Alberto Híjar
Sin autocrítica del EZLN, se ve difícil cumplir la Sexta
Declaración de la Selva Lacandona. ¿Cómo olvidar las burlas y
los denuestos contra importantes procesos organizativos como la Coordinadora
Obrera Campesina Indígena y Popular (COCIP) o el Frente Amplio para la
Construcción del Movimiento de Liberación Nacional?.
¿Cómo borrar la frase de Marcos: “me cago en las vanguardias
revolucionarias”, aunque lo asista la razón de oponer la capacidad
de convocatoria del EZLN a la de otras organizaciones armadas?
¿Cómo desentenderse de la instrumentación de La Jornada
contra las organizaciones y los personajes calificados de “ultras”
con aquel comunicado electorero leído en asamblea de la COCIP por la
primera actriz Elvira Concheiro que bien acentuó el “no
están convocados...”?. ¿Es cosa pasada la entrega al PRD del
registro y las mesas en Tuxtla para la Primera Convención Nacional
Democrática, como parte de los coqueteos con la candidatura de
Cuauhtémoc Cárdenas?.
No se trata de llamar a una
autoflagelación pública ni a un acto de contrición sin
más. Se trata de criticar los pasos políticos de la mas importante
organización político-militar en y contra la globalización
capitalista. Sin esto, el borrón y cuenta nueva queda en una parrafada de
menciones a la variedad de organizaciones civiles y político- militares,
componentes de la izquierda de abajo. Esta multitud por lo que tiene de
heterogénea y de hostil a toda representación partidaria y
oficial, no podrá transformarse en proyecto
económico-político sin la reflexión crítica de su
desarrollo.
Las genealogías adquieren sentido
histórico como autoconciencia de poder a pesar de todo. Pudiera ponerse
en claro que el repudio al poder del EZLN se refiere al estado y sus partidos,
sus procesos electorales y sus campañas, para dar lugar a otro tiempo
que, bien dice un distinguido economista del Taller de Construcción del
Socialismo, apunta más al 2010 que al 2006, esto es, a la decena
característica de los procesos revolucionarios en México: 1810,
1910, 2010. El EZLN ha menospreciado su propia genealogía y con ella, la
ruptura con un proyecto nacional e internacionalista por el socialismo que
derivó en lo que ahora quiere superar: la reducción
indígena y comunitaria. La crítica al desprendimiento del EZLN de
las Fuerzas de Liberación Nacional resistentes a llamarse Fuerzas Armadas
de Liberación Nacional, es parte de la orientación de los llamados
a la sociedad civil, sin partido político por definición, a cambio
de las redes de apoyo revolucionario que no encontraron en el Frente Zapatista
de Liberación Nacional su alternativa social efectiva. De aquí
procede la necesidad de una historia de la sociedad civil y el civilismo desde
las grandes movilizaciones de fin de milenio, hasta las convenciones y los
encuentros intergalácticos, su ampliación de otra manera al Foro
Social Mundial y las movilizaciones anarquistas que toparon con la pregunta
clave: otro mundo es posible, ¿pero cuál?.
Es la hora
de reivindicar la discusión que no pudo llevar adelante la COCIP ante las
prisas electorales cardenistas vilmente instrumentadas por Benito Mirón,
Nuria Fernández y esa especie de jesuita emboscado que es Alvarez Icaza.
El señalamiento de nombres es necesario para precisar trayectorias
consecuentes y hacer la ruta de los oportunismos, de modo de no tropezarse con
las mismas piedras.
El estilo de Marcos es opuesto a la
autocrítica, pero la verticalidad del mando militar, tendría que
superarse en la recuperación del proyecto nacional e internacionalista.
El CCRI y las experiencias de Los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno con su
rotación de mandos y sus asambleas, tendrían que dar lugar a una
crítica de las dificultades y los recursos para un proyecto de izquierda
socialista desde abajo. Las decenas de organizaciones en busca de
coordinación, de alianzas estratégicas y de coincidencias
tácticas, trabajan de manera constante y esforzada desde hace no menos de
dos años, de modo que no es solución el que llegue el EZLN y diga
por donde y con quién y cómo. Sigue pendiente la discusión
de la vía constitucional ante la inexistencia de un posible constituyente
con representación de izquierda radical. Las Cámaras de Diputados
y Senadores, la Suprema Corte de Justicia no tienen más
preocupación que los acomodos electoreros y la imposible
humanización de las reformas neoliberales. También pendientes
están las posibilidades de la renuncia del presidente, de un interinato o
de una Junta Ejecutiva de Buen Gobierno. Lo cierto para algunos es que los
poderes duales no tienen capacidad de transformación frente al poder
electoral del estado mexicano y sus partidos, pese al creciente abstencionismo
como parte una sociedad civil inexistente más bien reducida a la
multitud definida por Negri como una heterogeneidad tal que hace
imposible cualquier representación organizada.
Se juega en
todo esto la transición a lo que en 2010 pudiera concretarse. El
agotamiento del estado-nación burgués y de sus procesos
electorales está a la vista en las miserias programáticas y en los
manejos mercadotécnicos de los precandidatos presidenciales. Pasar de las
movilizaciones contestatarias a las propuestas de transición exige
crítica y autocrítica radicales. No son pocos quienes advierten
que la globalización capitalista solo puede resolverse para bien de la
humanidad, con un proyecto hacia el socialismo. La crítica y la
autocrítica económico-política contribuirá a superar
el horror burgués a llamar a las cosas por su nombre.