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En memoria de Antonio Gramsci

A 70 años de su deceso

20 de agosto de 2007

Alfredo Velarde

Con tino, la revista mensual de política y cultura Memoria (núm. 221), nos recordó en su pasada entrega y gracias a Rossana Rossanda que, en 2007, conmemoramos 70 años de la muerte del célebre político comunista Antonio Gramsci. El gran pensador italiano que naciera en 1891 y que padeció un largo encierro carcelario por su resuelta militancia izquierdista, en los tiempos fatuos del fascismo mussoliniano, sólo para fallecer el 25 de abril de 1937 justo cuando apenas unos cuantos días antes había recuperado su libertad tras un largo encierro y una penosa enfermedad de la cual pensaba restablecerse en Cerdeña, es acaso uno de los más avanzados y prolíficos teóricos revolucionarios del marxismo europeo, amén del escritor de izquierda que mejor salió librado del derrumbe de los siempre mal llamados “países socialistas” del pasado. He ahí su importancia y lo incomprensible del virtual olvido actual de este sumamente vigente y excepcional Maquiavelo rojo, como alguien con certera puntería lo llamó.

Podemos afirmar que la obra teórica que Gramsci pudo finiquitar antes de su muerte, representa uno de los logros personales e intelectuales auténticamente más impresionantes en la historia del marxismo del siglo XX. Sin duda, los Cuadernos de la cárcel, obra magna suya, ha resultado casi unánimemente reconocida como una de las mayores contribuciones al pensamiento revolucionario moderno y cuya influencia ha superado, con mucho, los límites de su Italia natal para universalizarse como el más grande teórico marxista europeo después de Lenin. Ahora, tras la crisis de muchas de las más groseras expresiones interpretativas del marxismo ortodoxo, podemos señalar que éste, por cierto, no es el caso de la filosofía de la praxis gramsciana, del gran teórico de las superestructuras que fue con su apuesta resuelta por repensar la política desde la perspectiva de los explotados, razón que lo llevó a formular su esclarecedora teoría del bloque histórico y que nos importa, en especial, porque precisamente ésa es una de las carencias más graves de la izquierda contrasistémica mexicana de hoy, que todavía no atina al diseño táctico y estratégico de las mediaciones posibilitantes para el arribo constructor de nuestro propio bloque histórico, capaz de revertir la actual y desfavorable correlación de fuerzas política existente ante nuestro común adversario de clase capitalista, y generar las condiciones subjetivas, vale decir, político-organizativas, para tramitar lo que en otro lugar he dado en llamar la ruta hacia “la segunda revolución mexicana” tan necesaria y urgente como parece.

En la actualidad, como durante la década de los 70 del siglo XX que se fue, con los atisbos emergentes de una nueva izquierda en el país y Latinoamérica que parece dispuesta a preparar una revuelta extraparlamentaria que se precisa, dada la inútil esterilidad de los partidos sedicentes de “izquierda”, como el PRD, el pensamiento de Gramsci aumenta de significado a causa de que su obra, resultó parte innovadora de la tradición radical responsable de haber mantenido vivo al marxismo crítico y auténtico, frente a las deformaciones del estalinismo, el “frente-amplismo” minimalista (al modo del FAP) y de la propia y voluntaria desradicalización de los partidos mal llamados de “izquierda”. Mérito de Gramsci, entre otros y en directa línea de continuidad con otros importantes radicales como Korsch, Luckacs, Reich y la misma Escuela de Frankfurt, estriba en que con sus reflexiones contribuyó a avituallar el esbozo teórico general de una alternativa para los limitados modelos teóricos y prácticos de la Segunda y Tercera Internacional, pero el suyo, sin duda, resulta más político que el de esos otros marxistas. Me parece que Gramsci y la tradición marxista radical deben ser vistos ahora más claramente como parte de una etapa transicional en el desarrollo político del pensamiento crítico y la problemática nueva por gestar una praxis renovada para la transformación revolucionaria del capitalismo maduro de pretensiones imperiales de nuestra más inmediata contemporaneidad.

La grandeza de Gramsci, dimana del hecho de haber sido uno de los primeros marxistas que articuló conceptos y perspectivas frescas sobre la base de cambios fundamentales anticipados en el seno de la sociedad burguesa; pero por otra parte, permaneció ubicado en un período histórico dominado por la revolución bolchevique y el Comintern, el fracaso de los alzamientos socialistas en Occidentes, y el surgimiento del fascismo y el estalinismo. Desencantado justamente con el “marxismo” mecánico de la socialdemocracia, instintivamente vio en el leninismo de izquierda una fuente de inspiración y estrategia. Después, con la consolidación del capitalismo imperialista en Europa y el triunfo del centralismo burocrático en la URSS, comenzó a elaborar algunas alternativas teóricas, aunque, políticamente hablando, continuara aceptando muchas de las premisas bolcheviques originales que la realidad había sometido a un importante desgaste. Además, en los Cuadernos…, predijo que la creciente complejidad de la “sociedad civil” en los países capitalistas más desarrollados elevaría la lucha ideológica a un nuevo nivel, dado que el Estado apoyaría su autoridad cada vez más en la hegemonía que en la fuerza. Para él, la antigua dicotomía entre base y superestructura, Estado y sociedad civil, habrían de disolverse gradualmente en un amplio “conjunto de relaciones”, volviendo al proceso revolucionario algo más totalizador y multidimensional, y socavando el enfoque “catastrofista” que dejaba descansar sobre la crisis y el logro del poder estatal al mecanismo de transición al socialismo. Creo que es muy cierto lo primero y no tanto lo segundo. Pero el estudio de la obra de Gramsci hoy, sin duda, además del mejor homenaje suyo, nos sirve para articular dentro de las coordenadas de su marco teórico, muchas de las nebulosas que su obra visionaria seguramente contribuirá a esclarecernos, en México, para nuestra lucha actual.


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