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PROCESOS DE TRABAJO EN LA GLOBALIZACION
Del fordismo[1]
al
taylorismo[2]
a la electrónica y la robótica.
La disolución de la clase, la crisis de los sindicatos y la
construcción del imperio.
Comprender la
lucha de clases hoy
Decía Louis Althusser que los obreros comprendemos
El
Capital (Karl Marx), porque en él se habla en términos
científicos de la realidad que cotidianamente enfrentamos: la
explotación a la que estamos sometidos y que es inherente al sistema
capitalista. Althusser se refiere a la identificación política con
los elementos que constituyen dicha explotación
―magistralmente
desvelados por
Marx―, y que por experiencia de vida entendemos.
Otra cosa
muy distinta es dominar los aspectos teóricos de El Capital, que para
algunos son incluso obsoletos, incluso desde la propia izquierda, ante
el
dominio del capitalismo a escala mundial y la caída del socialismo
“realmente existente”.
No obstante, el principal reto que el
neoliberalismo [Híjar 1998] plantea para los obreros es la necesidad de
comprender los nuevos modos de producción globalizados,
la
abstracción del proceso de trabajo
y las relaciones de
producción y circulación que le corresponden al ciclo actual
de la economía capitalista, caracterizado por una crisis en los
patrones de acumulación que obliga a modificar
las formas de
producción. Cuestiones que el análisis marxiano explica, pero
que, se nos dice, la están superados en la propia fenomenología
marxiana: hoy no será la dictadura del proletariado; sino la
«producción de subjetividad» del «General
Intellect», lo que habrá de movilizar al «proletariado
inmaterial» de nuestros días.
“Comprender”
estas nuevas nociones, como comprender a Marx hace 160 años, enmedio
del
desigual impacto de las reformas económicas en el mundo, no es
sencillo.
Mientras los teóricos de los países desarrollados hablan de una
explotación de la fuerza intelectual
(fuerza-invención), en
el mundo “en desarrollo” (o sea la mayor parte de la humanidad)
continúa la explotación salvaje de la fuerza de trabajo
según lo anticipó Marx.
Es cierto, existe una nueva
organización industrial, que en el marco de la globalización
(mundialización del capitalismo) transformó los procesos de
trabajo y con ello el mundo de los trabajadores cambió; hoy ya no
está constituido únicamente por obreros empleados directamente en
la producción de bienes materiales, existe además
un gran
sector de asalariados que no son (o no se consideran) proletarios
(empleados,
cuadros medios superiores, profesionistas, investigadores, artistas,
maestros,
estudiantes, etc.), cuya forma de vida y de producción tiene que ver
más bien con una noción de «trabajo
inmaterial», trabajo realizado por asalariados
que, en vez de
producir bienes materiales, realizan operaciones intelectuales,
las
cuales a su vez, producen objetos o nuevos bienes
abstractos. Pero existe además un gran número de
no-asalariados, los desplazados por la especialización
productiva
de los nuevos Sistemas Internacionales de Producción Integrada,
impuestos por las grandes transnacionales para favorecer la competencia
global,
a costa de profundizar las diferencias regionales y de aumentar la
dependencia.
La necesidad del capital de expropiar cada vez más
plusvalía tiene por estrategia la desintegración de
los
procesos de trabajo, extrayendo de estos sus cualidades básicas para
descomponerlas en funciones cada vez más sencillas, realizables
aisladamente y con cada vez menos requerimientos de especialización.
Extraída así la esencia –consumada la
abstracción del trabajo–, éste se somete y
precariza
mediante nuevas formas de pago (tiempo extra, bonos o primas de
productividad,
puntualidad, etc.), a cambio de alargar la jornada de trabajo y de
imponer la
flexibilidad y movilidad
en los puestos.
Nada de esto es
nuevo, pero ahora, con la dimensión global, se rompe el frágil
“equilibrio” que la resistencia obrera pudo arrebatar en jornadas
lucha por la conquista de condiciones mínimas de “bienestar”,
mismas que al cobijo del modelo liberal de los estados -nación
nisiquiera
alcanzaron a extenderse al grueso de los trabajadores. El “nuevo
papel” del Estado neoliberal
―contrario al
keynesiano, el del
“bienestar”― genera una nueva crisis que reclama, en el plano
defensivo, reconstruir el equilibrio capital-trabajo frente a las
nuevas formas
de producción, pero que obliga a repensar el papel de los
trabajadores como elemento de cambio social para avanzar en la
transformación del régimen vigente.
La
globalización, para elevar la productividad en el
marco de la
competencia[3],
induce a
acelerar la abstracción del trabajo y a la
aparición de
nuevas formas de «trabajo inmaterial»,
sustantivada
objetivamente en la desindustrialización y pauperización de
grandes regiones del mundo. Los procesos productivos de muchos países
han
sido desmontados a cambio de la instalación de plantas maquiladoras
(fábricas de productos o partes de éstos, para la
exportación). Todo esto está sustentado en el rápido
desarrollo de tecnologías como la informática (mezcla de
comunicaciones con procedimientos computacionales para el tratamiento
de la
información).
De esto se trata, de revisar el alcance de la
«desmaterialización» del trabajo y la aparente
disolución de la clase que ello implica, como una forma de entender la
crisis de los sindicatos y la necesidad de modernizar éstos, para poder
resistir la restructuración del capital, e insistir en la
transformación del régimen capitalista.
El
mundo del trabajo en
México
Según datos de la última Encuesta Nacional de Empleo
realizada por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e
Informática (INEGI) y la Secretaría del Trabajo y Previsión
Social (STPS), además de la grave precarización del trabajo, se
identifican al menos tres graves impactos más: una drástica
reducción del empleo en el campo, el fracaso de la estrategia de
“changarrización” como política de autoempleo y un
peligroso aumento en la desocupación de los jóvenes.
|
SI
|
<7
millones
|
|
PEA
|
42
millones
|
|
|
|
|
SII
|
>
10 millones
|
|
Asalariados
|
26
millones
|
|
26
millones
|
sin prestaciones
|
|
SIII
|
>
24 millones
|
|
Por
“cuenta
propia”
|
10
millones
|
|
11
millones
|
sin seguridad soc.
|
SI es el
Sector Primario (Agricultura,
ganadería, silvicultura, caza y pesca); SII el Secundario (el sector
productivo); y SIII el Terciario (Comercio, Restaurantes y hoteles,
Comunicaciones y transportes y diversos tipos de servicios como
profesionales.
Financieros y sociales y de gobierno)
Fuente:
www.inegi.gob.mx
Millones de campesinos emigrados, estudiantes mayores
de 12 años ―considerados
población NO económicamente activa, pero también sin
perspectiva de empleo―
y mujeres
condenadas a servir de por vida como amas de casa, representan
un
núcleo social de impredecibles repercusiones.
Peor aún, no
existe la menor posibilidad de insertarse “exitosamente” en la
competencia global al corto plazo, considerando que la masa trabajadora
tiene un
promedio de instrucción escolar de apenas 8.2 años (cuando
más, parte de la instrucción secundaria). Incongruente, la STPS
anunció que entre enero y septiembre de 2004 se registraron 860 nuevos
convenios de productividad que establecen nuevas condiciones de
evaluación para los trabajadores, para las cuales –según los
estándares internacionales–, no estarían preparados.
En cuanto al desarrollo del «trabajo inmaterial» en
México, la STPS reporta que en el ramo manufacturero (donde
supuestamente
habría un mayor translado), de 1992 a 1999, el aumento en el
número de “empleados” (asociados a la
prestación de servicios) creció en 1.35 veces (de 860,075 a
1’161,867), mientras que la tasa de crecimiento de obreros
fue de
1.12 veces (de 2,197,824 a 2,480,171). Esto, por supuesto, nada tiene
que ver
con la visión primermundista del mundo del trabajo,
cuya realidad
sí quedó efectivamente marcada por el rápido ascenso del
sector servicios en aquellos países.
En pocas palabras, salvo el
caso de las telecomunicaciones y de la “industria” maquiladora de
exportación [Sotelo 2004], ningún otro sector ha generado
crecimiento proporcional a las expectativas creadas por el orden
capitalista
neoliberal[4].
Sin embargo el capital
sí avanzó en estos años, generando principalmente empleos
mal remunerados y sin prestaciones ni seguridad social, profundizando
así
la extracción de plusvalía
relativa.[5]
El
Taller, el cronómetro y
el robot.
El auge del capitalismo de la posguerra desarrolló un
método “científico” con Taylor y la entrada del
cronómetro al Taller para la medición de tiempos y movimientos,
así como la sustitución progresiva del obrero profesional arropado
por sus «secretos del oficio» por simple “mano de obra”,
una vez que Ford introdujera la cadena de montaje y sus estrictas
cadencias de
trabajo, se abrió paso a la fabricación masiva (y al obrero-masa).
El “equilibrio” lo aportó
Keynes[6],
padre –junto
con otros– de los acuerdos de Brenton Woods (y del Fondo Monetario
Internacional), cuyas tesis sobre el empleo y el mercado definen el
papel del
Estado en el capitalismo “benefactor”, para garantizar un pacto
social y político acorde con el ”dejar hacer” de aquellos
días.
Benjamin Coriat [Coriat 1979] planteó ejemplos de
“revalorización del trabajo manual”, y más tarde
caracterizó la producción-masa [Coriat 1992], basado en ideas que
nada tienen que ver con el desarrollo real de la cibernética [Chimal
1999], pero que le dejaron prever una coyuntura importante en la
conjunción de la microcomputadora y las comunicaciones, coyuntura que
otros elevaron a la categoría de paradigma (la e-conomía), cuyo
auge fue abruptamente interrumpido al fin de
siglo.[7]
No obstante, incluso
los obreros de países desarrollados (Alemania, Francia y el Reino
Unido),
enfrentan hoy la “obligada
deslocalización”
―eufemismo con el que se refiere la supresión o
emigración
“forzosa”―, de fases
completas de producción, aquellas con uso intensivo de
mano de
obra (buscando el más bajo costo), para desarrollar supuestamente a
cambio nuevas fuentes de trabajo localmente, en áreas que tienen que
ver
con los procesos “estratégicos” de la producción
(diseño, innovación, comercialización, y el manejo
administrativo y legal), para los que muchos obreros tampoco están
calificados.
Ramos completos de la industria fueron afectados [Sotelo
2004]. La textil (particularmente con la fabricación de ropa), pionera
en
la maquila a escala mundial, aporta por ejemplo deactualidad el caso
español, cuyo ciclo producción-comercialización se
internacionalizó en una década, a tasas de exportación
superiores al de cualquier otro ramo en aquel país, mientras el valor
de
la producción se redujo negativamente a razón del 0.76% anual,
evidenciando que el abaratamiento de la mano de obra (española y
posteriormente asiática) no era solución al problema de la
competitividad del mercado, y que la reorganización del trabajo
responde
al agotamiento del patrón de acumulación, por más que los
ideólogos de la globalización la atribuyan al desarrollo
tecnológico.
La mecanización de la producción
−o «automatización», en nuestros días, su
“robotización”−, posibilita, más que nada,
nuevas formas de operación y control del proceso productivo (de
trabajo),
reduciendo la necesidad de “mano de obra” al mínimo necesario
para garantizar el funcionamiento del sistema: alimentar las máquinas,
limpiarlas y atender sus requerimientos básicos de operación, lo
que plantea el desarrollo de nuevas figuras obreras propias del
postaylorismo
(Coriat 1992).
Hasta este punto de la historia, la rueda, el reloj, la
máquina de vapor o la computadora misma, no son sino metáforas del
cuerpo humano que han logrado sustituirnos –a veces con bastante
éxito–, en la realización de tareas básicas,
sin lograr la abstracción humana, pero alimentando, eso sí, los
instintos depredadores de la sociedad capitalista posmoderna.
Como
Coriat anticipó, el principal impacto de “la
electrónica” en el taller no provendría de automatizar
solamente la fabricación de productos (con el desplazamiento del
trabajo concreto), sino los procesos de
control, lo que llevarían
a su cenit la administración de la producción (que conlleva la
reclasificación de los puestos bajo una nueva la división del
trabajo y nuevos modos de organización).
La
disolución de la clase,
la crisis de los sindicatos y la construcción del imperio
La transformación del mundo del trabajo es
profunda[8],
no sólo en el
Taller sino en la Oficina. Aún en empresas donde no existe una
línea de producción se practica la desintegración del
proceso de trabajo, llevando adelante las mismas estrategias: la
“compactación de puestos” y la eliminación de
“definiciones de labores” concretas, que estipulan la función
específica del puesto (lo que hace: instalar, construir, mantener,
etc.)
y el nivel de responsabilidad del mismo (ayudar, realizar, planear o
dirigir),
así como la estructura de mando respectiva (de quién recibe las
órdenes y a quién debe darlas), definiciones que
“estorban” en la lógica de flexibilidad y
movilidad capitalista. Otras cuestiones,
referentes por ejemplo al lugar
habitual de trabajo así como el horario y calendario de descansos,
quedan
también a discusión.
Éste es el caso, totalmente
vigente, de la propuesta de restructuración - modernización de LyFC,
que se inscribe puntualmente en la reforma laboral presentada por el
encargado
de la STPS a nombre del ejecutivo y que increíblemente cuenta con la
bendición de no pocos sindicalistas, a pesar de experiencias
desastrosas
(Telmex, sin ir más lejos).
Las innovaciones organizacionales a
las que se califica de "prácticas flexibles", rompen con la lógica
del modelo tayloriano (explotación de las economías de escala,
estandarización de los productos, un hombre igual a una tarea),
fomentando la polivalencia de los asalariados y la delegación de la
responsabilidad a los niveles jerárquicos inferiores y, como muestra de
"flexibilidad": equipos autónomos, círculos de calidad,
reingeniería y la producción lo más ajustada posible
(just-on-time), que constituyen un nuevo modelo
producción,
llamado “toyotista", que está fundado en la eliminación de
los inventarios (stocks), en la circulación
horizontal de la
información y de la supuesta participación de los asalariados en
la mejora del desempeño y la calidad final del proceso.
Este
esquema no solo ha trastocado las relaciones de trabajo sino que
efectivamente
ha permeado el inconsciente de los trabajadores, de modo que hoy día el
concepto marxiano de clase es utilizado, cuando mucho, para referir más
bien a las figuras que, según los factores que determinan las
relaciones
profesionales de los asalariados, se han desarrollado: profesionistas
de alto
nivel que se desempeñan como técnicos y administradores;
trabajadores calificados no manuales; trabajadores calificados
manuales;
semicalificados y no calificados [Reiss 1997].
A diferencia de EU,
Japón y Europa, donde sí existe un evidente
“aburguesamiento” de los trabajadores, en las economías
“en desarrollo”, los individuos que ocupan estas nuevas figuras (los
más aptos para asimilar las constantes innovaciones tecnológicas)
no precisan destruir el capitalismo ni la propiedad privada, ni
encuentran en la
lucha de clases la solución práctica a sus conflictos, que son de
índole más bien existencial. Paradójicamente, los
marginados, los que sí se consideran a sí mismos obreros, se
asumen incapaces para la lucha organizada (un auténtico proletariado
“sin cabeza”, en palabras de José Revueltas).
En ese
sentido, el desclasamiento de la “clase media”
(pequeñoburguesa) y la coyuntural desmovilización obrera impiden
profundizar la crisis social, en tanto no se asumen proletarias,
posponiendo
así lo que el propio Revueltas llamaría “la independencia de
clase del proletariado”. En México, una pequeña élite
de trabajadores, los que laboran en las empresas públicas (Pemex, CFE y
LyFC), están organizados. Sin embargo constantemente disputan
posiciones
con los empleados “por honorarios” (figura importada
también de la empresa privada), que actúan al interior de la
estructura de dirección y control (media e inferior), conformando
verdaderos “grupos comando” que, con autonomía pasmosa,
imponen y ejecutan cambios absurdos en los procesos de trabajo. Se
trata de
trabajadores sin arraigo, individualistas, contratados en condiciones
salariales
similares a los puestos “de confianza”, que excepcionalmente se
convertirán en funcionarios “de carrera”, pero que de entrada
ocupan plazas temporales, sujetas a resultados.
Esto plantea la necesidad
de una modernización sindical. Las grandes formaciones sindicales se
concentran, todavía hoy, exclusivamente en la defensa de sus
condiciones
de trabajo (económicas), y se muestran “preocupados” por
mantener abiertos los “canales de negociación” que les
permitan superar la coyuntura modernizadora, carentes de propuesta
propia, lo
que repercute en concesiones que diluyen cada día más la capacidad
real de lucha de los trabajadores. No hay un esfuerzo serio de análisis
de la situación, que permita plantear al menos las contradicciones
capital-trabajo ante las nuevas formas de producción.
Ha habido
honrosas excepciones. Revueltas mismo lo sentenciaba, presenciando las
grandes
jornadas de lucha de los electricistas de la Tendencia Democrática en
1975: “corresponde, de un modo evidente, al proletariado ejercer el
papel
dirigente de todo el proceso democrático-burgués, a fin de hacerlo
advenir al cambio profundo que requieren las infraestructuras y
sobreestructuras
sociales”. Hay experiencias de lucha que deben recuperarse,
actualizadas
«a valor presente»[9].
Otro espartaquista, Enrique González Rojo [González 2003],
teorizaría sobre ese mismo estrato pequeñoburgués
categorizándolo como “la clase intelectual” (la fuerza de
trabajo calificada) que en su concepción de la “revolución
articulada” (para un estado de transición al socialismo),
estaría llamado a realizar la revolución cultural que
habría de destruir la segunda determinación externa del estado: la
socialización de los medios intelectuales de
producción.
Por el momento, esta pequeña burguesía,
por su ilustración, es capaz efectivamente de entender ciertas
implicaciones de los cambios a escala global, e incluso de
radicalizarse,
declarándose por ejemplo abiertamente antineoliberal e incluso
“globalifóbica”. Hasta llega a alinearse en una
“izquierda civil”, en la que se distingue por su lucha
contestataria, por reivindicaciones ecológicas, contra la guerra y el
imperio, o por la diversidad sexual, etc., pero que, por su oposición a
la lucha de clases, termina por poner en crisis toda racionalidad
política.
Esta izquierda “civilista” recita a
teóricos antagonistas del marxismo (de los cuales se destaca a Antonio
“Toni” Negri y el texto “Guias”, simplemente por ser
objeto de estudio en el TCS), para decretar que los trabajadores
habríamos dejado de ser fundamentales en la construcción del nuevo
sujeto de la historia, ocupando ese vacío con nociones borrosas, tales
como «la multitud» y el «Imperio», según las cuales
la toma del poder no es tarea central de organización, como sí lo
sería en cambio crear un nuevo orden, basado en el reconocimiento de
autonomías y en la democratización absoluta de los
aparatos
de gobierno para la construcción de... ¿qué cosa? ¿la
soberanía planetaria?... ¿el Imperio
negriano,
que con fervor religioso “está en todas partes” y en el que
todos estamos dentro (no hay nada externo)?
Esto, que en apariencia
pertenece solo al ámbito de la discusión teórica, debe
resolverse prácticamente para darle consecuencia a la lucha
política, en tanto afecta cuestiones organizativas fundamentales. Sin
la
conjunción Teoría-Práctica, el recuento de daños
causados en la globalización neoliberal seguirá
creciendo.
¿Qué
hacer?
Independientemente del escozor que cause en algunos un
subtítulo tan injustamente ideologizado, lo procedente es plantear como
conclusión dos temas candentes:
En primer lugar, no puede
soslayarse el hecho de que al mismo capitalismo le preocupe el
“problema” de la (des)educación, en tanto pone en jaque parte
de su andamiaje ideológico. Lógicamente la burguesía no
pretende un proyecto educativo para la emancipación del hombre. En esta
lectura se recogen dos referencias puntuales: Híjar (rescatar el
proyecto
educativo popular) y González Rojo (realizar la revolución
cultural ―articulada―).
¿Podremos los trabajadores levantar la bandera de la
educación y la cultura con un proyecto propio? ¿Será posible
impulsar un proyecto de “educación superior”
―científica―
para los obreros?
La segunda cuestión, antes que lograr una
caracterización acabada de la naturaleza actual del trabajo, se
requiere
urgentemente la modernización sindical ¿Cómo podremos los
trabajadores contrarrestar la creciente explotación intensiva del
trabajo, sin una propuesta propia para la modernización industrial? Los
nuevos cuadros sindicales no pueden seguirse formando solo en la lógica
de la gestión laboral exclusivamente, sino que
deben estudiar y
analizar con detenimiento los cambios en el mundo del trabajo, así como
sus tendencias. Transformar el mundo, comenzando con la transformación
del viejo sindicalismo, corrupto y mediatizador, en uno nuevo, capaz de
actuar
consecuente a su clase, para derrotar al charrismo y recuperar la
democracia
sindical. ¿Podría concretarse por fin un polo de organización
sindical, común a las izquierdas?
Bibliografía
Comentada
Chimal Carlos 1999 LA
CIBERNÉTICA, Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes (serie Tercer Milenio. México). El
químico-escritor reproduce la génesis de la
«cibernética» (la ciencia heredera de los míticos
autómatas). Resulta que a finales de los cuarenta Norbert Wiener
acuñó dicho concepto para referirse al estudio de la
relación de los seres humanos con las máquinas (y su posible
co-evolución). El fisiólogo mexicano Arturo Rosenblueth
participó con Wiener en el estudio científico de las
analogías máquina-cuerpo que había sido una constante
inquietud de los científicos, filósofos y escritores de todas las
épocas y que más adelante revitalizaron áreas
del conocimiento como la Inteligencia Artificial, y el desarrollo de
novedosas
teorías, las redes neuronales, los sistemas expertos, la lógica
difusa, la robótica, la teoría del conocimiento y hasta una
"filosofía de la mente", pese a las cuales, la “síntesis del
pensamiento humano” sigue siendo una quimera.
Coriat, Benjamín 1979. EL
TALLER Y EL
CRONÓMETRO. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la
producción en masa. Siglo XXI editores, España (2003,
decimotercera edición en español). Vale la pena leer al menos la
Introducción y el Capítulo 11 “La revalorización del
trabajo manual”, del planteamiento general a la definición del
problema del trabajo industrial, destruido sistemáticamente, hasta la
toma de conciencia de los obreros franceses y su represión para imponer
las nuevas formas “valorización” del trabajo.
Coriat, Benjamin 1992. EL
TALLER Y EL ROBOT. Ensayos
sobre el fordismo y la producción en masa en la era de la
electrónica, Siglo XXI editores, México (2004, quinta
edición en español). Esta vez es la entrada de la
electrónica al Taller lo que ocupa a Coriat y en particular el robot,
como arquetipo de una “inmensa logística informática o
electrónica, en la cual se apoyan autómatas y gobernadores
programables u otras calculadoras y computadoras industriales, que
pilotean en
tiempo real las trayectorias de las bandas transportadoras o hacen
entrar en
acción, con milisegundos de diferencia, las herramientas de las
máquinas.” Esto, en todo, caso apuntaría a la
exacerbación del fordismo (posfordismo) hacia nuevas formas de
producción, mediante la hiper-fragmentación del trabajo y el uso
de la computadora (particularmente el autómata industrial) y las
comunicaciones pero, sobre todo, a nuevas estrategias de valorización
del
capital. El capítulo Metamorfosis de la División del Trabajo, hace
una caracterización de lo que denomina figuras obreras del
postaylorismo,
que tienen como denominador común su
marginación-integración en el proceso automatizado de
interpretación de datos (y su conversión en información
válida para la toma de decisiones, en el concepto de horizontalidad
toyotista). Representar permanentemente “los circuitos y las conexiones
entre máquinas, con fines de ajuste o de diagnóstico”, en un
ciclo constante de adquisición de
información-análisis-ejecución. El prólogo y el
epílogo de este libro son también lecturas obligadas.
González, Enrique 1978 .
Convergencias Y
Divergencias entre Anarquismo y Marxismo, texto publicado en
Dialéctica y reeditado (con un provocador texto de presentación)
por Tiempos Modernos (Antes Centro de documentación y Difusión de
Filosofía Crítica). Folleto 4, 2003. González Rojo no solo
analiza las coincidencias entre el marxismo-leninismo y el
anarco-comunismo,
sino que trata de llenar el vacío teórico-político que los
separa, abordando la cuestión de la clase intelectual
y su
influencia en las determinaciones del Estado, marco esencial de la
revolución articulada.
Híjar, Alberto 1998, Introducción
al
Neoliberalismo, Itaca, México (2001 segunda edición).
Según el prólogo a la edición comentada, el texto recoge
las conferencias impartidas por Híjar y el TAI (Taller de Arte e
ideología, que cumple ya 30 años de trabajo) como parte de un
proyecto de escuela de características organizadoras. Y en efecto, la
primera parte del libro es una misma disertación que, sin el teoricismo
típico de los academicosos ―siempre
al margen de la
concreción―,
sigue la evolución
histórica del
neoliberalismo y la globalización; Híjar utiliza casos y
situaciones del dominio público para apuntalar conceptos. En la segunda
parte plantea una crítica a las ideologías subyacentes en las
teorías que supuestamente explican el auge del neoliberalismo. El texto
debe leerse completo y su estructura lo facilita.
Reiss, Edward 1996, Una
Guía para Entender a
Marx, Siglo XXI editores, España (primera edición en
español, 2000). Indudablemente que para entender a Marx, nada como
acudir
directamente a su obra. Sin embargo, para entender a teóricos como A.
Negri, que nisiquiera se esfuerzan por exponer en lenguaje llano las
contradicciones y obsolescencias que a su juicio pone en crisis el
pensamiento
marciano en la actualidad, vale la obra de otro teórico posmoderno. La
obra de Reiss no es ni con mucho la “Critica previa a la lectura de El
Capital” de Althuser, pero su crítica tiene la particularidad de
reconocer la amplitud del pensamiento de Marx y antagoniza con los
conceptos
fundamentales, tan tergiversados en la teoría económica moderna y
aún desde la “nueva izquierda”: en particular la
teoría del valor-trabajo y los aspectos del trabajo social
o
abstracto. En el Capítulo 6 “Clase y
Sociedad”, Reiss
describe pintorescamente los conceptos actuales de clase,
contrastándolos con el objetivo de Marx al explicar el desarrollo
histórico de las clases y como la lucha entre éstas se liga a
ciertas fases en el desarrollo de la producción (tecnología
fundamentalmente). En el capítulo 16 “Como (no) Cambiar el
Mundo”, Reiss recapitula sobre los conceptos “obsoletos” en la
obra de Marx (la teoría de clases fundamentalmente), aunque reconoce la
vigencia del impacto de la tecnología “a la hora de dar forma a la
sociedad”, así como del poder de quienes controlan dicha
tecnología. La de Reiss no es una guía para entender a Marx, ni es
“clara” (como es su título original en inglés); es un
texto para el debate.
Sotelo, Adrián 2004,
Desindustrialización y Crisis del Neoliberalismo,
Plaza y
Valdés, México. Existen muchos estudios sobre el impacto del
neoliberalismo y la globalización en el mundo del trabajo. Sin embargo,
el que Sotelo publicó el año pasado analiza el éxito de las
maquiladoras de exportación y las telecomunicaciones, que “se basa
en la desregulación y desestructuración del modelo fordista de
producción, que modificó las relaciones salariales”. Cambio
que caracteriza la naturaleza del trabajo en los países dependientes y
subdesarrollados como México: Sotelo establece que No se trata siquiera
de un fordismo periférico, en tanto ciertas características
jamás se concluyeron: a) producción masiva y
racionalización de las tareas realizadas por los obreros, b)
descomposición de las tareas y separación del trabajo de
ejecución (del de concepción), c) introducción de la
línea de montaje o cadena sin fin, d) control directo del proceso
global
de producción a través de integración vertical y
monopolización de empresas productoras de piezas y componentes y, e)
proceso de automatización de las fábricas.
Notas
Adicionales
[1]
Régimen de crecimiento
económico fundado en el reparto negociado de los beneficios de
productividad entre los asalariados y los detenedores del capital en el
seno de
las empresas. Esta política favorece el aumenro de los salarios y, por
ende, el consumo masivo, lo que garantiza la salida de una vasta
producción. Se le llama así en honor de Henry Ford, que en 1914
decidió aumentar los salarios de sus empresas para que así los
asalariados pudieran comprar sus automóviles (“El nuevo
capitalismo”, Dominique Philon).
[2]
Ingeniero después de
haber sido obrero, el estadounidense Frederic Taylor (1856-1915)
elaboró
un método de organización del trabajo al que calificó de
científico. El fundamento de su sistema es el análisis
científico de los tiempos y de las pausas, con objeto de mejorar la
eficacia laboral. La organización del trabajo propuesta por Taylor,
adaptada particularmente a la producción en masa, se basa en la que a
cada obrero se le confían tareas elementales bien específicas, y
la división vertical del trabajo, es decir, la separación estricta
de las tareas de concepción y de ejecución.
(Ídem)
[3]
Ambas nociones forman una unidad
que refiere a la
ideología sustentante de la economía capitalista, con el libre
mercado como consigna, sin la regulación del
Estado-nación
[4]
El compromiso histórico
capital-trabajo nunca
ocurrió en las relaciones de producción y de consumo de
América Latina, ni en Brasil, México o Argentina, que son los
países más cercanos al modelo fordista, como ocurrió el
capitalismo avanzado. En consecuencia tampoco puede hablarse de un paso
al
taylorismo en tanto las especificidades de las estructuras producción y
organización del trabajo fueron incapaces de dirigir paradigmas
organizativos distintos. La reorganización estuvo restringida a algunas
ramas industriales y en particular a ciertas empresas (las
automotrices) en las
que incluso se importaba prácticamente todas las tecnologías
(Europa y Estados Unidos) aunque fuesen inapropiadas para el país.
Dicho
rezago tecnológico impidió el desarrollo de una tecnología
acorde con la calificación de los trabajadores [Sotelo
2004].
[5]
Las transformaciones de los modos
de producción y de
consumo han tenido como consecuencia el estallido de las relaciones
salariales y
la puesta en entredicho del modelo de empleo estándar [Alain Supiot,
del
empleo, transformación del trabajo y el devenir del derecho al trabajo
en
Europa, Flammarion, 1999]. En lo sucesivo la competencia se basa sobre
todo en
la calidad y renovación, lo que implica una mayor diferenciación
de los contratos trabajo y la individualización de los salarios. Se
trata
de tomar en cuenta las diferencias y calificación de actitudes y de
motivaciones que, se supone, se encuentran en el origen del éxito
económico. El valor de un asalariado reside cada vez en mayor medida en
lo que lo distingue de otros asalariados, y cada vez menos que lo que
tiene en
común con ellos. De aquí la proliferación de las formas de
empleo, el ascenso del individualismo y la disolución de la solidaridad
de clase. El mercado laboral se asemeja cada vez más al modelo del
mercado competitivo tal como se lo describe los manuales economía, es
decir poblado de protagonistas individuales. Allí una ruptura radical
con
el compromiso capital/trabajo y la determinación colectiva de las
remuneraciones, las cuales, durante el período fue vista, habían
permitido conservar una relación salarial uniforme y codificada por la
ley.
[6]
John Maynard Keynes, “La teoría
general del
empleo, interés y el dinero”
[7]
El
célebre índice tecnológico Nasdaq, barómetro de las
sociedades de la nueva economía, tuvo una caída del 57% de marzo
de 2000 a marzo de 2001. Las llamadas acciones tecnológicas perdieron
más de la mitad de su valor en Estados Unidos en solo 12 meses. Como el
efecto tequila, o el efecto samba, etc., esto se conoció como el
e-crack
que, según cálculos de los economistas, provocó la
caída de los valores estadounidenses de la “nueva
economía” en aproximadamente 4,200 mil millones de
dólares.
[8]
El estatuto mismo del trabajo se
ha modificado profundamente.
El contrato por tiempo indefinido, símbolo del empleo asalariado
estable
en la empresa y del cuasi estatus negociado en el marco de las
convenciones
colectivas de las ramas, constituía la relación laboral
característica del fordismo. Las nuevas prácticas que tiene lugar
en el mercado de trabajo se encuentran en el origen del surgimiento de
un
estrato resquebrajado del trabajo, debido en gran parte a la búsqueda
de
la flexibilidad por parte de las empresas. Sus tres características
principales son las siguientes: el empleo de medio tiempo, los
contratos de
trabajo por un período fijo y el autoempleo. El empleo de medio tiempo
permite adaptar la duración del trabajo a las necesidades de la
empresa.
Practicado desde hace mucho los
países del norte de Europa por una mano de obra fundamentalmente
femenina, conoce un rápido desarrollo Francia. En 1996, representaba
17%
del empleo total, del que 30% era de mujeres, porcentajes éstos que se
aproximaba bastante al promedio pero. Sin embargo, en Francia, cerca
del que la
mitad de esos medios tiempos son involuntarios, es decir, que los
trabajadores
desearían poder trabajar más. De esta manera, en el momento
presente, la principal fuente de desigualdad entre asalariados la
constituye el
trabajo de medio tiempo. Los contratos de trabajo por un período fijo,
segunda forma de flexibilidad que exige el mercado laboral, afectan
especialmente las ciudades más jóvenes: en Francia, en 1996, esos
empleos alcanzan 41% con sujetos de 20 a 24 años, y 19% con sujetos de
25
a 29 años. El autoempleo, es decir, el trabajo independiente, es en
parte
el resultado de la creación de nuevas empresas que los sectores de
servicios vinculados a las nuevas tecnologías. La parte correspondiente
se formas empleos ha aumentado notablemente, pasando del 4 a 16% en
Europa (de
tres a 11% en Francia) en el lapso de 1986 a 1996. Esos empleos
corresponden
sólo formalmente a los empresarios individuales independientes:
más frecuentemente, los "autoempleados" son, de hecho, asalariados en
situación de completa dependencia económica respecto de quienes
dan las órdenes.
[9]
Salud, compañero Humberto Plata,
donde quiera que
estés, organizando la lucha. Pronto te acompañaremos.
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