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Fin de la modernidadAlberto Híjar
3 de septiembre, 2008 La fábrica de porcelana ha titulado Antonio Negri a la publicación de los diez talleres dedicados a producir el conocimiento necesario para comprender el tránsito de la modernidad a la postmodernidad. El subtítulo, "Una nueva gramática de la política", da a entender el orden estructural correspondiente a los conceptos innovadores. No se trata obviamente, de inventar palabras para usos distintos de los habituales, eso habría que dejarlo a los poetas. Se trata, en cambio, de asumir que palabras como ciudadano, pueblo, imperio, nación, soberanía, poder, significan objetos y sujetos irreductibles a los de la tradición liberal y a los filósofos de la historia que la acompañan. Resolver el problema exige averiguar las genealogías, descubrir los dominios y las oposiciones, en fin, asumir la dialéctica en todo contraria a derivar de un conjunto de definiciones de diccionario, al universo entero. Hay que irse con cuidado para no tirar el agua sucia con todo y niño y para no romper lo construido con grandes trabajos. Tal situación presenta el concepto clave de modernidad. El Estado laico que la sustenta, ciertamente está en crisis y parece que nada es mejor que liquidarlo con todo y sus ritos ciudadanos más bien inútiles porque dan lugar a multitudes en todo contrarias a la conciencia ciudadana. En el lugar de los derechos ciudadanos ganados a sangre y fuego contra los fanatismos monárquicos, la modernidad queda en el umbral del Estado a quien exige sin encontrar la manera de castigarlo sino cumple. La ciudadanía se atora en la superficialidad del rito de la movilización como si ésta bastara. No es que sea inútil sino que es insuficiente. La palabra representatividad resulta tan vacía como la soberanía y el pueblo del que dimana nadie sabe como. La genealogía se impone para advertir un largo y costoso proceso de liquidación de la soberanía por mandato divino y herencia de sangre en los reyes, para implantarla en el pueblo, sujeto revolucionario por la libertad, la justicia, las relaciones sociales plenas. Hoy todo esto, dice Negri, ha sido sustituido por multitudes antojadizas incapaces de integrarse más allá del momento de la movilización del día. De aquí comisiones que en realidad carecen de representación porque no hay pueblo con ellas. Ahí donde se ha dado el salto a la autogestión, en Chiapas en especial, la soberanía y la representatividad se concretan en asambleas y con nombramientos sin privilegios y revocables. El salto cuesta represión y acoso del Estado vigilante de mantener su aura democrática hasta cierto punto. El punto es la autoridad para un poder que la modernidad construida desde la Revolución Francesa y las revoluciones democratizadoras como la mexicana de 1910, al proponer la salvaguarda de la propiedad privada como esencia humana, ciudadana en especial. De aquí la identificación de la ciudadanía con la propiedad privada. Hasta aquí llegó la modernidad incapaz por sí misma de salir del círculo del poder protector de la propiedad privada y los negocios consiguientes, hasta reducir la democracia a la soberanía de los más propietarios, ciudadanos que así han ganado el decidir por todos. Los grandes empresarios son los grandes salvadores en los grandes contratos, aunque las evidencias prueben todo lo contrario. La novedad postmoderna es el fin de la oposición de Estados contra la democracia antidemocrática. La sutileza de la propiedad privada como Estado benefactor, no cambia el fondo de la ausencia de pueblo soberano y poderoso, con voz y voto. Pero sí lo forma porque está en potencia, dice Negri, siempre está como sujeto histórico necesario ante las ineptitudes de Estado que en situaciones extremas, lo impulsan a la insurrección. Por aquí se presenta la postmodernidad con otra historia en construcción contra el Estado-nación que ha dejado de ser nación para ser oligarquía con una característica nueva: un imperio mundial con sus estructuras de gobierno implacables: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional. Al obedecerlas, los Estados-nación se suicidan y lo más grave para ellos es que contradicen todas las responsabilidades históricas precisadas en los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Cuando el juramento de los gobernantes termina con la frase "y si no que la Nación se lo demande", todos los escuchas ignoran la frase vacía de contenido real. Lo más grave es que en el comercio no hay acuerdo sino fracaso por la necesidad de defender la propiedad privada local hasta engendrar una desigualdad económico-política extrema. El hombre más adinerado del mundo es mexicano y diez más figuran en la Lista Forbes mientras la tercera parte de los 110 millones de mexicanos sufren empobrecimiento constante. El tránsito a la postmodernidad exige la crítica de los conceptos y la postulación de una gramática donde los adjetivos tienen que ser precisos. Ya no más la democracia sin adjetivos, ni el desarrollo, ni la soberanía o la ciudadanía. Esto no es cosa del lenguaje sino del sentido histórico con la claridad de que el fin de la historia moderna da lugar a una agonía guerrera y devastadora no sólo de las relaciones sociales sino también de la naturaleza, a lo cual sólo cabe oponer la construcción del pueblo en lucha como está ocurriendo en todas partes. |
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El Taller de Construcción del Socialismo se reúne los sábados de 10:00 a 14:00 hrs. en la Escuela Técnica del Sindicato Mexicano de Electricistas. Lisboa 46, casi esquina con Lucerna, Col. Juárez. México D.F. · Contacto · Diseño Web · |
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