencia previa, "los países atrasados vean «cómo se hace
eso», como hay que poner las fuerzas productivas de la industria moderna,
hecha propiedad social, al servicio de toda la sociedad, solo entonces
podrán estos países atrasados emprender ese camino acortado de
desarrollo".[28]
Lenin no
pudo ver "cómo se hace eso"; Marx y Engels, tampoco. Por citar solo un
ejemplo, las nacionalizaciones en Rusia, y por ende la enorme
concentración de miles de fábricas estatales que se creó en
el gigantesco país, adelantaron de un tirón las mismas condiciones
que, más de 30 años después, dieron origen de forma
natural, en las corporaciones capitalistas más desarrolladas, a su primer
gran y revolucionario mecanismo descentralizador para poder gobernar unidades
productivas integradas: la Dirección por Objetivos. La
compañía estadounidense General Electric, por ejemplo,
sintió la urgente necesidad de descentralizarse en la década del
50 al disponer de más de 130
fábricas.[29]
Stalin
tampoco fue contemporáneo con dicho mecanismo, aunque, de haberlo sido,
quizás no lo habría aplicado nunca, mientras que sus seguidores en
la URSS, entre dogmas e ignorancia, también lo obviaron.
Todo ello
lleva a pensar que quienes aspiren hoy al socialismo tienen las mejores
posibilidades de organizar su germen de futuro, mayor o menor, en dependencia de
sus condiciones históricas concretas de desarrollo. Probablemente, un
humilde país pueda incluso prepararse en todos los sentidos para crear
aunque sea una competitiva corporación agrícola estatal-social de
determinado tamaño, en lo que pudiera constituir un nuevo contenido para
las reformas agrarias.
La idea es, siguiendo la lógica de la
organización productiva marxista, adaptar como modelo lo que los obreros
de los países desarrollados tendrían que hacer, de triunfar la
revolución socialista allí, lo cual no se vislumbra en el
presente. Parece entonces que las circunstancias históricas nos
sitúan hoy ante un gran desafío: invertir, aunque con mejores
herramientas que Lenin, el sentido del ejemplo que plantearon los fundadores del
marxismo.
(Enero de 2004).
[1] Vasili Solodovnikov y Victor
Bogosiovski: La experiencia histórica del desarrollo no
capitalista, Editorial Progreso, Moscú, 1975, pp.
13-16. [2] Vasili Sotodovnikov y
Víctor Bogoslovski: ob. cit., pp.
13-14. [3] Carlos Marx y Federico
Engels: "Prologo a la edición rusa de 1882 del Manifiesto del Partido
Comunista", en Heinz Dieterich: El socialismo del siglo XXI, Ediciones
Paradigmas y Utopías, México, 2002, pp.
159-160. [4] 4 Federico Engels:
"Engels a N. F. Danielson", en Obras escogidas, Editora Política, La
Habana, 1963, t. 3, pp.
377-380. [5] Federico Engels:
"Palabras finales al trabajo Acerca de la cuestión social en Rusia", en
Obras escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1973, t. 2, p.
433. [6] Vladimir I. Lenin:
"Séptima Conferencia (de abril) de toda Rusia del POSD(b)R", en Obras
completas, Editorial Progreso, Moscú, 1985, t. 31, p.
380. [7] Vladimir I. Lenin:
"Informe sobre la sustitución del sistema de contingentación por
el impuesto en especie", en Obras completas, Editorial Progreso, Moscú,
1987, t. 45, p. 57. Las negritas son del autor del presente
trabajo. [8] Carlos Marx y Federico
Engels: "Manifiesto del Partid Comunista", en Obras escogidas, Editorial
Progreso, .Moscú, sin fecha, pp.
49-50. [9] Vasili Solodovnikov y
Victor Bogoslovski: ob. cit., p.
16. [10] Vladimir 1. Lenin:
"Quienes son los enemigos del pueblo", en Obras completas, Editorial Progreso,
Moscú, 1981, t. 1, p.
187. [11] Luis Marcelo: "VI
Perfeccionamiento Empresarial Estatal en Cuba: ¿a qué
autonomía se aspira?", Instituto Nacional de Investigaciones
Económicas, La Habana, 200
(inédito). [12] Carlos
Marx El Capital, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973 t. 1, p.
700. [13] Carlos Marx: "La guerra
civil en Francia", en Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas en un tomo,
Editorial Progreso, Moscú, sin fecha, p.
298. [14] Carlos Marx: "La guerra
civil en Francia", en Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas en un tomo,
Editorial Progreso, Moscú, sin fecha, pp. 301-302. Las negritas son del
autor del presente trabajo. [15]
Carlos Marx: El capital, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, t. 3,
p. 626. [16] Federico Engels:
"Contribución al problema de la vivienda", en Carlos Marx y Federico
Engels, Obras escogidas en tres tomos, Moscú, 1973, t. 2, p. 391. Las
negritas son del autor del presente
trabajo. [17] Ralph J. Cordiner:
"Nuevas fronteras para directores de empresas", Ediciones Rialp, Madrid,
1964. [18] William Ouchi: La
teoría Z, Fondo Educativo Interamericano, México,
1982 [19] James Champy and Mike
Hammer: "Reengineering the corporation. A manifiesto for bussiness revolution",
Harper Business First Edition, New York,
1994. [20] Si bien los dos
primeros factores se identifican en distintas obras de Marx y Engels, el tercer
factor, la sustitución del dinero, se trata en un muy reducido
número de documentos teóricos, el más importante de los
cuales la "Crítica del Programa de Gotha", aunque en honor a la verdad de
forma difícil de entender allí si no se comprendían otras
partes de su obra e, incluso, si no se hacía una determinada labor
deductiva. [21] Carlos Marx:
"Crítica del Programa de Gotha", en Carlos Marx y Federico Engels, Obras
escogidas en un tomo, Editorial Progreso, Moscú, sin
fecha. [22] Carlos Marx:
"Salario, precio y ganancia", en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas
en un tomo, Editorial Progreso, Moscú, sin fecha, p.
208. [23] Arno Peters: "El
principio de equivalencia como base de la economía mundial", en Heinz
Dieterich, et. al. El fin del capitalismo global. El nuevo proyecto
histórico, 2da ed., Argentina-México,
1999. [24] Carlos Marx:
"Contribución a la crítica de la economía política",
en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas en un torno, Editorial
Progreso, Moscú, 1989, p.
17. [25] István
Mészáros: Más allá del capital, Vadell hermanos
Editores, Caracas, 2001, p.
1173. [26] Federico Engels: "Del
socialismo utópico al socialismo científico", en Carlos Marx y
Federico Engels, Obras escogidas en un torno, Editorial Progreso, Moscú,
sin fecha, pp. 442- 443. [27]
José Barea, José L. Monzón, et. al. La economía
Social en España en el año 2069, Ciriec-España, Madrid,
2002, p. 91 [28] Federico Engels:
"Acerca de la cuestión social en Rusia", Obras escogidas en dos tomos,
Moscú, 1973, t. 2, p.
426. [29] Ralph J. Cordiner:
"Nuevas fronteras para directores de empresa", Ediciones Rialp, Madrid, 1964, p.
38. |