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Fernando Lugo y la Opción Preferencial en ParaguayAlfredo Velarde
26 de Agosto 2008 Para quienes insistan persistiendo en señalar que la hegemonía política en América Latina sigue siendo "norteamericana", sin más, acaso les resulte conveniente procesar la revisión de tal extravío con fundamento en un nuevo análisis en sintonía con las claves dominantes, que ofrece la nueva y compleja configuración política del Cono Sur. Sobre todo, por los ingredientes que incorpora a la reflexión caracterizadora centrada en las singularidades que el presente geopolítico latinoamericano supone, con la llegada a la presidencia del Paraguay del ex obispo católico y abierto partidario de una definición ético-política identificada con la teología de la liberación, Fernando Lugo, y la opción preferencial por los pobres que representa para una nación latinoamericana que se cuenta entre las de menor desarrollo económico, incluso si se la compara con los otros países de la zona y con ominosos índices de pobreza por encima del 40% de sus asolados habitantes. En medio de la euforia popular, la asunción del ex obispo de San Pedro a la presidencia de la república paraguaya, en su capital Asunción, el pasado viernes 15 de agosto, prometió la intervención de sus buenos oficios para combatir con "ideales socialistas", el largo pasado de corrupción que la larga hegemonía política del añoso Partido Colorado (una especie de PRI paraguayo) implicó, durante su inconveniente y muy larga estadía en el poder durante más de 61 años -posteriores a una de sus dictaduras y cuartelazos históricos-, que recientemente estaba representada por el saliente presidente Nicanor Duarte, y quien, junto con su partido, abandonan el poder en medio de la repulsa social que exige una transición democrática y la redefinición de un nuevo proyecto económico que permita aspirar a desplazar, hacia lo social, el eje cartesiano de sus prioridades largamente soslayadas hasta nuestros días. Detrás del meteórico ascenso político del novísimo presidente laico paraguayo, apenas la víspera sacerdote, Fernando Lugo, hay un pasado de luchas singulares en las que la intervención del clero de avanzada en las luchas populares latinoamericanas, ha debido pelear, primero, con las propias autoridades eclesiásticas y su reaccionario -amén de discrecional- poder represivo en clara sintonía identificada con el principio de autoridad tradicional que tanto daño hizo a todos los pueblos explotados y oprimidos, en nombre de la fe, y que explica la propia génesis de la teología de la liberación y su opción preferencial por los pobres. En este sentido, Lugo prolonga la honda tradición de lucha de importantes antecedentes suyos, como los de su maestro y obispo indigenista de Río-Bamba, Ecuador, Leonidas Proaño; del influyente teólogo latinoamericanista y brasileño sancionado por el Vaticano, Leonardo Boff; pero recuerda a otros más, algunos mexicanos, como Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz o el obispo Lona de Tehuantepec; y ni que decir de otros, más radicales, quienes hicieron filas hasta en movimientos guerrilleros latinoamericanos, como el célebre Camilo Torres; y hasta fuertes disidentes con el dogmatismo eclesiástico tradicional, como el célebre poeta nicaragüense sandinista hoy opositor a la retórica de Daniel Ortega, Ernesto Cardenal. No será en ningún sentido algo fácil, para Lugo, el ejercicio del poder en un estado-nación fuertemente polarizado y en donde la clase política --la tradicional y la que emerge- le representarán un complejo crucigrama de cuya resolución dependerá el desafío exitoso por consolidar a su gobierno, tras la superación histórica tanto del feroz autoritarismo del partido colorado y su consabida corrupción; la abierta oposición norteamericana a su arribo al poder; el propio veto de la despótica oligarcocracia vaticana católica y su mafioso oportunismo que debió ceder; al tiempo que a la franja electoral opositora suya y que se conservará activa contra él. Empero, sus retos hacia delante serán todavía mayores, pues su popularidad récord del 97% -inédita en la historia paraguaya a lo largo de las gestiones de sus 47 presidentes constitucionales-, encara el compromiso de cumplir con la creación de empleo como exigencia prioritaria de sus electores, y también, mantener las delicadas e inestables alianzas del heterogéneo frente político patriótico que hizo posible su arribo a la presidencia que ejercerá sin goce de sueldo, a propuesta suya. Empero, algo más que buena fe y coherencia con los valores éticos en que se sustentó inicialmente la fe cristiana serán necesarios, pues ya desde su alocución de toma de posesión, volvió a repetir lo que ya hemos escuchado en otros presidentes llamados "progresistas" del área geopolítica latinoamericana, desde Kirchner, Lula, Evo, Chávez, Bachelet, etcétera, en el sentido de que la vía para la superación de las agresivas políticas neoliberales, se resolverán con fundamento en una reponderación del Estado social y las políticas de nacionalización que han singularizado al todavía nuevo siglo XXI. América Latina, a poco menos de dos años de concluir con la década inicial del siglo que apenas inicia, encara el reto, junto con el propio Paraguay, por ser capaces de sintetizar una nueva propuesta, verdaderamente emancipadora, y no reincidir en la choteada y trivial definición nacional-estatista que tanto daño ha hecho en el pasado, como en el presente mismo lo ha perpetrado el culto irresponsable por la economía de mercado que tanto propaló el globalismo eufórico neoliberal. El reblandecimiento que sufrió la indeseada hegemonía norteamericana de antaño en la región, por cierto, sería incomprensible sin la respuesta que los pueblos latinoamericanos han dado en apenas algunos años en el Cono Sur. Pero también, el tiempo se agota para la in imaginativa creencia, casi mística, de los políticos del presente de cambio, en el Estado y el nacionalismo que tarde o temprano deviene conservador. Es urgente mirar más allá y aguzar los sentidos para imaginar otra cosa. Si no, el riesgo de un rebote conservador, seguirá como un grave peligro del presente. |
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