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LA ACTUALIDAD DE LA REVOLUCIÓN
EN EL UMBRAL DEL SIGLO XXI Y EL DEBATE ENTRE IMPERIO O IMPERIALISMO
Alfredo Velarde
“La historia posee una lógica
sólo cuando la subjetividad la
dirige, sólo cuando (como
decía Nietszche) la emergencia de
la subjetividad reconfigura causas
eficientes y causas finales en el
desarrollo de la historia. El poder del
proletariado consiste precisamente en
eso” (Michel Hardt y Antonio
Negri en Imperio)
1. IntroducciónDeseo
en la presente sede ofrecer una reflexión que nos permita situar, al seno
de este Taller de Construcción del Socialismo (TACOSO) por
qué el concepto de revolución, precisamente en el umbral
del siglo XXI en el que nos encontramos, es un concepto actual,
perfectamente vigente y tremendamente necesario para el
pensamiento crítico y la acción de lucha militante
de la izquierda radical que identifica correctamente al marxismo
crítico y consecuente como una poderosa herramienta científica
y revolucionaria para comprender el mundo y para persistir en lucha contra el
capitalismo, en un momento signado por el abandono claudicante y la
confusión de parte de muchos ex socialistas arrepentidos, del
proyecto emancipador socialista-libertario –como prefiero
denominarlo yo- y concebido como la única alternativa cierta
existente frente al agresivo avatar capitalista contemporáneo así
como a su hegemonía de explotación y opresión mundial
globalizada tanto en el plano de la economía, como para la
política, la sociedad y la cultura de este complejo momento
histórico de la lucha de clases
internacional. Se me ha pedido un razonamiento
que nos permita problematizar aquí, desde nuestra óptica de la
cuestión, cuál es nuestra postura respecto al fecundo debate que
la publicación del libro Imperio de Michael Hardt y
Antonio Negri, abrió desde su aparición pública
misma en el año 2000. A partir de entonces, una plétora de
autores, desde múltiples ópticas interpretativas, ha desarrollado
sus respectivos esfuerzos de análisis tomando como marco teórico
general esta compleja, muy relevante y poliédrica obra del pensamiento
crítico contemporáneo. Un primer señalamiento que
desearía hacer a propósito de Imperio, tiene que ver, por
eso, con algo sobre lo que abundaré más adelante, pero que ya,
desde ahora, debe ser incorporada a nuestra reflexión inicial. Es decir,
si hoy existe una razón que explique por qué Imperio ha
levantado tanta polvareda, es porque la fusión híbrida y de
síntesis innovadora de pensamientos y perspectivas que condensa y ensaya
la dupla Hardt-Negri, resulta inusual y por eso mismo
controvertida. De ahí sus sorprendentes resultados que a muchos
gustaron tanto, pero que a otros muchos, también, los ha conducido a un
conjunto de respuestas que se han movido desde el escepticismo y la
duda frente a la tesis central que Imperio hizo suya y sus
conclusiones, hasta el franco rechazo que desde diversas
expresiones de la izquierda han planteado, por ejemplo, la naturaleza extra
marxista de su caracterización del capitalismo
contemporáneo y de la mundialización globalizada de las
relaciones sociales que lo significan en nuestro tiempo actual. Trataré
de apuntar algunas cuestiones que permitan discutir estos
asuntos. Pero decirlo así, no permite
tampoco comprender mucho sobre por qué la herencia marxista que
en múltiples planos de Imperio como trabajo
filosófico-político es evidente, se fusionó en una suerte
de heterodoxo sincretismo productivo de pensamientos con la herencia
más avanzada del postestructuralismo francés de los
Foucault y Deleuze, Guatarí y Derridá, para referirnos a
las más fuertes influencias también indudablemente presentes en
Imperio. Lamentablemente este solo hecho, a otros más, les
pareció lo suficientemente ecléctico, si empleamos una
noción suave, para descalificar apresuradamente a Imperio de
entrada, como una perspectiva fidedigna y recuperable del pensamiento
crítico de la actualidad, al ser tildados sus resultados –de
manera injusta según mi posición- como propios de la mentalidad
posmoderna y abiertamente antimarxista. No es ésta nuestra
postura, desde luego, pero sí desearía polemizar un poco con ella
más adelante, porque me parece una mala y poco rigurosa
interpretación que, aunque se diga marxista, me parece que no resulta
serlo del todo y, en algunas de sus expresiones más
“ortodoxas”, en ningún sentido. Frente a ésta
última posición, no tengo dudas en afirmar en todo caso, mucho
más, mi cercanía con la formulación de Negri y Hardt que
con la tesis ortodoxa ya insuficiente, sin que eso implique o suponga
desmarcarme del marxismo crítico en que considero que se coloca mi
propia postura heterodoxa y conscientemente comunista libertaria, o mejor
dicho, anarco-comunista al modo de Daniel Guerin, el gran
crítico anarquista del
fascismo.
Como puede percibirse ya, el
telón de fondo que enmarcará nuestra reflexión
aquí, se refiere a exponer nuestra postura ante el trascendental debate
sobre la etapa actual del capitalismo maduro: ¿Imperio o
imperialismo? Por la importancia de tal reflexión, habré de
partir de una breve exposición general de la teoría del
imperialismo, a fin de aplicarle la “prueba del ácido”
(por decirlo de alguna manera), y examinar si la conceptualización que
proviene de los clásicos del marxismo (Lenin, Luxemburgo, Bujarin,
Hilferding, etc.) es vigente a la luz del actual momento, o si, por el
contrario, un ejercicio de reconceptualización, desde la propia
crítica de la economía política contemporánea
es necesario, con el propósito de responder a su actualización y
al señalamiento sobre si la interpretación de Negri y Hardt es
pertinentemente marxista, con todas sus cartas credenciales, o muy otra que no
puede ser confundida con ella. Veamos.
2. El nacimiento
capitalistaSi una condición
histórica para la consolidación del capitalismo
histórico fueron las llamadas revoluciones burguesas o, para
algunos, democrático-burguesas, tenemos que explicar en qué
consistieron tales procesos. En términos generales, para la
interpretación materialista de la historia propia del
marxismo, se entienden por revoluciones burguesas a aquellos
movimientos políticos que encabezados por la burguesía,
culminaron con la toma del poder por parte de esta clase social
ascendente en el momento mismo en que se iban disolviendo las viejas
sociedades feudales europeas con el derrocamiento mismo de las
monarquías absolutistas, sus reyes y también con el
declinar de sus aliados políticos esenciales: la nobleza y el
clero. Las revoluciones burguesas, como se sabe, se desarrollaron en los
siglos XVII y XVIII y tuvieron en la Revolución Inglesa del siglo
XVII, en la propia Guerra de Independencia de las colonias de
América durante el siglo XVIII, y desde luego en la
Revolución Francesa y la propia Revolución
Industrial, los cuatro referentes cardinales que las emblematizaron
históricamente. Si en las colonias inglesas de América los
independentistas hicieron la guerra de 1776 para dejar definitivamente
separados a los nacientes Estados Unidos de –Norte- América
(EUA) de la tutela británica, la revolución francesa,
por su parte, constituyó el punto máximo del “radicalismo
burgués” sintetizado en la divisa de “¡Libertad,
igualdad y fraternidad!”. En ésta última se le quita el
poder político a la nobleza feudal y al clero de manera
notoria, para que fuera tomado por la naciente burguesía, como el
sector empírico-decisivo del Tercer Estado. De esta manera, el
mundo moderno era un azorado testigo del inicio que estableció a
la República como forma de gobierno, con el
propósito de lograr la igualdad –siempre formal- ante la
Ley y, según la razón liberal adversaria del
proyecto emancipador socialista, salvaguardada en la
Declaración de los derechos del
hombre.
Así, con la
revolución industrial que se agrega a ese plexo de procesos
convergentes, se consolida una acción afirmativa a favor del joven
capitalismo que definitivamente lo instalará como la auténtica
palanca para su inicial primer desarrollo. Pero, sintéticamente, nos
preguntamos: ¿qué fue la revolución industrial? Para
nosotros, un complejo proceso que marcará de manera definitiva el
fundamento científico-técnico y productivo del
capitalismo, en los términos que Marx lo analizó
profusamente en El capital. La revolución industrial, desarrollada
primeramente en la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra,
implicó el despegue constitutivo de aquello que Marx denominará en
el capítulo VI inédito, el desarrollo transicional hacia la
maduración del modo de producción específicamente
capitalista desde sus propios fundamentos técnico-productivos.
Ciertamente el desarrollo de la propiedad privada de los medios de
producción, resultante de la culminación del proceso de
disociación entre el productor directo y los medios de
producción, tan adecuada y visionariamente estudiado por el fundador
de la crítica de la economía política en el
célebre capítulo XXIV del tomo primero de El capital, La
llamada acumulación originaria del capital, y las propias
relaciones salariales que le acompañaron, se erigieron en el dato
duro que definirá a la postre las condiciones bajo las cuales el
capitalismo arrancará como un proceso que vivirá de la extendida
explotación del trabajo social en la figura de la
plusvalía. De esta relación de explotación,
además, surgirá la clase obrera como sujeto
histórico revolucionario. Y por eso, la revolución industrial
consistió en la introducción de las máquinas en los
viejos talleres manufactureros, en la minería y la misma agricultura,
así como en el auge del transporte que con el nacimiento del capitalismo
viviría el sistema. Gracias a la revolución industrial, la
producción capitalista, desde sus inicios de vocaciones expansivas
a escala mundial, aumentaría enormemente y, con ella, las actividades del
comercio, la banca y la economía en
general. Sin embargo y a diferencia de la
interpretación propia de la historia de bronce liberal, la
revolución industrial, muy pronto, exhibió sus profundas
contradicciones sistémicas. Si de un lado se manifestó como
la gran iniciativa propiciatoria del salto económico capitalista
en el plano del desarrollo de la productividad del trabajo, de otro lado
también, enseñó que hacía propender las cosas hacia
una grosera concentración de la riqueza en pocas manos: las de los
ricos. Y simultáneamente, mientras eso ocurría, de otro lado
se consolidaba y concentraba la pobreza de los desposeídos. En
suma, riqueza concentrada en pocas manos y pobreza en las manos y los penares
de los más. Hay que decir aquí que, aunque se los niegue,
estos son los efectos del proyecto liberal originario esbozado en sus
ideas económicas por Adam
Smith[1]. Los economistas
liberales proponían la “libertad económica”,
esto es, la no intervención estatal de la economía. De
ahí la frase “laissez-faire” (dejar –hacer) que
con tanto ahínco postularon. Para ellos, existía una
“mano invisible” (postulado metafísico, por cierto)
que tendía a “equilibrar” al sistema
económico.
Es parte del saber universal
ya, sostener que los economistas clásicos representaban claramente
los intereses de la burguesía industrial y comercial, que quería
terminar con las trabas impuestas por la política proteccionista
del mercantilismo prototípico de los estados
absolutistas. En otras palabras, una vez que habían hecho acto de
irrupción histórica tanto las revoluciones burguesas como
la industrial, todavía era claro que faltaba una
política económica propiamente hablando burguesa.
¿Por qué la economía clásica es burguesa? Por
principio, porque va en contra de la política mercantilista que
con su proteccionismo frenaba el crecimiento. Pero además, porque
recoge lo más granado de esta corriente de pensamiento económico y
porque, sobretodo, se desarrolla en plena revolución industrial y
en la nación capitalista por excelencia para entonces: Inglaterra.
De hecho y así, toda su teoría responde precisamente a las
necesidades históricas, económicas y políticas de la
burguesía industrial, comercial y bancaria inglesa. ¿A quien
beneficiaba la tesis entonces propalada a favor del “libre
comercio” hoy de nuevo tan en boga y sorprendentemente soportada y
recalentada por los mismos presupuestos metafísicos del
neoliberalismo de nuestros días? Sobre todo a la gran potencia
capitalista británica de aquel momento, puesto que como dominaba al
mercado por tener más capital, industria y producción siempre
pudieron invadir con capital y mercancías a los países que
más tarde serían subdesarrollados por esas relaciones de
intercambio desigual para decirlo aquí como el economista egipcio y
marxista Samir Amin. De la denominación de esta escuela
clásica, nació la expresión
“librecambio” para designar a aquella etapa (la primera) del
capitalismo todavía no mundial. Los economistas clásicos
acuñaron la palabra, que muy pronto devino en credo y
justificación de la burguesía, primero inglesa y después
mundial y animada por una voluntad de planetarizarse. Todo esto, no por
obvio y sabido, resulta ser menos importante para comprender al
imperialismo, tema de nuestro siguiente apartado y aspecto central de
nuestra intervención aquí.
3. Revisitando la teoría del
imperialismoPero entrando en materia,
propiamente dichas las cosas, ¿qué podemos decir de las
teorías del imperialismo? Podemos iniciar nuestro intento por asir la
cuestión del imperialismo señalando que, contra lo que
muchos podrían imaginar, el imperialismo resulta ser, en la
reflexión que se propone la radical comprensión de nuestro
presente histórico, un tópico tremendamente actual. Su
reflexión como obligado ejercicio de re pensamiento de las
teorías del imperialismo que pretendieron explicarlo, no es un
tema extemporáneo o fuera de lugar, sino uno que nos remite
al examen que desde la crítica de la economía política
ha de emprenderse para ponderar la historia reciente y actual del
capitalismo maduro y que es, como se sabe, consustancial al complejo
fenómeno que muchos han dado en llamar
“globalización”, pero que en lo personal prefiero
–como los franceses- denominar “mundialización”
ya que, si a algo remite la primera categoría adecuadamente entendida es,
precisamente, a la universalización de las relaciones sociales de
producción capitalista, hasta lograr el abarcamiento del
conjunto del globo terráqueo, bajo su férula. Si por algo
el actual capitalismo es un sistema-mundo, como suele denominarlo la
escuela de los anales en general, y particularmente Wallerstein,
es precisamente porque con la globalización terminaron por
mundializarse las relaciones sociales capitalistas urbi et orbi. Y
este hecho, obliga también a sostener la plena vigencia y la profunda
necesidad de la revolución socialista, adecuadamente entendida, en el
umbral del siglo XXI que habitamos. De
manera que, para el marxismo revolucionario, conocer al capitalismo
supone caracterizar al imperialismo como un momento definible por el
desencadenamiento de un conjunto de acontecimientos que condujeron a la
hegemonía mundial capitalista. Jorge Veraza, por ejemplo,
define a ese proceso, como aquel que conduje a una “medida
geopolítica auténticamente mundial del
capitalismo”[2]. La
etapa imperialista del capitalismo, como un movimiento propio de su
dinámica de acumulación, dio síntomas claros de su proceso
de conformación ya a partir de 1870 aproximadamente, tercio final del
siglo XIX, cuando esta etapa sienta sus reales que habrán de consolidarlo
a lo largo de un duradero intervalo histórico durante el siglo XX que se
fue. Un elemento que no puede desestimarse apenas se aborda la cuestión
del imperialismo, es que no hay –ni ha existido-
armonía alguna en su historia. Tampoco de
no-violencia. Su historia real, como la trama de un relato de
despojos es contradictoria, caótica y violenta. Y es por
eso que alguna vez, acertadamente, Marx describió la
génesis capitalista en cuanto tal como un alumbramiento resultante
del proceso que lo hizo aparecer en la escena de la historia
“chorreando sangre”. En este
orden de ideas el imperialismo es, como intervalo
histórico, un proceso particularmente violento y convulso que resulta
ser perfectamente discernible y que marcará indeleblemente la historia de
la lucha del proletariado revolucionario; una fehaciente
constatación que es congruente con toda la historia del capitalismo que
antecede a su etapa imperialista y que, además, se exacerba con la
irrupción de esta etapa en el drama de la historia, hasta adquirir
dimensiones de paroxismo sistémico, de ser cierta y de concretarse
en los hechos la tesis que Imperio de Negri y Hardt contiene de
manera tan inquietante. Para ellos, de resultar cierta la
“dinámica constitutiva del Imperio”, fenómeno
hacia donde potencialmente propende a orientarse la maduración de las
contradicciones capitalistas –según su postura-,
posteriores a la etapa imperialista que consideran agotada y en
vías de superación, el modo de producción capitalista
maduro, de nuestro actual tiempo histórico, habrá ingresado a una
fase nueva y postimperialista en la hegemonía mundial
del capital que padecemos. Pero vayamos por
partes. ¿Cómo caracterizó
Lenin al imperialismo? Para el autor del ¿Qué hacer? y
del opúsculo El imperialismo fase superior del capitalismo, el
imperialismo se compone dominantemente de 5 rasgos que son el resultado y a la
vez el efecto del contradictorio desarrollo evolutivo de la expansión
capitalista: uno, el imperialismo se caracteriza por la concentración
de la producción y los capitales expresada en la
creación de los monopolios, los cuales estaban llamados a
desempeñar un papel decisivo en la economía; dos, por la
fusión del capital bancario con el industrial y la
formación, con base en ello, de la oligarquía financiera;
tres, la subsecuente exportación de capitales que sucede a la
inicial dinámica capitalista consistente en la de exportación
de mercancías; cuatro, la formación de asociaciones
capitalistas internacionales como los carteles, los trusts y
los sindicatos empresariales, antecedentes de la actual
conformación de las empresas transnacionales; y cinco, la
terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias
capitalistas[3]. Una
notoria diferencia entre el capitalismo de “libre
competencia” y aquel derivado de la maduración de la etapa
imperialista, radica en que, para el primero, las empresas
industriales y los bancos constituían unidades
separadas entre sí, mientras que ya para el periodo
imperialista generalmente la industria depende de los bancos o
viceversa, lo que significó desde el propio momento constitutivo
del imperialismo, a partir de la fusión de los capitales bancario e
industrial un mucho mayor poder de control sobre la economía. Por
tanto, un rasgo esencial y definitorio del imperialismo consiste en la fuerte
monopolización de la economía. Los monopolios, así,
se convierten en un dato central, estratégico debiéramos decir
aquí, de la economía imperialista bajo sus tres
modalidades: carteles, trusts y sindicatos. Precisamente por eso,
el imperialismo supone el reparto del mundo entre los capitalistas
más poderosos. Y esa tarea de hegemonía y
expansión, ha sido posible por la permanente política de
agresión, injerencia e intervencionismo de los estados
nacionales de mayor desarrollo económico e industrial, merced al recurso
de las armas y la guerra, en contra de las naciones subdesarrolladas y
dependientes como en el caso de Latinoamérica. En la
relación entre occidente y la periferia del mundo hoy
globalizado bajo la lógica de la actual integración
subordinada en un marco de formal multilateralismo, la
agresión primera fue la colonial y, posteriormente, la
específicamente capitalista en su modalidad imperialista
también denominada como neocolonial. De tal vínculo
perverso, las naciones primero conquistadas y después constreñidas
al amorfo desarrollo desigual y combinado, las asimétricas
relaciones de intercambio resultantes no podían ser otra cosa que una
clara constatación de las relaciones de superexplotación
entre las metrópolis imperialistas y el mundo del subdesarrollo
económico capitalista impuesto. ¿Cómo se expresa esta
superexplotación? Lo estudió muy bien, por ejemplo, en su
momento, la teoría de la dependencia latinoamericanista: merced
a la circulación internacional de flujos crecientes de plusvalía
internacional transferida desde el mundo periférico donde se han obtenido
y generado, a las naciones centrales industrialmente desarrolladas y que han
valorizado en su favor. Para ello, ese círculo infernal
permanentemente vicioso, se ha valido de innumerables procedimientos entre los
que cabría resaltar superlativamente aquel que tiene que ver con las
políticas de permanente endeudamiento con el exterior de naciones
como México, sujeta a criterios de préstamos leoninos que
una vez que elevan los intereses por tal concepto, determinaron las
recurrentes etapas de la espiral de endeudamiento permanente latinoamericano,
africano, asiático, etc., respecto de los EUA, Japón o
Europa, por cierto, impagable.
4. El balance de la teoría leninista en sus
alcances y
límites¿Cómo evaluar
–nos preguntamos- a la teoría leninista del imperialismo y con ella
a la de los clásicos del marxismo? En principio y no obstante la
brevedad de su
opúsculo[4], como la
más avanzada de su época. Lenin tuvo la enorme cualidad, al
lado del gran formador del ejército rojo, Trotsky, de
madurar una correcta concepción teórica y revolucionaria en
lo esencial colocada a la altura de su tiempo histórico, que fue capaz de
ir mucho más allá de las teorías burguesas del
imperialismo, que las hubo como la de Hobson y que las hay
todavía hoy, aunque de cortos alcances y propósitos justificadores
del sistema. En ese trabajo, que no podríamos dejar de conocer, para
poder responder a la cuestión referida a sí, con la actual etapa
del capitalismo maduro contemporáneo, colocados desde el umbral
del siglo XXI, nos encontramos todavía inmersos en la etapa
imperialista clásica o, por el contrario, ante la dinámica
constitutiva del Imperio, según lo han postulado Negri y
Hardt, es preciso puntualizar unas cuantas cosas. Si se recuerda, en su
trabajo sobre el imperialismo Lenin observó los nuevos
fenómenos que comportaba el desarrollo del capitalismo desde antes de que
estallara la Primera Guerra
Mundial[5]. Reveló y
analizó los rasgos peculiares de la época del imperialismo,
siguió con atención las que eran entonces las más recientes
publicaciones acerca del capitalismo de ese momento, estudiándolas
profundamente al empezar la guerra. También analizó en sus
aspectos cardinales la fase monopolista de desarrollo capitalista. Por
ejemplo, los materiales preparatorios para su opúsculo, ocuparon cerca de
50 pliegos de imprenta y contienen extractos de 148 libros (106 en
alemán, 23 en francés, 17 en inglés y 2 traducidos al ruso)
y de 232 artículos de la época. Su libro fue publicado a mediados
de 1917 en la alborada misma de la Revolución de Octubre bajo el
título ya casi hoy olvidado de El imperialismo, novísima etapa
del capitalismo (esbozo popular). El opúsculo, se escribió
entre enero y junio de 1916 en Zurich, durante los prolegómenos de
la revolución rusa. Es evidente,
entonces, la importancia de la obra y su carácter avanzado
para el tiempo en que fue escrita, así como el papel esclarecedor
que tuvo. Sus avances teóricos y los elementos sustantivos que Lenin
ubicó como propios de la dinámica evolutiva y contradictoria
del capitalismo, estaban soportados en los fenómenos empíricos que
habían conducido a la Primera Guerra Mundial que, por entonces,
todavía no finalizaba y que, más tarde, condujeron a Rosa
Luxemburgo desde la prisión, a sostener en su valioso ensayo sobre
La revolución rusa que “el producto más importante
de la primera guerra mundial de 1914-1918, había sido la
Revolución Rusa”[6].
Más tarde, también Trotsky postularía, congruente
con esa posición, que la revolución había sido posible
porque “la cadena imperialista se había roto en su
eslabón más débil”. Pero la teoría
clásica del imperialismo de Lenin, como toda creación humana,
entraña también defectos y limitaciones que explica los debates
que desató, incluso entre los clásicos del marxismo de su
época. Probablemente, la más seria limitación de su
construcción teórica, sea el hecho, todavía hoy
controvertido para muchos, de que la teoría de Lenin, strictu sensu,
no es una teoría marxista en rigor. ¿Por qué?
Fundamentalmente porque, si bien desde el punto de vista marxista, el
imperialismo se considera como una forma política y una suerte de
ideas que emergen de un determinado nivel tecnológico y de la
estructura económica adecuada a un cierto nivel de desarrollo en las
fuerzas productivas entre los diversos estados nacionales, en Marx
no sólo no hay una teoría del imperialismo capitalista
propiamente definida como tal, sino que sus reflexiones a propósito de lo
que aquí nos ocupa, surgieron, en todo caso, de su teoría del
desarrollo capitalista, teoría ésta que sí existe y que
logró madurar al seno de El capital y el capítulo sexto
inédito. De manera tal que, la teoría de Lenin sobre el
imperialismo, más que marxista, si se me dispensa la obviedad
aquí, es leninista pero no marxista, porque no podía serlo, simple
y sencillamente hablando porque no hubo teoría del imperialismo en
Marx. De ahí dimana, la sorprendente ausencia, en Lenin, de la
teoría marxista del desarrollo de Marx en su construcción
teórica, que no sabemos, bien a bien por qué Lenin no
incorporó en su sustantiva reflexión sobre el imperialismo. Esa
ausencia, supuso que el opúsculo leninista no recogiera como dato de la
etapa imperialista, el tránsito de la producción de
plusvalía absoluta a la relativa que, como sabemos, formó
parte de la teoría del desarrollo capitalista de Marx y que lo
hubiera conducido, esclarecedoramente, al establecimiento de la toral
distinción entre subsunción formal y real del trabajo al
capital. Mucho del debate que vendría después entre los
epígonos de Marx (Kautsky, Lenin, Rosa, Bujarin, Hilferding, et al)
dimana de esta cuestión y dispone de pesadas implicaciones
teóricas y políticas que por razones de espacio y tiempo no
podemos abordar aquí, pero que nos importan para sostener la
naturaleza imperfecta y desnivelada de la teoría
leninista. En todo caso, lo que sí
desarrolló Marx, sometido a la limitación del tiempo que le
impidió concluir su pesada obra teórica y revolucionaria, fue una
teoría que preparó las teorías del imperialismo
inspiradas en él que vendrían después. Su idea
central, al respecto, es que el capitalismo contiene por naturaleza una
fuerza expansiva: la producción de capital para producir
más capital. Y esto significaba que, a diferencia de las estructuras
económicas basadas en la esclavitud, en la propiedad de la
tierra como en el feudalismo, o incluso en el capital
mercantil que fuera fuertemente cuestionado por Adam Smith en su
crítica del mercantilismo, las estructuras basadas en la
propiedad del capital industrial tienen que ampliarse o morir. Por
eso Marx sostuvo, en su máxima obra económica, que “el
capital no puede existir sino a condición de revolucionar insistentemente
la producción”. Como incluso hasta Schumpeter lo pudo
observar, antes de mediados del siglo XVIII sólo había
“islotes de economía capitalista en medio de un océano de
economía de pueblos y ciudades”. Por eso el capitalismo, desde
que nace, se expande sin cesar hasta arribar a su actual medida
geopolítica planetaria de sus relaciones sociales de
producción y dominio que sólo podrán romperse con la
revolución socialista que hoy, justo cuando muchos ya no la
reflexionan, es más necesaria que nunca antes en su específica
dimensión internacional. Además, de los trabajos postreros del
viejo Marx se desprende claramente que él no esperaba que pasara
demasiado tiempo antes que se desarrollaran las colonias como entidades
propiamente hablando capitalistas. Pero esto fue justo lo que no
ocurrió y tendremos en un futuro próximo que discutir, por
ejemplo en éste Taller de Construcción del Socialismo, las
consecuencias de este hecho tuvo para la teoría de Marx sobre el
colonialismo y, desde luego también, en el momento
histórico marcado por lo que algunos latinoamericanistas
académicos han dado en llamar la etapa del capitalismo del tiempo
histórico signado por el proceso de descolonialización.
Aquí tampoco podemos abundar demasiado sobre la materia.
Lo importante, radica en destacar que, en su
lugar, ocurrió un desarrollo hipertrofiado de capitalismo del
subdesarrollo y la dependencia económica estructural que si
bien sirvió a la lógica de reproducción sistémica
mundial para desarrollar a las economías del capitalismo
temprano, en general, coadyuvó decisivamente en la
producción y reproducción del subdesarrollo en los
países del capitalismo tardío. Esto significa también,
por qué es tan consistente la hipótesis que sostiene que fueron
precisamente las economías subdesarrolladas las que financiaron
–e hipotecaron su desgraciada suerte histórica- en el desarrollo
de las metrópolis centrales, mientras que accedieron a una modalidad
de capitalismo incapaz, por razones históricas y estructurales, de
desarrollarse. Todo lo anterior me conduce a refutar el planteamiento
leninista de que el imperialismo sea la “fase superior del
capitalismo”, sino en todo caso, un periodo intermedio de
él. Pero el error de apreciación de Lenin, comprensible para su
tiempo en medio de luchas feroces, se agravó cuando como producto de la
perversión estalinista, miles de luchadores en las filas del
socialismo, terminaron como militantes de la feligresía del pseudo
marxismo burocrático –y en parte también por el
reformismo socialdemócrata reactivo a él-, convirtiendo una
afirmación de circunstancia del líder bolchevique,
en un auto de fe inamovible propio de las escuelas de cuadros
estalinianos que tanto daño han hecho en América Latina y el
mundo entero para la causa de los trabajadores en lucha. El valor del
leninismo, corriente de la que no formo parte pues me identifico en todo
caso con la corriente del comunismo de los consejos y las definiciones
autogestionario-confederales, está colocada, sin duda, mucho, pero
mucho muy por encima de los loros doctrinales del manual estatólatra
estalinista. En el anterior sentido,
coincido con la tesis que el materialista histórico
geográfico, David Harvey, recoge en su estimulante trabajo
El nuevo imperialismo[7],
cuando haciéndose eco de una afirmación que Hanna Arendt postula
en un importante trabajo suyo, en el sentido de que “el imperialismo
surgido hacia finales del siglo XIX fue, “más que la última
etapa del capitalismo, la primera etapa de verdadero dominio político de
la burguesía”[8].
Esto significa que, si el imperialismo capitalista clásico que
conoció la historia del siglo XX, quedó definitivamente emplazado
entre los años de 1870 y 1945, momento en que los acuerdos de
Yalta re definen el mapa geopolítico del mundo de la bipolaridad
tras la segunda posguerra, en función a la nueva correlación de
fuerzas, el desplazamiento histórico de Inglaterra, será llenado
por ese “nuevo imperialismo” al que alude Harvey ya bajo
comando y dominio absoluto del capitalismo norteamericano como dato
episódico esencial de ese momento histórico especialmente
importante[9].
5. El debate entre la tesis del imperialismo y la del
ImperioCon lo dicho hasta aquí, que
ha sido bastante, aunque no hallamos podido abarcar el conjunto de un tema que
es oceánico como el del imperialismo, sin embargo podemos ya
entrar a un pequeño conjunto de cuestiones sobre este debate
esencial e inconcluso todavía, que sigue en la palestra de la
discusión mundial desde el año 2000 en que Imperio
aparece como un eficaz revulsivo contra el anquilosamiento teórico
en que se encontraban algunas corrientes del marxismo ortodoxo, muchas de
las cuales todavía hoy viven paralizadas ante el derrumbe de los siempre
mal llamados “países socialistas” del pasado y la
maduración de la en mi opinión (cosa en la que coincido con
Negri y Hardt) nueva fase capitalista actual, que sin rigor se ha
definido por muchos como globalización y que, con la controversia
que Imperio desató puedo afirmar convencido que ha servido, por lo
menos, para agitar el avispero de las múltiples posiciones que se han
visto obligadas al pronunciamiento respecto de este trabajo señero propio
del pensamiento crítico. Ya este solo hecho, ha tenido una
implicación fecunda, porque movilizó la
reflexión, desgarró las telarañas doctrinales de
algunos en un debate no siempre constructivo y en no pocos casos condujo a la
confrontación de visiones entre posiciones diametralmente opuestas al
seno de la izquierda internacional. A
diferencia de quienes tras leer Imperio, han preferido por señalar
la necesidad de retomar la teoría clásica del imperialismo
en forma creativa, suponiendo que de ese modo se encontrarán desde un
mejor y más consecuentemente revolucionaria postura, para rendir cuenta
explicativa de la compleja realidad en el presente del mundo, me cuento entre
quienes afirman la necesidad de ir más allá de ese acerbo. Las
razones asociadas a ello, en el ámbito de la izquierda intelectual
con vocación práctica y militante, arrancan del hecho de
que la naturaleza del capitalismo mundial ha sido sometida, aparencial y
esencialmente, a una compleja metamorfosis que difícilmente
devendrá vulnerable frente a las múltiples falencias de la
izquierda internacional. La importancia de una correcta
comprensión del presente capitalista, para una perspectiva
genuinamente comunista y libertaria, tiene que ver íntimamente con
el hecho de que, si no se analiza con corrección al capitalismo que
pretendemos destruir, difícilmente estaremos en condiciones de
arribar a la necesaria síntesis programática que
posibiliten poner, de nueva cuenta, en el tapete de la constatación
empírica, la actualidad de la revolución socialista en el
umbral del siglo XXI desde donde intentamos leer el presente. Todos nosotros
aquí, quisiéramos y deseamos que la revolución
socialista, de nueva cuente, esté a la orden del día. Pero
como bien lo decía Lenin, “los deseos no son argumento
político”. La vigencia y la actualidad de la revolución
serán sólo posibles, si la izquierda socialista internacional se
pone al día, deviene autocrítica de sus graves
errores y limitaciones del pasado y persevera en su afanado aunque
frecuentemente fallido ejercicio de organización para la lucha, junto con
el conjunto del proletariado en y desde la escena de la confrontación con
el capital, en la lucha de clases. En este sentido, la mayor parte de las
críticas a que he podido acceder sobre Imperio (que no son pocas),
aún cuando puedan en varias de sus expresiones tener un conjunto de
componentes extraordinariamente sugerentes ante las propias limitaciones que
Imperio también me consta que detenta, me parece que casi todas
ellas están muy por debajo del esfuerzo intelectual y la enorme
obra de síntesis paradigmática que Negri y Hardt ensayaron
con su importante y controvertido trabajo que es, en sí mismo, todo un
original y relevante producto teórico derivado del examen
crítico de la realidad
contemporánea. El argumento que permea
al conjunto del largo manuscrito de Imperio, compuesto de 432
páginas, cuatro partes y 18 capítulos, constituye -en sí-
un aleccionador recorrido por múltiples problemas del capitalismo
contemporáneo y que, partiendo de definiciones de fondo a
propósito de cómo demonios comprender la constitución
política del presente; de cuáles son los rasgos decisivos
sobre lo que sus autores denominan las transiciones de la
soberanía; así como la compleja mudanza experimentada por los
paisajes de la producción capitalista postrera a la tercera
revolución científico-técnica, se propone culminar su
extensa, rica y compleja formulación en el análisis de la
dinámica constitutiva del Imperio, pero contemplada desde una
formulación heterodoxa que conserva pautas esenciales de la
concepción materialista de la historia, para definir al Imperio
potencialmente en vías de constitución, según lo
entiende el de la voz, para proyectar una reflexión, a juicio de sus
signatarios, sobre lo que será, una vez constituido el Imperio, su
ulterior decadencia y caída junto con el capitalismo mismo. Este
solo hecho afirma mi convencimiento y justificación de que Imperio
es una obra trascendental. Me parece que, a diferencia de los
detractores de Imperio, podemos afirmar que éste trabajo
está llamado a colocarse, definitivamente, como una muy relevante obra
filosófico-política de nuestro tiempo y a marcar toda una
época de reflexión intelectual para la izquierda. De
nosotros dependerá su fecundidad. En especial, para esa izquierda que
lucha y aspira al socialismo aquí y ahora. Ha sido tan
generalizado aunque controvertido su impacto, que la polémica que ha
desatado ha sido mundial y, en América Latina, aunque un poco
tardíamente, se instaló con una virulencia e importancia para nada
menores. De ahí que la dilucidación acerca de sí nos
encontramos ahora o no, ante la dinámica constitutiva del Imperio (que es
mi interpretación y no la postura de sus autores quienes parecieran
convencidos en que el Imperio ya fraguó, cosa que dudo), sea el verdadero
“eje cartesiano” de la cuestión y el debate. La mayor parte
de los críticos de Imperio, han descalificado la obra por su poco
o nulo apego a las “sagradas escrituras del marxismo”,
reparando casi nada en lo poco o mucho que el libro logró iluminar.
Imperio, lo digo enfáticamente, no es el programa del nuevo
partido comunista que algunos quisieran encontrar en él. No.
Máxime cuando nos encontramos en un tiempo histórico en que para
muchos las formas emancipadoras del presente hacia el devenir, muy
dudosamente, serán posibles bajo las convencionales modalidades
partidarias y organizativas del pasado. Puede estar muy bien que
Imperio no guste a la izquierda dura y a muchos
compañeros socialistas revolucionarios. Pero me parece torpe, para
decirlo suavemente, que se esperara de un trabajo de reflexión
filosófico-política la explicitación programática
del devenir en la lucha de los trabajadores. Ninguna obra
filosófica de Marx, por ejemplo y sea dicho ello de paso, tuvo el
impacto y la importancia político militante concreta que el
extraordinario Manifiesto del partido comunista de 1848 logró
detentar. Vamos, ¡ni siquiera El capital la tuvo, y eso que es
un libro de economía política rebelde y revolucionario! Por
eso disiento de Slavoj Zizek, que en la cuarta de forros de Imperio se
despachó con la cuchara grande al decir excesivamente que
“Imperio es una re escritura del Manifiesto del partido comunista desde
la perspectiva de nuestro tiempo”. Me parece que, para comprender la
obra, no hay que pedirle peras al
olmo. En términos muy apretados,
debo decir aquí que, con total independencia de sus autores, su trabajo
no pertenece al género del Manifiesto. Lo que no obsta para
afirmar que, con Imperio, estamos ante una obra monumental de
filosofía política contemporánea por sus reales
propósitos y sus alcances concretos; de un trabajo complejo y erudito
resuelto a sacudirse la polilla del lenguaje ortodoxo y
convencional; escrito sobre la base de una profusa documentación que
obliga, sin embargo, a una lectura lamentablemente en mucho
iniciática y que corre el riesgo de que con él ocurra lo
que ya aconteció antes con la trascendental obra de Michel
Foucault en el paisaje de la izquierda militante latinoamericana:
que no se lo comprenda. Con Foucault, después de los 30
años posteriores al conocimiento de sus primeros trabajos de relevancia
para el pensamiento crítico y revolucionario, mucha de la izquierda
latinoamericana todavía no lo entiende o no le entra; le cuesta trabajo
deglutirlo y, apenas algunas honrosas expresiones plurales de la
izquierda revolucionaria, empiezan a reconocerlo como el gran y extraordinario
pensador que fue en la lucha contra todas las expresiones de la
microfísica del poder. En lo personal, afirmo que con
Imperio, estamos ante una bella obra de construcción
lingüística por la pasión utópica que
recorre a este trabajo de principio a fin y por el amor a la humanidad que
refleja su complejo ejercicio de síntesis epocal. Y en ello, no se
hipoteca nuestra ponderación crítica que debe desarrollarse sobre
sus aciertos y errores que también contiene como producto de la
inteligencia humana. Pero dejemos las flores y vayamos a la almendra
racional de su tesis
central. Imperio, en realidad, sugiere
que la actual etapa del capitalismo está marcada por la
conclusión de la era del imperialismo (tesis fuerte), tal y como
fue denunciado con tino por los clásicos, en tanto que proceso expansivo
de la persecución capitalista para apoderarse, con su rapiña, de
territorios y mercados geopolíticamente importantes para la
reproducción ampliada del sistema a escala mundial. De esta tesis
se desprende la afirmación constitutiva del Imperio. Lo que supone
es que ya no estamos inmersos en el tránsito evolutivo del imperialismo,
sino en otra cosa diferente, que da por descartado que sea una tendencia o una
característica propia de la fase superior del capitalismo e, inclusive,
del imperialismo mismo. El imperialismo pertenece, para sus autores, a la
modernidad, mientras el Imperio, es un dato que se ubica en la
mundialidad posmoderna del capitalismo. El punto axial de la
formulación, estriba en la conexión existente entre el Estado
nacional y el derecho internacional en relación con los
mercados y la configuración de la propia realidad. Las contradicciones
que observa y la disminución en la importancia relativa con respecto a lo
que era o todavía es la soberanía de los viejos estados
nacionales que tenderán, gradualmente, hacia su desintegración
en favor de otra soberanía, la despótico imperial
que ya se anuncia como potencial o en ciernes. Por eso es incorrecto, que se
identifique a la obra como una postura acomodada en la
globalización que controvierte, pues el Imperio, contra lo que
creyeron comprender sus detractores y malos lectores, no es algo mejor,
sino mucho peor que el peor de los imperialismos y esto obliga a
profundizar los esfuerzos de la lucha contrasistémica vía la
multitud, que no sustituye al proletariado revolucionario en la
tarea, sino que lo incorpora con muchas otras expresiones fragmentadas
del trabajo social precarizado y con fuerte presencia del trabajo inmaterial,
que imagina a pensar de otro modo la resistencia y la ofensiva
antisistémica. Pero no se crea que
Imperio es idéntico a la hegemonía de los Estados
Unidos[10]. Este Estado y su
gobierno es sólo un factor importante del Imperio, pero no marcha
en solitario, sino que está sometido a una aguda competencia
financiera, tecnológica y política que, si bien aún detenta
el dominio militar que no es un detalle menor, por cierto, sino uno
particularmente relevante, empero está llamado a obligársele a la
constitución mancomunada de un nuevo poder mundial del capital, mediante
el no-lugar que es en todas partes. De manera que por Imperio, sus autores
entienden una cosa muy precisa: una transformación de la soberanía
de los Estados-nación hacia una entidad superior. Eso significa que la
estructura del Imperio está fraguando condiciones de reproducción
geoestratégica de la hegemonía mundial capitalista renovada,
específicamente distinta a aquellas que fueron prototípicas de la
edad de oro de los viejos estados nacionales. De esta suerte, el proceso que ha
conducido a la gestación en ciernes del Imperio está, realmente,
sustentado en fenómenos contradictorios. Como dirá Negri:
“Se producen en un mismo tiempo, en las luchas que las clases obreras
de los países desarrollados han impuesto al capital, hasta volver la
reproducción del sistema imposible a escala
nacional”[11]. Señalado
lo anterior podemos afirmar que, por lo dicho, Imperio ha sido
presentado, para los suscriptores tanto de su encuadre epistemológico, su
edificio categorial y su metodología de investigación, pero sobre
todo por sus conclusiones, como un trabajo que ha devenido en una suerte de
Biblia del nuevo movimiento antiglobalizador. Dicha postura, sea
dicho ello de paso, contrasta rotundamente con el también muy amplio
posicionamiento crítico que los detractores de Imperio han formulado
tanto correcta como incorrectamente, según mi opinión, que
iré desgranando en intervenciones ulteriores. Lo relevante aquí,
amén del fecundo debate que Imperio desató, estriba en discutir la
recepción que la obra ha tenido, cuanto en las controversias que ha
propiciado por demás apasionantes. El solo hecho de que Imperio se
colocara tan rápidamente como un sonado éxito editorial,
que debe sorprendernos por las complejidades de una lectura que no corresponde
con el perfil de los best sellers convencionalmente entendidos, hace que
la amplia difusión de Imperio configure un fenómeno inusitado, por
mucho que los críticos del texto lo atribuyan a una postura convergente
con el desorden capitalista globalizado, argumento en el que no creo y que me
parece desorbitado. Aparecido en el año 2000, primero en Estados Unidos,
después en Francia y finalmente en Italia en 2002, para después
publicarse en todo el mundo, con sus primeros tirajes combinados durante los
primeros tres años de existencia, habían logrado la venta de
más de 500 mil ejemplares. Traducido a
muchas lenguas que abarcan incluso al chino y al árabe,
Imperio ha sido descrito por medios conservadores como The New York
Times, como la obra teórica más importante de la última
década, cuestión ésta que ha sido pasto seco para incendiar
la pradera de la polémica en derredor suyo. Ciertamente, la
afirmación resulta irónica. Máxime, cuando caemos en cuenta
que los autores de Imperio sostienen haber perseguido la actualización
nada menos que del Manifiesto del partido comunista y que como ya dijimos
antes, no es el caso. Si esa fue su intención, es evidente que fracasaron
rotundamente, pero a cambio nos legan una obra inestimable para atizar la
reflexión y el debate, en tiempos en que se precisa mirar las cosas desde
perspectivas hasta ahora prácticamente inensayadas. Pero más
allá de interpretaciones ideológicas de Imperio, podemos sostener
aquí que la obra ha logrado articular el más ambicioso esfuerzo
por comprender la nueva realidad geopolítica mundial postrera al derrumbe
del Muro de Berlín y a la desintegración de los siempre mal
llamados “países socialistas” del pasado. De manera
que Imperio explora profusamente, de manera sugerente, y al tiempo de forma
controversial, la nueva configuración capitalista madura
que es la resultante y el efecto más acabado de la
globalización neoliberal, erigida por el mando despótico
del capital como la hegemonía contemporánea del rampante
neoliberalismo económico en boga, aunque ya seriamente cuestionado en
todo el mundo por la creciente pulsión social que amenaza con
insurreccionarse a escala planetaria, merced a “la Multitud”
que yo prefiero definir como el “nuevo proletariado”.
Mí crítica principal a Imperio tiene que ver con que, a diferencia
de Hardt y Negri, yo no creo que el Imperio halla logrado constituirse ya, sino
que en la actualidad es una posibilidad potencial que, para su real
configuración hegemónica, dependerá más de
factores político subjetivos que todavía no se han
consolidado plenamente, pero que potencialmente están ahí pujando
por surgir a la palestra de la nueva y compleja realidad geopolítica
internacional. Este hecho, quedó rotundamente ratificado por la
segunda guerra del Golfo Pérsico y las contradicciones
económico-políticas entre las economías industrialmente
avanzadas y la desaparición de facto de la Organización de las
Naciones Unidas (que parecen ratificar la tesis de la nueva soberanía
global ante los viejos Estados nacionales aún existentes pero
redefinidos) y controlada por la principal potencia imperialista que se
expresa en la sustantivación del poder hegemónico militar de
los Estados Unidos en solitario, con grandes contradicciones que se
recrudecerán todavía más con el tiempo, por ejemplo, ante
la Comunidad Económica Europea, Japón y el
inquietante e imparable resurgimiento de la China
“postcomunista”. Este es el debate. No soy
árbitro. Que cada quién vele sus armas y que adopte su postura
entrándole a una de las más sustantivas reflexiones sobre nuestro
convulso entorno contemporáneo. Comprender la cosa, deducir sus
implicaciones, traducirlas en el acto y los perseverantes procesos de lucha
político-militantes necesarios por doquier, a través de la
construcción de nuevas formas de organización y lucha, por
métodos pacíficos y violentos según sea el caso,
desde un encuadre de profunda articulación de tácticas de
la estrategia revolucionaria anticapitalista, será el principio de
una gesta que re coloque, de nuevo, contra el capitalismo, a la alternativa
socialista autónoma y autogestionaria de corte confederal, que tanto
requiere la lucha por la emancipación desde el mundo del trabajo.
En todas partes y como uno solo, para volver a poner en el orden del
día la tremenda vitalidad y la enorme vigencia de la
revolución socialista como necesidad, en el espacio que con el
nuevo siglo XXI ha quedado abierta. La obra de Negri y Hardt, es materia prima
perfectible de este reto y es, apenas, el comienzo de una nueva obra de
síntesis revolucionaria, colectiva y plural, a favor de la
emancipación de los trabajadores y dentro de la cual, sin duda, el
viejo topo de la historia, Carlos Marx, también
tendrá su sitio. Que no nos quepa ni la menor duda
¡Venceremos!
[1] En 1776 aparece la primera
gran obra del liberalismo económico: La riqueza de las naciones.
Más tarde la corriente económica clásica liberal
ampliará su acerbo de autores, con los trabajos de David Ricardo,
Thomas Malthus, John Stuart Mill, etcétera. Con fundamento en el
desarrollo de las ciencias naturales, la economía clásica
inglesa creyó encontrar leyes que funcionaban en las sociedades,
tales como la de la oferta y la demanda, cosa en la que se equivocaron de
enfoque y encuadre, diríamos nosotros siguiendo a Marx
aquí, de manera rotunda. [2]
Vid. El siglo de la hegemonía mundial de Estados Unidos (Guía
para comprender la historia del siglo XX, muy útil para el XXI).
Editorial Itaca, México,
2004. [3] El cartel, es la
colaboración entre varias empresas que producen lo mismo, para limitar la
competencia. Acostumbró pactar acuerdos en materia de precios,
condiciones de trabajo y mercado, pero manteniendo la independencia de cada
empresa. Por su parte, los sindicatos empresariales, buscaban que las
empresas que formaban parte del sindicato disolvieran su independencia comercial
en la venta de sus productos, aunque conservando su independencia productiva y
jurídica. A su vez, el Trust, aludía a una
asociación entre empresas que, produciendo lo mismo, maduraban sus
alianzas tratando de concentrar todo el poder de su alianza, en un número
cada vez menor de personas. [4]
Que después sería complementado por el propio Lenin con
reflexiones de más largo
aliento. [5] Hay que decir que la
Primera Guerra Mundial constituyó el ejemplo clásico de
la guerra imperialista. Los bloques aliados que se enfrentaron entre
sí apelando al más cínico chovinismo patriotero,
lograron arrastrar a las respectivas clases obreras nacionales a
enfrentarse consigo mismas, engañadas por el encubrimiento capitalista
sobre los propósitos de expansión imperialista que se
dirimía para controlar territorios y recursos a favor de las distintas
facciones alineadas, en un caso en la Triple Alianza (Austria,
Alemania e Italia), y, en otro, en la EntenteInglaterra, Francia
y Rusia, con el concurso tardío de los EUA), ésta
última a la postre victoriosa, con más de 10 millones de muertos
de ambos lados sólo en
Europa. [6] La revolución
rusa. Rosa Luxemburgo. Editorial Grijalbo, México
1982. [7] David Harvey. El nuevo
imperialismo. Editorial Akal, Madrid
2003. [8] Hanna Arendt.
Imperialism. Nueva York, Harcourt Brace Jancovich, 1968, p.
18. [9] No he abordado aquí,
a propósito, la trascendental tesis Luxemburguista en su debate
con Lenin, consistente en la necesidad de un entorno no
capitalista para la reproducción del imperialismo capitalista.
Sobre todo, si se advierte que, en el contexto de las recurrentes crisis de
sobreproducción a que conduce el ciclo económico,
implicaba el argumento de dar salida a la exportación de
mercancías más allá del mercado interno nacional. En este
caso, como en el de las formulaciones de Bujarin y Hilferding, la
dictadura del tiempo imposibilita su abordaje como lo merecería la cosa,
pero lo haré con mucho gusto, en una posterior sesión del
TACOSO. [10] En este
punto, no obstante las notorias diferencias en la caracterización de la
etapa capitalista, David Harvey parecería coincidir en la tendencia
menguante del viejo imperialismo norteamericano, hoy representado en la figura
presidencial republicana de Baby Bush Hitler en los EUA. Afirma: “La
situación interna de Estados Unidos durante 2002 fue en muchos aspectos
la más lamentable en muchos años. La recesión iniciada a
comienzos de 2001 (intensificada por los acontecimientos del 11 de septiembre)
no parecía tener fin. El desempleo crecía y la sensación de
inseguridad económica era palpable. Se amontonaban los escándalos
contables e imperios empresariales aparentemente sólidos se venían
abajo literalmente de un día para otro. Los desbarajustes contables
(así como la corrupción palmaria) y los fallos de
regulación desprestigiaban a Wall Street, y las acciones y otros activos
se hundían. Los fondos de pensiones perdieron entre una cuarta y una
tercera parte de su valor (cuando no desaparecieron totalmente, como en el caso
de las pensiones de los empleados de Enron) y las perspectivas de
jubilación de la clase media se veían seriamente dañadas.
La sanidad era un caos y los supeávit de los gobiernos federal, estatales
y locales se evaporaban rápidamente, mientras los déficit
comenzaban a hacerse cada vez mayores. La balanza por cuenta corriente con el
resto del mundo iba de mal en peor, convirtiendo a Estado Unidos en el
país más endeudado de todos los tiempos. Las desigualdades
sociales venían creciendo desde hacía tiempo, pero la
obsesión del gobierno por el recorte de impuestos parecía amenazar
con aumentarlos mucho más. Se estaba desmantelando la protección
del medioambiental y se constataba una tenaz resistencia a volver a imponer
marco regulador alguno a pesar de las pruebas evidentes del fracaso del
mercado”. ¿Este es el “imperialismo más poderoso”
de la actualidad, nos preguntamos socarronamente? Vid. David Harvey, op. cit,
p.29. [11] Antonio
Negri. Del retorno. Abecedario biopolítico. Editorial
Debate, Argentina 2003, p. 60. |