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INTENTO POR ENTENDER EL MUNDO EN EL SIGLO XXIApuntes iniciales Mario Rivera Guzmán* “Hay que abrigar la preocupación de que el
temor a errar “Es ya viejo el plan de lucha de ayer,
Valga lo siguiente como una inicial advertencia: el presente trabajo abre una discusión temática que se produce en el Taller de Construcción del Socialismo (México) y que no será agotada sino en el transcurso de un año como mínimo. Esta discusión ha sido pensada para producirse metódicamente en el abordaje de varios capítulos referidos a los asuntos teóricos de mayor interés entre las filas de la izquierda revolucionaria. Se supone que las notas que siguen aluden a la primera cuestión abordada, a saber: la de la caracterización de la fase actual del capitalismo. Difícil como es hacer cortes tajantes en lo que en la realidad aparece como una totalidad, aquí no hacemos sino tocar de paso temas que con posterioridad serán desarrolladas como asuntos centrales del análisis: los Estados nacionales y la cuestión nacional; el carácter de los llamados “movimientos sociales” contra el neoliberalismo; la definición del régimen político en México; el estudio del nuevo proletariado. La relación de los comunistas con la religión, y con las religiones, etc. Hecha esta salvedad, entremos de lleno a lo que aquí nos toca; en concreto, al esbozo para una crítica de las teorías del imperialismo. Del mundo que teorizó Lenin es poco lo que queda en su esencia. La irrupción de China y la India al mercado mundial en situación de potencias terminó por volver obsoleto el viejo plan bolchevique de revolución agraria y liberación nacional que fundó la III Internacional; mismo que, dicho sea de paso, salvo en colonias o semicolonias como Cuba o Nicaragua, nunca obtuvo resultados en América Latina, debido a que en este continente la mayor parte de los países habían realizado su independencia desde principios del siglo XIX con apoyo político y económico de Estados Unidos. Sólo un antinorteamericanismo vulgar –muy en boga hoy entre los movimientos de la pequeña burguesía desesperada--, podría olvidar esto, que ya había hecho notar Fritz Sternberg en la primera mitad del siglo XX, y que hoy sigue escandalizando a muchos en la pluma de Hardt y Negri: el modo de dominación de Estados Unidos revolucionó a profundidad la forma del viejo colonialismo inglés, implantó la independencia política formal bajo una dependencia económica casi absoluta. Y esto trasladaba al mercado mundial lo que ya había observado Marx desde su juventud para la dominación general del capital sobre la fuerza de trabajo: sustitución de mecanismos extraeconómicos de dominación (religiosos o políticos) por dominio económico y separación absoluta de la fuerza de trabajo de sus medios de producción. Esto, mucho antes de que se hablara de la biopolítica, que sería la traducción de esa explotación a la dominación interiorizada en los cuerpos. . Continuemos. Lo que significó a la larga la gran revolución maoísta fue la minimización del campesinado en la sociedad moderna y, por tanto, de su presencia en cualquier proyecto revolucionario de nuevo tipo, al tiempo que la relativa superación política del problema colonial. Los grandes corredores urbanos en la costa oriente de China tienden a reducir a ritmo vertiginoso el peso específico de los campesinos dentro de la sociedad china. Como lo vio con lucidez Marx desde sus Manuscritos del 44, el capitalismo podía prescindir de los terratenientes y la renta de la tierra, ese era el margen sobre el que podría avanzar todavía sobre la faz de la tierra. Y lo hizo, sólo que usando para ello al movimiento revolucionario de los campesinos del mundo de las colonias. Resultado de ello fue, no sólo la reducción numérica de los trabajadores del campo, sino la escisión del viejo campesinado en capitalistas agrarios y una enorme masa de proletarios agrícolas. A un tiempo, la construcción de pequeñas y medianas ciudades en los corredores de las grandes metrópolis de la costa oriental, como núcleo central de una nueva división del trabajo en donde se derrumban las viejas fronteras entre el campo y la ciudad. Surge así un trabajo abstracto y universal, a imagen y semejanza del dinero, con el don de la ubicuidad. El programa leninista de la III Internacional mostró ser, en la práctica, el único programa revolucionario posible para el siglo XX. Logró sus objetivos y homogeneizó el mundo por la vía campesina revolucionaria. En lugar de la vía inglesa que exterminó a los campesinos por pactos con la aristocracia terrateniente, las masas campesinas dirigieron con su partido comunista al frente la industrialización del espacio del viejo imperio. Pero el tiempo del programa de la III Internacional se ha agotado y los cambios que se produjeron en el mundo durante los 100 últimos años exigen un nuevo programa. Mantener hoy la consigna del poder obrero-campesino significa ignorar olímpicamente todo lo que cambió en el mundo desde esos años. Lo mismo implica continuar enarbolando las consignas de un programa zapatista en un México que ya no es el mismo. Tan ha cambiado el mundo en su fondo que de la III Internacional y los Partidos Comunistas que la representaron a lo largo del siglo XX, no quedan ya sino cenizas. El equilibrio de fuerzas que Lenin pensó a principios de los años 20, se rompió ya abiertamente hacia finales de esa misma década para volverse a restablecer, de modo reforzado, tras el triunfo de la revolución en China en 1949. Hacia principios de los años setenta, las necesidades del régimen hegemónico fordista comenzaron a romper las viejas barreras. La crisis se hacía evidente, y era raro el pensador que no la explicara como una contradicción entre la economía privada y la pública, entre el orden de libre mercado y las políticas intervencionistas. Incluso Paul Mattick, en uno de los ensayos más lúcidos sobre esta contradicción (Marx y Keynes), vaticinaba años antes de la caída del Muro de Berlín y del PCUS, el triunfo totalitario del monopolio estatal sobre la anarquía privada. El equilibrio se rompió para el otro lado y se impuso lo que se dio en llamar el neoliberalismo. Ya roto el equilibrio, naciones enteras se derrumbaron, gremios, sectores sociales, sistemas políticos, instituciones, comunidades y contratos que parecían derecho natural para la cotidianeidad de la Guerra Fría. La revolución fordista taylorista demostró cuán profundamente equivocado estaba Lenin al decretar la agonía del capitalismo en los años de la Primera Guerra Mundial. Dicha visión errónea, se explica por el hecho de que Lenin no fue nunca capaz de desprenderse del eurocentrismo vigente; cosa que, en cambio, no ocurrió a Marx muchos años antes. “La verdadera misión de la sociedad burguesa –escribió Marx allá por la década de los sesenta del siglo XIX—es crear el mercado mundial. Al ser el mundo redondo, esta misión parece concluirse después de la colonización de California y Australia y la apertura de China y de Japón. Se nos plantea ahora un difícil problema: la revolución en el continente (Europa Occidental) adquirirá velozmente un carácter socialista; pero ¿no será aplastada en este pequeño rincón del mundo debido a que un área mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa sigue aún en ascenso?”. Efectivamente, la burguesía mundial en ascenso terminó por aplastar los sueños socialistas de la pequeña Europa. Sólo así se explica en general el ascenso del fascismo durante los años 20 y 30 y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Después, lentamente, la revolución productiva fordista socavó los cimientos del socialismo soviético (y chino) y el equilibrio terminó por desequilibrarse. Como lo vio venir bien Gramsci desde su prisión, la revolución del hecho productivo por el capital terminaría por determinar una revolución social y cultural profunda a nivel mundial. Una nueva forma de reproducción social, liberación de la mujer y ocupación por ésta de puestos de dirección en la administración privada. Movilidad espacial y de oficio de la fuerza de trabajo. Trabajo abstracto y mucha velocidad en los ritmos de explotación. Inserción de los intelectuales y las universidades en los procesos de producción. Expansión del Estado a costa de la sociedad civil, etc. Las novelas de John Doss Pasos dan cuenta de todo ese proceso. Se constató así –en contra de lo dicho por Lenin en su trabajo sobre el imperialismo-- que en la relación contradictoria entre el capital productivo y el capital financiero, tal y como lo había expuesto Marx en el tercer tomo de El Capital, el primero es el dominante y el que marca la pausa del movimiento capitalista. La revolución fordista puso fin a un largo periodo de estancamiento del capitalismo europeo en el que el polo dominante parecía haber sido el capital financiero con sus mecanismos de centralización. Así, la crisis prolongada sirvió como mecanismo de reestructuración del capital del cual salió la respuesta productiva al ascenso comunista del proletariado mundial. Está claro hoy que lo que estaba en juego tras el triunfo de la revolución comunista en China era, justamente, el espacio territorial y poblacional del mundo de la periferia. El equilibrio entre las fuerzas se expresó en la cristalización de viejas relaciones sociales que no podían ser afectadas de un solo golpe a riesgo de contribuir a la expansión de los ejércitos rojos. El fordismo fue la respuesta que el capital con centro en Estados Unidos planteó frente al peligro de la revolución socialista en Europa Occidental y al peligro de propagación por el Tercer Mundo del ejemplo del bolchevismo y el maoísmo. Y sin embargo, todavía en los sesenta, la llamada izquierda marxista no lograba ver a Estados Unidos sino como una mala y burda copia de la vieja experiencia europea. Eurocentrista como fue nuestra vieja izquierda, no logró percatarse de que la comprensión del nuevo capitalismo implicaba un estudio a profundidad del “modelo” estadunidense. Pero lo que ocurrió en Estados Unidos y Europa como una revolución completa en la producción, se tradujo al mundo casi precapitalista de la periferia de modo tortuoso y mediante complejos compromisos que se cristalizaron a lo largo de todo el llamado periodo de equilibrio. En Estados Unidos la revolución fordista estaba ya madura cuando se produjo. Ahí, por condiciones históricas particulares que pasan principalmente por la guerra civil de mediados del siglo XIX y por un largo proceso de colonización hacia el oeste que terminó con el exterminio de la población indígena, las fronteras entre el trabajo urbano y el rural eran mucho más tenues de lo que habían sido en Europa. A su vez, en la propia Europa el mismo modelo fordista fue impuesto por dos guerras virulentas que terminaron por destruir el viejo Estado liberal. El mundo periférico tuvo otra suerte. Ahí sobrevivieron instituciones como el ejido en México o esos gremios laborales donde las plazas se heredan de padres a hijos por mandato expreso de los contratos colectivos (se fundaba así la institución de la herencia dentro de la familia obrera subdesarrollada, a imagen y semejanza de los gremios del medioevo europeo). Sobrevivieron también, gracias a una acumulación capitalista regulada y atemperada por el Estado, ramas enteras y sectores de la producción con predominio de la pequeña empresa. El trabajo intelectual pudo ver fundado un campus –con jardines estéticos y murales renacentistas—en el momento mismo en que el charrismo corporativo se apoderaba a sangre y fuego de los sindicatos, suprimiendo ahí toda libertad política a cambio de prestaciones para la vivienda o el transporte. Las comunidades indígenas fueron “guarecidas” contra el mercado con muros de selva inhóspita, o tierras desérticas o montañosas. En resumidas cuentas, el equilibrio entre las fuerzas frenó el avance del mercado en vastas zonas de la periferia y, por tanto, la proletarización de importantes sectores sociales. La ruptura del equilibrio comenzó en los años setenta, una vez que el auge de la reconstrucción de Europa con los generosos dineros del Plan Marshall había llegado definitivamente a su fin. El primer estallido se produjo entre los estudiantes del mundo que reaccionaban contra el modo de vida autocrático y estatista que se justificaba ya en nombre de la eficiencia o cierta igualdad. En el mejor estilo de los poetas malditos de Francia, aullaban también de indignación los estudiantes ante la posibilidad de proletarizarse. Habían descubierto que en la universidad se valorizaban como técnicos calificados gracias al sacrificio de la familia, una familia patriarcal que entraba en flagrante contradicción con los preceptos de la ciencia y la libertad de espíritu. El 68 y sus secuelas forjaron un salto del marxismo –quizá el último--, aunque terminó éste cercado en las aulas, para que no se vinculara nunca al trabajo manual ni a la industria, en una modalidad que ya había echado a andar Bismarck con su experimento del socialismo de cátedra allá por el último tercio del siglo XIX. Habría que revisar a estas alturas si la observación de Lenin sobre la aparición de una capa aburguesada del proletariado, que el llamó aristocracia obrera, deba limitarse exclusivamente a los países avanzados. Cualquier efímera burguesía ligada al comercio por la vía de la exportación de sus materias primas sabe cómo dominar a los charros más bragados. La aristocracia obrera surgió también en los llamados países periféricos y eso sólo bastaría para que revisáramos a fondo esa visión simplista que tiende a prevalecer hoy, en plena desesperación demagógica, sobre el carácter colonial de nuestros países. Una vez que las leyes de la acumulación del capital expuestas por Marx en su capítulo XXIII del tomo I han mostrado actuar tal cual, tendríamos que concluir que el viejo proletariado terminó siendo una clase privilegiada frente a la explosión sin límite del ejército industrial de reserva y las nuevas modalidades de trabajo abstracto que van y vienen de una a otra rama, de una a otra especialidad. La expansión del capitalismo durante la posguerra se manifestó en un apendejamiento general de los gremios y su imposibilidad absoluta de luchar en nombre de demandas generales capaces de trascender el estrecho espacio del oficio. El gremialismo, como ya había visto Lenin, se convirtió en la política de la burguesía dentro del movimiento obrero, la forma en que la clase dominante evitó la conformación de una clase verdadera de los asalariados. Por eso la eliminación violenta de los gremios ha sido otra de las contribuciones revolucionarias del llamado neoliberalismo. En su movilidad permanente por todo el globo, los asalariados en potencia aprenden nuevas lenguas, se internacionalizan. Los viejos mitos se desmoronan. La clase proletaria mundial está por surgir del trabajo abstracto, como ya lo había visto bien Marx en su capítulo de El Capital dedicado a la maquinaria y a la gran industria. Seatle fue el último golpe de los movimientos gremiales y el principio de una nueva lucha proletaria que tendrá que romper a fondo con todos los nacionalismos para tener mínimas posibilidades de éxito. Mantener la idea de los estados periféricos como sinónimos de colonias significa ignorar que los estados políticamente independientes del mundo del subdesarrollado fueron construidos por burguesías nacionales fuertemente ligadas al mercado mundial (como todas las burguesías) pero con hábitat propio de mercado nacional sobre el que se construyeron instituciones históricas resultantes de una lucha de clases nacional y de una dominación hegemónica de las clases nativas gobernantes. Es producto de una mentalidad colonialista y eurocentrista la idea de que las naciones periféricas no tienen propiamente Estado; que sus simulacros de Estado no son sino el eco de las políticas del imperio en boga. No, de modo muy distinto, se trata de Estados verdaderos que se forjaron en alianza y con intereses comunes (y por tanto, potencialmente contradictorios) con los poderes imperiales sobre las masas subalternas del territorio. Podríamos hablar del Estado mexicano, cuyas raíces se remontan a la guerra de independencia, pero que vio fundadas sus instituciones centrales en el periodo de la Reforma (1857-1860) luego de un proceso revolucionario de expropiación de las tierras indígenas comunales y las propiedades eclesiales que continuó a lo largo del porfiriato con la expropiación de los pequeños propietarios y la reducción violenta de los oficios artesanales. La revolución mexicana de 1910-17 y el proceso de reformas del cardenismo fueron capítulos más en la construcción hegemónica del Estado mexicano. El predominio actual de la derecha ha sido construido también luego de un largo proceso restaurador de construcción de hegemonía que inició en 1929 con la fundación del PAN y concluyó en el 2000 con el triunfo de Vicente Fox en las elecciones presidenciales. El PAN construyó su hegemonía tras largas décadas de mantenerse casi en vida latente como un partido político doctrinario al margen de la real politik. No fue sino hasta la década de los ochenta, en el norte del país (la frontera de Chihuahua con Estados Unidos), cuando la derecha liberal panista se metió al juego de las alianzas y las batallas electorales. En esa contienda arrastró a una izquierda reformista que, por el contrario de su experiencia, en aras de un “antidogmatismo” oportunista, había renunciado a toda doctrina y a cualquier lucha ideológica, por lo tanto, a la hegemonía. En este momento, desde el poder, la derecha está a la ofensiva y tiene a la izquierda reformista en completa actitud defensiva. Sobre estos temas deberemos profundizar en las sesiones dedicadas al análisis de la caracterización del régimen político en México, los llamados movimientos sociales y a la cuestión nacional. Concluyamos por ahora la crítica a las teorías del imperialismo e intentemos extraer las consecuencias políticas. Lo primero que se mostró como una enorme falla en la teoría leninista (y bujarinista) del imperialismo fue su sobreestimación del monopolio como pieza clave de la nueva fase capitalista. Lenin define varias veces al imperialismo como capitalismo en la era de los monopolios. Un capitalismo en el que la competencia ha desaparecido y, también, la mercancía como su célula elemental. Se olvidaba así que la contradicción entre la competencia y el monopolio aparece ya en la propia estructura de la mercancía que Marx estudia a profundidad desde el primer capítulo de El Capital, pues ya la misma aparición del dinero como equivalente general implica la monopolización de la función de intercambio en el mundo infinito de los valores de uso. Pero donde Marx exprime el tema de la relación contradictoria entre la competencia y el monopolio, la acumulación capitalista y la centralización, es en el capítulo XV del tomo III, dedicado a profundidad a entender el papel de la crisis como reorganizador de las condiciones para la acumulación capitalista. Marx sí admite la posibilidad teórica –y la necesidad, incluso-- de que se produzca en cierta fase de la acumulación una monopolización absoluta de la producción y la circulación. Escribe: “la tasa de ganancia, es decir, el incremento proporcional de capital es especialmente importante para todas las derivaciones nuevas del capital que se agrupan de manera autónoma. Y en cuanto la formación de capital cayese exclusivamente en manos de unos pocos grandes capitales definitivamente estructurados, para los cuales la masa de la ganancia compensara la tasa de la misma, el fuego que anima la producción se habría extinguido por completo. En ese caso, la producción se adormecería” (p-332). Pero, antes, refiriéndose a la centralización, había apuntado: “La escisión entre las condiciones de trabajo, por una parte, y los productores, por la otra, es lo que constituye el concepto del capital: se inaugura con la acumulación originaria, aparece luego como proceso constante en la acumulación y concentración del capital y se manifiesta aquí finalmente como centralización de capitales ya existentes en pocas manos y descapitalización de muchos (que bajo esta forma modificada se presenta ahora la expropiación). Este proceso provocaría el colapso de la producción capitalista sino operasen constantemente tendencias contrarrestantes con un efecto descentralizador, junto a la fuerza centrípeta” (p-316). La crisis, al desvalorizar el capital, restablece las condiciones de la acumulación de capital y, así, de la competencia y la producción de mercancías. “El estancamiento verificado en la producción (resultado del monopolio) habría preparado una ulterior ampliación de la misma dentro de los límites capitalistas. “Y de este modo se recorrería nuevamente el círculo vicioso. Una parte del capital desvalorizada por paralización funcional, recuperaría su antiguo valor. Por lo demás, se recorrería nuevamente el mismo círculo vicioso con condiciones de producción ampliadas con un mercado expandido y con una fuerza productiva acrecentada” (p-327). Este mismo proceso explica que, a la larga, el capital productivo termine por imponerle sus condiciones al capital financiero. Lo mismo que Inglaterra terminó doblegando a Holanda, que había sido su acreedor, Estados Unidos revirtió la relación con Inglaterra y el resto de Europa. En ambas transiciones ocurrió una revolución productiva que restableció condiciones para una acumulación ampliada a la vez que sometió el capital financiero al industrial. Si bien para Lenin el capital financiero significa la fusión entre el capital industrial y el capital bancario (dinerario), su teoría sobre el imperialismo subraya –lejos de las simplificaciones antidialécticas de sus epígonos—que en la “nueva fase” la separación entre el capital productivo y el dinerario adquiere unas proporciones inmensas, al grado de que se plasma entre distintos países, los que exportan capital y hacen las veces de acreedores y los que producen con dinero que reciben a préstamo. O sea, a diferencia de algunos autores como Hilferding, en Lenin la fusión entre el capital productivo y el capital bancario no suprime su escisión ni su relación contradictoria. De esta separación entre capital dineraria y capital productivo, entre acreedores y deudores, encarnada en países, los seguidores contemporáneos de la teoría leninista han hecho su tema predilecto, siguiendo en realidad la ruta de Kautsky que tendía a hipervalorar el problema nacional. Según ellos en las “neocolonias” deudoras no puede existir siquiera una burguesía autóctona, toda vez que los productores no son dueños de los capitales con los que actúan. Producen con capitales prestados por los que tienen que pagar altos intereses que desangran a sus países y a ellos mismos. Marx analiza también en el tomo III la separación entre el capital productivo y el capital dinerario como antítesis entre ganancia empresarial e interés. Nos interesa traer a colación este análisis porque pone en evidencia una de las implicaciones políticas más graves de la teoría del imperialismo, la implicación nacionalista. La que incluso puede acceder a una visión antiimperialista revolucionaria pero no deja de ver al enemigo como algo externo, como algo que está afuera del territorio nacional y del cuerpo de cada uno. Como si el capital no tupiera cada poro del planeta, y hasta los poros entre las fronteras. Esta separación dentro del capital entre ganancia e interés, según Marx, es “la forma antitética en las dos partes en las que se divide la ganancia, es decir, el plusvalor” y “hace olvidar que ambas no son más que partes del plusvalor y que su división en nada puede alterar su naturaleza, su origen y sus condiciones de existencia” (Tomo III, capítulo XXIII, El interés y la ganancia empresarial). Escribe Marx: “Frente al capitalista financiero, el capitalista industrial es un trabajador, pero trabajador como capitalista, es decir como explotador del trabajo ajeno”. Y más adelante: “Con el desarrollo de la cooperación por parte de los obreros, de las sociedades anónimas por parte de la burguesía, se le quitó base de sustentación inclusive al último pretexto para confundir la ganancia empresarial con el salario administrativo, con lo cual la ganancia también apareció en la práctica como lo que era, innegablemente, en la teoría: como mero plusvalor, valor por el cual no se ha pagado equivalente alguno, trabajo realizado impago; de modo que el capitalista actuante explota realmente el trabajo, y el fruto de su explotación, si trabaja con capital prestado, se divide en interés y en ganancia empresarial, en excedente de la ganancia por encima del interés”. La forma antitética entre el interés y la ganancia empresarial nubla con apariencias el hecho real de que tanto la ganancia empresarial como el interés dependen directamente de la plusvalía, es decir, de la explotación del trabajo ajeno. La forma antitética aquí estudiada oculta por el lado del acreedor toda relación directa con la explotación del trabajo ajeno. El dinero aparece ya sin mediación alguna entre su estado presente y valorización del futuro, aparece pues con capacidad natural de acrecentarse sin fin. La valorización aparece como una virtud natural del dinero, como su facultad divina, al margen del trabajo. Se instaura así, desde la perspectiva del interés, la era de la subjetividad del dinero. En la fórmula D-D’ no sólo se ha esfumado ya el proceso de trabajo como núcleo de la valorización, sino la propia materialidad de la cosa mercancía. Ocurre la desmaterialización social que implica niveles cada vez más altos de pensamiento abstracto y virtual. Por otro lado la forma antitética de la ganancia empresarial y el interés oculta desde la primera categoría, desde la ganancia, el carácter específicamente capitalista del empresario, y lo hace aparecer como un tipo de trabajador asalariado calificado, cuya función en la producción es organizarla y hacerla posible. Su trabajo específico de hacer posible la explotación y apropiación del trabajo ajeno se legitima como un tipo calificado de asalariado. El empresario que organiza la fuerza de trabajo para valorizar el capital que recibió en préstamo del dueño del dinero resulta un trabajador más, un asalariado con calificación. Estaría situado en contradicción con los acreedores y no con los asalariados. Es sobre esta marometa ideológica sobre la que se constituye la teoría del frente amplio nacionalista del leninismo del Imperialismo... y la Tercera Internacional receta como válido para los países de la “periferia”, para los países deudores y coloniales. Pero esta marometa ideológica oculta, precisamente, el hecho de que el empresario que valoriza el capital con dinero a préstamo vive por y para la explotación del trabajo ajeno. Por lo demás, esta relación antitética entre el interés y la ganancia empresarial, no es exclusiva como diferencia entre los países desarrollados y los “periféricos”, también ocurre en el interior de las metrópolis entre las distintas fracciones del capital. Si se ve con detenimiento el asunto, no puede caber ninguna duda sobre el vínculo directo entre el problema de la antítesis entre el interés y la ganancia, de una parte, y la política, de otra. El empresario es definido aquí por Marx como un organizador de trabajo, esto es, como un administrador que no necesariamente es dueño de su capital inicial y lo tiene a préstamo. De ahí la necesidad de definir al cuerpo de funcionarios como el brazo político y administrativo de la burguesía. En eso atinó Poulantzas cuando excluyó del “frente anticapitalista” a este sector de la tecnocracia pequeñoburguesa que florece con la desmaterialización del trabajo.. Si esto fuera en China, tendríamos además atrás toda la tradición milenaria de Confucio que bien puede ordenar ahora la prohibición de la minifalda, pantalones a la cadera o el cierre de todo escote. El peso central del Estado en las líneas ideológicas (culturales) de la sociedad, pero, a un mismo tiempo, la descentralización colectiva y comunal en un gigantesco mercado integrado por regiones delimitadas. Este es el secreto de la productividad china que inaugura una forma colectiva de competencia, construida en la dialéctica de la centralización regional del territorio y sus fuerza de trabajo. Los flujos de las mercancías, etc. En este sentido, China se convierte en la posibilidad de una revolución comunal frente al “modelo” gringo que ya nada tiene del viejo individualismo y se ha trocado, como dice Jameson, en puro corporativismo. La comuna democrática frente a la corporación gringa. Bajo el dominio del capital financiero norteamericano, el mercado mundial se recompone por otra revolución productiva que, esta vez, parece provenir de China. Es cierto que China no tiene posibilidades de disputarle la hegemonía a Estados Unidos en los próximos años, pero, tomando en cuenta la experiencia de los saltos anteriores (de Holanda a Inglaterra y de Inglaterra a Estados Unidos), podríamos pensar que esta lucha ocupará el escenario principal en los próximos 30 años. Ya hoy, la presencia de China en América del Sur, estimula contradicciones entre los gobiernos del Mercosur y el de Estados Unidos. Ha sido el poderoso vigor de la acumulación capitalista en China la causa principal de la reanimación reciente de toda la economía mundial y el alza generalizada de los precios de las materias primas. La idea de un mundo unipolar bien pronto se desvanece, pese a los esfuerzos desesperados del militarismo actual norteamericano. Las propias leyes del capital, que establecen la competencia en el mercado mundial mediante estados nacionales y fronteras delimitadas en torno a los mercados nacionales, llevan a la agudización de las mismas contradicciones que terminarán, nuevamente, por romper el monopolio de una sola potencia. En tanto, el capital tupe todas las regiones del planeta y va agotando el espacio para su ascenso, maduran en vastas zonas de la tierra las condiciones objetivas para la revolución socialista. La centralización de la industria, incluso en nuestros países ha madurado la expropiación. No hay ya vuelta posible a los tiempos de la competencia libre, pacífica y honrada, como sueñan algunos representantes teóricos de la pequeña burguesía antiimperialista. Sólo la socialización de los medios de producción y el poder de los consejos proletarios en las ciudades y en el campo harán posible un nuevo ciclo largo de progreso y bienestar para las sociedades humanas. México D.F., julio de 2004 * Mario Rivera
Guzmán. BIBLIOGRAFÍA-Barrington, Moore, Jr. Los orígenes Sociales de la
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