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El desconocido che guevara

Actualidad y pertinencia de su pensamiento cuatro décadas después

Alfredo Velarde


Tras la apariencia mítica y novelesca se oculta algo más profundo que ilumina y da sentido verdadero a la vida del Che: la coherencia rigurosa, total y monolítica entre la teoría y la práctica, la palabra y la acción”

(Michael Lowy1)

Efeméride sobre la ética insobornable del Che

El 7 de octubre de 1967, sin cumplir todavía los 40 años de edad, fue liquidado arteramente en un hasta entonces mundialmente desconocido caserío del sur de Bolivia, llamado La Higuera, el arquetipo del guerrillero moderno e internacionalista justiciero por excelencia: Ernesto Guevara de la Serna, el Che. Con su muerte, urdida por fuerzas de la contrainsurgencia en un operativo conjunto entre el ejército boliviano, mercenarios y efectivos militares al servicio de las fuerzas armadas de los Estados Unidos y la CIA, que lograron capturarlo famélico y aislado junto con sus compañeros en la Quebrada del Yuro, terminó la vida del combatiente revolucionario excepcional cuyo legado teórico político se singulariza, aún hoy, pletórico de ricas enseñanzas inspiradoras para la naturaleza de la lucha que el Che emprendió y que hoy aún se sigue librando contra el mismo enemigo de clase capitalista de siempre. Pero también, con el asesinato del Che Guevara nació el mito y una leyenda legendaria que, como la del Cid Campeador, ha logrado victorias en importantes batallas éticas y culturales incluso después de muerto, no obstante que el mundo ha evolucionado, durante los últimos 40 años, en un sentido diametralmente opuesto a todo aquello por lo que Ernesto Guevara luchó denodadamente desde su primer despertar a la conciencia política militante, manteniendo invariado su claro compromiso revolucionario hasta ése infausto 7 de octubre de 1967, en que el enemigo logró cegar la vida del célebre combatiente izquierdista.

Ahora, justo 40 años después de su desaparición física, se trata de una fecha particularmente relevante para la recuperación de su trascendental herencia y no sólo de su mito. Y es que si atendemos a la efeméride desde su significación teórico-política profunda, resulta enormemente necesario un ejercicio de recuperación real de su pensamiento, en medida importante desconocido, por cuanto detenta profundas lecciones para todos aquellos quienes, en todo tiempo y lugar, han hecho filas en las distintas gestas emancipadoras para combatir a un capitalismo que resulta imposible embellecer, y que, durante el último medio siglo, ha recrudecido sus inocultables rasgos explotadores y enajenantes, opresivos y ecocidas. Desde que murió y por sobrados merecimientos, entonces, el Che Guevara fue bautizado por los revolucionarios antisistémicos como el Comandante Rebelde de América Latina. Muchas son las razones que obligan a no dejar pasar desapercibida la fecha. Una primera esencial, tiene que ver con que Ernesto Guevara, con justicia, se ha convertido en un símbolo de lucha y libertad; en un modelo ético ejemplar a seguir que se agiganta para la perenne rebeldía de los pueblos oprimidos que resueltamente combaten, a la cínica razón instrumental capitalista propia de un modo de producción atrabiliario y despótico, inmoral e indefendible, y que ha de destruirse a como dé lugar, si es que los trabajadores del mundo aspiran a un cambio genuino y radical en sus injustas condiciones de vida, explicables –en lo fundamental- por esa forma económico-productiva explotadora que existe sólo para beneficiar a los poderosos señores del capital y sus escandalosos privilegios.

Se trata, pues, de una efeméride trascendental porque demuestra que no todos los héroes, en el acto fideísta de su encumbramiento casi religioso, devienen ídolos de piedra sin sustancia. El Che, en tal sentido, resulta ejemplar porque se sale de la norma, rompe con ella desde su comunismo de principios férreo, a pesar de los esfuerzos oficiales por convertirlo en un mero fetiche emblemático o convalidador del modelo de economía estatal centralmente planificada (y burocráticamente gestionada), como en el caso cubano, lo que nos demuestra la filiación del marxismo guevarista como una pieza toral componente de un muy “otro marxismo”2 de valores autogestionarios, genuino e incomprensiblemente silenciado, radical y consecuentemente comunista, así como reacio al culto a la personalidad y a la erección de admiraciones fatuas cuando éstas quedan circunscritas, a un trivial elogio estatólatra autocentrado en definiciones sólo nacionalistas de liberación, como cuando hoy, de nuevo, aparecen tan en boga en América Latina, ante el probado y ejemplar internacionalismo guevarista. Y es que la vida del médico guerrillero, del revolucionario excepcional de indeclinable compromiso político con las mejores causas de liberación social, en lucha permanente contra la injusticia en todas partes, nos recuerda que las duras condiciones de vida que padece la enorme mayoría mundial explotada y oprimida, en el capitalismo maduro de hoy, siguen abofeteándonos con su crudeza y recordándonos las contradicciones que hoy manifiestan, con toda claridad, por qué la revolución que Guevara tanto alentó se justifica, como una imperiosa necesidad histórica también de éste tiempo. Por eso, la figura del Che, es la de un entrañable e imprescindible gigante nuestro.3

Mucho se ha dicho en sus numerosas biografías, que abarcan miles de cuartillas4, acerca de que con su asesinato dio inicio la gestación de un mito que, de haberlo sabido, el propio Ernesto Guevara habría desautorizado, a favor de la dimensión humana en la obra de un hombre y su lucha pletórica de virtudes, pero también de errores humanos que él mismo hubiera reconocido, para afanarse, acto seguido, a su rotunda corrección. Por eso, El Che, fue una de las poquísimas e influyentes figuras de la izquierda internacional de su tiempo, especialmente proclive a practicar la autocrítica en serio, cuestión que condujera al célebre filósofo existencialista francés, Jean Paul Sartre, en reconocimiento suyo, a decir de él que fue “el hombre más cabal de su tiempo”. Y con tal actitud, con esa misma disposición, se revela no el santón puro sino el hombre íntegro consciente y comprometido que fue hasta el límite de sus fuerzas a favor de la revolución. Lo cierto es que, detrás de la apariencia mítica y más allá del frecuente ejercicio meramente hagiográfico acostumbrado y referido al estadista de la Cuba libre inicial que también fue, se esconde algo mucho más profundo, que cala hondo con sus significantes que irradian sentido real a la trayectoria del revolucionario: un hombre de cuerpo entero portador de una inusitada y poco frecuente coherencia entre decir y hacer, entre palabra y acto, desde el primer momento en que devino un íntegro animal político consciente y el compromiso que mantuvo indeclinable hasta el último de sus suspiros.

Nacido el 14 de junio de 1928 –hoy tendría 79 años- en la provincia de Rosario, Argentina, Guevara es el latinoamericanista puro por excelencia y el ciudadano inconforme del mundo para quien la única utilidad de las fronteras consistía en desbordarlas, en esa vocación particular y muy suya e indeclinable, por asistir solidariamente a otras tierras que demandaran –según lo consignó en una célebre y conocida carta suya- de su “modesto concurso revolucionario”. Guatemala, Cuba, Angola y la Bolivia donde conocería el fin de sus días, fueron, tan solo, estaciones de paso en un prodigioso esfuerzo revolucionario mundial mucho más vasto, en esa pulsión subversiva que pedía la voluntariosa creación proliferante de “dos, tres, muchos vietnams”, en todas partes. Así lo muestra desde sus primeros años militantes, su ansia trashumante en búsqueda de su destino que fue el de una vida entera puesta al servicio de la causa revolucionaria, a la liberación de la gente y el compromiso indeclinable –como en el caso de Frantz Fanon y su posición de lucha en su famoso libro que el Che tanto admiró- con los condenados de la tierra, responsabilidad que nunca abandonará. De ahí que fundida con su condición de mito indiscutible del siglo XX, la subversiva imagen radical del Che, en plena sintonía con la famosa fotografía de Korda, no ha podido reblandecerse ni siquiera por el uso y abuso frecuentemente domesticador y mercadotécnico al servicio de la moda snob y el más insustancial consumismo de su imagen. Hoy, es del todo punto evidente, que el mejor y más relevante homenaje que se le puede rendir al impar revolucionario, consiste en la aproximación cierta, en el terreno de las ideas, a su extraordinaria y sugerente obra teórico-política que demuestra la afirmación de Michel Lowy, en el sentido de postular que el pensamiento del Che era el de un comunista crítico, un marxista revolucionario, cuyas enseñanzas estriban, precisamente, en el precioso punto de referencia antidogmático y radical para esa muy otra y verdadera izquierda revolucionaria alejada de los politburós, las cúpulas, las capillas o los comités centrales. Pero si ésta es una obligada tarea teórica de los comunistas revolucionarios y los libertarios anticapitalistas del presente momento histórico de hegemonía capitalista madura, la tarea práctica lógicamente derivada de una genuina inmersión en el legado teórico del comandante guerrillero, está indudablemente radicada en los esfuerzos denodados por emular y continuar, profundizándola, la realización empírica de la revolución también aquí y ahora.

Hacia el encuentro con ese desconocido llamado Ernesto Guevara

No resulta en modo alguno excesiva la afirmación según la cual, más allá del “guerrillero heroico”, del ejemplar combatiente revolucionario que Guevara fue, existe todavía un plexo de rasgos de su poliédrica y sorprendente personalidad política que en mucho, todavía hoy, resultan casi completamente desconocidos más allá de lo anecdótico. Es de lamentar, por supuesto, que la incensaria hagiografía guevarista, tan persistente como lo ha sido en el recreo propagandístico exhaltador del mito o la leyenda, inmerso en un mundo que ha cambiado en sentido diametralmente opuesto a los deseos y las motivaciones más íntimas que nutrieron la resuelta voluntad por la lucha socialista revolucionaria e internacionalista de la que el Che es abanderado, evidentemente contra el capitalismo y su expresión imperialista de la época, haya sido también –acaso de modo involuntario- particularmente eficaz en el mantenimiento de las nebulosas que han obliterado, materialmente, tanto el conocimiento a fondo de su obra teórica real, como la recuperación contemporánea de su rico y estimulante legado revolucionario, por ejemplo en la política y como un original pensador económico marxista, radicalmente vigente para nuestra más inmediata contemporaneidad en la lucha emancipadora hacia el porvenir.

No se trata en el presente texto, por eso, de repetir lo archisabido, sino de la inmersión mucho más interesante y necesaria en el rastreo de ese entrañable, particular y esencial Che Guevara nuestro, que todavía hoy -en el fondo- es un famoso desconocido a cuya opacidad, por cierto, también han contribuido más allá de sus lógicos enemigos y detractores suyos, sus no obstante entusiastas apologistas quienes, a veces, con ostensible miopía, han terminado por convertir su culto profano en la representación simbólica, casi religiosa de un ídolo más, graníticamente petrificado y por ende inservible para la lucha revolucionaria que el Che tanto alentó. Así, una vez reducidos a dogmas, se desfiguran sus principios que a veces se conocen, de repente se asumen de dientes-afuera, pero casi nunca se practican. Y, por eso mismo, sobra decirlo, se hace clara la necesidad de desmarcarse del culto trivial, a la postre inútil para todo aquello que signifique la recuperación del guevarismo para las luchas del presente y se atreva a ir más allá de la seductora y millones de veces repetida fotografía de Korda en los afiches, es cierto, pero en cuya expresión, aunque bellamente, termina limitada y empobrecida la vigencia de un pensamiento político muy rico, crítico y profundo como el del Che y que va mucho más allá de la simple imagen o del mero culto en sí a su figura por encima de su pensamiento, por cierto y para otros más, hasta investido de cierto sex appeal a explotar, o peor aún, que ha terminado por hacer del legendario guerrillero revolucionario otra mercancía más, un trivial valor de cambio en el supermercado cool de la moda juvenil; desplante con el cual, en el acto de su popularizada globalización visual, al seno del imaginario cultural, concluye asimilado con estimulantes rendimientos para el establishment, que también ha contribuido a hacer devenir a su figura, por sobre exposición, en objeto de un mero culto estético de estampilla que lo esteriliza y domestica por el vaciamiento de sentido del emblema mismo y de todo conocimiento real de sus verdaderas concepciones y convicciones político-sociales.

Y es contra eso es que el Che Guevara se revuelve desde su tumba, para levantarse contra la prostitución de su imagen, el uso litúrgico fanatizado de él, o la repetición burocrática, casi eclesiástica, de cierta “izquierda” demodé, por el culto a la personalidad guevarista sin más, divorciado de su pensamiento crítico y autocrítico, consecuente y fecundo para la tarea emancipadora latinoamericana y mundial todavía pendiente de concretar. Es ése, a nuestro juicio, el Che real, y sólo ése Che, está en condiciones de aportar lo verdaderamente novedoso de su pensamiento para la praxis misma inspirada en su obra también en este tiempo contemporáneo nuestro y en cualquier lugar de la geografía planetaria que la globalización excluyente que padecemos, ostensiblemente achicó.


El Che y la difícil relación con el poder para un revolucionario genuino

No hay duda en que si por algo se significa la figura viva y plenamente vigente del Che, es por los términos en que se colocó su portentoso esfuerzo emancipador respecto a la relación siempre difícil que los revolucionarios verdaderos deben de adoptar, frente a la cuestión del poder. Y su aporte original, también está ahí. El Che simboliza en carne propia la sorprendente resolución virtuosa de una de las paradojas más complejas de las revoluciones que en el siglo XX conocimos, bajo una inspiración de corte socialista genuino y que algunos han denominado, problemáticamente, como la posición de los comunistas consecuentes ante la dialéctica del poder.5 Se trata, por cierto, de un asunto que desde 1994 reflotó sintomáticamente el movimiento del EZLN mexicano y que el anarquismo histórico sintetizó con filo crítico, invariablemente, en una disyuntiva teórico-política de hondo calado: ¿aspirar al poder o destruir los poderes existentes? Para Guevara, casi un cuarto de siglo antes de la ética política que el neozapatismo mexicano ha querido representar al seno de los movimientos contrasistémicos de México y Latinoamérica toda, se trata de comprender que un revolucionario verdadero lucha, de forma inmediata, por destruir un poder ajeno a la gente y, simultáneamente, conquistarlo bajo el explícito propósito de resolver la identidad entre gobernados y gobernantes, a fin de que, a largo plazo, se puedan gestar las condiciones objetivas y subjetivas para eliminar todo poder, en el acto de su socialización efectivo. Esta es, sin duda, una oblicua paradoja de toda revolución que se quiera democrática en un sentido resignificado y radical, libertaria y justiciera, plenamente. Esa preocupación que explica la ética guevarista frente al problema del poder, ha sido muy bien planteada por Orlando Núñez, uno de los pocos intelectuales nicaragüenses críticos y de izquierda que quedan, en medio de las ruinas de lo que fue el FSLN y que honra a Sandino, el mismo que hoy se avergonzaría de lo que el actual presidente por segunda ocasión, Daniel Ortega, representa a propósito de lo aquí señalado, cuando Núñez afirma con certeza sobre el Che, lo siguiente que aquí le hace justicia:


El poder ha sido el talón de Aquiles de los revolucionarios, una veces porque la falta de poder los aniquila, otras veces porque el exceso de poder los trastorna. La vida del Che, sin embargo, es una muestra viva de cómo este ‘pequeño Condotiere’ del siglo XX, como él mismo se bautizó en una de sus últimas cartas a sus padres, pudo sortear aquella contradicción”.6


En el caso del Che, como se percibe, hay una distancia no antagónica e inabarcable entre el combatiente guerrillero que lucha contra el poder, y el estadista que gestiona desde el poder mismo la obra constructiva de una revolución de alcances socialistas para todos, la cual el Che sinceramente alentó, independientemente de sus ulteriores resultados y límites concretos que sólo desde su ética de principios logró resolver y conciliar, personalmente, con una pureza de principios, muy bien, frente a tantos y tantos otros ejemplos de sustantivación y burocratización lamentables en el poder por el poder mismo, como en el inmejorable ejemplo de la contraproducente, contrarrevolucionaria y corrupta nomeklatura “soviética” que se desintegró bajo el influjo de la honda expansiva misma que generó la caída del Muro de Berlín en 1989 y la odiosa herencia teórica autoritaria y dogmática del estalinismo que el Che advierte y de la que se desmarca tempranamente. Para el socialismo guevarista, entonces, la puja revolucionaria a favor de la creación de lo que él denomina “El hombre nuevo”, es evidente que remite a la resolución virtuosa entre destruir el poder opresivo contra el cual se combate y crear un poder nuevo, distinto y resignificado, en identidad con la gente misma en un proceso de cambio permanente e ininterrumpido que debe propender hacia el autogobierno social y popular de los trabajadores, contradicción que sólo puede resolverse avituallándose de una dialéctica temporal en el análisis capaz de resolver y salvar esa compleja y contradictoria paradoja. En el Che, por tanto, es muy claro que su lucha es por destruir el poder capitalista, pero también, para conquistar un nuevo tipo de poder en identidad con los representados, ya que sin poder popular no es posible la revolución. Pero, al mismo tiempo, se lucha también para lograr lo antes posible la disolución de todo poder que no sea el que debe emerger naturalmente de la sociedad misma y para ella, advirtiendo claramente que el poder, no solamente es un aparato técnico-funcional, desde luego, sino además, una relación social de dominio capaz de generar grandes injusticias que un socialismo que no se resista a serlo, de modo coherente, no puede permitir de ninguna manera y que debe resolver en la praxis cotidiana misma.

En síntesis, el Che sabía que con el poder se puede y se suele oprimir y explotar; pero sabía, simultáneamente, que con el poder también se puede coadyuvar a la liberación y a la impartición consistente de una justicia radicalmente homogénea para todos predicando con el ejemplo. Pues sabía, en fin, que el poder, si de un lado puede servir para controlar a las colectividades, de otro lado, puede devenir también en una poderosa palanca para la emancipación general de todo control coactivo sobre la sociedad desde el Estado. En esto, el Che, a pesar de un cierto estatismo principista suyo de cierta época temprana en que se forja su pensamiento, es una figura diametralmente distinta a Fidel Castro, por mucho que la afirmación incomode a los castristas sin más. Las actitudes frente al poder, han sido de modo radical, muy diferentes entre ambos. El Che luchó con las armas y en una nación diferente a la suya, para destruir el viejo poder. Una vez logrado el objetivo, accedió al poder, lo ejerció de manera coherente y pulcra, y, cuando fue necesario para el proyecto internacionalista de emancipación, dejó el poder sin ningún tipo de resquemor, aunque en ello le fuera la vida, como a la postre ocurrió. Fidel, en cambio, detentó con una longevidad –dicho suavemente- incómoda, un poder plenipotenciario y discrecional durante casi medio siglo, dejando dibujada la respuesta de si es posible construir el socialismo, verdaderamente, cuando la representación política del Estado descansa centralmente en una persona, por muy providencial que sea su liderazgo, sin rotación de ninguna índole, en un poder que en cualquier socialismo medianamente coherente se supondría como un obligado ejercicio colectivo. La afirmación que proferimos, que se entienda, no pretende conculcar la estatura histórico-universal del liderazgo fidelista inicial, en el tiempo concreto en que surge y se impone sostenidamente, ni tampoco pretende, negar el hecho objetivo de que la revolución cubana ocupa el sitio digno y más alto en las luchas de liberación nacional latinoamericanas. Pero eso, precisamente, no significa –como tantos creen de manera acrítica- que en Cuba tengamos en solitario la “única experiencia” de socialismo realizado y sostenido en el tiempo y el espacio del mundo actual. Hay un largo trecho que muchos socialistas miopes o astigmáticos se niegan todavía a reconocer, tras el naufragio de los siempre mal llamados “países socialistas” del pasado, entre la organización de una economía estatal centralmente planificada –y además en el caso concreto de Cuba, asolada por el bloqueo criminal norteamericano- y la construcción de un régimen de transición –que eso y no otra cosa es el socialismo en su tránsito histórico a la concreción del comunismo- adecuadamente pensado y realizado merced a la socialización de los medios de producción y cambio (cosa que en modo alguno es equivalente a estatizarlos), que explican las ideas económicas guevaristas, sobre las que nos detendremos, para intentar aproximarnos, por ésa vía, en el famoso y desconocido Che en sus definiciones económicas y que son fundamentales para comprender la distancia y diferencia entre el Che y Fidel, que aquí solo señalamos de manera ejemplar.


Sobre las posiciones económicas del Che

La aproximación al Che desconocido que resulta necesario y urgente recuperar, se facilita ahora, desde la pertinente publicación de los Apuntes críticos a la economía política7, escritos que en su mayoría fueron ocultados desde su muerte y que lo revelan como un comunista crítico, antidogmático por excelencia y distanciado de la infracultura del vulgarizado “marxismo” de manual que tanto daño hizo desde las escuelas de cuadros de los “partidos comunistas” de su tiempo, más o menos estalinizados y que en Cuba, como tendencia general, se repitieron de manera lamentable como si de un catecismo se tratase. Los Apuntes… del Che, por cierto, tenían justamente ése propósito: romper con el dogmatismo y facilitar el conocimiento científico-crítico y riguroso de la economía política comprometida, sin concesiones de ninguna especie al dogmatismo mecanicista del lamentable manual soviético criticado por Guevara y que flaco favor le hizo, desde siempre, al paradigma de la crítica de la economía política de Marx8.

Pero, ¿cuáles son las más importantes definiciones económicas de ese famoso desconocido que aún hoy sigue siendo el Che Guevara? ¿Dónde están los elementos de su real importancia, si es que los tiene? Las posiciones económicas del Che, hay que decirlo, son originales y visionarias desde el momento mismo en que sus tareas como guerrillero combatiente de un ejército popular triunfante, en Cuba, lo conducen a la etapa constructiva del socialismo que el Che sinceramente creía que estaba coadyuvando a edificar, y que lo convertirán, temporalmente y de la mano de su papel de dirigente histórico de la revolución, en un estadista con problemas eminentemente prácticos para el diseño complejo de esa ruta que, según sus propósitos, debiera hacer transitar a la sociedad cubana al socialismo adecuadamente concebido a contrapelo de sus saboteadores que pugnaban por aislar su incuestionable influencia política. Y las lúcidas concepciones socialistas y revolucionarias del Che, que nada tienen que ver con una teoría abstractamente edificada que solo se contenta con imaginar cómo debiera ser la economía política en la etapa histórica signada por los problemas prácticos de la transición socialista, sino con una teorética que vive la acuciosa persecución cotidiana de la realidad y ofrece el desafío esclarecedor, alusivo a con qué y cómo se transitará prácticamente de una forma de producción históricamente determinada, como la capitalista y subdesarrollada en la Cuba de entonces, al socialismo como régimen de transición al comunismo, que exige tanto de medidas prácticas para la gestión del nuevo poder, como de una moral y su voluntad correspondiente para conducir a la sociedad en tal dirección emancipadora.

El Che, por tanto, estudia y piensa la cuestión económica desde un marxismo revolucionario crítico y antidogmático original, pensado para su aplicación creativa inmediata y que resulta fecundo incluso en los debates con algunos de los más importantes economistas de la izquierda teórica y académica de la segunda mitad del siglo XX que se fue: Bettelheim, Mandel, Sweezy, Baran, etc. ¿Cuándo se forjó con mayor rigor y celeridad, la teorización del Che en lo que a la cuestión económica se refiere? Fundamentalmente en derredor del curso del gran debate económico cubano9 desarrollado entre 1963 y 64. El debate, que fue muy rico, constituyó un verdadero caldo de cultivo para la innovación que conducirán al Che a pronunciarse y practicar una serie de definiciones económicas inmediatas ante los más ingentes problemas de la isla, y también, el debate le sirvió para madurar un conjunto de conceptos clave de la teoría marxista en íntimo y estrecho vínculo con la reivindicación compleja del propio socialismo como bandera de liberación para la Cuba de ese momento histórico de quiebre excepcional para su porvenir. Las controversias a que dio lugar el gran debate sin precedentes, sacó a flote la existencia de una rica y al principio muy sana lucha ideológica entre tendencias que se fue viciando con presencia y gravitación en el naciente Estado cubano. Y podemos decir, que la del Che, es acaso una de las posturas más avanzadas, más claras e ideclinablemente identificadas con un rumbo socialista genuino para la revolución, a diferencia de otros que aceptaron, sin más, el adulteramiento burocrático satelizado de ella por la URSS. En ese tránsito, la del Che, fue una visionaria voz disidente.

En el debate, que alcanzó dimensiones internacionales, participaron ministros, dirigentes del partido cubano y economistas extranjeros, se dio un lúcido intercambio entre algunas expresiones marxistas militantes identificadas con la revolución, aunque avitualladas de distintas concepciones que los llevó a chocar en diversos asuntos torales. Al principio, si hemos de anticipar un desenlace final a la reflexión que aquí compartimos, parecieron vencer las posiciones del Che Guevara, incluso después de su partida hacia el Congo, pero después, poco a poco, sobre todo después de su partida final a Bolivia y postrero asesinato en 1967, y de todo el torrente de acontecimientos que acompañaron al trágico suceso, fue olvidado el debate y el avance del fenómeno burocrático se consolidó irrefrenable en una economía monoexportadora endeble, satelizada contraproducentemente por la URSS, y su economía quedó encadenada a una estatización que se acostumbró, en medio del criminal bloqueo imperialista yanqui, a vivir una larga ruta de situaciones de excepción, bajo las cuales ningún socialismo, coherentemente entendido, hubiera podido concretarse y subsistir. Los temas esenciales del debate que fueron colocándose como centrales de la rica controversia económica, fueron, sobre todo: a) Problemas de Política Económica (¿sistema presupuestario o régimen de autonomía financiera de las empresas? ¿Estímulos morales o materiales?); b) Problemas de Economía Política (¿vigencia de la Ley del Valor -o no- en la transición socialista?, ¿Naturaleza y tipo de planificación para Cuba? ¿Correspondencia entre fuerzas productivas y relaciones de producción para el aliento del socialismo? ¿Conveniencia -o no- de la supervivencia de categorías cuyo carácter mercantil bien hubiera podido mediatizar los medios de producción “socializados”?); y c) Problemas generales de la Teoría Marxista (¿papel de la conciencia en la edificación del socialismo?, entre otros asuntos). Diremos de forma muy compacta algunas cosas sobre estos asuntos, en virtud a que de la síntesis de la controversia, se desprende el esclarecimiento de las verdaderas posiciones económicas del famoso desconocido Che Guevara como original pensador económico de la izquierda marxista internacional, considerando que el Che no fue un economista académicamente formado para su labor como Director del Banco Central y Ministro de Industria10. Veamos en una lógica de síntesis, los contornos esenciales de este debate que hoy resulta especialmente interesante para comprender la gradual distancia de Guevara con algunos funcionarios burocráticos en la Cuba posrevolucionaria y que coincide con el momento de mayor prestigio del Che frente a las masas en su calidad de héroe de la revolución:


Acerca de las fuerzas productivas y las relaciones de producción

Si algo explica la importancia de los Apuntes… de Ernesto Guevara, es porque demuestra la existencia, de hecho, de un potencial economista marxista brillante, socialista y revolucionario impar, que muchos ni siquiera sospechan debajo de la indumentaria del médico guerrillero y la leyenda de dirigente histórico de la revolución cubana. Lo importante aquí, estriba en destacar que el Che, no por ser el mítico arquetipo del guerrillero heroico, deja de ser muchas otras cosas más, por ejemplo, el estudioso serio de Marx, o el socialista revolucionario convencido que comprende la importancia de la conciencia y la voluntad de edificación del régimen de transición, y también el hombre de Estado y brillante diplomático empeñado en sacar avante una tarea de gestión administrativa que, al menos en el papel, prometía y se proponía realizar las cosas de una manera cualitativamente distinta desde un naciente “nuevo Estado” que se quería socialista y que infortunadamente nunca llegó a ser.

El punto neurálgico de las definiciones guevaristas, sobre el punto, tiene que ver con que él comprende, muy bien, la realidad –y no solo la posibilidad- de un desfase al seno de la revolución, entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Para el Che, es claro que se debe tomar una distancia crítica de las definiciones que al seno del “marxismo ortodoxo” ofrecen una visión mecanicista y unilateral de la correspondencia entre el desarrollo incluso científico-técnico de las fuerzas productivas, y la naturaleza y el propio carácter de clase de las nuevas relaciones sociales que tratan de tejerse desde la obra constructiva de la revolución. Los argumentos del Che combaten las visiones que en Cuba, al calor de la revolución, así como en su momento los mencheviques postularon en Rusia, frente a Lenin, la imposibilidad del socialismo atribuible al bajo desarrollo de las fuerzas productivas, Guevara insistirá en que frente al desarrollo desigual y combinado entre las viejas fuerzas productivas heredadas por la revolución, y las nuevas relaciones sociales, se trata de desarrollar un profuso trabajo de industrialización para poner en sintonía con las nuevas relaciones sociales, una capacidad productiva del trabajo congruentemente capaz de traer al socialismo como producto suyo. Contra el estalinismo de closet, oculto debajo de la formación teórica sustentada en el Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, por ejemplo, que consideraba que “es el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas lo que determina las relaciones de producción”, el Che está convencido –curiosamente como los anarquistas- de que las relaciones sociales genuinamente socialistas, siempre serán posibles, mientras la conciencia político-social y la voluntad revolucionaria así lo desee y se lo proponga empeñando todo en ello, e incluso, cuando la inmadura base tecnológica todavía no se ha logrado desarrollar en concordancia con el nivel comparativo de las relaciones sociales.

Esto explicará, a la postre, por qué el Che rechazó la justificación de la supervivencia de las categorías mercantiles capitalistas que algunos cuadros tecnocráticos de la revolución convalidaban, o incluso la de definiciones proclives a la “autogestión financiera” (en realidad, una mera “autoadministración” que lejos estaba de la autogestión real, técnico-productiva, y que además involucraba la capacitación de cuadros calificados que brillaban por su ausencia), concebidas como “formas ligadas en un estado dado de las fuerzas productivas”; es decir, el Che rechazaba lo que llegó a definir como las conclusiones apologéticas de algunos (como Carlos Rafael Rodríguez del INRA), teñidas de pragmatismo, sobre el llamado “cálculo económico” (y) que (por ejemplo) extrajo Charles Bettelheim11 de su método de análisis al criticar las posiciones del Che, a quien este método le parece contaminado, con razón, por una visión estrecha y mecanicista del vínculo entre relaciones de producción y fuerzas productivas. La posición del Che, por cierto, es similar a la de Ernest Mandel, quien postulaba su visión convergente a la de Guevara sobre las categorías mercantiles alegando que, “En el periodo de transición del capitalismo al socialismo no hay correspondencia integral entre modo de producción, modo de cambio y modo de distribución, sino por el contrario, combinación de elementos contradictorios”12. En el debate, por tanto, el economista académico maoísta francés se vería derrotado por el comunista empírico argentino avituallado por una férrea voluntad por darle realidad a la concreción práctica de la teoría alternativa para el socialismo.


Acerca de la Ley del Valor y la Planificación Socialista

¿Cómo definía Marx al socialismo? Explícitamente, en la Crítica del Programa de Gotha, como una comunidad de productores libremente asociados que son capaces de autoadministrar y autodirigir racionalmente, según un plan consciente, la producción y el proceso mismo de la vida social. Incluso en El capital, Marx escribió al respecto que:


En el seno de una sociedad colectivista, basado en la propiedad común de los medios de producción, los productores no cambian sus productos; el trabajo invertido en los productos no se presenta aquí, tampoco, como valor de esos productos”.13


Citamos a Marx, porque en esa afirmación –y he ahí lo importante que nos interesa desvelar-, el gran pensador alemán no fue acompañado por Lenin, Trotsky, Bujarin, Stalin, Otto Bauer, Rosa Luxemburgo o Mao Tse Tung. Todos ellos, en algún momento señalaron que, una vez derrotado el capitalismo, no es posible suprimir todas las relaciones mercantiles y la economía monetaria. Pero la afirmación de Marx, tuvo otros compañeros de ruta que pensarán lo contrario: nada menos que los rigurosos “ultraizquierdistas” Antón Pannekoek y Amadeo Bordiga, y quienes en la controversia de los años 20 del siglo pasado, a propósito de la Nueva Política Económica (NEP) que Lenin aplicó en la URSS, sostuvieron que la NEP era la puerta de entrada a la lamentable restauración capitalista. Y también en esa postura socialista radical, sólo que medio siglo después, Marx será acompañado por otro “ultraizquierdista” célebre: el Che Guevara.

Mientras el más embozado estalinismo tropical de la burocracia estatalista cubana sostenía que la ley del valor en la sociedad “socialista”, era precisamente una de esas “leyes objetivas” que no se pueden modificar o abolir por decreto, y por consiguiente, que “las empresas no pueden ni deben prescindir de la ley del valor”, la visionaria apuesta guevarista estriba en defender una perspectiva desde la cual, el régimen de transición socialista, ha de proponerse la explícita disolución de la ley del valor en los términos en que opera y se manifiesta en el capitalismo, dado que, si no se disuelve, ¿para qué se hizo la revolución? Para entonces, en Cuba, el problema de la ley del valor estaba en el ojo del huracán y en el centro del debate teórico. Alberto Mora (Ministro de Comercio Exterior) detonó la polémica con un artículo –“En torno a la cuestión del funcionamiento de la ley del valor en la economía cubana en los actuales momentos” (junio de 1963)-, en donde controvierte y pretende refutar las ideas del Che sobre el particular y que pretendía aplicar el Ministerio de Industria a su cargo. Las tesis del artículo de Mora son las siguientes:

  1. El valor es una relación entre los recursos limitados y disponibles, y las necesidades crecientes del hombre (¡sic!);

  2. En una economía socialista, la ley del valor no desaparece (¡doble sic!). Se concreta a través del Plan. Y afirma concluyente: “Es precisamente en la decisión consciente de la autoridad planificadora donde aparece más plenamente el valor, como criterio económico, como regulador de la producción”. Para Mora, no hay contradicción entre Plan y ley del valor, sino ¡que sólo en la planificación es donde esta se ejerce “más plenamente”! (¡supersic!).

  3. La ley del valor opera incluso en el interior del sector socializado, que no constituye en modo alguno en Cuba “una sola empresa”, como piensan “algunos compañeros” (la alusión directa al Che es evidente).

Mora empero reconocerá (tal vez asesorado por algún economista “neomarginalista” al modo de Kantorovich) que hay también criterios extra-económicos (de tipo político, militar, etc.) para determinar las inversiones en una economía planificada. Pero el crítico real del Che no es Mora sino Bettelheim, quien recupera de la tradición estatalista soviética –en sentido contrario a su sabido maoísmo- sobre la ley del valor, la valoración como una suerte de “ley objetiva” ajena al marxismo para las economías de transición al socialismo. Según el economista francés, el papel de la ley del valor y de las categorías mercantiles, en el interior mismo del sector socialista, se debe al nivel demasiado bajo de desarrollo de las fuerzas productivas. Y agregará que, en el estado del desarrollo cubano de la época, no se encontraba la condición material que posibilitara plenamente el estado de las necesidades sociales y, por tanto, el sistema de precios –alegará- “debe reflejar no solamente el coste social de los diferentes productos, sino también expresar las relaciones entre la ofertas y la demanda”.

Respondiéndole a Mora, el Che escribirá “Sobre la concepción del valor: contestando algunas afirmaciones sobre el tema” (octubre de 1963), texto en el cual insiste en dos problemas esenciales:

1) El valor no ha sido definido por Marx como una relación entre necesidades y recursos, sino como un quantum determinado de trabajo abstracto;

2) Si bien es cierto que el sector del Estado no constituye todavía en Cuba “una sola gran empresa”, no es menos cierto que en el sistema presupuestario desarrollado, el paso de un producto de un taller a otro, o de una empresa a otra, no constituye un acto de cambio y su producto no constituye una mercancía, puesto que el estado es el propietario de las fábricas.

Pero además, en lo que se refiere al problema de la relación general entre la ley del valor y el plan, el Che externa la afirmación de que, como la planificación hace uso de precios administrados, “oscurece” y “corrige” necesariamente la acción de la ley del valor. Dicha afirmación, ya insinúa lo que será su señalamiento explícito en el sentido de que el socialismo debe desmaterializar el funcionamiento mismo de la ley del valor y las otras categorías burguesas para que la planificación pueda devenir en el verdadero disolvente sin el cual la ley del valor seguirá funcionando, como los precios o como el mercado mismo. El punto neurálgico de sus señalamientos en esa intervención, entonces, estriba en que para él, la planificación es “el modo de ser de la sociedad socialista, su categoría definitoria y el punto en que la consciencia del hombre alcanza, por fin, a sintetizar y dirigir la economía hacia su meta, la plena realización del ser humano en el marco de la sociedad comunista”. La planificación, como vemos, para Guevara es el camino que conduce a la sociedad socialista hacia el reino de la libertad. Frente a quienes enfatizan (como el Manual “soviético” que critica en sus Apuntes… tanto tiempo escondidos) a “desarrollar y utilizar la ley del valor y las relaciones monetario-mercantiles durante el periodo de construcción del socialismo”, él opone que no se ha de tratar, en absoluto de “desarrollar” las relaciones mercantiles, sino de una muy otra estrategia rectora colocada en las antípodas de ello y abocada a su puntual desmaterialización.


A propósito del sistema presupuestario de financiamiento

Para cualquier informado sobre la controversia, resultaba claro que la discusión teórica alusiva a la correspondencia o no correspondencia entre relaciones de producción y fuerzas productivas, y sobre la ley del valor, no era una discusión teórica, sino una de consecuencias concretas en el plano de la política económica cubana. De hecho, el vínculo entre ambas problemáticas es evidente: el sistema presupuestario de financiamiento es criticado por los partidarios del “cálculo económico”, por ser “demasiado avanzado” respecto al nivel de las fuerzas productivas y por estar en contradicción con el papel de las categorías mercantiles en el sector socialista. Pero lo más relevante, estriba en que durante 1963-64, coexisten no sin contradicciones dos modelos de gestión y de organización para las empresas: en el INRA, que dirige Carlos Rafael Rodríguez y diseña la política agraria, se adopta la concepción animada por la descentralización, el autofinanciamiento, el cálculo económico de rentabilidad y el intercambio mercantil; en el MININ que dirige el Che, el cual funcionaba con el método de las “empresas consolidadas” por rama de industria, del financiamiento presupuestario centralizado, donde el principio regulador es la realización del plan, y el paso de productos de una empresa a otra no adopta un carácter mercantil.

La adopción de los dos métodos trasladaba a los hechos materiales una divergencia de concepciones en la gestión administrativa del Estado que no podía sino generar malformaciones extensivas al conjunto de la economía. Carlos Rafael Rodríguez, opositor a las directrices guevaristas, defendió las ventajas del cálculo económico que después sustentaría Bettelheim para escalar la polémica, acentuando su crítica al “centralismo burocrático” que sería negativo para la industria y que amenazaba con postrar a la agricultura. En el alegato del economista francés se justifica la pertinencia del cálculo de rentabilidad apoyados en dos asuntos centrales: uno, la afirmación de que las empresas consolidadas en el sector industrial carecían de capacidad efectiva de disposición de insumos y que solo pueden hallarse en el plano de los reales objetos económicos: las empresas productivas; y dos, que el insuficiente desarrollo de la productividad en medio de la ignorancia de las necesidades obligan, al seno de la transición, al mantenimiento de las categorías mercantiles acompañadas de la exigencia por conservar una determinada autonomía de acción para las empresas productivas. Y para ello, es que se plantea la conveniencia de la autonomía contable para cada una de las unidades productivas, con fundamento en el autofinanciamiento para la gestión (hay que decirlo tecnocrática) merced al cálculo económico.

El Che, quien no coincide con la óptica anterior, observa en esa práctica el abierto riesgo de la dispersión que sólo una centralización no burocrática puede evitar y que, a su juicio, debía sustraerse de ejemplos como los de la Yugoslavia del tiempo titoísta y mal llamado “autogestionario”, que asemejaba a los correctos propósitos por alcanzar una mayor productividad, con la práctica de una competitividad que en nada se diferenciaba de la que se practica en el capitalismo, pues –agrega- efectúan lo que en la jerga económica se denomina, “libre competencia”.14 Afirma Michael Lowy, quien ofrece una muy pertinente perspectiva analítica sobre el particular, afirma esclarecido que:


El Che distingue en la autogestión yugoslava entre la participación de los obreros en la administración de las empresas, que considera positiva y que trató de implantar en Cuba, y la vuelta a la competencia de tipo capitalista que rechaza”.15


Y las rechaza Guevara, porque considera mucho más consecuente al sistema presupuestario de financiamiento, en el régimen de transición que pugnaba por construir, con el propósito revolucionario disolvente de las supervivencias remanentes del capitalismo a superar, y que el procedimiento de descentralización, autofinanciamiento y cálculo económico que suscribe Bettelheim y apoya Carlos Rafael Rodríguez, prolongaban innecesaria y artificialmente. ¿Cuáles eran los rasgos dominantes del sistema presupuestario de financiamiento que Guevara alienta desde el ININ? El primero, la concepción de que la empresa no es una unidad de producción aislada, sino una mera parte del todo (la economía cubana) y que, con fundamento en la “economía consolidada” (la aglomeración de fábricas del sector socialista avanzado) detentan una base tecnológico-productiva semejante y convergente con el destino común para la producción socializada; el segundo, las consideraciones de que el dinero sólo debe operar como un elemento aritmético de cuenta, que las empresas no deben disponer ya de fondos propios: las cuentas bancarias, por ejemplo, se separan en cuentas de depósito y retiro. Los retiros que pueden efectuar las empresas, se deben apegar al plan, mientras los depósitos son a cargo del Estado. Ello significaba el principio de que los fondos no disponían ya de un carácter mercantil, en tanto que la efectiva gestión económica debía ser controlada por los organismos centrales no burocráticos del Estado.

En otro orden de ideas de la agenda económica, el Che se vio obligado a encarar una controversia semejante contra quienes querían reproducir la lógica administrativista del capitalismo, como criterio rector de la nueva economía cubana, como en el caso de aquellos, como su sucesor en el Banco Nacional, Marcelo Fernández, que defendía la postura de la autonomía financiera para esa institución. Guevara se opone a la tesis un tanto cuanto esquizofrénica de su sucesor, que parecía no entender que, de lo que se trataba, era precisamente de construir el socialismo y no de la reproducción ampliada del capital financiero privado. El Che demuestra que la posición de Fernández suponía que “el Banco las financiara (las inversiones) con sus propios recursos, lo que sería a su vez un absurdo en una economía socialista”, cuestión ésta que reincidía en un fetichismo capitalista que concluía opacando las verdaderas relaciones de producción que se trataban –al menos de su parte no compartida de facto por otros funcionarios- de edificar en la isla.16 Aunque sus opositores piensan que el Che es un apologista del burocratismo, él considera que el tipo de centralización por la que se inclina, en realidad, neutralizaría una multiplicidad de duplicidades que sólo engordarían al Estado de la pesada carga burocrática, amén de que lo haría ineficiente, aunque concluye reconociendo que la propuesta del sistema presupuestario de financiamiento estaba aún distante de una realización que al final no se efectuará coherentemente con su partida de Cuba.

De nueva cuenta, el economista que lo apoyará contra Fernández y Bettelheim, será el pensador trotskista Ernest Mandel17, quien advierte muy bien que los opositores a Guevara le espetan argumentos tecnocráticos que no comprenden la singularidad del proceso cubano y la propia direccionalidad que debía adoptar el curso de las cosas. Una economía subdesarrollada, con graves limitaciones de cuadros científicos verdaderamente preparados para la labor transformadora de la economía en un sentido diametralmente opuesto al capitalismo, debía preservar temporalmente a la centralización las decisiones importantes, mientras la obra constructiva y revolucionaria no estuviera en condiciones de incorporar nueva gente a las tareas administrativas y de gestión de la economía. Y tan Mandel comprende bien lo que ahí se juega, que insistirá en la visión programática a favor de ir vinculando crecientemente a los obreros en la dirección de las empresas consolidadas, pues desconfía, como el Che Guevara mismo, de las implicaciones expertócratas con que se le oponen sus detractores proclives a defender una tecnoestructura que no permitiría, a la postre, la incorporación de los productores directos y libremente asociados –que quería Marx en la Crítica del Programa de Gotha, por cierto- en la gestión efectiva de los medios de producción, según hubiera tenido que ocurrir en una efectiva realización del socialismo que, con la partida de Guevara de la isla hacia su nuevo esfuerzo guerrillero, se fue difuminando hasta su práctica evaporación total.


Una reflexión final sobre la naturaleza de los estímulos y el trabajo voluntario, en la inconclusa estrategia comunista

¿Cómo debía ser, para la moral comunista en los términos comprensivos del Che, los verdaderos y pertinentes “estímulos a la producción” que el debate económico cubano sacó a flote, a fin de alentar la productividad del trabajo expresado como un frente más de las controversias nunca saldadas virtuosamente en la isla? Mientras que los opositores administrativistas y tecnocráticos al Che, argumentaban en concordancia con el cálculo económico, que era preciso estimular a los trabajadores y las empresas productivas de forma material, concediéndoles primas económicas al rendimiento, Ernesto Guevara, en sintonía plena con la visión que él suscribía a favor de “El hombre nuevo”, no solo combatirá la idea, sino que apelará a la consciencia política y social que, si no se opondrá a los estímulos per se, sí lo hará con respecto a los estímulos materiales o dinerarios, a favor de otro tipo de estímulos, éstos segundos de naturaleza moral (como el reconocimiento social o el otorgamiento de cargos de responsabilidad mayor), porque el compromiso socialista exige a gente de una catadura y factura comprometida con el proyecto emancipador, cualitativamente distinta al capitalismo. El Che lo explicita brillantemente en una entrevista sobresaliente, del siguiente modo:

El socialismo económico sin la moral comunista n me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo contra la enajenación. Uno de los objetivos fundamentales del marxismo es hacer desaparecer el interés, el factor ‘interés individual’ y el provecho de las motivaciones psicológicas. Marx se preocupaba tanto de los hechos económicos como de su traducción en el espíritu. Llamaba a esto ‘un hecho de conciencia’. Si el comunismo pasa por alto los hechos de conciencia, podrá ser un método de reparto, pero no es ya una moral revolucionaria”.18

Como vemos, para Guevara se trata de alentar el estímulo moral por sobre el material, y, para ello, el trabajo voluntario consciente, inspirado en aquello a que Lenin aludirá y apelará como los “sábados comunistas” en su célebre Una gran iniciativa, lo cual perseguía demostrar la superioridad del planteamiento militante convencido, a la corrupción que detrás de la emulación “socialista”, de corte estajanovista, siempre termina colándose de contrabando para mediatizar los esfuerzos edificadores de la nueva sociedad. El Che, al respecto, es indudablemente un esforzado combatiente contra todas las inercias que amenazaban con detener el curso del gran salto hacia adelante del impulso revolucionario de que se encontraba imbuida la Cuba triunfante inicial y que nos revela, más allá del guerrillero heroico, un hombre de acción con gran inventiva e imaginación económica para desbrozar la ruta hacia el socialismo de todo obstáculo. Infortunadamente para él y para el proceso cubano mismo, su partida hacia Bolivia con el nuevo proyecto guerrillero, terminaría costándole la vida y deteniendo los esfuerzos que Guevara había encabezado y que a la postre se malograrían ante la feroz razón de Estado de la hegemonía fidelista sin contrapeso alguno. Nunca una revolución popular de hondo contenido justiciero inicial, mereció tanto alcanzar las generosas metas como las que Guevara se fijó desde su comunismo militante de principios férreo. Y nunca, también, su contradictoria desviación del socialismo hacia su sostenida condición estatalista y burocrática ulterior, terminó ofreciendo tan dramáticamente los ambivalentes resultados conocidos: una reconocida y loable resistencia contra el criminal bloqueo norteamericano, es cierto; la consolidación del momento más alto de las luchas de liberación nacional en América Latina, es verdad; pero al tiempo, la esterilización realizadora del socialismo que el desconocido Che animó tanto, hasta el último de sus esfuerzos. A 40 años de su artero asesinato, por eso mismo, el Comandante Guevara vive como un monumental ejemplo a seguir en la perenne lucha indeclinable contra el capitalismo y a favor de un mundo y el hombre nuevo del cual fue un sorprendente y emblemático espécimen, así como una grandiosa anticipación, sumamente raro para estos tiempos de amplio cinismo generalizado. Por eso su lucha vive como un pensamiento vigente y actual que habrá de prolongarse en sus continuadores, para remontar la actual y desfavorable correlación de fuerzas que hoy nos exhibe la dramática geopolítica que padecemos para destruir al capitalismo que el Che combatió y para erigir el socialismo genuino y plenamente emancipador con que tanto soñó. ¡Hasta la victoria siempre, Comandante!





1 Michael Lowy. El pensamiento del Che Guevara. Editorial Siglo XXI, México 1978. La cita está tomada de la cuarta de forros.

2 La referencia alusiva a un “otro marxismo”, se sustenta en la sugerente y muy pertinente reflexión crítica que, sobre el particular, ha ofrecido Alberto Híjar en “El otro marxismo” para establecer un contraste rotundo entre un Marx convertido en santón de cátedra, domesticado y casi digerible dentro de las coordenadas sistémicas en que suele utilizarlo, por ejemplo, la socialdemocracia o el reformismo sin más, y el Marx real, revolucionario y radical, subversivo e inclaudicable en su rotunda crítica puntual a la totalidad capitalista y que nos lo muestra como lo que realmente es: un pensamiento incompatible con el mantenimiento y la reproducción incuestionable del capitalismo y que asombrosamente asemejan al Che Guevara, en tal postura, con el otro y verdadero Marx, incluso frente a pensadores del calibre de un Lenin o Trotsky, como lo afirmaremos adelante. Ver el texto en los Cuadernos del Taller de Construcción del Socialismo (TACOSO), número 3, editado por el SME, México 2007.

3 Tan el Che es un gigante nuestro, latinoamericanista por antiimperialista, que ha pasado a ocupar con justicia un lugar imprescindible entre los marxistas latinoamericanos más importantes y connotados por su aporte a la teoría y la acción militante del marxismo revolucionario, al lado de figuras de la talla, por ejemplo, de José Carlos Mariáteui, Julio Antonio Mella o Aníbal Ponce que demuestran la existencia de un marxismo autóctono no eurocéntrico.

4 Entre muchas otras, tres biografías de relativamente fácil acceso en México son con cualidades desiguales: la de Pierre Kalfon, Che, Ernesto Guevara, una leyenda de nuestro siglo, Plaza Janés, Barcelona 1977; la de Paco Ignacio Taibo II, Ernesto Guevara, también conocido como EL Che, Coedición Planeta-Joaquín Mortiz, México 1996; y la de Jon Lee Anderson, Che Guevara, una vida revolucionaria, de Emecé Editores, Barcelona 1997. Es obvia, por lo demás, la exclusión que aquí hacemos de recomendar otra biografía del Che, ésta la del ex canciller del foxismo Jorge Castañeda e intitulada La vida en rojo. Alfaguara, México 1977.

5 Por “dialéctica del poder”, entiendo aquí esa recurrente contradicción ineluctable y en acto que dispone y detenta frecuentemente el poder, en cuanto relación social de dominio de los gobernantes sobre los gobernados, y que para la ética guevarista implica bregar sin descanso para evitar, a toda costa, que el ejercicio del poder corrompa al revolucionario converso en funcionario, y quien, al acceder y ejercer el poder, en muchas de las experiencias históricas del pasado, terminaron generando intereses propios, de facción o grupo por sobre la gente, y que irremediablemente los separaron de la amplia masa social a la que formalmente hablando decían representar. En Guevara, a diferencia de distintos funcionarios de la revolución cubana incluso con algunos de quienes chocó, es imprescindible luchar para librarse del influjo –y a veces del embrujo- que el poder ejerce como perversa fascinación sobre aquel que lo detenta. Por eso la ética del Che resulta loable y ejemplarmente monumental.

6 Orlando Núñez Soto. El humanismo del Che y los senderos de la revolución. Este trabajo fue elaborado en ocasión del XXX Aniversario de la muerte del Che y fue publicado por entregas en el Diario Barricada de Nicaragua, en Septiembre de 1997.

7 Vid. Ernesto Che Guevara. Apuntes críticos a la economía política. Editado con el cuidado de María del Cármen Ariet, por Ocean Press, Buenos Aires 2006.

8 El libro que el Che fustigó y del cual se burló en algunas ocasiones es, evidentemente, el Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, publicado por primera vez al castellano en México, por Editorial Grijalbo en 1953, pero como crítica vale para otros manuales más, como, por ejemplo, el tristemente célebre Nikitin.

9 Entre los participantes del trascendental debate económico, que fueron muchos además de Guevara, destacan entre otros: Luis Álvarez Rom (Ministro de Hacienda), Alberto Mora (Ministro de Comercio Exterior), Charles Bettelheim (economista marxista y Director de la Escuela Práctica de Altos Estudios de parís), Ernest Mandel (economista marxista, Director del semanario belga La Gauche y dirigente trotskysta de la IV Internacional), y Carlos Rafael Rodríguez (Director del Instituto Nacional de la Reforma Agraria).

10 Al respecto, conviene transcribir la simpática anécdota que repite su biógrafo Jon Lee Anderson, sobre el arribo del Che a los importantes puestos económicos que detentó: “El Che siempre contaba con gusto un chiste sobre cómo consiguió el cargo en el banco. Decía que en la reunión de gabinete convocada para elegir al sustituto de Pazos (despedido por protestar ante la detención de Matos), Fidel dijo que necesitaban un buen ‘economista’. Para su sorpresa, el Che ofreció sus servicios. <<¡Pero Che, no sabía que eras economista!>>. Éste contestó: <<Ah, creí que habías dicho que querías un buen comunista>>. Bromas aparte, la designación del Che provocó escalofríos en la comunidad financiera y empresarial, y cuando Fidel aseguró que sería <<tan conservador>> como su predecesor, pocos le creyeron”. Vid en Jon Lee Anderson. Che Guevara, Una vida revolucionaria. Op., cit., pág. 404.

11 Charles Bettelheim. “Formas y métodos de la planificación socialista y nivel de desarrollo de las fuerzas productivas”, Cuba Socialista, núm. 32, abril de 1964.

12 Ernest Mandel. “Las categorías mercantiles en el periodo de transición”, Nuestra Industria, mayo de 1964, pp. 35.

13 Karl Marx. El capital, I, en Werke, vol. 23, pp. 92-94

14 Reporte del “Viaje del Comandante Guevara por los países del Pacto de Bandung”, Buenos Aires, Editorial Sagitario, junio de 1960, cap. VI, “Yugoslavia”.

15 Michel Lowy. Op., cit., pp. 64. La afirmación de Guevara está tomada de la entrevista que el Comandante sostuvo con M. Zeitlin en Che: Selected Works of Ernesto Guevara, M. I. Press, 1969, p.412.

16 Se puede consultar el texto completo del Che en la controversia, revisando su visionario artículo intitulado: Ernesto Guevara, “La banca, el crédito y el socialismo”, en Cuba Socialista, núm. 31, marzo de 1964, p. 30; Casa, vol. 2, p. 295.

17 Vid. Ernest Mandel. “Las categorías mercantiles en el período de la transición”, Nuestra Industria, núm. 7, junio de 1964, pp. 23, 27.

18 Jean Daniel, Entrevista al Che Guevara para L’Express, 25 de julio de 1963, p. 9.


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