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Pintar preso

Alberto Hijar

Importa asumir la obra de Jacobo Silva Nogales como articulación necesaria entre una temática revolucionaria y carcelaria y una estimulante construcción del espacio con recursos pictóricos muy bien usados. Lo contrario a esta articulación seria desbarrar por el izquierdismo antiestético que ingenuamente cree en el valor supremo de los temas como si cualquiera pudiera transformarlos en arte. Igual de improcedente es la reducción formalista desentendida del poder comunicador de los trazos pictóricos. Propia de la tradición realista, es la articulación entre los temas y las formas para darle a las cosas, las situaciones y los personajes, un sentido sentimental enriquecedor de la realidad, esa materia abierta a la transformación humana en beneficio de la especie. Un sujeto social transformador crece en esta práctica.

Hay un elemento articulador importante e inusual en la pintura de Jacobo Silva; la ironía. Este recurso dialéctico, no lo limita a los títulos, sino procura el movimiento de lo representado “Cada quien su Lucio” no es sólo una referencia coloquial, sino importa porque exige deconstruir a Lucio como guerrero azteca, campesino, chinaco, neozapatista con el guerrillero al frente, en su única fotografía en el monte. De esta manera, la promesa del título es cumplida con estricto sentido artístico.

Importa en el juicio total de la obra de Jacobo Silva, la parte dedicada a las añoranzas, el erotismo frustrado, las nostalgias y las soledades características de la vida en prisión. Porque la prisión, así sea de alta seguridad como la padecida por el indiciado como comandante Antonio del ERPI, es un proceso de exterminio aliviado por el dinero o por la dignidad inclaiducable. Jacobo Silva es pobre en dinero pero rico en dignidad. Es éste un supremo recurso revolucionario de sobreviviencia. Para el caso, esto no se queda en la retórica abstracta del elogio religioso del sacrificio y la inmolación, sino ha encontrado una salida práctica en la pintura. Seguir transformando al mundo, pese a todo, es un triunfo que por sus amplias consecuencias personales, no se reduce a la exaltación épica sino también a la socialización de los sentimientos y las sensaciones íntimas que no tienen porque guardarse secretas. . Con este sentido, Jacobo Silva comunica su intimidad como ofrenda a la vida plena donde tendría que liberarse y confesarse todo lo que la brutalidad cotidiana exige reservar. Para entender esto, es necesario equiparar la intolerancia sentimental de los gerentes con la de los dirigentes políticos adiestrados en la dureza y la rudeza como comportamientos vitales, propios del racionalismo capitalista.

De aquí la importancia de los cuadros de Jacobo Silva donde el espacio se prolonga al infinito como recuerdo nunca completo, del deseo donde las figuras no pueden concretarse, de los colores en orden explosivo como sentido de lo que debiera ser la vida. Nada de esto importaría si no exigiera la variedad significante capaz de recurrir a la abstracción geométrica o la figuración no naturalista y jamás fotográfica. Singular importancia tienen sus cuadros conceptuales como el que simula la textura de un muro donde han escrito autógrafos algunos de sus compañeros de prisión.

El resultado de todo esto es la pintura. Lo peor rente a la cuantiosa obra de Jacobo Silva, sería despreciarla en beneficio del curriculum vitae revolucionario del autor. Hay que apreciar, en cambio, su arduo trabajo en la hostil prisión, para probar que la vida es dialéctica por contradictoria y transformable cuando se construye como transformación positiva y material. La práctica, supreso recurso ante las dificultades y las adversidades, es así histórica porque exige reivindicar las líneas del pasado presente para la construcción del futuro. Con signos bellos y con oficio acrecentado por la decisión de vencer la terrible adversidad, Jacobo Silva da a la lucha de clases la dimensión estética que siempre debieran abrirle los revolucionarios.

Tlalpan, diciembre de 2004


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