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La lucha sindical(en el contexto de la construcción del socialismo)Sindicato. 1. m. Junta de síndicos.|| 2. Asociación formada para la defensa de intereses económicos o políticos comunes a todos los asociados. Se emplea especialmente hablando de las asociaciones obreras organizadas bajo estrecha obediencia y compromisos rigurosos.|| ~ amarillo [blanco en México]. 1. Organización sindical cuyo objetivo es minar la acción reivindicativa de los sindicatos obreros.[1] Sindicalismo. 1. m. Sistema de organización obrera por medio del sindicato.[2] Palabras previas A partir de la propuesta de incluir la crítica de la economía política en los aspectos que habremos de abordar durante la segunda etapa del Taller de Construcción del Socialismo, para presentar el tema de la lucha sindical, aportamos --para la discusión de un programa de transición-- el Programa Obrero y la Ley Eléctrica del Frente de Trabajadores de la Energía (FTE) para la reorganización del movimiento obrero y de la industria eléctrica, respectivamente. De la tesis rescatada por A. Híjar: “el socialismo es una teoría y una práctica de transición del capitalismo al socialismo” ofrecemos consideraciones sobre los tres puntos básicos propuestos por Luis Marcelo Yera (En busca del paradigma perdido de Marx y Engels, Cuba): A. Comprensión de la etapa de transición. En el Programa Obrero se parte de reconocer las condiciones adversas de los trabajadores a nivel mundial y el dominio de las grandes corporaciones transnacionales, ante lo cual deben oponerse las banderas fundamentales de la lucha obrera: la unidad y la lucha de clases como eje de la acción proletaria, en la construcción del movimiento obrero. Conscientes de que no hay proyecto de Nación sin programa obrero, se describen los puntos del programa que proponemos a los trabajadores de México, entre otros: democracia obrera; sindicalismo industrial a partir de la integración de los procesos de trabajo (lo que permite la reorganización del movimiento obrero); defensa de los derechos obreros --entre los cuales el derecho a la propiedad colectiva social es vital--; y, sobre todo, el control obrero de la producción e investigación. B. Organización empresarial de la propiedad social. La Ley Eléctrica del FTE contiene una propuesta de Ley Reglamentaria del artículo 27 constitucional en materia de energía eléctrica que sirve para definir el Servicio Público de Energía Eléctrica en términos de la Política Eléctrica Nacional y en correspondencia al proceso de trabajo eléctrico (generación, conducción, transformación, distribución y abastecimiento de energía eléctrica), realizado por la industria eléctrica nacionalizada --que no estatizada--, es decir de propiedad colectiva social, en radical contraposición a su privatización y entrega al capital internacional, como impone el estado neoliberal. La norma vigente establece que corresponde a la Nación realizar en exclusiva el proceso de trabajo eléctrico ¿A quién, o a quienes concretamente? en principio al Estado. Sin embargo una de las acciones fundamentales de la Política Eléctrica es culminar el proceso de integración industrial de la industria eléctrica por razones técnicas, económicas y operativas. Una vez integrada, la adecuada operación y desarrollo de la industria eléctrica nacionalizada solamente puede garantizarse con la intervención organizada y organizada de los trabajadores y del pueblo en general. C. La interrelación entre el mercado y la planificación. El proceso de trabajo eléctrico empieza con la planeación. Esta requiere tener un alcance nacional en el contexto internacional, de acuerdo a una política de desarrollo coherente y de largo plazo. Dicha planeación parte de la política e incluye prever el futuro. Durante un siglo la fuente energética dominante ha sido el petróleo pero eso no será siempre. Ya actualmente, se vive una fuerte crisis energética que tiende a volverse severa, la cual no tiene solución únicamente en el contexto de los hidrocarburos. Se reconoce que no es posible ningún funcionamiento armónico, planificado y coherente en la industria eléctrica nacionalizada sin la intervención de los trabajadores, por lo que es preciso rebasar las simples formas sindicales. El sindicato es una organización importante y necesaria, pero insuficiente para cumplir las altas responsabilidades que demanda la industria nacionalizada. El sindicato, además, requiere transformarse adquiriendo una perspectiva avanzada. En cuanto a la administración de la industria eléctrica nacionalizada, la propuesta del FTE consiste en integrar un Consejo a nivel nacional, estructurado en todos los centros de trabajo de la industria eléctrica. Dicho Consejo sería integrado por los trabajadores de mayor calificación y responsabilidad funcional en la industria, electos democráticamente por los demás compañeros. Las funciones del Consejo serían de índole general integrando el conocimiento y la técnica con una visión del conjunto de la industria eléctrica. El Consejo representaría una de las vertientes de la cultura obrera y su concreción en la defensa del patrimonio, independencia y soberanía de la nación en términos del punto de vista de los trabajadores y sus intereses inmediatos e históricos. En esta perspectiva es derecho de los trabajadores de la energía participar en la formulación, desarrollo, concreción y evaluación de los planes, programas y proyectos de la industria en todas las fases del proceso de trabajo que corresponde realizar a la industria eléctrica nacionalizada. En cuanto a la participación social, una vertiente está en la vigilancia del correcto funcionamiento de la industria eléctrica nacionalizada, pero también debe decidir sobre el rumbo de la industria energética de México, a través de Comisiones Eléctricas organizadas en todo el territorio nacional, por regiones, estados y municipios, en los niveles rural y urbano. Finalmente, Electricidad de México, el organismo integrado que proponemos, estaría dirigido por un consejo integrado por representantes del estado y por miembros de los consejos Técnico Científico (de los trabajadores) y de las Comisiones Sociales. Ambos documentos se entregan al Taller de Construcción del Socialismo para avanzar en la discusión de un necesario programa de transición. Por último, un comentario en referencia a la reivindicación de las propuestas que desde la lucha armada tendrían que analizarse pero que sin embrago están desatendidas [A, Híjar]. En ese sentido, las propuestas del programa político del Partido Democrático Popular Revolucionario (EPR), en cuanto al la necesidad de un reordenamiento económico parten de la propiedad nacional de los sectores estratégicos de la economía y los recursos naturales del país. Ello, sin la participación consciente y organizada de los trabajadores es imposible. En este texto sobre la lucha sindical se ha hecho deliberada omisión a múltiples acciones radicales que la lucha sindical ha protagonizado, no porque carezcan de valor o hayan sido infructuosas, sino porque se desarrollaron en condiciones tan adversas que generalmente terminaron siendo aisladas y reprimidas por el estado. De hecho, para los trabajadores, el instrumento de lucha radical --convertido incluso en derecho--, previo a la vía armada, es la Huelga. La huelga general, como la lucha armada, tienen un valor estratégico pero deben prepararse. Son vías que requieren, por tratarse de las formas más complejas de la lucha popular, de la máxima capacidad de organización, ya que por un lado se confronta directamente al orden establecido, mientras por otro se plantea la necesidad de convertirse en instrumento político, capaz de convencer de la necesidad tanto de subvertir dicho orden, como para construir otro nuevo, pero viable y sustentable. En este punto solo resta recordar “que la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios, que la violencia solo se justifica cuando es todo un pueblo quien recurre a ella, como salida extrema, para abrirle camino al torrente transformador que porta en las entrañas, aunque sin perder de vista que el desenlace armado del esfuerzo popular exige de los revolucionarios un supremo esfuerzo de preparación”[3]. IntroducciónSegún
el diccionario, parece ser que sindicato y sindicalismo son
palabras que a fin de cuentas sirven para referirse a las organizaciones
creadas, generalmente por los trabajadores, para velar por la justicia y/o sus
intereses. Luego entonces, lucha sindical se refiere seguramente a la
defensa (pelea, lid, combate, contienda, disputa, oposición o esfuerzo)
que realizan con esos fines, tales organizaciones y sus
miembros. 1 Orígenes del sindicalismo: El sindicalismo prolifera como forma de organización obrera a partir de la revolución industrial, a finales del siglo XVIII, con la mecanización del trabajo humano y la entrada al taller del cronómetro que lo transformó en fábrica [Coriat dixit[6]]; justo después de la transición de los modos de producción artesanal --orientada a los mercado locales--, hacia los modos de producción industrial, cuyo mercado tendría alcance mundial. Las máquinas y las nuevas formas de organización del trabajo permitieron más extracción de plusvalía --y mayor acumulación de capital--, a costa de las condiciones de vida y de trabajo del proletariado fabril, sometido a jornadas excesivas, en pésimas condiciones de salud, higiene y seguridad; con una alimentación insuficiente, producto del mísero salario. Con los obreros, muchas veces eran explotados también sus mujeres y sus niños. En este orden injusto, lo natural era agruparse para resistir y rebelarse.
Sin embargo, la burguesía comprendió desde el primer instante su necesidad de evitar que las organizaciones obreras catalizaran la fuerza social de los trabajadores, no podía permitir la constitución de un poder fuera de su control (o del estado). Ni siquiera la Revolución Francesa pudo resolver esta contradicción y terminó penar las coaliciones de obreros, artesanos o jornaleros. No obstante, los trabajadores siguieron agrupándose en la clandestinidad, situación que imprimió un carácter gremialista a estas organizaciones, que crecieron y pasado el siglo estuvieron en posibilidades de organizar, primero la huelga fabril y más tarde, mediante la formación de coaliciones de obreras, promover paros colectivos por rama. El paso siguiente fue la consolidación del sindicalismo como estructura más evolucionada que terminó por “ganar” un espacio institucional (incluso un estatus jurídico) en el sistema económico-social capitalista. La lucha sindical, sin embargo está llena
de experiencias revolucionarias fundamentales. Una de ellas, la más
importante, el
anarquismo[7],
de cuyos postulados (Primera
Internacional) derivan principios como la autogestión y la acción
directa. En México, los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, a
partir de sus publicaciones --El Demócrata,
Regeneración y más tarde El Hijo del Ahuizote--,
serían vehículo no solo de insurrección organizadas entre
los trabajadores del campo y la ciudad, precursora directa de la
revolución de 1910, sino activos constructores de un programa que
trascendía la cuestión democrática (la no-reelección
de la Revolución Mexicana); un programa que planteaba profundas reformas
sociales y económicas[8], que
en mínima parte quedaron registradas en la Constitución
Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917. 2. “Consolidación” del sindicalismo Casi un siglo antes, al empuje de las ideas (Marx y Engels, y de manera muy señalada de los anarquistas) el sindicalismo en Europa había abandonado la clandestinidad y hacia la segunda mitad del siglo XIX, la mayoría de las legislaciones europeas habían suprimido el delito de coalición, aceptando en algunos casos explícitamente el derecho de asociación obrera: “El “ludismo”[9] de 1811 –el movimiento de los llamados “los destructores de máquinas”– fue el primer antecedente de organización, pasando por el movimiento “cartista”[10] de la década de 1830 para llegar, aunque fuera en la ilegalidad y mediante confrontaciones violentas, a la forma de sindicatos clandestinos y partidos políticos socialistas y comunistas. La derrota de las revoluciones de 1848-50 y posteriormente el aniquilamiento de la comuna de París en 1871 marcaron un momento de estancamiento o impasse en la marcha del sindicalismo.”[11] No obstante, los derechos alcanzados quedaban cancelados por la misma legislación, que a la vez protegía las libertades individuales esenciales (al trabajo) contra cualquier agresión (huelga, paro, etc.), y sobre todo reivindicaba la propiedad privada de los medios de producción con toda la fuerza del estado. Tal contradicción terminaría definiéndose por la vía reformista, con el acuerdo tácito de las organizaciones sindicales. En el caso de los países industrializados, dicho acuerdo permitió consolidar los estados-nación, a cambio de preservar los intereses particulares de los trabajadores y con la garantía de negociar políticas públicas de corte proteccionista (el estado benefactor del Keynesianismo). Así, mientras en Europa y Norteamérica nuevas organizaciones de trabajadores seguirían constituyéndose en asociaciones y hasta federaciones de trabajadores, legalmente reconocidas (con las limitaciones indicadas), En América Latina, el proceso enfrentaría primero la necesidad de formar los estados nacionales, que involucró la lucha independentista y más tarde revolucionaria (1810-1850), con magros avances para la clase obrera; avances que tardarían muchos años y jamás se consolidarían más que de forma limitada. En México, por ejemplo, las demandas que dieron pié a la insurrección obrera en Cananea y Río Blanco serían el antecedente al derecho laboral establecido en la Constitución, pero en condiciones de subdesarrollo y atraso que cancelaban toda posibilidad real de desarrollo, e impedían incluso consolidar un estado-nación. El estado mexicano asumió entonces (1934-1940) al nacionalismo revolucionario como ideología fundacional, aprovechando la reactivación de grandes masas de trabajadores que buscaban la unificación de los trabajadores (algunos hasta con independencia del estado). Luego de este período se renuevan los primeros intentos de unidad internacional[12] de los trabajadores, con la creación de la Federación Sindical Mundial (FSM), que al no aceptar el dominio del imperialismo, sufre la escisión de las centrales burguesas norteamericanas e inglesas, básicamente el Congreso de Organizaciones Industriales (CIO)[13] y el Congreso [Británico] de Tradeuniones (TUC), que a su vez fundaron, junto con la Federación Americana del Trabajo (AFL)[14], la proimperialista Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL). En el mapa sindical latinoamericano, la organización quedó dividida entre la Organización Regional Interamericana (ORIT) --afiliada a la CIOSL--, y la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL), que lo estuvo a la FSM, hasta su desaparición. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) mantiene un organismo tripartito (con los representantes de los gobiernos, los patrones y los trabajadores), denominado Oficina Internacional del Trabajo, la OIT, cuyo propósito es eliminar la lucha de clases y fomentar la "colaboración de clases". El caso de la industria eléctrica mexicana refleja el impacto en la desorganización mundial y local de los trabajadores. Durante la Revolución Mexicana, “el 14 de diciembre de 1914 se fundó el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), registrado con el número 760 como sindicato obrero industrial de jurisdicción federal con su lema inicial ‘Salud y Revolución Social’”. “En 1916, el SME dirigido por Ernesto Velasco estalló la huelga contra la Mexican Light and Power Company, en plena revolución y en abierto desafío a Carranza, en el marco de la huelga general de la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal”. “Durante los años 20’s, el SME trató de organizar a los electricistas del país dispersos en más de 80 empresas eléctricas que operaban en el territorio nacional”. “En 1925 se constituyó la Confederación Nacional de Electricistas y Similares (CNES)”. “En 1933, el SME participó en la creación de la Confederación General de Obreros y Campesinos de México (CGOCM)”. “En 1935, a iniciativa del SME, diversas organizaciones obreras de tranviarios, ferrocarrileros, mineros, telefonistas y electricistas, acordaron un Pacto de Solidaridad y la creación del Comité Nacional de Defensa Proletaria (CNDP)”. “En 1936 se llevó a cabo el Congreso de Unificación dando lugar a la fundación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) presidida por Vicente Lombardo Toledano. Al año siguiente saldría el SME de la CTM al negarse a convalidar la llegada de Fidel Velázquez y su política”.[15] Luego vendría un período oscuro en la vida del SME: “su relación con el Partido Nacional revolucionario (PNR) y Partido de la Revolución Mexicana (PRM) antecesores del Partido Revolucionario Institucional (PRI). En 1940, el SME acordó su salida del PRM y ‘se declaró apolítico...[16]’ pero en 1943 reingresó postulando a sus dirigentes para diputados federales. En 1942 se formó el Consejo Obrero Nacional para vigilar el cumplimiento del Pacto Obrero-Industrial que también firmó el SME. En 1945, participó en la formación de la Confederación Nacional de Electricistas de la República Mexicana (CNE) junto con la federación Mexicana de Trabajadores de la Industria y Comunicaciones Eléctricas (FMTICE). La CNE desapareció para luego surgir como Confederación Mexicana de Electricistas (CME).”[17] “En 1958, [el SME] negó la solidaridad al movimiento ferrocarrilero violentamente reprimido por el gobierno lopezmateista en 1959. Al año siguiente se firmó un Pacto de Solidaridad y Ayuda Mutua con el sindicato de telefonistas basado en la no ingerencia y ayuda solidaria.” ... “En 1960, participó en las acciones para la nacionalización de la industria eléctrica plasmada en la parte final del párrafo sexto del artículo 27 constitucional. El otro sindicato electricista, el Sindicato Unico de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM), tuvo por su parte un desarrollo diferente. De un lado, los electricistas de la Federación Nacional de la Industria y Comunicaciones Eléctricas (FNTICE) que, integrados en la Confederación Nacional de Electricistas de la República Mexicana (CNERM), fueron precursores de la nacionalización eléctrica (1960) y coautores de la misma. “Luchamos por la Nacionalización”, decía la CNERM, y adicionó las consignas: “Un solo Contrato, un solo Sindicato”, “Democracia Sindical”. Luego de la nacionalización, las organizaciones del FNTICE fundan el Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (STERM), que aglutinaba en su seno a un conjunto de pequeños sindicatos correspondientes a empresas privadas, con más de 80 contratos colectivos distintos. Por otra parte, el oficialista Sindicato Nacional de Electricistas, Similares y Conexos de la República Mexicana, (SNESCRM) fundado durante el gobierno cardenista, al mismo tiempo que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) en 1937, tuvo desde un principio un claro perfil corporativo y charril, y de siempre formó parte importante de la CTM. A principios de los 70, en el marco de la insurgencia sindical por la unidad y democratización del movimiento obrero, el estado despojó al STERM de su Contrato Colectivo, entregándoselo a los charros del SNESCRM. El STERM se movilizó en defensa de su Contrato Colectivo, pero al mismo tiempo amplió su programa de lucha planteando la necesidad de culminar la nacionalización de la industria eléctrica mediante la integración y la unidad sindical democrática de todo el gremio electricista. Para evitar la propagación de estas banderas, en 1972 el estado acepta la fusión de ambos sindicatos en el actual SUTERM, y las corrientes democráticas STERM inician desde dentro la lucha por su democratización y la vinculación al movimiento obrero (identificándose como Tendencia Democrática --TD--, para diferenciarse de los charros). Esta lucha que entra en crisis en 1974, cuando el comité ejecutivo presidido por los charros traiciona la contratación entre los trabajadores y la empresa General Electric. Los trabajadores desconocen a los charros, apoyados por la comisión de vigilancia presidida por la TD. Con este movimiento la dirección del SUTERM procede a la expulsión de la TD, que radicaliza su posición, llevando a cabo cientos de movilizaciones que desembocarían cuyo punto más alto se produce en 1975, donde más de 20,000 electricistas aclaman la "Declaración de Guadalajara" (el 5 de abril), documento en el que se fundamentan los principios de la lucha y se le da una perspectiva amplia al movimiento de insurgencia obrera, en resumen: 1. Democracia e independencia sindical. 2. Reorganización general del movimiento obrero (Sindicatos Nacionales de la Industria y Central Única de Trabajadores. 3. Sindicalización de todos los asalariados. 4. Aumento general de salarios (escala móvil de salarios). 5. Lucha a fondo contra la carestía (congelación de precios, ampliación de las tiendas CONASUPO, del ISSSTE, etc.) 6. Defensa, ampliación y perfeccionamiento del sistema de seguridad social. 7. Educación popular y revolucionaria. 8. Vivienda obrera, congelación de rentas, municipalización del transporte colectivo, servicios municipales para todos. 9. Colectivización agraria. Fin del latifundismo, derogación del derecho de amparo a terratenientes. Nacionalización del crédito, del transporte de carga, de la maquinaria agrícola; Planificación de la agricultura. Supresión de intermediarios. 10. Expropiación de empresas imperialistas. Monopolio estatal del comercio exterior. Alianza orgánica de todas las naciones productoras que defienden sus materias primas de las garras imperialistas. 11. Intervención obrera en la ampliación, reorganización y desarrollo planificado del sector estatal de la economía. 12. Fiscalización obrera. Las movilizaciones continuaron y las acciones se organizaron primero desde una Coordinadora y más tarde integrando al Frente Nacional de Acción popular (FNAP) que retomaría estas banderas como base para coordinar y desarrollar la lucha de la clase trabajadora. En ese lapso, la TD emplaza a huelga por la solución del conflicto con el SUTERM, misma que el estado reprime utilizando al ejército y esquiroles pagados por los charros. La TD es disuelta y uno de los sectores de la energía más combativos, los trabajadores nucleares, es expulsado del SUTERM. 3. Crisis del sindicalismo Sin embargo lo que ponen en crisis al sindicalismo es la institucionalización del sindicalismo. Esta tendencia que comenzó en Europa, tuvo repercusión en Latinoamérica con la asunción del liberalismo, principalmente desde los grandes sindicatos industriales presentes en las empresas estatizadas --no obstante significativos esfuerzos de los propios trabajadores por lograr su verdadera nacionalización--. Se trató de alianzas que sentaron las bases para la corporativización del movimiento sindical basadas en posiciones ambiguas ante el marxismo y la lucha de clases (cuando no totalmente apartadas). Se trataba de privilegiar la negociación, con el objeto de mejorar la condición de vida obrera, evitando el enfrentamiento directo con las empresas y por ende con el propio Estado. Dichas alianzas fueron modificadas al fracaso del liberalismo clásico y con la asunción del fascismo, que desencadenaría la segunda guerra mundial, para luego restablecerse bajo las nuevas formas de producción del capitalismo caracterizada, ya no en la imposición pragmática del libre mercado, sino en la política de cooperación de clases. &&& 3.1 Problemas del sindicalismo Ceder independencia ante el estado permitió al sindicalismo desarrollar más organizaciones de trabajadores, pero al mismo tiempo puso en crisis al sindicalismo ante su base, cuyos intereses de clase quedaron subordinados a los del estado. Luego de su fase heroica, a partir de la resistencia a los efectos de la contradicción capital-trabajo, la lucha sindical se institucionaliza. El estado promulga leyes que, mediante la negociación, obligan a los trabajadores a abandonar la confrontación directa con el capital (y el propio estado). En México, la promulgación de la Constitución Política, y específicamente del artículo 123 provocó la recomposición del movimiento obrero hacia formas corporativas. Tres formas de organización de éste tipo se desarrollaron: el corporativismo[18] propiamente dicho, el charrismo[19] y el burocratismo sindical[20]. Las tres plantean problemas concretos, democracia, represión y burocracia que impiden la acción sindical. Solo en ciertos momentos y condiciones de la lucha sindical estos problemas han sido superados coyunturalmente para permitir conquistas gremiales, pero nunca de manera definitiva. a) Posición histórica Posición del trabajo en el marco de los problemas nacionales. Lucha y recomposición sindical en México. La correlación de fuerzas en las coyunturas históricas y los momentos críticos del propio movimiento obrero. Parte de la dificultad para la organización de los trabajadores es su incapacidad para documentar su propia lucha (y hasta para mantener sus banderas). En cierto modo esto se debe a que la la historia del movimiento obrero está escrita principalmente por "especialistas", cuyo interés es fundamentalmente intelectual, cuya interpretación de los hechos no siempre es completa. Así, encontramos difícil explicar determinar porqué la posición histórica del sindicalismo, fundamental al arranque de la revolución mexicana y que desarrolló cierta relevancia durante el cardenismo (y en la consolidación misma del PRI y el nacionalismo revolucionario), dejó de ser determinante y nisiquiera se toma en cuenta para la definición de la forma de estado. Hoy pareciera que en el esquema de dominación actual en México, el cambio ideológico del nacionalismo al “liberalismo social” (neoliberalismo) salinista, se impuso sin resistencia, a pesar de graves afectaciones en las relaciones laborales y de la destrucción de los magros avances alcanzados con la lucha sindical. Esto fue posible efectivamente por la dependencia de los trabajadores y su desorganización, pero también por la brutal represión de estado en la etapa previa. Hubo en México fases de la lucha sindical en que los trabajadores buscaron la organización autónoma. Solo en el período desde finales de los 50 y gran parte de los 70, fueron segados violentamente diversos intentos de formación de un sindicalismo independiente al estado. A partir de los 80, la estrategia para desarticular a la clase obrera fue más sutil: cooptando, negociando y en última instancia profundizando las diferencias históricas entre las mismas fuerzas. La división del movimiento neutralizó a los trabajadores como sujetos sociales, y permitió consolidar el nuevo orden neoliberal, que entre otras cosas implicaba la reducción del estado benefactor y con él los beneficios alcanzados. Aun los orgullosos sindicatos nacionalistas, temerosos de correr la suerte de las corrientes independientes --gravemente golpeadas a finales del sexenio echeverrista (y rematadas durante el delamadrismo), terminaron por aceptar las nuevas reglas en la relación laboral [ver Méndez, pág. 310]. Los pactos con el estado terminaron con la bilateralidad (forma obrera de flexibilización), a cambio de la conservación del empleo, para imponer la flexibilidad unilateral, como bandera la competitividad en el mercado mundial. Sin embargo, los sindicatos, como representantes de clase, fueron incapaces de desarrollar una posición propia ante la modernización industrial neoliberal (la llamada reconversión, que en términos reales no fue sino la desindustrialización del país), lo que complicó aún más toda posibilidad de lograr un desarrollo independiente del estado. Lo peor, desde la propia izquierda estos cambios en materia de política económica se asumen también como irreversibles y, basados en ello, consideran que las transformaciones en el mundo del trabajo anulan a la clase obrera, “inexistente” en las nuevas formas de trabajo impuestas por la globalización --no obstante que estas no son de aplicación universal--. Paradójicamente, derecha e izquierda coinciden en que históricamente la clase obrera como agente revolucionario, ha sido rebasada. En estas condiciones la posición histórica de la lucha sindical sigue aún por construirse. ► Dos experiencias: Mesa de Concertación
Sindical (1985) [Méndez, Pág. 311] y Frente Sindical Unitario
(1990) [Méndez, pág. 312] b) Sindicalismo como respuesta social La fase heroica de la lucha sindical es indudablemente la etapa previa a la revolución. Contradictoriamente, el magonismo, cuya tarea de agitación y organización obrera en Cananea y Río Blanco fue precursora de la revolución, produciría también los cuadros que más adelante se escindirían para formar la Casa del Obrero Mundial y luego las primeras centrales “mediadoras” con el estado, como la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), más tarde desplazada por la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Como ya se dijo, el cambio de modelo económico del estado parte de un cambio ideológico, que representa el fin de todas las conquistas de millones de trabajadores establecidas en el artículo 123 constitucional (hay hoy una nueva ley laboral en estudio, que respalda esta aseveración). Este hecho, que pone en crisis la vigencia de la Constitución en materia de trabajo, no basta para superar las barreras que impiden la reorganización del movimiento obrero. La respuesta de los trabajadores sin embargo tropieza con el control de las centrales corporativas, charras y burócratas que, cuando más, plantean negociar los efectos de las transformaciones, convalidándolas a cambio de no perder fuentes de empleo. Dicho control es eficaz en tanto prácticamente tienen copada toda posibilidad de organización independiente. La organización del sector obrero mexicano está estructurada en los sectores público y el privado. Pocos trabajadores están sindicalizados y de estos, la enorme mayoría pertenecen a sindicalismo corporativo. Conviene aquí repetir datos de un trabajo anterior: “Según la última Encuesta Nacional de Empleo dada a conocer por el INEGI, México tiene una población total de 103’677,242 habitantes de los cuales, cerca de la mitad (42’830,910) son considerados Población Económicamente Activa (PEA) y, se afirma que casi todos están empleados (41’590,234), que solamente 1’240,676 carecen de empleo. La misma encuesta registra que 1’759,196 afirman ser patrones, mientras 26’096,178 son trabajadores asalariados. Hay además 10’288,277 que trabajan por “cuenta propia” y 3’430,452 que dicen trabajar sin obtener pago alguno.”[21] Según estos datos, habría al menos 16’718,601 de trabajadores sin posibilidades de organización de ninguna clase (desempleados, patrones, trabajadores por cuenta propia y sin paga). Pero incluso la mayoría de los 26 millones de asalariados tampoco esta organizado, sin consideramos que en el sector público están sindicalizados menos de dos millones de trabajadores (con contrato colectivo), y que en el sector privado la mayoría trabajan con contratos de protección. Esto es más claro si consideramos que el sector salud (IMSS, ISSSTE y otros servicios) solo tiene registrados alrededor de 15 millones de trabajadores. Podemos estimar entonces que otros 9-10 millones de trabajadores asalariados tampoco tiene oportunidad de organizarse. Finalmente, existen pocos sindicatos con cierta autonomía que estén dispuestos a construir la unidad de los trabajadores y su fuerza es muy limitada. Las centrales corporativas y charras, como el CT y la CTM, se asumen orgánicamente a las necesidades del modelo neoliberal, mientras organizaciones burocráticas, como la UNT, plantean la ciudadanización del estado, con propuestas reformistas como el consejo económico, dando como resultado una respuesta social del movimiento obrero intermitente y aún disperso. Un problema central para la unidad de los trabajadores son las banderas para un programa unitario. La lucha contra el modelo neoliberal requiere de redefinir la política económica del régimen. Esto sería posible desde la propia norma jurídica, luchando en primera instancia por la reorganización de los trabajadores, agrupados por ramas industriales (por ramas de actividad económica), para impedir mayor desintegración de los procesos de trabajo. c) Democracia y Modernización Sindical La Democracia Obrera, en la mayoría de los sindicatos, tiene graves problemas técnicos para la elección de representantes y con la realización de asambleas y/o congresos para la discusión y toma de decisiones importantes. Problemas indudablemente trascendentales, en tanto facilitan que las dirigencias y dirigentes corporativistas y charros se perpetúen en la dirección, remitiendo los procesos electorales a una simple lucha por el poder, que ideológicamente se asocia con la transición democrática neoliberal. En ello es determinante la intervención y corrupción del estado y su manejo faccioso del poder judicial, que sistemáticamente anula cualquier intento de los trabajadores por democratizar sus organizaciones. A pesar de ello, para la socialdemocracia y los burócratas sindicales, el problema de la democracia sindical se reduce al aspecto civilista, como la defensa de un derecho de la humanidad (que en última instancia, proponen, podría estar normado por el estado, en sus aspectos meramente formales). En las organizaciones obreras que se asumen independientes, en cambio, la democracia obrera es en primera instancia una cuestión de conciencia de clase y de concretar la apropiación del proceso de trabajo, a partir del cual se organiza la participación de los trabajadores: asambleas por grupo y/o áreas de trabajo, alrededor de los problemas concretos. Sin embargo, predomina el asambleísmo o el congreso prefabricado, para manipular la voluntad de los trabajadores: “el saber se ha despreciado, la clase obrera marcha sin dirección de clase, al pensamiento obrero no se le estudia ni se le aplica en los procesos de trabajo ni en la lucha política. El resultado ha sido el empirismo, los métodos atrasados de trabajo, la improvisación y la disgregación de las fuerzas.” [22]. Sin embargo el problema mayor es, como hemos dicho, que la mayoría de los trabajadores (aún los asalariados) nisiquiera están sindicalizados. Siendo los trabajadores el sector más amplio de la sociedad, solo una minoría está organizada principalmente por efecto de la restructuración del mundo del trabajo (producto de la ‘restructuración productiva’ neoliberal) y sus nuevas formas de contratación, ante las cuales el sindicalismo no ha desarrollado una alternativa. Ante esto, en la línea de la cooperación de clases, la mayoría de las propias dirigencias corporativistas y socialdemócratas prefieren negociar (incluso impulsar) una “nueva cultura laboral”, que en términos concretos significa la flexibilidad unilateral del trabajo con la exclusión de los trabajadores de los procesos de trabajo, en contraposición con las formas de organización vertical, basadas en la especialización y el dominio obrero de dichos procesos. Ver por ejemplo la propuesta de Ley Federal del Trabajo de la UNT. Incluso en el aspecto económico, la lucha por el salario se ha supeditado a la productividad de las empresas y al cumplimiento pragmático de negociaciones corporativas con el estado. En un mundo capitalista basado en la libertad global de los mercados, solo el laboral se mantiene fuertemente intervenido por los estados. Todo esto requiere de nuevas formas de organización sindical y la revisión de los instrumentos de lucha sindical, incluso la vigencia de la huelga misma la cual, sin preparación (organización y dirección adecuadas) parece simplemente rebasada. Una posibilidad a discusión es revertir la desindustrialización neoliberal, reconstruir las ramas económicas que sustentan los mercados nacionales y regionales, y organizar sindicatos por rama industrial (conservando la organización y discusión desde el nivel de empresa), que a su vez promoverán la integración internacional por sectores. En tanto esta forma de organización plantea el ejercicio de la solidaridad, la identidad de clase y la lucha unificada por los grandes objetivos del proletariado del mundo, establece las condiciones necesarias para un programa de transición del socialismo. d) El problema de la Central Única. Muchos son los intentos por unificar las luchas de los trabajadores mediante un instrumento que permita la cohesión internacionalista, sin embargo, hasta ahora ha podido más la desorganización y dispersión del movimiento provocada por la confrontación entre las propias fuerzas, muchas veces movidas por intereses políticos distintos. Desde la fundación de la Confederación de
Trabajadores de México, hasta el último intento independiente en
1975 con el FNAP; conviene revisar por ejemplo el proceso de l
construcción del Congreso del Trabajo (CT) y a partir de éste, es
de múltiples frentes, alianzas, bloques que no terminan de rebasar los
límites de la lucha sindical. En ello, como hemos dicho impacta la desorganización del movimiento obrero en miles de sindicatos y su organización corporativa, que le resta poder y fuerza política real ante un enemigo que esta organizado a nivel internacional. Para esto, se requiere reorganizar el movimiento obrero de México y estructurarlo políticamente en una sola central. “No es tarea sencilla pero es necesaria e, incluso, indispensable. Nuestro movimiento requiere forjar una dirección política de clase, actualmente inexistente. Esto requiere de la experiencia previa y el conocimiento acumulado pero, también, de la consecuente organización política.”. Esto implica en primer lugar derrotar al charrismo y rescatar los sindicatos. Para ello se precisa de la movilización en todo el país y la integración a nivel nacional e internacional COLOFÓN. Las tendencias obreristas y la cuestión de las autonomías. 4. El Programa Obrero. Nuestro primer objetivo, entonces, es construir el movimiento obrero, hoy circunscrito al simple sindicalerismo, en su enorme mayoría corporativizado. Resistir organizadamente al imperialismo y sus gobiernos, avanzar hacia un mundo mejor, supone la presencia activa, e ineludible, de los trabajadores organizados. No hay ningún proyecto de Nación sin programa obrero mismo que representa las banderas de lucha, los objetivos concretos, las alternativas de acción, para el conjunto de los trabajadores y los pueblos. Por ello, el Frente de Trabajadores de la Energía (FTE) formulamos una propuesta de Programa Obrero y llamamos a los trabajadores mexicanos a enarbolar con entusiasmo estas banderas. BIBLIOGRAFÍA: Bahen, David. Bandera Obrera, Política Eléctrica Independiente. SUTIN, 2000. Escrito como respuesta de los nucleares al intento de privatización eléctrica, el texto ofrece analiza los aspectos políticos jurídicos y técnicos, en el marco de la crítica de la economía política: control obrero de la producción. Bahen rescata las banderas de lucha de los electricistas y actualiza las propuestas históricas de los trabajadores para enfrentar la mercantilización de los recursos estratégicos. Camacho, Manuel. El Futuro Inmediato, La Clase Obrera en la Historia de México, serie dirigida por Pablo González Casanova. Siglo XXI editores. 1980. De esta serie hay al menos otros dos textos recuperan periodos fundamentales de la lucha sindical (el sexenio de Tlaltelolco, de Paulina Fernández y el régimen de Echeverría de Jorge Basurto). Sin embargo el texto de Camacho permite analizar esa misma época desde las perspectivas del movimiento obrero (según la visión del académico). A veinte años, los temores expresados por Camacho, respecto de la exclusión del movimiento no se concretaron, más bien la represión se orientó a lograr la pulverización del movimiento independiente, con lo que se evitó consolidar la resistencia. Tampoco se ahondó la coyuntura al grado de forzar la apertura del régimen, sino más bien ocurrió la subsunción del sindicalismo reformista a los intereses del estado. Pese a que la coyuntura electoral de 1988 transformó profundamente los escenarios previstos en el libro, éste ofrece una visión general del escenario político, desde la perspectiva del movimiento obrero, en un período histórico en que quedaron sentadas las bases para el cambio ideológico del estado al neoliberalismo. Méndez, Luis H (Coordinador). Poder, Ideología y Respuesta Social en México (1982-1996) UAM-A, 1997. Un libro que se centra también en el período de consolidación del liberalismo social salinista. Distintos investigadores revisan la estructura del estado, los elementos de su reforma y los supuestos cambios en el poder en ese período de transición. La rebelión del EZLN y la construcción del nuevo sistema de partidos merecen capítulo especial, junto con el problema del sindicalismo, en cuanto a la respuesta social. En referencia al sindicalismo, tal vez falte profundizar en qué consistió la propuesta del nacionalismo revolucionario, por lo que conviene revisar el libro “La industria eléctrica y el nacionalismo revolucionario” de Víctor Sánchez P., en el número 5 de la serie La Industria, de Acta Sociológica editada por la FCPS-UNAM (1976). Para una revisión histórica del movimiento sindical en el periodo, “Crónica del Sindicalismo en México /1976-1988), de Raúl Trejo D. (UNAM-SXXI, 19990). Garza, Enrique (coordinador). Democracia y Cambio Sindical en México, Plaza Valdéz. 2001. Tercera entrega de una serie de tres compilaciones realizadas a partir de 1994 por un conjunto de estudiosos e investigadores sobre los impactos de la “restructuración productiva” y la “transición democrática” en México: cambios tecnológicos, organizacionales, modernización y flexibilización de los contratos colectivos. Este libro interioriza de manera general en la organización interna de algunos sindicatos representativos de México (algunos de los cuales integraron la Federación de Sindicatos de Empresas de Bienes y Servicios del Estado, FESEBS-1990, antecedente de la actual Unión Nacional de Trabajadores, UNT, 1997) y otros independientes, para plantear lo que debería ser la acción política de los sindicatos en el marco de la transición a la democracia. El libro, por cierto, está coeditado por la derechista central AFL-CIO y la socialdemócrata Fundación Friederich Ebert Stiftung (además de la UNAM y la UAM). Dos graves omisiones presenta el libro: no hay una palabra sobre los sindicatos petrolero ni de los electricistas del SUTERM, sin los cuales es imposible entender la magnitud e impacto del problema del corporativismo oficial y el charrismo sindical sobre la democracia obrera. La editorial CV Editores realizó en 1986-89 una serie coordinada por Javier Aguilar, titulada “Los Sindicatos Nacionales en el México Contemporáneo”, en la cual los volúmenes 1 (Petroleros) y 5 (Electricistas) llenan parte este vacío. Silva Gilberto et al. Hacia la construcción de la Central Única de Trabajadores. GV Editores-UNAM. 1986. Un recuento de diversos intentos realizados en el periodo de 1970-1985 en México para conformar una Central Única de los Trabajadores. El trabajo fue realizado por un grupo interdisciplinario de investigadores que incluye además entrevistas y opiniones de diversos dirigentes sociales y sindicalistas. Schmidt, Samuel. Los grandes Problemas Nacionales. Versión siglo XXI. Aguilar-Nuevo Siglo. 2003. Texto que “actualiza” la obra del mismo título escrita en 1909 por Andrés Molina Enríquez, como un análisis de la situación y de los principales problemas sociales, económicos y políticos en un momento histórico, pre-revolucionario. Schmidt plantea que el México de inicios del siglo XXI s encuentra “en el mismo sitio de hace cien años”, entonces es necesaria la refundación del estado. No en balde quien prologa el texto es Porfirio Muñoz Ledo. El texto sin dedicar especial atención al problema del Trabajo, bajo el capítulo “Los Problemas de la Propiedad”, plantea una visión sobre los salarios bajos, las relaciones obrero-patronales y el sindicalismo, muy en línea con las tendencias reformistas en boga. ANEXO: Comentario a los resolutivos de la primera Asamblea Nacional de las Izquierdas Socialistas, celebrada en la Universidad Obrera de México los días 16 y 17 de abril. En este evento, se presentaron pocas ponencias sobre la cuestión obrera, lo que refleja la falta de una política obrera desde la propia izquierda. Considerando el impacto en los derechos laborales que significan las ponencias presentadas por los reformistas y la corriente francamente proempresarial al 2º diálogo nacional en la Cd. de Querétaro, hubiese sido de esperar que a la asamblea de izquierdas socialistas se presentaran al menos alternativas puntuales para la discusión de un programa. Aunque no se dispone aún de los textos completos, por lo que no es posible determinar el alcance de las propuestas, las relatorías de las mesas reflejan falta de una posición concreta. Mesa 1. Movimiento de masas y su papel en el contexto
económico, político y social, nacional e
internacional. - La izquierda y la clase obrera
- Los enemigos de los trabajadores y las clases
sociales populares, las características de la lucha de clases en el
contexto actual y el papel de la izquierda revolucionaria
Mesa 2. Características de los enemigos de los
trabajadores y las clases populares y la lucha de clases nacional e
internacional. - La recomposición del movimiento obrero
- Los trabajadores, su posición de clase, su
identificación ideológica de clase y su enemigo principal
Mesa 3. Situación de las izquierdas, balance,
crítica, autocrítica y
perspectivas. Mesa 4. La situación del 2006 y la coyuntura
electoral desde la respectiva de los
socialistas. Mesa 5. Proyecto alternativo al neoliberalismo y plan
de acción. - Una nación burguesa
“democrática” o una Nación obrera y campesina
- Declaración de principios y estatuto de
los “Consejos de trabajadores y campesinos” del territorio de
Puebla [1] Diccionario de la Lengua
Española, Real Academia Española, ed. Electrónica de Espasa
Calpe. 1995 |
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El Taller de Construcción del Socialismo se reúne los sábados de 10:00 a 14:00 hrs. en la Escuela Técnica del Sindicato Mexicano de Electricistas. Lisboa 46, casi esquina con Lucerna, Col. Juárez. México D.F. · Contacto · Diseño Web · |
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