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LA ACTUALIDAD DE LA REVOLUCIÓN
EN EL UMBRAL DEL SIGLO XXI Y EL DEBATE ENTRE IMPERIO O IMPERIALISMO

Alfredo Velarde


“La historia posee una lógica sólo cuando la subjetividad la dirige, sólo cuando (como decía Nietszche) la emergencia de la subjetividad reconfigura causas eficientes y causas finales en el desarrollo de la historia. El poder del proletariado consiste precisamente en eso”

(Michel Hardt y Antonio Negri en Imperio)


1. Introducción

Deseo en la presente sede ofrecer una reflexión que nos permita situar, al seno de este Taller de Construcción del Socialismo (TACOSO) por qué el concepto de revolución, precisamente en el umbral del siglo XXI en el que nos encontramos, es un concepto actual, perfectamente vigente y tremendamente necesario para el pensamiento crítico y la acción de lucha militante de la izquierda radical que identifica correctamente al marxismo crítico y consecuente como una poderosa herramienta científica y revolucionaria para comprender el mundo y para persistir en lucha contra el capitalismo, en un momento signado por el abandono claudicante y la confusión de parte de muchos ex socialistas arrepentidos, del proyecto emancipador socialista-libertario –como prefiero denominarlo yo- y concebido como la única alternativa cierta existente frente al agresivo avatar capitalista contemporáneo así como a su hegemonía de explotación y opresión mundial globalizada tanto en el plano de la economía, como para la política, la sociedad y la cultura de este complejo momento histórico de la lucha de clases internacional.

Se me ha pedido un razonamiento que nos permita problematizar aquí, desde nuestra óptica de la cuestión, cuál es nuestra postura respecto al fecundo debate que la publicación del libro Imperio de Michael Hardt y Antonio Negri, abrió desde su aparición pública misma en el año 2000. A partir de entonces, una plétora de autores, desde múltiples ópticas interpretativas, ha desarrollado sus respectivos esfuerzos de análisis tomando como marco teórico general esta compleja, muy relevante y poliédrica obra del pensamiento crítico contemporáneo. Un primer señalamiento que desearía hacer a propósito de Imperio, tiene que ver, por eso, con algo sobre lo que abundaré más adelante, pero que ya, desde ahora, debe ser incorporada a nuestra reflexión inicial. Es decir, si hoy existe una razón que explique por qué Imperio ha levantado tanta polvareda, es porque la fusión híbrida y de síntesis innovadora de pensamientos y perspectivas que condensa y ensaya la dupla Hardt-Negri, resulta inusual y por eso mismo controvertida. De ahí sus sorprendentes resultados que a muchos gustaron tanto, pero que a otros muchos, también, los ha conducido a un conjunto de respuestas que se han movido desde el escepticismo y la duda frente a la tesis central que Imperio hizo suya y sus conclusiones, hasta el franco rechazo que desde diversas expresiones de la izquierda han planteado, por ejemplo, la naturaleza extra marxista de su caracterización del capitalismo contemporáneo y de la mundialización globalizada de las relaciones sociales que lo significan en nuestro tiempo actual. Trataré de apuntar algunas cuestiones que permitan discutir estos asuntos.


Pero decirlo así, no permite tampoco comprender mucho sobre por qué la herencia marxista que en múltiples planos de Imperio como trabajo filosófico-político es evidente, se fusionó en una suerte de heterodoxo sincretismo productivo de pensamientos con la herencia más avanzada del postestructuralismo francés de los Foucault y Deleuze, Guatarí y Derridá, para referirnos a las más fuertes influencias también indudablemente presentes en Imperio. Lamentablemente este solo hecho, a otros más, les pareció lo suficientemente ecléctico, si empleamos una noción suave, para descalificar apresuradamente a Imperio de entrada, como una perspectiva fidedigna y recuperable del pensamiento crítico de la actualidad, al ser tildados sus resultados –de manera injusta según mi posición- como propios de la mentalidad posmoderna y abiertamente antimarxista. No es ésta nuestra postura, desde luego, pero sí desearía polemizar un poco con ella más adelante, porque me parece una mala y poco rigurosa interpretación que, aunque se diga marxista, me parece que no resulta serlo del todo y, en algunas de sus expresiones más “ortodoxas”, en ningún sentido. Frente a ésta última posición, no tengo dudas en afirmar en todo caso, mucho más, mi cercanía con la formulación de Negri y Hardt que con la tesis ortodoxa ya insuficiente, sin que eso implique o suponga desmarcarme del marxismo crítico en que considero que se coloca mi propia postura heterodoxa y conscientemente comunista libertaria, o mejor dicho, anarco-comunista al modo de Daniel Guerin, el gran crítico anarquista del fascismo.


Como puede percibirse ya, el telón de fondo que enmarcará nuestra reflexión aquí, se refiere a exponer nuestra postura ante el trascendental debate sobre la etapa actual del capitalismo maduro: ¿Imperio o imperialismo? Por la importancia de tal reflexión, habré de partir de una breve exposición general de la teoría del imperialismo, a fin de aplicarle la “prueba del ácido” (por decirlo de alguna manera), y examinar si la conceptualización que proviene de los clásicos del marxismo (Lenin, Luxemburgo, Bujarin, Hilferding, etc.) es vigente a la luz del actual momento, o si, por el contrario, un ejercicio de reconceptualización, desde la propia crítica de la economía política contemporánea es necesario, con el propósito de responder a su actualización y al señalamiento sobre si la interpretación de Negri y Hardt es pertinentemente marxista, con todas sus cartas credenciales, o muy otra que no puede ser confundida con ella. Veamos.

2. El nacimiento capitalista

Si una condición histórica para la consolidación del capitalismo histórico fueron las llamadas revoluciones burguesas o, para algunos, democrático-burguesas, tenemos que explicar en qué consistieron tales procesos. En términos generales, para la interpretación materialista de la historia propia del marxismo, se entienden por revoluciones burguesas a aquellos movimientos políticos que encabezados por la burguesía, culminaron con la toma del poder por parte de esta clase social ascendente en el momento mismo en que se iban disolviendo las viejas sociedades feudales europeas con el derrocamiento mismo de las monarquías absolutistas, sus reyes y también con el declinar de sus aliados políticos esenciales: la nobleza y el clero. Las revoluciones burguesas, como se sabe, se desarrollaron en los siglos XVII y XVIII y tuvieron en la Revolución Inglesa del siglo XVII, en la propia Guerra de Independencia de las colonias de América durante el siglo XVIII, y desde luego en la Revolución Francesa y la propia Revolución Industrial, los cuatro referentes cardinales que las emblematizaron históricamente. Si en las colonias inglesas de América los independentistas hicieron la guerra de 1776 para dejar definitivamente separados a los nacientes Estados Unidos de –Norte- América (EUA) de la tutela británica, la revolución francesa, por su parte, constituyó el punto máximo del “radicalismo burgués” sintetizado en la divisa de “¡Libertad, igualdad y fraternidad!”. En ésta última se le quita el poder político a la nobleza feudal y al clero de manera notoria, para que fuera tomado por la naciente burguesía, como el sector empírico-decisivo del Tercer Estado. De esta manera, el mundo moderno era un azorado testigo del inicio que estableció a la República como forma de gobierno, con el propósito de lograr la igualdad –siempre formal- ante la Ley y, según la razón liberal adversaria del proyecto emancipador socialista, salvaguardada en la Declaración de los derechos del hombre.

Así, con la revolución industrial que se agrega a ese plexo de procesos convergentes, se consolida una acción afirmativa a favor del joven capitalismo que definitivamente lo instalará como la auténtica palanca para su inicial primer desarrollo. Pero, sintéticamente, nos preguntamos: ¿qué fue la revolución industrial? Para nosotros, un complejo proceso que marcará de manera definitiva el fundamento científico-técnico y productivo del capitalismo, en los términos que Marx lo analizó profusamente en El capital. La revolución industrial, desarrollada primeramente en la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra, implicó el despegue constitutivo de aquello que Marx denominará en el capítulo VI inédito, el desarrollo transicional hacia la maduración del modo de producción específicamente capitalista desde sus propios fundamentos técnico-productivos. Ciertamente el desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción, resultante de la culminación del proceso de disociación entre el productor directo y los medios de producción, tan adecuada y visionariamente estudiado por el fundador de la crítica de la economía política en el célebre capítulo XXIV del tomo primero de El capital, La llamada acumulación originaria del capital, y las propias relaciones salariales que le acompañaron, se erigieron en el dato duro que definirá a la postre las condiciones bajo las cuales el capitalismo arrancará como un proceso que vivirá de la extendida explotación del trabajo social en la figura de la plusvalía. De esta relación de explotación, además, surgirá la clase obrera como sujeto histórico revolucionario. Y por eso, la revolución industrial consistió en la introducción de las máquinas en los viejos talleres manufactureros, en la minería y la misma agricultura, así como en el auge del transporte que con el nacimiento del capitalismo viviría el sistema. Gracias a la revolución industrial, la producción capitalista, desde sus inicios de vocaciones expansivas a escala mundial, aumentaría enormemente y, con ella, las actividades del comercio, la banca y la economía en general.


Sin embargo y a diferencia de la interpretación propia de la historia de bronce liberal, la revolución industrial, muy pronto, exhibió sus profundas contradicciones sistémicas. Si de un lado se manifestó como la gran iniciativa propiciatoria del salto económico capitalista en el plano del desarrollo de la productividad del trabajo, de otro lado también, enseñó que hacía propender las cosas hacia una grosera concentración de la riqueza en pocas manos: las de los ricos. Y simultáneamente, mientras eso ocurría, de otro lado se consolidaba y concentraba la pobreza de los desposeídos. En suma, riqueza concentrada en pocas manos y pobreza en las manos y los penares de los más. Hay que decir aquí que, aunque se los niegue, estos son los efectos del proyecto liberal originario esbozado en sus ideas económicas por Adam Smith[1]. Los economistas liberales proponían la “libertad económica”, esto es, la no intervención estatal de la economía. De ahí la frase “laissez-faire” (dejar –hacer) que con tanto ahínco postularon. Para ellos, existía una “mano invisible” (postulado metafísico, por cierto) que tendía a “equilibrar” al sistema económico.

Es parte del saber universal ya, sostener que los economistas clásicos representaban claramente los intereses de la burguesía industrial y comercial, que quería terminar con las trabas impuestas por la política proteccionista del mercantilismo prototípico de los estados absolutistas. En otras palabras, una vez que habían hecho acto de irrupción histórica tanto las revoluciones burguesas como la industrial, todavía era claro que faltaba una política económica propiamente hablando burguesa. ¿Por qué la economía clásica es burguesa? Por principio, porque va en contra de la política mercantilista que con su proteccionismo frenaba el crecimiento. Pero además, porque recoge lo más granado de esta corriente de pensamiento económico y porque, sobretodo, se desarrolla en plena revolución industrial y en la nación capitalista por excelencia para entonces: Inglaterra. De hecho y así, toda su teoría responde precisamente a las necesidades históricas, económicas y políticas de la burguesía industrial, comercial y bancaria inglesa. ¿A quien beneficiaba la tesis entonces propalada a favor del “libre comercio” hoy de nuevo tan en boga y sorprendentemente soportada y recalentada por los mismos presupuestos metafísicos del neoliberalismo de nuestros días? Sobre todo a la gran potencia capitalista británica de aquel momento, puesto que como dominaba al mercado por tener más capital, industria y producción siempre pudieron invadir con capital y mercancías a los países que más tarde serían subdesarrollados por esas relaciones de intercambio desigual para decirlo aquí como el economista egipcio y marxista Samir Amin. De la denominación de esta escuela clásica, nació la expresión “librecambio” para designar a aquella etapa (la primera) del capitalismo todavía no mundial. Los economistas clásicos acuñaron la palabra, que muy pronto devino en credo y justificación de la burguesía, primero inglesa y después mundial y animada por una voluntad de planetarizarse. Todo esto, no por obvio y sabido, resulta ser menos importante para comprender al imperialismo, tema de nuestro siguiente apartado y aspecto central de nuestra intervención aquí.

3. Revisitando la teoría del imperialismo

Pero entrando en materia, propiamente dichas las cosas, ¿qué podemos decir de las teorías del imperialismo? Podemos iniciar nuestro intento por asir la cuestión del imperialismo señalando que, contra lo que muchos podrían imaginar, el imperialismo resulta ser, en la reflexión que se propone la radical comprensión de nuestro presente histórico, un tópico tremendamente actual. Su reflexión como obligado ejercicio de re pensamiento de las teorías del imperialismo que pretendieron explicarlo, no es un tema extemporáneo o fuera de lugar, sino uno que nos remite al examen que desde la crítica de la economía política ha de emprenderse para ponderar la historia reciente y actual del capitalismo maduro y que es, como se sabe, consustancial al complejo fenómeno que muchos han dado en llamar “globalización”, pero que en lo personal prefiero –como los franceses- denominar “mundialización” ya que, si a algo remite la primera categoría adecuadamente entendida es, precisamente, a la universalización de las relaciones sociales de producción capitalista, hasta lograr el abarcamiento del conjunto del globo terráqueo, bajo su férula. Si por algo el actual capitalismo es un sistema-mundo, como suele denominarlo la escuela de los anales en general, y particularmente Wallerstein, es precisamente porque con la globalización terminaron por mundializarse las relaciones sociales capitalistas urbi et orbi. Y este hecho, obliga también a sostener la plena vigencia y la profunda necesidad de la revolución socialista, adecuadamente entendida, en el umbral del siglo XXI que habitamos.

De manera que, para el marxismo revolucionario, conocer al capitalismo supone caracterizar al imperialismo como un momento definible por el desencadenamiento de un conjunto de acontecimientos que condujeron a la hegemonía mundial capitalista. Jorge Veraza, por ejemplo, define a ese proceso, como aquel que conduje a una “medida geopolítica auténticamente mundial del capitalismo”[2]. La etapa imperialista del capitalismo, como un movimiento propio de su dinámica de acumulación, dio síntomas claros de su proceso de conformación ya a partir de 1870 aproximadamente, tercio final del siglo XIX, cuando esta etapa sienta sus reales que habrán de consolidarlo a lo largo de un duradero intervalo histórico durante el siglo XX que se fue. Un elemento que no puede desestimarse apenas se aborda la cuestión del imperialismo, es que no hay –ni ha existido- armonía alguna en su historia. Tampoco de no-violencia. Su historia real, como la trama de un relato de despojos es contradictoria, caótica y violenta. Y es por eso que alguna vez, acertadamente, Marx describió la génesis capitalista en cuanto tal como un alumbramiento resultante del proceso que lo hizo aparecer en la escena de la historia “chorreando sangre”.

En este orden de ideas el imperialismo es, como intervalo histórico, un proceso particularmente violento y convulso que resulta ser perfectamente discernible y que marcará indeleblemente la historia de la lucha del proletariado revolucionario; una fehaciente constatación que es congruente con toda la historia del capitalismo que antecede a su etapa imperialista y que, además, se exacerba con la irrupción de esta etapa en el drama de la historia, hasta adquirir dimensiones de paroxismo sistémico, de ser cierta y de concretarse en los hechos la tesis que Imperio de Negri y Hardt contiene de manera tan inquietante. Para ellos, de resultar cierta la “dinámica constitutiva del Imperio”, fenómeno hacia donde potencialmente propende a orientarse la maduración de las contradicciones capitalistas –según su postura-, posteriores a la etapa imperialista que consideran agotada y en vías de superación, el modo de producción capitalista maduro, de nuestro actual tiempo histórico, habrá ingresado a una fase nueva y postimperialista en la hegemonía mundial del capital que padecemos. Pero vayamos por partes.

¿Cómo caracterizó Lenin al imperialismo? Para el autor del ¿Qué hacer? y del opúsculo El imperialismo fase superior del capitalismo, el imperialismo se compone dominantemente de 5 rasgos que son el resultado y a la vez el efecto del contradictorio desarrollo evolutivo de la expansión capitalista: uno, el imperialismo se caracteriza por la concentración de la producción y los capitales expresada en la creación de los monopolios, los cuales estaban llamados a desempeñar un papel decisivo en la economía; dos, por la fusión del capital bancario con el industrial y la formación, con base en ello, de la oligarquía financiera; tres, la subsecuente exportación de capitales que sucede a la inicial dinámica capitalista consistente en la de exportación de mercancías; cuatro, la formación de asociaciones capitalistas internacionales como los carteles, los trusts y los sindicatos empresariales, antecedentes de la actual conformación de las empresas transnacionales; y cinco, la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas[3].

Una notoria diferencia entre el capitalismo de “libre competencia” y aquel derivado de la maduración de la etapa imperialista, radica en que, para el primero, las empresas industriales y los bancos constituían unidades separadas entre sí, mientras que ya para el periodo imperialista generalmente la industria depende de los bancos o viceversa, lo que significó desde el propio momento constitutivo del imperialismo, a partir de la fusión de los capitales bancario e industrial un mucho mayor poder de control sobre la economía. Por tanto, un rasgo esencial y definitorio del imperialismo consiste en la fuerte monopolización de la economía. Los monopolios, así, se convierten en un dato central, estratégico debiéramos decir aquí, de la economía imperialista bajo sus tres modalidades: carteles, trusts y sindicatos. Precisamente por eso, el imperialismo supone el reparto del mundo entre los capitalistas más poderosos. Y esa tarea de hegemonía y expansión, ha sido posible por la permanente política de agresión, injerencia e intervencionismo de los estados nacionales de mayor desarrollo económico e industrial, merced al recurso de las armas y la guerra, en contra de las naciones subdesarrolladas y dependientes como en el caso de Latinoamérica. En la relación entre occidente y la periferia del mundo hoy globalizado bajo la lógica de la actual integración subordinada en un marco de formal multilateralismo, la agresión primera fue la colonial y, posteriormente, la específicamente capitalista en su modalidad imperialista también denominada como neocolonial. De tal vínculo perverso, las naciones primero conquistadas y después constreñidas al amorfo desarrollo desigual y combinado, las asimétricas relaciones de intercambio resultantes no podían ser otra cosa que una clara constatación de las relaciones de superexplotación entre las metrópolis imperialistas y el mundo del subdesarrollo económico capitalista impuesto. ¿Cómo se expresa esta superexplotación? Lo estudió muy bien, por ejemplo, en su momento, la teoría de la dependencia latinoamericanista: merced a la circulación internacional de flujos crecientes de plusvalía internacional transferida desde el mundo periférico donde se han obtenido y generado, a las naciones centrales industrialmente desarrolladas y que han valorizado en su favor. Para ello, ese círculo infernal permanentemente vicioso, se ha valido de innumerables procedimientos entre los que cabría resaltar superlativamente aquel que tiene que ver con las políticas de permanente endeudamiento con el exterior de naciones como México, sujeta a criterios de préstamos leoninos que una vez que elevan los intereses por tal concepto, determinaron las recurrentes etapas de la espiral de endeudamiento permanente latinoamericano, africano, asiático, etc., respecto de los EUA, Japón o Europa, por cierto, impagable.

4. El balance de la teoría leninista en sus alcances y límites

¿Cómo evaluar –nos preguntamos- a la teoría leninista del imperialismo y con ella a la de los clásicos del marxismo? En principio y no obstante la brevedad de su opúsculo[4], como la más avanzada de su época. Lenin tuvo la enorme cualidad, al lado del gran formador del ejército rojo, Trotsky, de madurar una correcta concepción teórica y revolucionaria en lo esencial colocada a la altura de su tiempo histórico, que fue capaz de ir mucho más allá de las teorías burguesas del imperialismo, que las hubo como la de Hobson y que las hay todavía hoy, aunque de cortos alcances y propósitos justificadores del sistema. En ese trabajo, que no podríamos dejar de conocer, para poder responder a la cuestión referida a sí, con la actual etapa del capitalismo maduro contemporáneo, colocados desde el umbral del siglo XXI, nos encontramos todavía inmersos en la etapa imperialista clásica o, por el contrario, ante la dinámica constitutiva del Imperio, según lo han postulado Negri y Hardt, es preciso puntualizar unas cuantas cosas. Si se recuerda, en su trabajo sobre el imperialismo Lenin observó los nuevos fenómenos que comportaba el desarrollo del capitalismo desde antes de que estallara la Primera Guerra Mundial[5]. Reveló y analizó los rasgos peculiares de la época del imperialismo, siguió con atención las que eran entonces las más recientes publicaciones acerca del capitalismo de ese momento, estudiándolas profundamente al empezar la guerra. También analizó en sus aspectos cardinales la fase monopolista de desarrollo capitalista. Por ejemplo, los materiales preparatorios para su opúsculo, ocuparon cerca de 50 pliegos de imprenta y contienen extractos de 148 libros (106 en alemán, 23 en francés, 17 en inglés y 2 traducidos al ruso) y de 232 artículos de la época. Su libro fue publicado a mediados de 1917 en la alborada misma de la Revolución de Octubre bajo el título ya casi hoy olvidado de El imperialismo, novísima etapa del capitalismo (esbozo popular). El opúsculo, se escribió entre enero y junio de 1916 en Zurich, durante los prolegómenos de la revolución rusa.

Es evidente, entonces, la importancia de la obra y su carácter avanzado para el tiempo en que fue escrita, así como el papel esclarecedor que tuvo. Sus avances teóricos y los elementos sustantivos que Lenin ubicó como propios de la dinámica evolutiva y contradictoria del capitalismo, estaban soportados en los fenómenos empíricos que habían conducido a la Primera Guerra Mundial que, por entonces, todavía no finalizaba y que, más tarde, condujeron a Rosa Luxemburgo desde la prisión, a sostener en su valioso ensayo sobre La revolución rusa que “el producto más importante de la primera guerra mundial de 1914-1918, había sido la Revolución Rusa”[6]. Más tarde, también Trotsky postularía, congruente con esa posición, que la revolución había sido posible porque “la cadena imperialista se había roto en su eslabón más débil”. Pero la teoría clásica del imperialismo de Lenin, como toda creación humana, entraña también defectos y limitaciones que explica los debates que desató, incluso entre los clásicos del marxismo de su época. Probablemente, la más seria limitación de su construcción teórica, sea el hecho, todavía hoy controvertido para muchos, de que la teoría de Lenin, strictu sensu, no es una teoría marxista en rigor. ¿Por qué? Fundamentalmente porque, si bien desde el punto de vista marxista, el imperialismo se considera como una forma política y una suerte de ideas que emergen de un determinado nivel tecnológico y de la estructura económica adecuada a un cierto nivel de desarrollo en las fuerzas productivas entre los diversos estados nacionales, en Marx no sólo no hay una teoría del imperialismo capitalista propiamente definida como tal, sino que sus reflexiones a propósito de lo que aquí nos ocupa, surgieron, en todo caso, de su teoría del desarrollo capitalista, teoría ésta que sí existe y que logró madurar al seno de El capital y el capítulo sexto inédito. De manera tal que, la teoría de Lenin sobre el imperialismo, más que marxista, si se me dispensa la obviedad aquí, es leninista pero no marxista, porque no podía serlo, simple y sencillamente hablando porque no hubo teoría del imperialismo en Marx. De ahí dimana, la sorprendente ausencia, en Lenin, de la teoría marxista del desarrollo de Marx en su construcción teórica, que no sabemos, bien a bien por qué Lenin no incorporó en su sustantiva reflexión sobre el imperialismo. Esa ausencia, supuso que el opúsculo leninista no recogiera como dato de la etapa imperialista, el tránsito de la producción de plusvalía absoluta a la relativa que, como sabemos, formó parte de la teoría del desarrollo capitalista de Marx y que lo hubiera conducido, esclarecedoramente, al establecimiento de la toral distinción entre subsunción formal y real del trabajo al capital. Mucho del debate que vendría después entre los epígonos de Marx (Kautsky, Lenin, Rosa, Bujarin, Hilferding, et al) dimana de esta cuestión y dispone de pesadas implicaciones teóricas y políticas que por razones de espacio y tiempo no podemos abordar aquí, pero que nos importan para sostener la naturaleza imperfecta y desnivelada de la teoría leninista.

En todo caso, lo que sí desarrolló Marx, sometido a la limitación del tiempo que le impidió concluir su pesada obra teórica y revolucionaria, fue una teoría que preparó las teorías del imperialismo inspiradas en él que vendrían después. Su idea central, al respecto, es que el capitalismo contiene por naturaleza una fuerza expansiva: la producción de capital para producir más capital. Y esto significaba que, a diferencia de las estructuras económicas basadas en la esclavitud, en la propiedad de la tierra como en el feudalismo, o incluso en el capital mercantil que fuera fuertemente cuestionado por Adam Smith en su crítica del mercantilismo, las estructuras basadas en la propiedad del capital industrial tienen que ampliarse o morir. Por eso Marx sostuvo, en su máxima obra económica, que “el capital no puede existir sino a condición de revolucionar insistentemente la producción”. Como incluso hasta Schumpeter lo pudo observar, antes de mediados del siglo XVIII sólo había “islotes de economía capitalista en medio de un océano de economía de pueblos y ciudades”. Por eso el capitalismo, desde que nace, se expande sin cesar hasta arribar a su actual medida geopolítica planetaria de sus relaciones sociales de producción y dominio que sólo podrán romperse con la revolución socialista que hoy, justo cuando muchos ya no la reflexionan, es más necesaria que nunca antes en su específica dimensión internacional. Además, de los trabajos postreros del viejo Marx se desprende claramente que él no esperaba que pasara demasiado tiempo antes que se desarrollaran las colonias como entidades propiamente hablando capitalistas. Pero esto fue justo lo que no ocurrió y tendremos en un futuro próximo que discutir, por ejemplo en éste Taller de Construcción del Socialismo, las consecuencias de este hecho tuvo para la teoría de Marx sobre el colonialismo y, desde luego también, en el momento histórico marcado por lo que algunos latinoamericanistas académicos han dado en llamar la etapa del capitalismo del tiempo histórico signado por el proceso de descolonialización. Aquí tampoco podemos abundar demasiado sobre la materia.

Lo importante, radica en destacar que, en su lugar, ocurrió un desarrollo hipertrofiado de capitalismo del subdesarrollo y la dependencia económica estructural que si bien sirvió a la lógica de reproducción sistémica mundial para desarrollar a las economías del capitalismo temprano, en general, coadyuvó decisivamente en la producción y reproducción del subdesarrollo en los países del capitalismo tardío. Esto significa también, por qué es tan consistente la hipótesis que sostiene que fueron precisamente las economías subdesarrolladas las que financiaron –e hipotecaron su desgraciada suerte histórica- en el desarrollo de las metrópolis centrales, mientras que accedieron a una modalidad de capitalismo incapaz, por razones históricas y estructurales, de desarrollarse. Todo lo anterior me conduce a refutar el planteamiento leninista de que el imperialismo sea la “fase superior del capitalismo”, sino en todo caso, un periodo intermedio de él. Pero el error de apreciación de Lenin, comprensible para su tiempo en medio de luchas feroces, se agravó cuando como producto de la perversión estalinista, miles de luchadores en las filas del socialismo, terminaron como militantes de la feligresía del pseudo marxismo burocrático –y en parte también por el reformismo socialdemócrata reactivo a él-, convirtiendo una afirmación de circunstancia del líder bolchevique, en un auto de fe inamovible propio de las escuelas de cuadros estalinianos que tanto daño han hecho en América Latina y el mundo entero para la causa de los trabajadores en lucha. El valor del leninismo, corriente de la que no formo parte pues me identifico en todo caso con la corriente del comunismo de los consejos y las definiciones autogestionario-confederales, está colocada, sin duda, mucho, pero mucho muy por encima de los loros doctrinales del manual estatólatra estalinista.

En el anterior sentido, coincido con la tesis que el materialista histórico geográfico, David Harvey, recoge en su estimulante trabajo El nuevo imperialismo[7], cuando haciéndose eco de una afirmación que Hanna Arendt postula en un importante trabajo suyo, en el sentido de que “el imperialismo surgido hacia finales del siglo XIX fue, “más que la última etapa del capitalismo, la primera etapa de verdadero dominio político de la burguesía”[8]. Esto significa que, si el imperialismo capitalista clásico que conoció la historia del siglo XX, quedó definitivamente emplazado entre los años de 1870 y 1945, momento en que los acuerdos de Yalta re definen el mapa geopolítico del mundo de la bipolaridad tras la segunda posguerra, en función a la nueva correlación de fuerzas, el desplazamiento histórico de Inglaterra, será llenado por ese “nuevo imperialismo” al que alude Harvey ya bajo comando y dominio absoluto del capitalismo norteamericano como dato episódico esencial de ese momento histórico especialmente importante[9].

5. El debate entre la tesis del imperialismo y la del Imperio

Con lo dicho hasta aquí, que ha sido bastante, aunque no hallamos podido abarcar el conjunto de un tema que es oceánico como el del imperialismo, sin embargo podemos ya entrar a un pequeño conjunto de cuestiones sobre este debate esencial e inconcluso todavía, que sigue en la palestra de la discusión mundial desde el año 2000 en que Imperio aparece como un eficaz revulsivo contra el anquilosamiento teórico en que se encontraban algunas corrientes del marxismo ortodoxo, muchas de las cuales todavía hoy viven paralizadas ante el derrumbe de los siempre mal llamados “países socialistas” del pasado y la maduración de la en mi opinión (cosa en la que coincido con Negri y Hardt) nueva fase capitalista actual, que sin rigor se ha definido por muchos como globalización y que, con la controversia que Imperio desató puedo afirmar convencido que ha servido, por lo menos, para agitar el avispero de las múltiples posiciones que se han visto obligadas al pronunciamiento respecto de este trabajo señero propio del pensamiento crítico. Ya este solo hecho, ha tenido una implicación fecunda, porque movilizó la reflexión, desgarró las telarañas doctrinales de algunos en un debate no siempre constructivo y en no pocos casos condujo a la confrontación de visiones entre posiciones diametralmente opuestas al seno de la izquierda internacional.

A diferencia de quienes tras leer Imperio, han preferido por señalar la necesidad de retomar la teoría clásica del imperialismo en forma creativa, suponiendo que de ese modo se encontrarán desde un mejor y más consecuentemente revolucionaria postura, para rendir cuenta explicativa de la compleja realidad en el presente del mundo, me cuento entre quienes afirman la necesidad de ir más allá de ese acerbo. Las razones asociadas a ello, en el ámbito de la izquierda intelectual con vocación práctica y militante, arrancan del hecho de que la naturaleza del capitalismo mundial ha sido sometida, aparencial y esencialmente, a una compleja metamorfosis que difícilmente devendrá vulnerable frente a las múltiples falencias de la izquierda internacional. La importancia de una correcta comprensión del presente capitalista, para una perspectiva genuinamente comunista y libertaria, tiene que ver íntimamente con el hecho de que, si no se analiza con corrección al capitalismo que pretendemos destruir, difícilmente estaremos en condiciones de arribar a la necesaria síntesis programática que posibiliten poner, de nueva cuenta, en el tapete de la constatación empírica, la actualidad de la revolución socialista en el umbral del siglo XXI desde donde intentamos leer el presente. Todos nosotros aquí, quisiéramos y deseamos que la revolución socialista, de nueva cuente, esté a la orden del día. Pero como bien lo decía Lenin, “los deseos no son argumento político”. La vigencia y la actualidad de la revolución serán sólo posibles, si la izquierda socialista internacional se pone al día, deviene autocrítica de sus graves errores y limitaciones del pasado y persevera en su afanado aunque frecuentemente fallido ejercicio de organización para la lucha, junto con el conjunto del proletariado en y desde la escena de la confrontación con el capital, en la lucha de clases. En este sentido, la mayor parte de las críticas a que he podido acceder sobre Imperio (que no son pocas), aún cuando puedan en varias de sus expresiones tener un conjunto de componentes extraordinariamente sugerentes ante las propias limitaciones que Imperio también me consta que detenta, me parece que casi todas ellas están muy por debajo del esfuerzo intelectual y la enorme obra de síntesis paradigmática que Negri y Hardt ensayaron con su importante y controvertido trabajo que es, en sí mismo, todo un original y relevante producto teórico derivado del examen crítico de la realidad contemporánea.

El argumento que permea al conjunto del largo manuscrito de Imperio, compuesto de 432 páginas, cuatro partes y 18 capítulos, constituye -en sí- un aleccionador recorrido por múltiples problemas del capitalismo contemporáneo y que, partiendo de definiciones de fondo a propósito de cómo demonios comprender la constitución política del presente; de cuáles son los rasgos decisivos sobre lo que sus autores denominan las transiciones de la soberanía; así como la compleja mudanza experimentada por los paisajes de la producción capitalista postrera a la tercera revolución científico-técnica, se propone culminar su extensa, rica y compleja formulación en el análisis de la dinámica constitutiva del Imperio, pero contemplada desde una formulación heterodoxa que conserva pautas esenciales de la concepción materialista de la historia, para definir al Imperio potencialmente en vías de constitución, según lo entiende el de la voz, para proyectar una reflexión, a juicio de sus signatarios, sobre lo que será, una vez constituido el Imperio, su ulterior decadencia y caída junto con el capitalismo mismo. Este solo hecho afirma mi convencimiento y justificación de que Imperio es una obra trascendental. Me parece que, a diferencia de los detractores de Imperio, podemos afirmar que éste trabajo está llamado a colocarse, definitivamente, como una muy relevante obra filosófico-política de nuestro tiempo y a marcar toda una época de reflexión intelectual para la izquierda. De nosotros dependerá su fecundidad. En especial, para esa izquierda que lucha y aspira al socialismo aquí y ahora. Ha sido tan generalizado aunque controvertido su impacto, que la polémica que ha desatado ha sido mundial y, en América Latina, aunque un poco tardíamente, se instaló con una virulencia e importancia para nada menores. De ahí que la dilucidación acerca de sí nos encontramos ahora o no, ante la dinámica constitutiva del Imperio (que es mi interpretación y no la postura de sus autores quienes parecieran convencidos en que el Imperio ya fraguó, cosa que dudo), sea el verdadero “eje cartesiano” de la cuestión y el debate. La mayor parte de los críticos de Imperio, han descalificado la obra por su poco o nulo apego a las “sagradas escrituras del marxismo”, reparando casi nada en lo poco o mucho que el libro logró iluminar. Imperio, lo digo enfáticamente, no es el programa del nuevo partido comunista que algunos quisieran encontrar en él. No. Máxime cuando nos encontramos en un tiempo histórico en que para muchos las formas emancipadoras del presente hacia el devenir, muy dudosamente, serán posibles bajo las convencionales modalidades partidarias y organizativas del pasado. Puede estar muy bien que Imperio no guste a la izquierda dura y a muchos compañeros socialistas revolucionarios. Pero me parece torpe, para decirlo suavemente, que se esperara de un trabajo de reflexión filosófico-política la explicitación programática del devenir en la lucha de los trabajadores. Ninguna obra filosófica de Marx, por ejemplo y sea dicho ello de paso, tuvo el impacto y la importancia político militante concreta que el extraordinario Manifiesto del partido comunista de 1848 logró detentar. Vamos, ¡ni siquiera El capital la tuvo, y eso que es un libro de economía política rebelde y revolucionario! Por eso disiento de Slavoj Zizek, que en la cuarta de forros de Imperio se despachó con la cuchara grande al decir excesivamente que “Imperio es una re escritura del Manifiesto del partido comunista desde la perspectiva de nuestro tiempo”. Me parece que, para comprender la obra, no hay que pedirle peras al olmo.

En términos muy apretados, debo decir aquí que, con total independencia de sus autores, su trabajo no pertenece al género del Manifiesto. Lo que no obsta para afirmar que, con Imperio, estamos ante una obra monumental de filosofía política contemporánea por sus reales propósitos y sus alcances concretos; de un trabajo complejo y erudito resuelto a sacudirse la polilla del lenguaje ortodoxo y convencional; escrito sobre la base de una profusa documentación que obliga, sin embargo, a una lectura lamentablemente en mucho iniciática y que corre el riesgo de que con él ocurra lo que ya aconteció antes con la trascendental obra de Michel Foucault en el paisaje de la izquierda militante latinoamericana: que no se lo comprenda. Con Foucault, después de los 30 años posteriores al conocimiento de sus primeros trabajos de relevancia para el pensamiento crítico y revolucionario, mucha de la izquierda latinoamericana todavía no lo entiende o no le entra; le cuesta trabajo deglutirlo y, apenas algunas honrosas expresiones plurales de la izquierda revolucionaria, empiezan a reconocerlo como el gran y extraordinario pensador que fue en la lucha contra todas las expresiones de la microfísica del poder. En lo personal, afirmo que con Imperio, estamos ante una bella obra de construcción lingüística por la pasión utópica que recorre a este trabajo de principio a fin y por el amor a la humanidad que refleja su complejo ejercicio de síntesis epocal. Y en ello, no se hipoteca nuestra ponderación crítica que debe desarrollarse sobre sus aciertos y errores que también contiene como producto de la inteligencia humana. Pero dejemos las flores y vayamos a la almendra racional de su tesis central.

Imperio, en realidad, sugiere que la actual etapa del capitalismo está marcada por la conclusión de la era del imperialismo (tesis fuerte), tal y como fue denunciado con tino por los clásicos, en tanto que proceso expansivo de la persecución capitalista para apoderarse, con su rapiña, de territorios y mercados geopolíticamente importantes para la reproducción ampliada del sistema a escala mundial. De esta tesis se desprende la afirmación constitutiva del Imperio. Lo que supone es que ya no estamos inmersos en el tránsito evolutivo del imperialismo, sino en otra cosa diferente, que da por descartado que sea una tendencia o una característica propia de la fase superior del capitalismo e, inclusive, del imperialismo mismo. El imperialismo pertenece, para sus autores, a la modernidad, mientras el Imperio, es un dato que se ubica en la mundialidad posmoderna del capitalismo. El punto axial de la formulación, estriba en la conexión existente entre el Estado nacional y el derecho internacional en relación con los mercados y la configuración de la propia realidad. Las contradicciones que observa y la disminución en la importancia relativa con respecto a lo que era o todavía es la soberanía de los viejos estados nacionales que tenderán, gradualmente, hacia su desintegración en favor de otra soberanía, la despótico imperial que ya se anuncia como potencial o en ciernes. Por eso es incorrecto, que se identifique a la obra como una postura acomodada en la globalización que controvierte, pues el Imperio, contra lo que creyeron comprender sus detractores y malos lectores, no es algo mejor, sino mucho peor que el peor de los imperialismos y esto obliga a profundizar los esfuerzos de la lucha contrasistémica vía la multitud, que no sustituye al proletariado revolucionario en la tarea, sino que lo incorpora con muchas otras expresiones fragmentadas del trabajo social precarizado y con fuerte presencia del trabajo inmaterial, que imagina a pensar de otro modo la resistencia y la ofensiva antisistémica.

Pero no se crea que Imperio es idéntico a la hegemonía de los Estados Unidos[10]. Este Estado y su gobierno es sólo un factor importante del Imperio, pero no marcha en solitario, sino que está sometido a una aguda competencia financiera, tecnológica y política que, si bien aún detenta el dominio militar que no es un detalle menor, por cierto, sino uno particularmente relevante, empero está llamado a obligársele a la constitución mancomunada de un nuevo poder mundial del capital, mediante el no-lugar que es en todas partes. De manera que por Imperio, sus autores entienden una cosa muy precisa: una transformación de la soberanía de los Estados-nación hacia una entidad superior. Eso significa que la estructura del Imperio está fraguando condiciones de reproducción geoestratégica de la hegemonía mundial capitalista renovada, específicamente distinta a aquellas que fueron prototípicas de la edad de oro de los viejos estados nacionales. De esta suerte, el proceso que ha conducido a la gestación en ciernes del Imperio está, realmente, sustentado en fenómenos contradictorios. Como dirá Negri: “Se producen en un mismo tiempo, en las luchas que las clases obreras de los países desarrollados han impuesto al capital, hasta volver la reproducción del sistema imposible a escala nacional”[11].

Señalado lo anterior podemos afirmar que, por lo dicho, Imperio ha sido presentado, para los suscriptores tanto de su encuadre epistemológico, su edificio categorial y su metodología de investigación, pero sobre todo por sus conclusiones, como un trabajo que ha devenido en una suerte de Biblia del nuevo movimiento antiglobalizador. Dicha postura, sea dicho ello de paso, contrasta rotundamente con el también muy amplio posicionamiento crítico que los detractores de Imperio han formulado tanto correcta como incorrectamente, según mi opinión, que iré desgranando en intervenciones ulteriores. Lo relevante aquí, amén del fecundo debate que Imperio desató, estriba en discutir la recepción que la obra ha tenido, cuanto en las controversias que ha propiciado por demás apasionantes. El solo hecho de que Imperio se colocara tan rápidamente como un sonado éxito editorial, que debe sorprendernos por las complejidades de una lectura que no corresponde con el perfil de los best sellers convencionalmente entendidos, hace que la amplia difusión de Imperio configure un fenómeno inusitado, por mucho que los críticos del texto lo atribuyan a una postura convergente con el desorden capitalista globalizado, argumento en el que no creo y que me parece desorbitado. Aparecido en el año 2000, primero en Estados Unidos, después en Francia y finalmente en Italia en 2002, para después publicarse en todo el mundo, con sus primeros tirajes combinados durante los primeros tres años de existencia, habían logrado la venta de más de 500 mil ejemplares.

Traducido a muchas lenguas que abarcan incluso al chino y al árabe, Imperio ha sido descrito por medios conservadores como The New York Times, como la obra teórica más importante de la última década, cuestión ésta que ha sido pasto seco para incendiar la pradera de la polémica en derredor suyo. Ciertamente, la afirmación resulta irónica. Máxime, cuando caemos en cuenta que los autores de Imperio sostienen haber perseguido la actualización nada menos que del Manifiesto del partido comunista y que como ya dijimos antes, no es el caso. Si esa fue su intención, es evidente que fracasaron rotundamente, pero a cambio nos legan una obra inestimable para atizar la reflexión y el debate, en tiempos en que se precisa mirar las cosas desde perspectivas hasta ahora prácticamente inensayadas. Pero más allá de interpretaciones ideológicas de Imperio, podemos sostener aquí que la obra ha logrado articular el más ambicioso esfuerzo por comprender la nueva realidad geopolítica mundial postrera al derrumbe del Muro de Berlín y a la desintegración de los siempre mal llamados “países socialistas” del pasado. De manera que Imperio explora profusamente, de manera sugerente, y al tiempo de forma controversial, la nueva configuración capitalista madura que es la resultante y el efecto más acabado de la globalización neoliberal, erigida por el mando despótico del capital como la hegemonía contemporánea del rampante neoliberalismo económico en boga, aunque ya seriamente cuestionado en todo el mundo por la creciente pulsión social que amenaza con insurreccionarse a escala planetaria, merced a “la Multitud” que yo prefiero definir como el “nuevo proletariado”. Mí crítica principal a Imperio tiene que ver con que, a diferencia de Hardt y Negri, yo no creo que el Imperio halla logrado constituirse ya, sino que en la actualidad es una posibilidad potencial que, para su real configuración hegemónica, dependerá más de factores político subjetivos que todavía no se han consolidado plenamente, pero que potencialmente están ahí pujando por surgir a la palestra de la nueva y compleja realidad geopolítica internacional. Este hecho, quedó rotundamente ratificado por la segunda guerra del Golfo Pérsico y las contradicciones económico-políticas entre las economías industrialmente avanzadas y la desaparición de facto de la Organización de las Naciones Unidas (que parecen ratificar la tesis de la nueva soberanía global ante los viejos Estados nacionales aún existentes pero redefinidos) y controlada por la principal potencia imperialista que se expresa en la sustantivación del poder hegemónico militar de los Estados Unidos en solitario, con grandes contradicciones que se recrudecerán todavía más con el tiempo, por ejemplo, ante la Comunidad Económica Europea, Japón y el inquietante e imparable resurgimiento de la China “postcomunista”.

Este es el debate. No soy árbitro. Que cada quién vele sus armas y que adopte su postura entrándole a una de las más sustantivas reflexiones sobre nuestro convulso entorno contemporáneo. Comprender la cosa, deducir sus implicaciones, traducirlas en el acto y los perseverantes procesos de lucha político-militantes necesarios por doquier, a través de la construcción de nuevas formas de organización y lucha, por métodos pacíficos y violentos según sea el caso, desde un encuadre de profunda articulación de tácticas de la estrategia revolucionaria anticapitalista, será el principio de una gesta que re coloque, de nuevo, contra el capitalismo, a la alternativa socialista autónoma y autogestionaria de corte confederal, que tanto requiere la lucha por la emancipación desde el mundo del trabajo. En todas partes y como uno solo, para volver a poner en el orden del día la tremenda vitalidad y la enorme vigencia de la revolución socialista como necesidad, en el espacio que con el nuevo siglo XXI ha quedado abierta. La obra de Negri y Hardt, es materia prima perfectible de este reto y es, apenas, el comienzo de una nueva obra de síntesis revolucionaria, colectiva y plural, a favor de la emancipación de los trabajadores y dentro de la cual, sin duda, el viejo topo de la historia, Carlos Marx, también tendrá su sitio. Que no nos quepa ni la menor duda ¡Venceremos!



[1] En 1776 aparece la primera gran obra del liberalismo económico: La riqueza de las naciones. Más tarde la corriente económica clásica liberal ampliará su acerbo de autores, con los trabajos de David Ricardo, Thomas Malthus, John Stuart Mill, etcétera. Con fundamento en el desarrollo de las ciencias naturales, la economía clásica inglesa creyó encontrar leyes que funcionaban en las sociedades, tales como la de la oferta y la demanda, cosa en la que se equivocaron de enfoque y encuadre, diríamos nosotros siguiendo a Marx aquí, de manera rotunda.

[2] Vid. El siglo de la hegemonía mundial de Estados Unidos (Guía para comprender la historia del siglo XX, muy útil para el XXI). Editorial Itaca, México, 2004.

[3] El cartel, es la colaboración entre varias empresas que producen lo mismo, para limitar la competencia. Acostumbró pactar acuerdos en materia de precios, condiciones de trabajo y mercado, pero manteniendo la independencia de cada empresa. Por su parte, los sindicatos empresariales, buscaban que las empresas que formaban parte del sindicato disolvieran su independencia comercial en la venta de sus productos, aunque conservando su independencia productiva y jurídica. A su vez, el Trust, aludía a una asociación entre empresas que, produciendo lo mismo, maduraban sus alianzas tratando de concentrar todo el poder de su alianza, en un número cada vez menor de personas.

[4] Que después sería complementado por el propio Lenin con reflexiones de más largo aliento.

[5] Hay que decir que la Primera Guerra Mundial constituyó el ejemplo clásico de la guerra imperialista. Los bloques aliados que se enfrentaron entre sí apelando al más cínico chovinismo patriotero, lograron arrastrar a las respectivas clases obreras nacionales a enfrentarse consigo mismas, engañadas por el encubrimiento capitalista sobre los propósitos de expansión imperialista que se dirimía para controlar territorios y recursos a favor de las distintas facciones alineadas, en un caso en la Triple Alianza (Austria, Alemania e Italia), y, en otro, en la EntenteInglaterra, Francia y Rusia, con el concurso tardío de los EUA), ésta última a la postre victoriosa, con más de 10 millones de muertos de ambos lados sólo en Europa.

[6] La revolución rusa. Rosa Luxemburgo. Editorial Grijalbo, México 1982.

[7] David Harvey. El nuevo imperialismo. Editorial Akal, Madrid 2003.

[8] Hanna Arendt. Imperialism. Nueva York, Harcourt Brace Jancovich, 1968, p. 18.

[9] No he abordado aquí, a propósito, la trascendental tesis Luxemburguista en su debate con Lenin, consistente en la necesidad de un entorno no capitalista para la reproducción del imperialismo capitalista. Sobre todo, si se advierte que, en el contexto de las recurrentes crisis de sobreproducción a que conduce el ciclo económico, implicaba el argumento de dar salida a la exportación de mercancías más allá del mercado interno nacional. En este caso, como en el de las formulaciones de Bujarin y Hilferding, la dictadura del tiempo imposibilita su abordaje como lo merecería la cosa, pero lo haré con mucho gusto, en una posterior sesión del TACOSO.

[10] En este punto, no obstante las notorias diferencias en la caracterización de la etapa capitalista, David Harvey parecería coincidir en la tendencia menguante del viejo imperialismo norteamericano, hoy representado en la figura presidencial republicana de Baby Bush Hitler en los EUA. Afirma: “La situación interna de Estados Unidos durante 2002 fue en muchos aspectos la más lamentable en muchos años. La recesión iniciada a comienzos de 2001 (intensificada por los acontecimientos del 11 de septiembre) no parecía tener fin. El desempleo crecía y la sensación de inseguridad económica era palpable. Se amontonaban los escándalos contables e imperios empresariales aparentemente sólidos se venían abajo literalmente de un día para otro. Los desbarajustes contables (así como la corrupción palmaria) y los fallos de regulación desprestigiaban a Wall Street, y las acciones y otros activos se hundían. Los fondos de pensiones perdieron entre una cuarta y una tercera parte de su valor (cuando no desaparecieron totalmente, como en el caso de las pensiones de los empleados de Enron) y las perspectivas de jubilación de la clase media se veían seriamente dañadas. La sanidad era un caos y los supeávit de los gobiernos federal, estatales y locales se evaporaban rápidamente, mientras los déficit comenzaban a hacerse cada vez mayores. La balanza por cuenta corriente con el resto del mundo iba de mal en peor, convirtiendo a Estado Unidos en el país más endeudado de todos los tiempos. Las desigualdades sociales venían creciendo desde hacía tiempo, pero la obsesión del gobierno por el recorte de impuestos parecía amenazar con aumentarlos mucho más. Se estaba desmantelando la protección del medioambiental y se constataba una tenaz resistencia a volver a imponer marco regulador alguno a pesar de las pruebas evidentes del fracaso del mercado”. ¿Este es el “imperialismo más poderoso” de la actualidad, nos preguntamos socarronamente? Vid. David Harvey, op. cit, p.29.

[11] Antonio Negri. Del retorno. Abecedario biopolítico. Editorial Debate, Argentina 2003, p. 60.


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