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La rebelión de los fulgoresTestimonio de un cineasta texcocanoPor Salvador Díaz Sánchez El 22 de octubre de 2001 el salvaje escorpionazo saltó ponzoñoso desde las espectrales pantallas hogareñas: la construcción del nuevo aeropuerto se situaría en Texcoco, y más precisamente en San Salvador Atenco. La existencia de los campesinos atenquenses se bamboleó dramáticamente entre 1) la resignada aceptación a desaparecer como pueblo sometiéndose a los designios del supremo gobierno, 2) la exigencia de un trato decoroso de algunos ejidatarios para negociar los siete miserables pesos por metro cuadrado que Fox y Montiel ofrecían por sus tierras, 3) la resistencia legal y pacífica de la dirigencia ejidal para derribar el decreto expropiatorio y 4) la lucha sin cuartel de la base campesina a la decisión del gobierno de instalar el mortífero aeropuerto sobre esta región milenaria. Mi condición de documentalista, de cineasta militante, me condujo inevitablemente al corazón del conflicto el mismo día de la oficialización de la muerte de este municipio y de 21 comunidades más. Pero otros hilos invisibles más poderosos me jalaron imperiosa y definitivamente hacia Atenco: mí pasado campesino y mi fuerte raigambre texcocana. Nací en una pequeñísima población de obreros del campo quienes a principios de siglo pasado prestaban inexorablemente sus servicios a una hacienda llamada La Blanca. El nombre de mi pueblo despide una fragancia fuertemente bíblica: Pentecostés. De ahí soy, de Pentecostés, Texcoco. Porque hay que decirlo, Texcoco es el nervio político, económico y social de una región que abraza desde tiempos ancestrales varios municipios, entre ellos Atenco. Y por eso acudí a este lugar, porque es el mismo suelo, el mismo aire, la misma patria texcocana. El estallamiento del conflicto casi me atrapa en la edición final de un documental sobre los hechos sangrientos ocurridos en mayo de 2000, en Chimalhuacán, titulado “Tras las huellas de la Loba”, de tal forma que tuve la oportunidad de dedicarme a la video grabación sin más contratiempos que los impuestos por mi trabajo como profesor en la Universidad Autónoma Chapingo y mis madrugadoras clases en la Escuela Preparatoria Texcoco. Esto es, que soy documentalista de tiempo completo los fines de semana, días festivos y en períodos vacacionales. Así que puse mis escasas habilidades y mínimas virtudes en el cultivo de la imagen al servicio de la causa de los pobres. No me costó ningún trabajo relacionarme con los compañeros. Conocía a una decena de personas con quienes me había encontrado en las luchas de la izquierda electoral en Texcoco, algunos ex compañeros de la secundaria y preparatoria, además de jugadores del fútbol dominical. Compartíamos el lenguaje, las costumbres, los albures, los lugares, la cultura, las fiestas y las tradiciones como Los Santiagos, Los Vaqueros o las excursiones religiosas a San Juan de Los Lagos o a San Miguel de los Milagros. Y aunque me movía como pez en el agua video filmando distintos aspectos de la lucha inicial, una pequeña registradora de imagen casera como la mía (Handicam, Digital 8) no apantallaba a nadie y los pobladores preferían darle paso a las Betacam de TV Azteca y Televisa o a CNI 40. Esto ya me lo sabía, los reporteros de los grandes medios recibían todas las facilidades para realizar entrevistas de 10 minutos aunque al final aparezcan en pantalla 8 segundos. En ocasiones los periodistas intentan ser objetivos en sus notas informativas, en otras les supura la mala leche hasta por las orejas. En esas andaba yo cuando se me acercaron unos compañeros de Atenco Unido, una organización política local, para proponerme la hechura de un video sobre el movimiento con ellos como protagonistas. La negación fue tajante, no podía comprometerme con grupo alguno pues el documental se contaminaría ideológicamente. De cualquier forma le dije a uno de ellos que yo seguiría el curso de la lucha y nos íbamos a ver seguido. Esto nunca ocurrió pues ellos formaban parte del grupo que optó por la vía jurídica que contrató al tristemente célebre abogado patronal y desarticulador de luchas obreras, Ignacio Burgoa Orihuela. Al siguiente día de la noticia que conmocionó a los ejidatarios llegó a mi casa un entrañable amigo, Francisco Gómez, entonces fotógrafo de El universal y un acompañante, Alejandro Almazán, reportero del mismo periódico. Me pidieron los llevara a recorrer la zona en conflicto y a conectarlos con gente del lugar. Preparé mi fiel, eficiente y ligera camarita para aprovechar el viaje. Fuimos a Acuexcómac, uno de los pueblos afectados por el decreto, donde entrevistamos a varios campesinos que, llorosos, angustiados, indignados hablaban de la tragedia que significaría el aeropuerto sobre sus sembradíos de alfalfa o calabaza. En Acuexcómac se me acercó un lugareño que cultivaba en su rostro una barba de piochita: “¿Tú eres Salvador, verdad? Sí, le contesté sonriendo. “¿Tovia sigues en el perredé?” No, le dije, son puros maricones que a esto no le entran. Risas. Ya después seria y preocupadamente me preguntó como buscando consuelo, “¿cómo la ves, podrá tumbarse el decreto?”. Le contesté que sí pero que la sublevación tiene que crecer agigantadamente y sobre todo que la gente aguante. Le dije que tenían que inventar nuevas formas de lucha, que si no había acción constante los ejidatarios se cansarían de volada. Guardó unos segundos de silencio y como para restablecer el optimismo me preguntó: “¿De dónde vienen?” ¿Ellos?, de El Universal, le contesté. Él nos llevó con otros consternados campesinos. Los conmovedores testimonios me producían un Hiroshima interior que quemaba mis entrañas. Buscamos a otros conocidos y así platicamos con ejidatarios y vecinos en la Colonia Madero, en Nexquipáyac, en la cabecera municipal. En la Madero filmé a un personaje que después sería importante en el movimiento: "El payaso sin nombre" quien llegó en una moto, ataviado con chamarra negra de cuero y destellantes lentes negros. De verbo fácil, Santiago, el payasito, hizo la delicia de niños y grandes en multitud de asambleas, aunque algunos lo reprobaban “porque es muy pelado”. A pesar de su soltura nunca pude incluir su testimonio en el documental en cierne. Quien nos llevó a este pequeño caserío fue Andrés Ruiz, un ejidatario con bigotes de morsa de San Pablito Chiconcuac que en ese momento presumió una actitud de rechazo al proyecto aeroportuario, pero que después, con el maloliente tufo de los billetes, se rebajaría a la calidad del Iscariote, negociando con el gobierno la venta de las tierras. Yo filmaba y filmaba para un documental que comenzaba a merodear como una entidad etérea en los intersticios de mi imaginación. Mis amigos periodistas se fueron con un cargamento de fotos y de notas que aparecerían publicados al siguiente día en un buen reportaje. Escribe bien Alejandro, y Paco lleva la práctica de la fotografía a niveles superiores. En la noche retorné a Atenco donde encontré a un viejo conocido, chaparrito, rechoncho, moreno de fuerza, con una mirada atípicamente penetrante, del cual ignoraba su apelativo. Me dijo: “tómale una foto al Birria con su machete”. Al Birria sí lo conocía de nombre, Israel Rodríguez, viejo y radical luchador social de la región, un tipo recio, curtido en las frías madrugadas alimentando a las vacas y a los animales de tiro, en el caluroso corte del zacate y en el sudoroso acarreo de la pastura. Pero de éste que me hablaba riéndose no sabía ni su apodo. Después, varias semanas después, supe que él era Ignacio del Valle. Nacho algún tiempo compartió experiencias en el movimiento que encabezaba el Birria, el Frente Popular Regional Texcoco (FPRT), una organización antaño radical, semillero de activistas como Isaías Ávila (El Chías), Jorge Flores, La Finini, Heriberto Salas, Andrés Ruiz, Agustín Rosas y otros cuyos nombres se me pierden en el retacerío de la memoria. Ellos organizaron varias movilizaciones desde principios de los años 80. Recuerdo una huelga de pagos del predial y medidas de fuerza como tomas de receptorías de rentas estatales. Sin embargo, después de tantos enfrentamientos y negociaciones con el Estado la agrupación del Birria, imperceptiblemente, comenzó a sufrir mudanzas ideológicas mientras cambiaba de nombre a Frente Popular del Valle de México (FPVM), formado a raíz de la defensa del agua y los recursos naturales que amplió su irradiación activista a otros pueblos. Pero también significó su acercamiento a la lucha electoral bajo las siglas del PRD que fue el pivote que desinfló la rebeldía del FPVM y del Birria, quien pronto pasó de un radicalismo feroz a la intolerable condición de colaboracionista del gobierno. Esto se reveló impúdicamente en la contienda contra el aeropuerto. El Birria le recomendó a Nacho que lo mejor “era negociar un buen precio a las tierras pues estaba cabrón ponerse contra el gobierno, el aeropuerto lo van a hacer hagamos lo que hagamos”, me comentaría después Nacho del Valle platicando con franqueza en el mullido tapete de la confianza. Pero en ese tiempo el movimiento no era conducido por líderes precisos, la espontaneidad era un táctica que gobernaba todas las acciones. Mítines en la plaza, marchas y marchas a Texcoco, al DF, a la Secretaría de Gobernación, a Comunicaciones, al Gobierno del Estado, a los campos “expropiados”. Bastaba la presencia de un medio de comunicación masivo para que se organizara un recorrido que iba del centro de Atenco a la delegación de Acuexcómac y de ahí a los terrenos expoliados en un peregrinaje donde las consignas apenas sacudían levemente la campanilla de las gargantas. Aún no se bautizaban como insurgentes, mucho menos como radicales. Algo que llamó mi atención en esos momentos fue la nobleza de su lucha, la ternura de sus consignas, sus proclamas de buena fe: ¡Tierras si, aviones no ¡ ¡Ni hoteles ni aviones, la tierra da frijoles¡ ¡La sangre de los abuelos no se vende! Y una frase que encerraba al principio de las movilizaciones la candidez de los inexpertos en la lucha de clases: ¡El gato… con botas, di-ce-puras-mentí-rotas! ¡El gato… con botas, di-ce-puras-mentí-rotas!, refiriéndose, por supuesto, al inculto presidente de México. Después vendrían los taladrantes gritos insurgentes en el hervidero de las acciones y la radicalización de la lucha. A los pocos día integré a Odette, mi señora y a Dorotea mi pequeña y único vástago de seis años a mis periplos atenquenses. Fue cuando mi mujer comenzó a manejar con destreza la cámara. De esta manera cuando había algún meneo durante el día ella se lanzaba a la conquista de la imagen mientras yo cumplía con mi deber de buscar el chivo en mi trabajo. En otras ocasiones se quedaba a grabar los noticieros de la telera, así que con amplios dotes de corsarios o filibusteros de la imagen teníamos varios reporteros profesionales a nuestro servicio que reforzarían el registro videográfico que nosotros hacíamos desde las tripas mismas del movimiento. Un domingo, los tres, mi hija, mi esposa y yo, llegamos a una asamblea popular en esa plaza que empezaba a rugir y a refulgir rebeldías. La gente se concentraba unas ocasiones en el auditorio municipal –que pronto cambiaría de nombre a Auditorio Emiliano Zapata–, y las más de las veces enfrente de éste. Era el cuartel general del movimiento aunque en Acuexcómac también tomaban la iniciativa de las actividades. Ahí estaba disparando algunas tomas cuando de pronto advertí a cuatro jinetes que se acercaban, bajaron del caballo y se internaron en el enjambre humano. Uno de ellos se me hizo conocido pero un amigo me interpeló y lo perdí de vista momentáneamente. Pregunté por él a uno de sus compañeros y me dio su nombre: Felipe. Le hablé y me reconoció en seguida: “quihobo compa”, me saludó y aproveché entonces para proponerle una entrevista, le dije que preparaba un documental y enseguida nos enfilamos por el rumbo del panteón. Felipe llevaba un chaleco y sombrero negros. Coloqué a los cuatro pegasos como en un set cinematográfico de chili western. El primer entrevistado fue Felipe, sí Felipe Álvarez, mundialmente conocido como La Finini. Éste, además de campesino, también apretujaba los manubrios de una bici taxi allá en su pueblo para completar el plato de frijoles. A pesar de su notoria chimuelez es un personaje extraordinariamente fotogénico y tan elocuente como el mejor de los oradores, lo cual, años más tarde, le serviría para protagonizar otro documental llamado "Hincando el diente en la vida". Habló del capitalismo, de Fox, del Aeropuerto, denunció, explicó, advirtió: “Fox ya dijo, ya dijo Fox, pero falta que el pueblo diga… sacaremos mujeres, sacaremos niños, pero el aeropuerto no pasa…” Su palabra atrae, cautiva, seduce, sin duda un personaje cinematográfico. Pero aún no terminaba con cuando irrumpieron dos coches llenos de campesinos que me pidieron me identificara y explicara la razón de mi presencia en Atenco. En esas circunstancias cualquier anormalidad era vista como sospechosa. Afortunadamente un ex alumno me reconoció y pudimos seguir la filmación. Después compareció Sergio Vázquez, el Bodecos, apodado así por la forma como de niño llamaba a los borregos: “estamos por la vía pacífica, está el amparo, pero si no funciona, entonces le vamos a entrar de a de veras”. Otro más de los cow boys me recordó a un personaje de Los Agachados, al maestro Gumaro, así se llamaba el que montaba un caballito, casi un pony, al cual hacía girar sobre su eje fueteándole las ancas y advirtiendo que algunos del gobierno también se iban a morir. El último de los entrevistados fue Ligardo, así le decían sus amigos. En realidad se llama Hildegardo y además de caballista también administraba un bici taxi en la tierra de todos ellos, Nexquipáyac. Su dicho se constriñó a solidarizarse con sus hermanos de Atenco. Buenos testimonios sobre todo el de Felipe quien tiene una claridad ideológica deslumbrante producto de su experimentada militancia en las filas de la Izquierda. Comencé a trabajar el guión para un documental extenso que sirviera a la causa de los ejidatarios despojados. Si la lucha era por la tierra y el decreto había sido realizado desde la ignorancia de los escritorios, entonces había que hacer conciencia sobre el significado de la tierra. Y la tierra no era solamente el fermento de las plantas, no era únicamente el lugar donde las semillas florecían con la fuerza de la vida. La tierra es el ombligo divino en torno al cual miles y miles de pobladores se habían organizado económica, social y culturalmente. El cultivo de la tierra originó una cultura de fuertes raíces históricas donde el Náhuatl gobernaba el verbo de los pueblos originarios, y los mitos divinos orientaban la vida silvestre de los texcocanos. De esta hermosa manera, Atenco, Texcoco, Chimalhuacán, los municipios afectados por el proyecto del maléfico aeropuerto compartían la telúrica historia del Popocatépetl e Iztaccíhuatl y la generosidad del legendario Lago de Texcoco. Esta región que dio a luz a individuos que cobraban vida en su filiación con el barro y la obsidiana ahora se agitaba en la turbulencia de la lucha. Estos texcocanos que tenían en el viejo lago una inagotable cantera de alimentos como el ahuautle, chichicuilotes, charales, acociles, peces, patos silvestres, ajolotes, ranas, que constituían su modesta pitanza, hoy se erguían en pie de guerra. Y uno recordaba la historia de estos lugares, cómo la Ciudad de México tomó el aspecto de un imponente vampiro que chupó la sangre al generoso lago, e incultos cueros resecos emergieron de estos venerados lugares ante la torrencial ausencia de los ríos, y cómo a partir de esta trágica condición, los pobladores de este ribereño territorio modificaron los hábitos de trabajo para asegurarse la venturosa supervivencia; así aprendieron a disponer de la yunta y del arado en terrenos yermos y salinos, a extraerle a la sal de la tierra los modestos frutos de su carcomido vientre, se consagraron al cultivo de la esperanza en cada grano de trigo cosechado, en el corte maestro de la alfalfa, en los colmados cuartillos de maíz, en el anchuroso saludo de las milpas. Día a día fueron ahuyentando a la aridez con la pródiga fe del agua de riego, desterrando el caluroso rigor de la canícula en las lácteas madrugadas de la ordeña. Por eso los pueblos se enardecieron, porque a pesar de la injuriosa modernidad del cemento motorizado son lugares donde gobierna la paz de las bucólicas herramientas, la afilada mansedumbre de la guadaña, los arañazos alfalferos del bieldo y el rastrillo o la entrañable callosidad del machete. Ésta fue la idea inicial del video, recuperar la historia de la región con base en el amor a la tierra, a su ligazón con la gran diosa que es la madre tierra. Lo demás fue una acuciosa labor de observación y registro de imagen sobre lo que estaba ocurriendo en el movimiento campesino contra el proyecto del mega aeropuerto. Y ocurrían muchas cosas. La sola idea de una terminal aérea en sus parcelas ejidales sembró negras nubes de pesadumbre en la población, pero también desató subversivos instintos libertarios en defensa de sus tierras. Los atenquenses, que ya habían adoptado el machete como símbolo de lucha, inventaban y reinventaban nuevas formas de enfrentar al gobierno, las marchas fueron imprescindibles, los mítines, la irrupción en actos oficiales del gobernador Montiel, el enfrentamiento con la policía municipal y estatal, pero también los festivales culturales, y las asambleas regionales y las visitas a los medios de información, a las universidades, a sindicatos, a la radio, a la televisión. Pero aún no había unidad cabal en las acciones. Alguna vez los compañeros de Nexquipáyac se quejaron porque organizaron una asamblea regional y los compas de Atenco y Acuexcómac habían realizado una marcha, En esa reunión del pueblo capté a varios lugareños que mostraban los productos del lago: chichicuilotes y patos silvestres disecados, frascos de espirulina, suculentos platos de ahuautle (denominado por acá el caviar mexicano) y otros productos como la sal del lago que, dicen, no hace tanto daño como la sal común, para evidenciar que estas tierras no eran estériles como argumentaban los príncipes de la mofa y de la palabra fingida del gobierno. Acudíamos a Atenco dos o tres veces por semana para informarnos de las movilizaciones. La espesa muchedumbre impedía distinguir los rostros, uno que otro se hacía familiar, pero la gran mayoría no lograba reconocerse. Era una romería donde las desobediencias contagiaban el estado de ánimo de los visitantes, curiosos y solidarios. Las señoras al principio se agrupaban en derredor de la infatigable cocina, después desplegarían su valentía y su presteza al encabezar las manifestaciones a la par con los hombres. Algunos estudiantes realizaban periódicos murales, otros jóvenes fijaban fotografías en mamparas, algunos voceaban denunciando el atraco gubernamental, los más transitaban del auditorio a la casa ejidal y de ahí la Casa de la Cultura que servía para dar cursos de variada índole a la población. Atenco era un palpitante corazón de actividades y el motor que le daba vida era el infatigable micrófono y el aparato de sonido que con su boruca mantenía en alerta a los guardianes de la tierra. La video, la TV, los cañonazos, los cuetes, las campanas, el perifoneo, la callada voz del correo doméstico, las composiciones musicales, las fiestas, los ritos, se convirtieron en las herramientas propagandísticas intra y extramuros, en los medios de comunicación que fortalecieron al movimiento. Pero también las guardias nocturnas, los rondines de vigilancia a todas horas, los carteles, los volantes, las bicicletas, los bici taxis, los caballos, los estandartes religiosos, la bandera nacional, las pintas, las misas, todo, todo era susceptible de ponerlo al servicio de la causa del pueblo y utilizarlos como instrumentos para hacer crecer la lucha. El anchuroso portal del palacio municipal servía como galería de carteles y fotografías de las movilizaciones. El palacio ya sólo lo habitaba el fantasma de Margarito Yáñez, el traidor Margarito, motejaba el pueblo, el presidente municipal que, con el señuelo del billete, la saliva se le hizo poca para lamerle las manos a Arturo Montiel. El edil había abandonado el castillejo municipal para migrar su gestión a un pueblo alejado de la cabecera, Santa Isabel Ixtapan. Durante todo el conflicto, y aún más tarde, el edificio permaneció bajo resguardo del movimiento. La calle principal estaba cerrada al tránsito vehicular, sólo circulaba la gente en movimiento. En una esquina cerrada con dos grandes troncos lucía una leyenda que me impresionó por su originalidad: “Se solisita gente trinchona para tumbar el decreto”, desgraciadamente no todo lo que uno ve se puede video grabar, sea porque ahora no parece importante para el proyecto, sea porque la cámara reposa su fatiga en la cajuela trasera del coche o simplemente porque en el instante no te dieron ganas. Cuando regresé a Atenco para filmar la pancarta ya estaba otro cartel anunciando una marcha. En ese lapso el movimiento adquirió la jerarquía de sujeto revolucionario. La vía radical como marejada incontenible arrastró a los indecisos, hizo naufragar a los traidores que no supieron defender su tierra, y ganó la simpatía de los pueblos de la región. El Movimiento (con M mayúscula) radical se había impuesto como método de lucha a los priistas apocados que habían aceptado el decreto con la sumisión que el gobierno quería, a los campesinos que nunca se agruparon y que únicamente querían que les pagaran más de los siete pesos por metro cuadrado y a la dirigencia ejidal que contrató a Burgoa para seguir la vía legal del amparo y que sólo aparecía en la plaza cuando de declaraciones frente a las cámaras se trataba. Cada vez que llegaba un medio de comunicación importante los campesinos congregaban sus afanes con la esperanza viva de dar a conocer su lucha. En una de esas ocasiones llegó el Canal 22 de California y un gentío comenzó a hormiguear para mostrarle a ese medio los terrenos afectados. Comenzamos la peregrinación del centro de Acuexcómac hasta los terrenos que colindan con el río Xalapango que, casualmente, cruza también por mi pueblo y que hoy ya es un canal de desagüe. Aún no aparecía la consigna que le daría identidad al Movimiento: ¡Zapata vive, la lucha sigue! Pero ese paseo por los polvorientos campos de Acuexcómac suministró de excelentes escenas a mi documental. El movimiento crecía y crecía y la solidaridad comenzaba a notarse mientras las marchas se hacían más frecuentes. En otra ocasión el Capitán Guarniz, reportero de Brozo, se apoderó de la atención del pueblo y la gente se reunió al instante, fuimos andando hasta Acuexcómac donde los campesinos expusieron en ofrenda todos los productos de esa magnánima tierra que, afirmaba mañosamente el gobierno, únicamente producía lástimas. Pero la visita que trascendió mayormente fue la de Ricardo Rocha quien inició su recorrido por los campos expropiados con unas cuantas personas y terminó con miles. Esta vez sólo me enteré fortuitamente, luego vi el reportaje de Rocha en el Canal 13. Lamenté no haber estado presente. Un trabajo muy favorable a los ejidatarios, por cierto. Sin embargo, fue una bella y friolenta noche de octubre cuando un medio de información convocó más voluntades en turbulencia. Canal 40 arribó a la plaza de los desacatos con un camión y su antena de hongo para transmitir en vivo y en directo durante el noticiario de Denise Maerker y Ciro Gómez Leyva. Tendieron su aparatoso tinglado de luces y micrófonos, y el periodista comenzó a reportar en vivo. El pueblo entero arrejuntó todos sus puños para hacer de todos ellos uno sólo que blandiría con toda la fuerza que la tierra puede dar. Me colgué de las luces de CNI y me di vuelo registrando el mitin. Los hijos de la tierra crecidos en la parcela como jilotes de maíz se mostraron invencibles: la rabia trepaba por la cresta de la montaña humana y se desgranaba en atronadores cantos de ira. En furiosos relámpagos las bocas estallaron cual capullos en rebeldía. Centellearon las proclamas en mantas y pancartas, en mentes y corazones y los puños hundieron su filo en el cuerpo de la noche. Este torrente de imágenes serviría para descubrir en mi documental la fuerza del Movimiento. Es una de las partes más emotivas del video. Tres semanas después de explotado el conflicto, el Movimiento ya tenía identidad. Algunos que habían bloqueado la carretera el día del anuncio de la expropiación y hablaron a la televisión de que primero morirían antes que verse despojados de sus tierras, los más trinchones y habladores, a la suprema hora de los cocolazos, desaparecieron como liebres asustadas perseguidos por el espectro de la cobardía. Pero la mayoría había echado su suerte en la heroica resistencia. Los tenaces guardianes del surco y de la hierba, anticipándose al naufragio de un destino prefigurado por los sátrapas, prefirieron someterse a la prueba de la dignidad defendiendo su tierra con movilizaciones, bloqueos, marchas, plantones y protestas de toda índole. Lo cierto es que ni Vicente Fox, cuyo roce con el campo es el mismo que tienen los racistas rangers de Texas, ni Arturo Montiel acostumbrado a los tenebrosos ardides en las barracas del poder, mucho menos Pedro Cerisola, habituado a los mugrosos aromas de los billetes, sabían del carácter, temperamento y arrojo de los campesinos, por lo cual ninguno de ellos sospechó la tenaz e indomeñable respuesta de los herederos de Nezahualcoyotl. Un contratiempo le imprimió una madurez inusitada a las acciones y marcó el curso del Movimiento. El 14 de noviembre de 2001 se organizó una marcha multitudinaria hacia el Zócalo del DF. Armados con el coraje del barro y con la fuerza de la arcilla el contingente de trabajadores del campo se acompañaba con un escuadrón de jinetes que partían el mar negro de concreto para darle paso a mulas ariscas que extrañaban la rajadura de los surcos, a ligeros tractores que portaban arados imaginarios, a carretas que olvidaron la alfalfa, el zacate y el maíz por cargar un tumulto de consignas revolucionarias. En esa marcha empezó a popularizarse el combativo grito de ¡Zapata vive, la lucha sigue! En esta deslumbrante y cansada caminata me acompañó Odette. A veces andábamos juntos pero yo me desprendía para subir a los puentes peatonales y vehiculares y darle brillantez a las tomas de los campesinos de San Salvador Atenco que partieron muy temprano del terruño con la bendición de sus guías religiosos y del lienzo nacional, acompañados de los labradores de Acuexcómac y Nexquipáyac que hicieron más grande el contingente. Más adelante se unirían los campesinos de Panoaya y Tocuila. La oportunidad de recoger tantas escenas de un pueblo en pie de lucha, en defensa de su vida, que avanzaba por la carretera México-Texcoco con festivo enardecimiento en los labios y en las miradas, como si quisiera remover conciencias en la oscura lobreguez de la carretera, mitigaba mi agotamiento. Filmar a La Finini. cuando rebasábamos Chapingo mientras cantaba "Está gritando la tierra, herida por un cuchillo, lo que le duele en el vientre la muerte de Jaramillo…", imprimía vigor a mis piernas. Ver un contingente libertario dirigirse hacia la vorágine del smog, al encuentro con su propia historia, rumbo al desquiciado corazón de los poderes federales en pos de quebrar un destino que no fue diseñado por ellos, vencía la fatiga de tantas horas de subir y bajar escaleras, de ir de la punta a la cola de la manifestación; sentir la vibración del piso por el paso de los rebeldes como si estuvieran azotando el fríjol en el costillar de chapopote, daba ánimos para seguir filmando. No obstante, al llegar a Cuautlalpan, el último de los pueblos texcocanos, colindante con Chicoloapan, después de haber devorado con mis ergastulados tenis unos 20 kilómetros de hirviente asfalto, al subir por enésima vez a un puente peatonal mis piernas se envararon a tal grado que sufrí una eternidad para llegar a la cima. Le dije a mi mujer que ya no podía, ella me lo agradeció porque sus piernas tampoco respondían. Decepcionados tomamos un camión de regreso a Texcoco, acordándonos de lo que me había dicho La Finini. al comenzar la caminata, “¿a poco tu potranquita va llegar caminando hasta el DF?” Pinche Finini. Seguimos la marcha por televisión. Para entonces Atenco ya era noticia nacional y fomentaba el interés y el morbo de los reporteros. Lolita Ayala informaba que la marcha desquiciaba la circulación de la transitadísima avenida Ignacio Zaragoza. Después de una negociación con los pitufos de López Obrador que pretendían detener a los hijos de la hierba, éstos seguían avanzando. Pero no sospechaban la trampa que se les tendía. Primero fue la actitud deslumbrantemente retadora de un campesino bigotón a un oficial de policía que le advertía que no pasarían y él contestaba: "como chingaos no, venimos encabronados". El ejidatario era Jorge Flores, uno de los más aguerridos entre los aguerridos atenquenses. Un poco más adelante, la rebelión de los fulgores, los machetes resplandeciendo insubordinaciones en el concreto, las imágenes de CNI, del canal 2, 4 y 13, proyectaban el despertar del México bronco, en el pecho abierto de los ejidatarios se encendía una hoguera de rencores. Batallaban cuerpo a cuerpo contra los granaderos perredistas. Eran gladiadores modernos del surco y del machete. Jamás se había visto en las calles defeñas un enfrentamiento de tales magnitudes contra los cuerpos represores. A machetazo limpio repelieron a los granaderos. Las escenas se sucedían. El ojo tumefacto y la cara sangrante de una campesina, la pedrada a un espadachín sin corcel y su respuesta de campeador, la caída de otro combatiente por un proyectil, por aquí y por allá piquetes de gladiadores macheteaban a otros policías, la subversiva retirada de un jinete montaraz entre el ataque colérico de una decena de tecolotes, la expresiva ira de los que afilaban ruidosamente sus machetes en el cemento, el llanto corajudo de otro campesino que advertía: "esto es lo que se van encontrar cuando lleguen a nuestro pueblo". Finalmente, los rebeldes arribaron golpeados, pero triunfales, a la Plaza Mayor. Apenas nos enteramos por los noticiarios vespertinos de la batalla campal que dieron los atenquenses nos fuimos al Zócalo. Ahí recogí el rabioso testimonio de una campesina que le reclamaba a Fox tan estúpida decisión de despojarlos de sus tierras. Llorando, doña Epifanía provocaba el compasivo y solidario llanto de quienes la escuchaban. A 45 kilómetros del Zócalo la réplica espontánea de miles de campesinos de Acuexcómac, Atenco, Panoaya, Tocuila fue el bloqueo de la carretera Texcoco–Lechería para protestar contra las arbitrariedades de la policía capitalina, exhibiendo su capacidad de movilización y resistencia. Todo esto resumía la indignación de un pueblo organizado que se negaba a ser pisoteado por una plataforma de concreto desde donde pretendían despegar y regodearse los intereses de los poderosos en los aires de la impunidad. Esta batalla en las calles capitalinas llamó la atención mundial y alcanzó dimensiones internacionales. Hasta en Corea hablaron de los machetes. La simpatía de miles y miles de mexicanos al movimiento de resistencia se expresó por todos sus poros y logró momentos de grandeza excepcional. La solidaridad empezó a fluir como manantial a Atenco. La solidaridad convertida en activistas del CGH, en jovencitos afines a la cultura punk, en cantores y artistas que inscribieron su fuerza y su talento en ese memorial de los héroes en busca de su liberación. Tal sendero siguió Cayo Vicente quien adoptó el machete y a Atenco como su familia grande; Aurelio, un campechano que por temporadas se quedó a vivir para participar en las brigadas de lucha combativa; el Gato que ha crecido a lo bestia o Christian un niño de la calle que encontró afecto y cobijo bajo el techo de las consignas insurrectas, y muchos otros diluidos en la grandeza del anonimato. Pero también arribaron oportunistas que se colgaron del Movimiento para pedir “solidaridad” doquiera se paraban, orejas que vendían caros los informes de las asambleas, soplones que hacían de la denuncia y la delación una hipócrita forma de amistad. Comentario aparte merece un individuo que sacrificó su habilidad como retratista para hacer de sus pinceles micrófonos al servicio de la secretaría de Gobernación. “Cienfuegos” es su alias y para más señas fue quien decoró los murales en las paredes del auditorio y de la casa ejidal. “Cienfuegos” fue descubierto cuando un agente de Gobernación fue atrapado por los macheteros y en su libreta encontraron su nombre y el de otros dos “activistas”, clasificados como “informantes”, y no precisamente de Sahagún, sino del mismísimo Atenco de todos los machetes. “Cienfuegos” el pintor; el Zapata, un tipo que aún intenta conservarse como miembro del Frente, y Felipe, un moreno barbón de torva vista que jamás se le ha vuelto a ver. Prácticamente vivían en el auditorio y fueron revelados como orejas del Gobierno. Lo curioso es que todos sabían que eran tirantes, pero nunca fueron corridos de Atenco hasta después del triunfo. Nacho decía que era mejor mantenerlos controladitos sin importar que estuvieran dentro. El gobierno también mandó “observadores” disfrazados de fotógrafos, reporteros o de estudiantes solidarios, que en realidad eran pefepos, tiras y judiciales, sin contar a otros informantes del pueblo, priistas que cargaban las treinta monedas en las talegas de la traición, o agentes de la Policía Estatal como “El moreno”, presunto amigo de los talibanes que en las circunstancias de definición prefirió la protección de sus compinches gobiernistas. A pesar de todo esto el ánimo no decaía, los juicios de amparo de los ejidatarios y las controversias constitucionales impuestos por los gobiernos perredistas del D.F., Texcoco y Acolman ante los dolosos hechos arbitrarios conformaban un segundo y tercer frente de lucha, aun cuando se sabía que estas controversias perredistas eran más una embustera careta que una real posición de fuerza. Y la lucha creció como bomba de tiempo, el Movimiento se enriqueció con campesinos de Ixtapan, Nexquipáyac, Acuexcómac, Atenco, La Magdalena, Riva Palacio, Tocuila, Santa Cruz, San Felipe, Boyeros y otras comunidades que agitaron el puño libertario en reclamos turbulentos exigiendo dignidad y respeto a su cultura y a sus costumbres. En ese parteaguas de la lucha, Nacho del Valle se había ganado a pulso la calidad de dirigente del Movimiento, apareció también Felipe Álvarez, La Finini., Jorge Flores, Miguel Buendía y otros que jugarían un papel importante en el desarrollo de la lucha. A partir de ahí comenzó a popularizarse el nombre recién adquirido del Movimiento: el ahora famosísimo Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), y con esta denominación también se les enjaretó dos sobrenombres: los macheteros y los talibanes, aunque este último sólo es usado en la región texcocana y, sobre todo, en el mismo Atenco. Para el 20 de noviembre de 2001, a un mes de distancia del trágico decreto, y a seis días de la batalla contra la policía capitalina, el Frente de Pueblos había configurado su identidad actual y efectuaba otra gran marcha a Texcoco, en particular a la Subprocuraduría local. Filmé todo el poderío del Movimiento. Las consignas habían cambiado, ya no se hablaba del gato con botas para referirse a Fox, ya gritaban ¡Montiel y Fox, chinguen su madre los dos!, y una que le dio identidad sin igual: ¡De norte a sur, de este a oeste, ganaremos esta lucha, cueste lo que cueste!, y esta otra made in Atenco, modelo exclusivo de los talibanes, ¡Este machete sí corta cuero, no te me acerques pinche granadero!, y algunas del mismo corte como ¡Que sube, que baja, Atenco no se raja! Y, desde luego, el ¡Zapata vive, vive, la lucha sigue, sigue!, en el Frente obtuvo carta de naturalización. Ya para entonces terminaba el guión de mi documental y había invitado a Andrea Fernández y a Pepe González Márquez a que me apoyaran con la narración. Excelentes voces de Radio Educación que se prestaron a venir a mi casa a grabar en la forma más artesanal que alguien pueda imaginar. Conectamos el microfonillo que trae mi Mac y esperar a las 12 de la noche cuando ya no pasan carros frente a mi casa para realizar una grabación limpia. El pago es poco menos que simbólico para dos maestros de la palabra modulada, para dos profesionales de la garganta educada. El audio de mis locutores significaba el preámbulo de la edición. Me faltaba un poco de música, pero ya tenía la esencial, toda vez que además de algunos discos de Stoa, un grupo de culto, alemán; de Sibelius, Haendel y otros a quienes ya les había puesto el oído encima, las composiciones de un excelente cantautor de Nexquipáyac, Claudio Duana Pineda, El sol, un auténtico cronista musical del Movimiento, que enriquecería sobremanera el dramatismo del documental. A Claudio lo acompañó Alejandra D. Ricalde, también compositora texcocana que talla la guitarra como los grandes. La filmación la hicimos en el cerro de Coatepec y en los campos expropiados. Lo demás era cuestión de sensibilidad al ver las imágenes, escuchar los textos e imprimir más dramatismo al montar la música en sintonía con las imágenes. Todo trabajado en un programa para aficionados llamado iMovie. El trabajo de montaje es fascinante porque, lo mismo que en el guión, uno va creando otro universo. Al interpretar la realidad ésta se reinventa. Estoy convencido que concebimos y ordenamos de un modo personal la realidad cuando al mundo logramos darle una interpretación novedosa y, por ende, todo cuanto hagamos con ese fin, surcará terrenos de la creación. Sólo así puede aguantarse hasta 18 horas de trabajo continuo. Además, como documentalista uno sabe que el punto de vista es ideológico y el encuadre también, no existen mensajes inocentes, menos ideologías inocentes. A diferencia de los mercenarios de los medios de información que manipulan la información a su gusto, o mejor, al antojo de los dueños de los medios, el documentalista independiente tiene la libertad de transmitir su mensaje tomando partido de la manera más objetiva posible. Tenía todo a la mano para hacerlo. Y a ello me aboqué con gozo y placer. Partí, entonces, del amor a la madre tierra, de cómo la fertilidad del suelo condujo al hombre a la comunidad de los afectos, a la congregación de las ternuras, pues la tierra es factor substancial de nuestro alumbramiento y fin, de nuestro nacimiento y muerte.. En el video me atreví a usar un aserto que por conocido a veces se pierde en la terrible banalidad de la desmemoria y que nos remite al origen y a nuestro destino fatal: "Polvo eres y en polvo te convertirás", es la bíblica sentencia que cincela con fulgores de oro nuestra hermandad con el suelo. De esta forma, hice un breve planteamiento que parte de la historia del mundo y su desarrollo ligado a los frutos extraídos del corazón de la arcilla que levantaron portentosamente pueblos, aldeas y, a la postre, las ciudades, que extendieron sus inacabables brazos por todos los confines, multiplicando los oficios, aumentando las miserias hasta llegar a la modernidad con todos sus comodidades. En esta introducción vertí todo mi historia rural utilizando un lenguaje basado en el conocimiento del campo, un lenguaje metafórico lleno de imágenes verbales para hacer más accesible el documental a los campesinos en rebeldía. He de señalar que en los terrenos de la creación en cualquier campo de la ciencia y la cultura, la realización de una crónica donde ocurren conflictos políticos es una aventura intelectual difícil de superar, sobre todo si se quiere ir más allá de un documental descriptivo, arriesgando hipótesis y comprometiéndose con una de las partes, en este caso con los más débiles. La dificultad de predecir la solución de la trama y el argumento me causó muchos contratiempos, sin embargo, la honradez y objetividad en el planteamiento del problema me ayudó a resolver con buen éxito el proyecto. Tales razones me indujeron a hablar de la grandeza de los pueblos indios y la cultura desprendida de esa fabulosa tierra rodeada de agua que configuraba el mitológico destino de un pueblo que supo servirse de la naturaleza y servirla a ella como a un dios, y que hoy no es más que un gigantesco corazón perdido en la envenenada modernidad de su atmósfera. Sólo una porción del contaminado valle ha resistido tenazmente la voraz espesura del tizne y las dentelladas de la urbanización, así, denuncio en el video, los tlatoanis de la globalidad se confabularon para dar el golpe mortal al Valle de México: resolvieron con su proyecto millonario acabar con el último respiradero, filtrador pluvial y abastecedor de los mantos acuíferos del envenenado Anáhuac: la cuenca del valle de Texcoco. En esta parte del documental consideré necesaria la explicación del proyecto desde sus orígenes porque, parecía que el plan había nacido de las brillantes molleritas de Fox y de Montiel. Tuve que aclarar que el nuevo campo aéreo comenzó a bocetarse durante el gobierno de López Portillo, pero los apuros financieros de esos años suspendieron los sueños aeroportuarios. No obstante, en 1981, la camarilla priista de Hank González, más conocida como el grupo Atlacomulco, presentó el nuevo proyecto para edificar la terminal aérea en Texcoco. Finalmente el plan fue aprobado por Ernesto Zedillo, pero la crisis económica aplazó nuevamente su construcción. Con el compromiso del aeropuerto hasta el cuello, enfatizo, el presidente Vicente Fox mantuvo al poderoso equipo priista en su gabinete otorgando a Pedro Cerisola la titularidad de Comunicaciones y Transportes, a Alfredo Elías Ayub la de Comisión Federal de Electricidad, y a Ernesto Velasco León la de Aeropuertos y Servicios Auxiliares. Estos operadores de Hank González, entre otros, fueron la punta de la madeja de fraudes, negociaciones, intrigas palaciegas e intereses sospechosos que sometieron al gobierno de Hidalgo, corrompieron al Programa Universitario del Medio Ambiente (PUMA), compraron voluntades y mediatizaron a Greenpeace y al grupo de los 100, para llevar a cabo la multimillonaria plataforma aérea. Además, se debía elucidar que si bien fue manejado como un asunto de seguridad nacional, los foxistas ocultaron que el nuevo aeropuerto era una exigencia más del imperialista proyecto de explotación de recursos naturales conocido como el Plan Puebla–Panamá, y un gigantesco negocio de especuladores de terrenos, compañías constructoras, turísticas y hoteleras en complicidad con los frívolos gobernantes; por ello, la farsa continuaba provocando más sospechas que certidumbres. Y de ahí a la resistencia al proyecto. El machete como símbolo, el enfrentamiento con los cuerpos policíacos, la captura de soplones y orejas, la detención de la maquinaria que pretendía trabajar sobre sus ejidos, los testimonios visuales, las manifestaciones, la escaramuza en el DF, las entrevistas con los protagonistas, esto es, la dramática y vibrante voz del pueblo le fueron dando cuerpo, fisonomía y faz al documental. Pretendía que el video tuviera una función didáctica para el Movimiento y se convirtiera en parte importante de él, por tal razón en el guión planteé las siguientes preguntas al gobierno: ¿Por qué el gobierno nunca fundamentó la utilidad pública del nuevo aeropuerto, si éste es el principal argumento para expropiar a los campesinos? Si el puerto aéreo es un asunto de seguridad nacional pues son instalaciones estratégicas y por tanto objetivos militares ¿por qué se quiere concesionar a inversionistas extranjeros? Si la plataforma aérea es de utilidad pública ¿por qué se intenta adjudicarla a particulares? ¿Por qué los foxistas no cuestionan el aeropuerto planeado en un suelo de uso agrícola? ¿Por qué pasó por alto la regulación del suelo que es exclusivo del municipio? ¿Por qué no preguntaron a los campesinos si querían vender sus tierras? La expropiación no la están haciendo en reservas territoriales sino en ejidos de beneficio público. Y terminaba advirtiendo que el patibulario aeropuerto podía ser la sepultura de Fox y sus empresarios si no se apegaban a las normas jurídicas establecidas, porque sólo podrían construirlo repitiendo la masacre de Tlatelolco, de San Cosme, de Acteal, de Aguas Blancas, o de Chimalhuacán, porque a los atenquenses estaban dispuestos a morir por la tierra. Con esto terminaba el hilo dramático del argumento y, por fin, el documental estaba listo después de varios meses de desvelos, hechuras y rehechuras. Llegó el momento del bautismo. He de explicar que cuando llega la primera idea para hacer un documental de inmediato piensa uno en el nombre, y es una fijación, revisa uno alguna palabra o frase significativa, como si de una ocurrencia o de alguna circunstancia que marcara mi imaginación germinara el título. Es un problema. ¿Cómo ser original? Se trata de que pegue, que se quede en la memoria del espectador, que el público lo reconozca. Pensé algunas frases, nombres, palabras que nunca me convencieron, también surcó por mi frente lo que de plano es lo más cómodo, lo que todos hacen, utilizar una de las consignas clave: “Tierras sí, aviones no”, por ejemplo, y que sería esgrimido posteriormente por un videoasta para bautizar otro documental sobre Atenco. Después de desgranar algunos nombres, de jugar con las palabras, surgió en una madrugada donde se alborotaban mis sueños, este título: “Vuelos macabros del nuevo aeropuerto”, casi gana mi voluntad. Al final lo hice a un lado, preferí usar una metáfora de los machetes: “La rebelión de los fulgores”, este sí me gustó, pero pensé que al instante de que alguien leyera la tapa del VHS (no se popularizaba aún el DVD o VCD) no sabría a qué se refería el video, por ello completé el nombre con algo explicativo, así el título categórico fue el de “La rebelión de los fulgores: el nuevo aeropuerto ¿en Texcoco?” Un año después editarían un documental más sobre el mismo tema llamado "La rebelión de los machetes" y tres años más tarde apareció un libro que ostenta el nombre de "Fulgor rebelde". ¿Coincidencia?, ¿fusil?, no sé. De inmediato me lancé a Atenco. Ni Nacho ni Adán Espinosa, el otro líder visible del Movimiento, se encontraban cuando pretendía presentar mi documental en Atenco pues habían ido a Monterrey a manifestarse en una reunión de los hombres de las bandas presidenciales de otros países. Les dije, entonces, a algunos compañeros que llevaba un video sobre la lucha y quería mostrárselos. Sorprendentemente, lo aceptaron de mala gana. No sabía la razón. No hicieron anuncio ni nada pero conforme iba proyectándose la gente se acercaba más y más. Al final me dijeron que trabajaba yo muy bien pero que no podían “promoverlo” porque traía en los créditos la participación del PRD del Estado de México, y no podían pasar nada que tuviera que ver con los partidos. Yo les contesté que no se trataba de promoverlo ni de promoverme, ni de hacerme rico, mucho menos propagandizar a un partido que cada día estaba más del lado de los corruptos, que el documental era para el Movimiento y se movería por sí mismo, pero que no podía quitar el crédito al perredé. En efecto, una fracción semi radical del amarilloso partido mexiquense me había pedido dos programas de televisión de cinco minutos cada uno, el primero sobre Chimalhuacán y otro sobre Atenco, por lo cuales me dieron 13 mil pesos como gratificación. Resultaron dos documentales, uno de 25 (el de la Loba) y otro de 53 minutos (el de la Rebelión). Aclaro que en ninguno hice la más mínima concesión a los perredistas, lo cual a éstos no les hizo mucha gracia. Pero a los atenquenses sí, quienes a pesar de la resistencia de algunos, la gente pidió una nueva proyección y empezaron a solicitarme copias. La verdad del rechazo al video por parte de esa fracción del Frente no fue el nombre del PRD en los créditos, sino que este grupo contaba con un integrante que elaboraba videos y que al ver a alguien usando una cámara casera similar a la de su cineasta les invadió un corrosivo sentimiento habitualmente llamado celo profesional, o envidia diríamos en mi pueblo. Después debieron reconocer que mi militancia era real y que el trabajo mío llevó más beneficios que perjuicios al Movimiento. Cuando llegaron de Monterrey los líderes del Frente y vieron el documental no sólo me pidieron sino me exigieron rapidez para multiplicar el video. Lo hice sin saber bien a bien cómo le iría, pero me aventé como buen talibán: 500 copias. Al mismo tiempo preparaba el estreno de La rebelión de los fulgores en Chapingo. Invité a Carlos Bracho, el actor; a Luis Javier Garrido, el articulista de La jornada; a Paty Muñoz, maestra de Chapingo y a Nacho del Valle, líder del Frente. La premier fue a principios de abril de 2002, en el auditorio Álvaro Carrillo. La asistencia fue de 600 personas. Todo un éxito. La intervención de Garrido reivindicaba el papel del documentalismo mexicano como parte de la reconstrucción de la historia, la de Bracho fue más afectiva, producto de la amistad que tiene conmigo desde hace muchos años, hablando más que nada desde el corazón y solidarizándose con los macheteros. La de Nacho del Valle fue muy corta, más bien arengando al público para el fortalecimiento de la lucha. En fin, el público muy participativo, los talibanes inundaron de consignas sediciosas el recinto ataviado con dos gigantescas fotografías de Villa y de Zapata. Todos contentos. Para entonces tenía ya listas las copias del documental. Dorotea, mi hija puso su mesita a la salida y al final de la proyección vendió 20 copias, cada una a 50 pesos. Les dije a los macheteros que para el Movimiento los daría casi al precio. Me dieron (en la mayoría de las ocasiones) 30 pesos por cada uno de los documentales. Ellos lo vendían en 60, 70 u 80 pesos. Volaron. La rebelión de los fulgores sirvió como carta de presentación de los soliviantados compañeros en todos lados donde se paraban. El periódico Reforma le dio primera plana al documental acusando al PRD de intervenir en Atenco con la producción de un video. No me trataron muy bien. Lo mismo ocurrió en la Crónica. Pero El universal y La jornada saludaron el nacimiento de un documental que reivindicaba la lucha campesina. Pero la mayor satisfacción que puede alcanzar un cineasta militante es la respuesta de la gente, lo podría jurar, los oradores en sus participaciones en las múltiples asambleas empezaban a hablar del Plan Puebla–Panama, los compañeros adquirieron mayor conocimiento del origen del proyecto, es decir La rebelión de los fulgores cumplía una función didáctica importante, servía como promoción cuando el Frente motivaba a otros compañeros en distintas partes de la República, se vendía en las múltiples reuniones de solidaridad, en encuentros con otras organizaciones y pronto tuve que hacer otra nueva edición de 500 copias más. Al final del movimiento fueron 1200 copias vendidas. Después del documental nos ganamos a pulso estar al frente de las manifestaciones, antes que los camarógrafos de los noticiarios. La gente del FPDT nos comenzó a apreciar como a cualquiera de ellos. Pero la lucha no acababa ahí, sabíamos que lo más difícil estaba por venir… y lo más intenso. Sin embargo, no puedo narrar aquí la elaboración de otro video que documenta el triunfo de los macheteros sobre el proyecto neoliberal del aeropuerto que eclipsó a "La rebelión de los fulgores"; la empresa me llevaría 20 cuartillas más, quizá más adelante la historia de "Atenco: una tierna muralla" pueda detallarse ampliamente. 12 de julio de 2006 |
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